lunes, 31 de diciembre de 2012

Sobre dos formas

Prendí el ventilador y coloqué una de esas pastillas para ahuyentar los mosquitos. La noche anterior esos malditos bastardos me dejaron ronchas desastrosas, por doquier. No me sentía muy bien, no pude cenar nada por los nudos dentro de mi estomago. No quise llevar la cuenta pero sabía que ya pasaron dos semanas desde que Victoria se fue de la casa. Todo había terminado, no importan los motivos, jamás importan.
La humedad de esta época en Buenos Aires es desastrosa. Hace tiempo dejó de hacer calor para sólo ser humedad, nada más. Así, con una botella de un malbec vacía sobre la mesa manchada de gotas de vino, me fui a acostar. Bueno, como decía, prendí el ventilador y coloqué una de esas pastillas para ahuyentar los mosquitos.
Di vueltas en la cama, pateando recuerdos y girando las sábanas. En un momento, una ráfaga de viento entró por la ventana abierta e hizo bailar a las cortinas sucias. El ruido del tránsito que agonizaba entraba conjunto al viento. Para el infortunio, el aire era caluroso y yo traspiraba. De pronto, todo cesó, los ruidos, el viento, el ventilador, los mosquitos, los vaivenes dados por el vino. Me levanté y me senté en el comedor. En la heladera encontré un pedazo de queso olvidado al cual recurrí dada la situación, la necesidad. Dentro, aún, del congelador, escuchó el ruido de la puerta del baño abriéndose. Victoria salía del recinto y sonreía hasta que me vio. Luego, dio media vuelta y tomó a su hermana, de la cual se llevaba unos cuatro años, de la mano y se marcharon. Sin entender qué hacía la hermana en la casa, salí a correrlas, mientras daba brincos intentando colocarme un pantalón.
Las alcancé en la esquina del departamento, la hermana de Victoria, Amelie, le decía que estaba bien dejarme, de qué servía yo y que no tenía que escucharme. Le pedía a Victoria, mientras tanto, que parara, que quería hablar, que no dejemos que todo termine así. Desde el momento en que Victoria pronunció un sonido como aceptando hablar y Amelie protestaba, pasó un tiempo que prefiero obviar. Le pedí, en suplicas, a Victoria que vuelva, que la amaba, que no podía seguir así. Amelie le decía que no, se reía, luego se reían. Dentro de todo este letargo, la desesperación se hizo agonía cuando quise decir mucho sin las palabras precisas para hacerlas. Noté que por más que haya leído, visto u oído, no sabía cuáles eran las palabras justas para pedir por el retorno. Lloré, lamento decirlo. Lloré desconsoladamente cuando empecé a balbucear porque ya no tenía sonidos necesarios para poder producir amor en el corazón de Victoria nuevamente. Ellas se fueron, mirando atrás solo para reír luego, para burlarse.
Es claro que todo lo anterior fue un sueño, un producto de deseos inconscientes. Sí, pasaron más de dos semanas, al día de hoy, de que Victoria se fue, quisiera arriesgar que ya son meses, pronto serán años, no importa. Lo curioso es que la vi a Victoria ayer, en la estación de tren la creí reconocer y luego lo confirmé cuando viajábamos parados, en el mismo vagón, a una distancia menor de lo que se pueda extender un vagón de tren.
Hacía tiempo que no nos veíamos. Jamás, luego de separarnos, volvimos a hablar. Era claro, de todas formas, que la seguía queriendo pero no podía decírselo, ella se había ido y no existe cosa alguna peor de aquel que desea ser querido por aquella persona que no lo quiere, es decir, no existe recurso alguno posible para poder sintetizar la necesidad de deseo del otro hacia uno y, por ello, no valía nada el hablarle. entonces, nos vimos en el vagón, en el tren, en una coincidente mirada fugaz. La reconocí, ella creo que también porque sonrió e hizo un movimiento, una muesca que duró una céntima de segundo, como queriéndose acercar. Sí, claro, había terminado todo en buenos términos  dije las cosas necesarias para simular que todo era un mutuo acuerdo, que yo tampoco podía sostener una relación así, después no, no le dije más nada, no le confesé que la quería, que también la odiaba por haberse marchado así, que la necesitaba conmigo. Pero, esta vez, no hizo falta hablar sobre ello. Volteé mi rostro hacia otra dirección y la ignoré. Con eso bastó para decirle todo lo que la seguía amando.



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A todo aquel que pase por este sitio, le deseo un feliz año, toda la prosperidad.
En esta ocasión, no quise ausentarme de mi mismo. El pequeño cuento, la historia, es sobre el amor, como casi todas. Porque si no se ama, si no se ejerce o si intenta siquiera una vez, una minúscula vez, para nada, entonces, hemos vivido. Y no me refiero a ese amor platónico, a lo que tiene que suceder, a lo que las comedias románticas nos han acostumbrado. No, eso no. Amar siempre es otra cosa que jamás espero poder contestar porque no existe búsqueda más noble que aquellas que comprenden a la eterna lucha y construcción de lo que es infinito, siempre bajo la misma paradoja de querer delimitar cuestiones eternas por seres mortales. Así, me atrevo a decir que el amor, la sabiduría, la felicidad, entre otras cosas, son todo lo mismo, son todo.

martes, 25 de diciembre de 2012

En las probabilidades

A Claudia la amaba. La amé mucho. Nos conocimos de chicos, de adolescentes, amigos en común. Sin querer, con el paso del tiempo golpeándonos sigilosamente las espaldas, formamos una familia. Nos fuimos a vivir juntos, de esto hará unos doce años, a San Cristóbal. Domingo por medio frecuentábamos un viejo bodegón ubicado sobre la avenida San Juan.
Es hoy en día que miro atrás y le echo la culpa a la rutina, al habernos embarcado en la relación todavía siendo chicos y no haber usado el tiempo en otras cuestiones, más personales, individuales. Es que los últimos años no fueron buenos, muchas discusiones por cualquier cosa, todo era motivo para inaugurar una nueva guerra mundial. Claro, sí, habíamos hablado de separarnos, tomar distancia siquiera por un tiempo, ya no sabíamos qué hacer pero teníamos en claro que la convivencia, de la forma que se estaba brindando, no era buena para nadie. Pensamos que lo mejor sería dejar pasar las fiestas y hablarlo en Enero, para saber cómo y qué haríamos.
De una manera extraña, todo el mes de Diciembre fue tranquilo, exitosamente preocupante. Nos llevábamos bien sin motivo alguno y nos reíamos de todo, casi todo el tiempo. Me daba gusto volver a casa luego del trabajo, sentirla cerca. Ciertamente, fue demasiado raro.
Al llegar la nochebuena, nos dirigimos a la casa de mis suegros, en Villa del Parque. El año nuevo lo pasaríamos solos en casa. Me mentalicé que debía aguantar, una última vez, ver a los padres de Claudia y a sus detestables hermanos. Jamás aceptaron nuestra relación y lo hacían notar.
El tiempo fue goteando, desgastándose en cada bocado de vitel toné, en los suspiros de botellas de vino apiladas y con etiquetas manchadas del rojo carmesí de lo que solía ser su contenido. En ciertas ocasiones, el uso y abuso del alcohol lleva al sincericidio. Y, en este caso, no hubo excepción. Escuché el susurro de Marcelo, el hermano mayor de Claudia, que le decía al padre que ya quedaba poco y me señaló con un giro de su cabeza, acompañado de una risa burlona. En ese momento, me paré y le dije que sí, que sí se refería a ello, sí, les quedaba poco. Afirmé lo que en el aire se sentía, la separación que se daría en los próximos días. La madre se paró y abrazó a Claudia mientras juntaban los platos manchados. Marcelo y mi suegro se daban la mano mientras Esteban, el hermano menor, volvía del baño con la alegría de haber escuchado a través de las paredes. Mientras ellos reía y se felicitaban, prendí un cigarrillo y salí al jardín delantero. Los primeros fuegos artificiales resonaban desde distintos puntos, se aceraba todo a las doce.
Todavía afuera, escuché como descorchaban bebidas y brindaban, y reían. La noche se iluminaba con los ansiosos de los vecinos que dejaban la vida en cada haz de luz, en cada ruido ensordecedor, comos si estuvieramos en una nueva guerra y había que abatir, acabar con el enemigo. La luna se tiñó de humo de pólvora y el aire se espesó cuando Claudia salió rechinando los dientes por apartarme de la familia, por ser así siempre, que no se podía contar conmigo, que si no quería que me vaya, que no tenía que esperar a Enero y otras cosas que gritó pero casi no pude escuchar.
A Claudia la amé, la amaba mucho. Todavía en las noches la recuerdo, ese Diciembre, ese Enero que jamás quise que llegara porque, por más que el orgullo y la soberbia me lo impidiera, no podía imaginarme sin Claudia. Sigo acariciando su recuerdo, de esa noche de navidad donde le dí el último abrazo, el último beso tibio de labios frágiles, donde mis lágrimas se derretían en el calor de su sangre que recorría todo su rostro hermosamente maquillado, con el impecable brillo de sus ojos donde se reflejaban los haces de luz y la luna manchada de pólvora.
Es hoy en día que pienso en las probabilidades, en las casualidades, en las causalidades, en qué fue eso que llevó a algún vecino a disparar su arma al aire sin pensar siquiera un instante en las consecuencias, en Claudia.


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jueves, 20 de diciembre de 2012

Lo más triste

- ¿Te acordas que el otro día te dije algo sobre la frase más triste? - le digo a Mariela que, absorta su mirada en el juego casual que establece soplando las miguitas de las masas secas que vinieron con el café , intentando juntarlas todas en un mismo lugar, eleva cada tanto los ojos para verme, casi apoyando la pera en la mesa marrón gastada, y me ve de vez en cuando, como en busca de asegurarse que yo esté ahí o, más bien, demostrar que me esta prestando atención.
Había pasado tiempo sin ver a Mariela. La suerte de las decisiones, de las pequeñas bifurcaciones que existen en el día a día de la vida, nos llevaron a distanciarnos. Si bien tuvimos una relación hasta el punto de llegar a convivir en un departamento en Parque Patricios, la daga de la rutina y del desencantamiento que creímos que iba a durar por siempre, se hundió entre las carnes propias hasta dejarnos sin más remedios que prescindir del otro. Quizás con fortuna, quizás no, pudimos seguir hablando, continuar ello como algo símil a la amistad. Sin embargo, jamás pude lograr establecer una relación de esa índole con una ex, no ha formado parte de mi codificación de adn poderme ver nuevamente como si nada hubiera existido con aquella que ha formado parte de mi historia más mía. En ocasiones, reconozco haber envidiado a esos hombres que pudieron continuar viendo a la mujer amada bajo la condición de amistad y que ella les cuente sobre sus nuevas andanzas, de sus nuevas preocupaciones, de la suerte que ha tenido hasta ese momento; por otro lado, en la mayoría de esas mismas ocasiones, también me ha dado una suerte de congoja el futuro de esos hombres que al no resignarse a perder el objeto de deseo, se humillan instantáneamente con la excusa que se autoimploran de 'si continuo cerca, algún día podré enamorarla nuevamente'. En este caso, Mariela ya tenía aspecto de amiga más que de otra cuestión, tanto a ella como a mí nuevos amores y desatinos nos han marcado la senda de nuestros caminos. Así, sin querer, me la crucé un día por Almagro y nos pusimos hablar en una esquina, no recuerdo cuál. Y ahí le hablé sobre la frase más triste pero el apremio del tiempo y de los compromisos nos hizo dejar la conversación para otro día, con un café de por medio, en el bar que estamos sentados ahora.
- Sí, algo me dijiste la otra vez. Pero espera, no me cuentes todavía que quiero pedir algo para comer. Esos fosforitos no llenan a nadie y los bocados de masas secas son una cargada. ¿Vos queres algo?- responde a medida que posiciona el cuerpo apoyando bien la espalda contra el respaldo de la silla y llama al mozo. Aunque, con la paciencia característica de Mariela, ella grita, está gritando ahora mismo que le traigan un pedazo de selva negra. Sí, está gritando 'pedazo', con las dos manos que se juntan en la boca, buscando formar un cono para que suene mejor, más fuerte la pronunciación. Mariela repite 'Selva negra'. Ahora, está retorciendo la lengua por el labio superior, como limpiándose restos de la torta que todavía no trajeron, como queriendo que perdure el sabor de lo que todavía no es, no fue. - Sí, contame. Perdón es que esto de la dieta no me sale, sabes que siempre fui igual y cuando entramos acá miré la torta y pensé 'tiene que ser mía' - y Mariela sonríe como una niña que acaba de cometer una imprudencia, como quien obtiene la concreción de un capricho. - Ahora sí, decime eso de la frase, ¿qué pasó?.
Tengo que contener la risa, lo tragicómico de la escena. Le digo: - Habrá sido tres o cuatro días antes de que nos crucemos. Estaba terminando de pintar la parte del frente de la casa de mis viejos. Ah, vamos a vender la casa, al parecer. Bueno, a lo que iba. Estaba terminando de pintar y noté cómo ese viejo barrio donde he crecido, con terrenos baldíos, con calle de tierra, de pocos autos y niños jugando, se ha convertido casi en una urbe nueva, donde el asfalto brilla, los coches relucientes estacionados en las puertas, casas de dos o tres pisos, se yuxtaponen con los antiguos vecinos, quienes hoy en día están más antiguos. En fin, lo que pasó es que uno de estos vecino pasa, ayudado por un bastón, por la vereda y se me queda mirando. Luego de largo rato, mirándolo yo también, nos reconocemos. Era el viejo Carlos. El viejo siempre había tenido fama de mujeriego y jugador. Es decir, es al día de hoy que no recuerdo haberlo visto alguna vez con algún bolso del trabajo o ropa para ir a laburar. En fin, la guita que alguna vez consiguió se la aprovechaba para comprar vino. Era usual verlo pasar con su cajita de vino blanco. Sin acentuar en más detalles, lo ví, se paró y le pregunté cómo andaba, qué era de su vida. ¿Me estás escuchando?
Mariela está con la mirada reluciente frente a la torta que le acaban de traer y da la primera cucharada, cortante, desestructurante, a la humanidad del pastel. Desde donde estoy se puede oler las pizcas de chocolate, ver la suavidad de un dulce de leche y la cremosidad de un mousse. Lame la cuchara y me mira. Asiente con la cabeza diciendo que me está escuchando atención y levantando la pera dos veces me pide que continue.
- Bueno, don Carlos me responde que andaba más o menos pero que era lindo verme, que hace tiempo no pasaba por el barrio, que mucho ha cambiado. Hablamos un poco del pasado, de quiénes sólo ha quedado el nombre y de las distintas personalidades nuevas, los nuevos comentarios. De pronto, recordé que me había dicho que andaba más o menos. Es raro, ¿viste?. Hoy en día sólo se dice bien, y listo, a otra cosa. Pero él parecía tener la necesidad de contarlo, de referir que andaba más o menos. Le pregunté qué era eso que le pasaba, qué tenía.
- Tenes que probar esto. Es de puta madre. La torta no puede estar mejor. Lo sabía, lo sabía. Creo que le voy a pedir un pedazo más para llevar. ¿No queres?. Perdón que te haya interrumpido, no me dí cuenta. Me nació este impulso, sabes cómo soy. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con la frase más triste? Ah, ¿no habías terminado?.
- No, Mariela, justo te iba a decir. Le había preguntado a don Carlos qué era eso que le pasaba. Ante todo, noté un brillo particular en sus ojos. Tragó saliva, hundió la comisura de sus labios y arqueo las cejas. Con una mirada grave, me lo dijo todo. Después lo volcó en palabras sólo para darle la sutileza del lenguaje.
- ¿Y qué? ¿Qué fue eso? ¿Qué te dijo?
- Don Carlos me respondió: Tengo hambre. Y se fue caminando lentamente, arrastrando los tobillos, con la fatiga de la desesperanza.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

El retiro

Tan solo días le faltaba a Hilario para retirarse. Casi toda su vida en la oficina, en ese cubículo que supo ser de paredes blancas, de vidrios transparentes y de alfombras tan limpias que hasta se podía comer desde ellas. Pero ya se iba.
Sí, claro, como todos ha tenido amores fortuitos, deslices en la juventud con secretarías con piernas que parecían no tener fin y, más grande en edad, ha sabido no negarse a cualquiera que le convidara con una caricia, un guiño, siquiera un frotar en la espalda. También supo hacerse de amigos, de pocos para conservar algo de intimidad. Por varios años asistió a los bares luego de la oficina, los jueves, con los muchachos, para tomar algo, divertirse, mirar lindos culos que salen a dar una vuelta por enrededores de la zona.
Con el ahorro de los años, más allá de la casa que Hilario tenía en Parque Chas, se pudo comprar una pequeña propiedad en San Luis, cerca de Córdoba, lindo lugar donde veraneo con su esposa y sus dos hijos varones por largas temporadas. Había decidido retirarse allí, visitar el pueblo más cercano sólo para buscar la plata de la jubilación y el depósito de los alquileres de la casa de sus padres heredada y la que dejaba en Parque Chas. Ya los chicos se hicieron grandes. El mayor formó familia y se instaló en La Paloma, en las costas de Uruguay. El otro, el rebelde Benjamín, luego de una furiosa gira europea, se quedó en Laos, donde abrió un parripollo con un singular éxito.
Sin querer, los días pasan como las vueltas de páginas de un libro. Fueron un poco más de treinta y dos años trabajando en el mismo lugar, haciendo las mismas tareas, viendo cómo entraban nuevos postulantes y cómo se iban entrañables figuras del lugar que ya parecían parte del decorado oficial de la compañía. La empresa rotaba el personal sólo bajo las condiciones legales de jubilación, se podría decir que es una de esas pocas organizaciones que todavía el temita de la globalización, el just in time, la terciarización y esas consecuencias de los sistemas productivos, todavía no había tocado. Por ello, cada persona, cada gesto, cada saludo de buenos días general y las pláticas sobre mujeres, fútbol, el clima y la política, eran parte de un guión compartido, como si al fichar se les diera a cada uno las líneas que debían decir, la forma en que debían sentarse y hasta el cómo caminar ondulante que sólo las secretarias saben hacer. En fin, Hilario se jubilaba un jueves, ese iba a ser su último día, también su último after office con los muchachos que de jóvenes sólo les restaban unas fotos amarillentas y las risas de lo que fue. El viernes a la tarde, a las diecinueve horas, partía en un micro a San Luis. El auto lo había vendido y le molestaba la rapidez del avión, por ello sacó un pasaje de ida desde Retiro. Un flete se encargaría de entregarle los recuerdos a destino.
Entretanto acomodaba los últimos vestigios y delegaba las tareas que quedaba rezagadas al próximo postulante, escenas invadían la memoria de Hilario. La vida en la oficina, la llegada de la hora que siempre esperó, fichar por última vez e irse de la ciudad. Allí, recordó la muerte de su esposa por ese puto cáncer que se la comió sin siquiera pedir permiso y su apuro por querer volver al trabajo mientras ella yacía internada y su vida se agotaba. También se avecinó a su evocación, la relación con los hijos; lamentó no haberlos visto crecer por las malditas horas extras o los turnos de guardia o la acumulación de archivos que le impedían llegar a su casa cuando los chicos estaban despiertos. El reproche se hizo más hondo cuando, luego de terminar de acomodar y del after, llegó a su casa y encontró las marcas de los cuadros de fotos sobre las paredes color crema del hogar. Jamás se había parado a mirar una sola foto en el apuro de llegar temprano a la oficina y fichar a horario, más en esa época donde estuvo aquel gerente chupa medias del directorio, que se creía dueño del recinto.
Se apoyó, flexionando cuidadosamente las rodillas, en una de las cajas que decía frágil. Ni él sabía qué contenía la caja, ¿qué podría ser tan frágil dentro de los pedazos de cartón?, pensó. Sin querer, descubrió en un costado de la pared del living, unos garabatos que los chicos habrán hecho al crecer, con crayón azul y tintes verdes. Hace mucho no hablaba con ellos y todavía le faltaba conocer a su segundo nieto, el uruguayito que, según fotos, tenía la cara de todo buen porteño pícar. Sí, Hilario nunca les hizo faltar nada a sus hijos y ahora les podría dedicar tiempo, ir a visitarlos. Pero tendría que viajar a Laos, a La Paloma, al cementerio de la Chacarita y esa caja de mierda que rezaba la fragilidad de algo que ni él sabía que era.
El micro esperó hasta las diecinueve y veinte por el último pasajero que no abordaba, luego se fue. Al llegar los del flete, llamaron a la vecina de Hilario ya que ella tenía la llave para cargar las ornamentas dentro del hogar y llevarlas. La señora fue la primera en entrar y dar dos pasos hacia atrás, tapándose la boca con todas las manos que podía. Uno de los chicos del flete llamó a la policía; el otro movió a un costado la caja que decía "frágil", la cual usó Hilario para pararse y luego saltar, quedando en un sigiloso movimiento de un efecto pendular, ahorcado desde el tirante que cruzaba la casa de Parque Chas.



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Imagen de acá

sábado, 8 de diciembre de 2012

Producto del desplazamiento

Para serle sincero, no, nunca antes había amado. Ya ve, uno sólo ama en la adolescencia, como cuando hace cosas por primera vez y deposita en ellas todo el bagaje emocional, todo lo que uno contiene y lo transfiere, lo deja todo en la cancha, por así decirlo. Y así, amé, en la adolescencia, como todos, por vez primera. Completo de errores y salvedades, de falta de experiencia y de ganas de ser amado. No, señor, no me fue bien pero son los riesgos del juego, claro que en un principio no lo sabía pero acaso ¿quién lo sabe? Le pasó al 'jugador' de Dostoievsky, bien recuerda que hablamos de ello la última vez. Sí, me gustó también esa historia. En fin, los riesgos se van viendo, se manejan, se lloran también. Ella jugó conmigo, como si no fuera nada, como si mi vida valiera menos que un pan viejo y rancio, pero yo la amaba. Déjeme aquí diferenciar algo que estuve pensando desde nuestro último encuentro. Uno quiere todo el tiempo, uno, además, comete el atrevimiento de enamorarse todo el tiempo pero, sin embargo, amamos poco, casi nada. Al hablar con los distintos compañeros que tengo acá, descubrí que algunos no han amado siquiera una sola vez. Se puede atribuirle la culpa a miles de factores pero en cada uno descubrí el miedo. Todos tenían miedo a amar por tener miedo a sufrir. Otros tenían miedo a amar y ser amados, y la falta de ello en sus vidas también les aterraba por ser algo novedoso. También llegué a presenciar respuestas de que el amor no existe y todos nos movemos por el impulso de llegar a algún lado que no sabemos bien cuál es. Es decir, que el amor también ha sido una distracción para mis otros compañeros.
No quise extenderme con lo anterior pero, ya ve, me había quedado pensando al respecto y me pareció propicio hablar del tema desde ahí. La conocí en verano. Ella leía un libro de tapas viejas, en la vereda de una calle de San Telmo, sentada en una de esas silla de madera con lonas, tomando un café. Simplemente me acerqué y me senté en la mesa contigua y nos miramos. Cada vez que lo cuento, no puedo evitar pensar que fue muy similar a una película y que ese fue el primer indicio. Pero subsumido en el mar de las posibilidades y en las lagunas de sus ojos claros, balbuceé una frase de cartón prefabricada y con la sonrisa más nítida y pseudo escondida, como arrugando los pliegues de los labios para no sonreír completamente, me invito a sentarme con ella.
Recuerdo ese día no como si fuese ayer sino como si fuera siempre, como si de ahí la vida empezara. Quizás tiene que ver con eso de que conversamos al principio. Volví a amar, a ser adolescente, a inquietarme, a ser celoso de hasta la brisa que la rozara y de desearla sólo para mí, de ganas de llevarla conmigo hasta los rincones más desarreglados del mundo, de mi alma también. Entonces, ahí, con ella, sentía todo por primera vez. Noté la realidad unos meses después.
Creo que antes le conté cómo las personas nos miraban cuando salíamos a comer, a tomar algo por ahí o cuando nos reíamos a carcajadas en el subte. Nos miraban extrañados. Yo sospechaba, en un principio, que era porque Lara era hermosa, como arrancada de una publicidad y puesta a dedo al lado mío. Nunca fui un tipo agraciado, no vamos a mentir, y quizás el contraste producía el asombro de las personas. Sí, lo recuerdo. El día que entendí todo fue un viernes. Ella me decía que sí a todo lo que yo quería. No proponía planes porque decía que aquello que yo quería estaba bien, que era perfecto y jamás dudo en modificar una salida, en criticar algún estilo mío, algún modo. Como le decía, ese viernes me desperté temprano y quise sorprenderla con el desayuno. Ya sabe, café con leche, medialunas, algún dulce, jugo de naranja exprimido. Recordaba que el día anterior había comprado naranjas y que yo traía las bolsas mientras ella se reía de mi esfuerzo y cantaba por la calle. Pero llegados a casa, al tener en mi poder las llaves del portón, le pedí que tenga la bolsa de naranjas, de los dos kilos de naranjas, un momento para que pueda abrir. Luego, entramos sin mayores sobresaltos y acomodamos lo comprado en los rincones de la casa. Sin embargo, no pude encontrar las frutas en la heladera ni en el tazón de vidrio que mi madre me dió donde solía poner sus medicamentos. Las naranjas no estaban por ningún lugar de la casa.
Por último, decidí salir a comprarlas nuevamente para no hacer un alboroto del asunto. Cuando salí al portón de calle, para mi sorpresa, encontré las naranjas desparramadas por sobre la vereda, menos de los dos kilos producto del desplazamiento y del hurto inocente también. Las naranjas estaba ahí, las que quedaron, inmóviles, reflejando los primeros rayos del sol, con tintes de gotas de rocío de la noche anterior. Brillaban, eso, tenía una especie de resplandor y no me ánime a salir. Me devolví a adentro y la miré a Lara durmiendo, todavía, enredada con su desnudez en una sábana blanca. Ella también brillaba y respiraba pausadamente. Allí, lo que recuerdo, es que me senté en el porche que daba a la calle, frente a las naranjas, inmóvil. Después, sí, unos destellos de imágenes de vecinos que me hablaban, luego la ambulancia, el viaje, acá.
No quisiera mentirle pero sí, en ciertos momentos la extraño, también la veo pero la ignoro. Entiendame, doctor, la amé, creo que la sigo amando porque amar se ama una sola vez, el resto es sólo comparación, desahogos de sentimientos que pertenecen a otra situación. Y sé a lo que me abstengo, doctor. La voy a amar siempre y, por más que ella jamás fue real, lo que he sentido no podría tener mayor verdad. Lo sé, doctor, pero no me importa pasarme la vida en este neuropsiquiátrico si es condición necesaria para amar.


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lunes, 3 de diciembre de 2012

Avioncitos


Jairo no fue, lo que se llamaría, un chico prodigio. En un primer plano, carecía de la posibilidad de jactarse sobre sus ademanes de comunicación, de relacionarse con otros, de protocolos de presentación. Tampoco podía decirse de él que hacía concentrar la mirada de los demás, hacer enfocar la admiración de su entorno, mediante alguna especie de autismo sorprendente, que le confiriera capacidades suprahumanas para la realización de ciertas tareas. No recuerdo que dentro de las características personales de él se hayan cultivado vestigios de genialidad, siquiera de una inteligencia promedio. Jairo era el especial de la clase, sin ser esto nada malo, despectivo; solo era diferente. Tenía la particularidad de amalgamar, de enfocar su atención a todo lo que no fuera contenido educativo. Ello no le impedía tener asistencia perfecta, siempre presente, nunca tarde, habitualmente el último en salir del salón. Me sorprendía día a día al ver a Jairo en el salón, a llegar a conocer cómo se las arregló para llegar al cuarto año del polimodal. Es hoy en día que recuerdo dónde se sentaba, especialmente cómo lo hacía dentro de la distribución contra natura del salón. Él se posicionaba de perfil, de costado a todo, es decir, su visión, en línea recta, apuntaba a la pared, brindando, así, su hemisferio izquierdo al profesor, al pizarrón y el hemisferio derecho al resto de sus compañeros.
Jairo no molestaba per se. Si bien era capaz de distraer a su entorno por su tendencia ludópata y de jolgorio, no producía mayores altercados. Lo que sí podía engendrar un cierto resentimiento, tal vez odio e intolerancia era su compulsión a hacer avioncitos. Como todo, en un principio, no molestaba, era un tanto pintoresco, innovador para tener diecisiete años e insistir con sus aviones de papel. Luego, como todo, paso el tiempo y comenzó a ser un tanto insoportable, una tendencia indeseada. Con su inocencia traducida en avioncitos que colmaban el tráfico aéreo del aula, Jairo se ganó el odio, el repudio de un profesor de matemáticas. El profesor Cabino era un matemático y estadista que abocó sus días a la razón pura, a la abstracción, a los símbolos de la lógica.
En un día particular, un jueves, por la mañana, Cabino se disponía a explicarnos la razón de la trigonometría, la influencia en la actualidad, la pasión detrás de la x, escondida en la y. Jairo también se disponía a cumplir, lo que parecía ser, su misión en la vida, a generar, lo que podía entender, su deber, su tarea en la estadía en este mundo. Jairo estaba construyendo un avioncito. Ese día, no tuvo suerte. Al lanzarlo al aire, con el envión de la vida, sacando la punta de la lengua por una de las comisuras de la junta de sus labios, el avión arribó a la oreja de Cabino sin escalas. Ingresó derecho, sin intermediarios, sin pedir permiso, y se incrustó ahí, produciendo la furia del profesor. Cabino llevo a Jairo a la dirección, lo hizo expulsar, nunca supimos más de nuestro compañero.

Desde ese jueves, y por el resto de las clases del año, Cabino comenzó a llegar cada vez más tarde a impartir su labor. Luego, ya no le daba importancia a los resultados, al uso del método para llegar a la solución, a las incógnitas. Le dejó de importar la cantidad de decimales que se utilizaban, dónde iba el más, qué pasaba con el menos. Cabino no fue más a dar sus clases, un suplente tomó sus horas como suplencia, luego les dio titularidad.
Hace tres días caminaba al trabajo, iba apurado, como siempre, como todos. El semáforo detuvo mi marcha y vi a un hombre que iba empujando una especie de chango de supermercado, pero más chico. Era Cabino, más flaco, con el pelo casi rapado, como si le hubiesen pasado la máquina número dos hace quince minutos. Él me reconoció, me dio un abrazo sentido. Le pregunté qué estaba haciendo, qué fue de su vida, por qué abandonó la matemática, la estadística.
Cabino se acercó, sus ojos brillaron, como a punto de llorar, como cuando estas por llorar y sonreír al mismo tiempo, como cuando un sueño se convirtió en realidad. Cabino se acercó. Me dijo que estaba practicando el freeganismo, cambió de religión, una nueva, no sé. Su voz se entrecortó, apoyo su mano derecha en mi hombro izquierdo, tomando con su mano restante al chango, su única propiedad. Me dijo que descubrió el significado de la vida por Jairo. Jairo lo sabía, se cansó de escribirlo en los avioncitos.




Imagen de acá

jueves, 29 de noviembre de 2012

La historia contada

Cerró el libro sin dar muchas vueltas. Tomó un sorbo de un café agonizante y prendió un cigarrillo. Luego, arrojó el ejemplar contra la mesa, lastimando la vajilla con furiosas cucharas saltarinas, embarradas de un dulce de leche brilloso y con muecas de haber agitado las aguas de la taza.
Pitó, lanzó humo espeso de un Parissiennes oscuro, capaz de ennegrecer al mejor día de verano. Luis se había cansado de leer los libros de historia, de grandes historiadores, de grandes epopeyas. Desde joven asumió que el entendimiento de los caminos del pasado ayudarían a dirección y trayecto al futuro. Además, cultivó una gran admiración por los personajes con hazañas heroicas o los pueblos que demostraban superioridad y, así, una trascendencia más allá del tiempo. Particularmente, Luis tenía cierta devoción por la historia antigua, por las narraciones de los tiempos de Homero y, sin ir más lejos, por aquellos guerreros que les interesaba más la inmortalidad de su nombre que el tiempo vivido. Eso de que vale más haber vivido poco pero bien antes de que haber vivido sin dejar vestigios de existencia. Claramente, Aquiles y sus historias fueron sus predilectas. Pero se había cansado.
Luis llamó al mozo para renovar su café y pidió dos medialunas rellenas con jamón y queso. Llevaba más de una hora esperando a Josefina pero ella volvía a recaer en sus clásicas tardanzas. Debían reunirse para tramitar la separación de bienes. Habían decidido arreglarse primero entre ellos y luego llevar todo a los abogados para que sea lo más justo para ellos. Luis masticaba bronca cuando volcó la ceniza sobre el piso de la vereda y tomó el libro nuevamente. Cuando años de intentar seguir luchando por aquello que tenía un final anunciado, se terminó, Luis se desahució del amor y de todos los conceptos que requieran una cuota de fe, de creer en algo, particularmente, en alguien más. Sin quererlo, los procesos de su inconsciente produjeron que el fenómeno llegara a sucintar un desplazamiento y condensación, manifestándose ello en una repulsión por la historia contada o narrada desde ópticas actuales. Es decir, dejo de creer.
Cuando el café llegó, junto a las medialunas, Luis miró hacia un costado, hacia la esquina, desde donde Josefina se bajaba de un auto nuevo, gris perla, con vidrios polarizados y aires de haber salido de una película, quizás de haber sido manejado por James Dean. Luis creyó reconocer el auto de algún otro lado, de otro momento pero nada pudo hacer cuando el humo de un renovado cigarrillo se elevaba frente a su visión hasta hacer desaparecer el auto, como si nunca hubiese existido, como si Josefina hubiera estado parada allí, frente a él, por siempre, desde siempre.
Ella se sentó y dejó una carpeta marrón con elásticos gastados sobre la mesa. Le pidió al mozo, todavía presente, un agua fría sin gas y prendió un cigarrillo, Luis creyó adivinar que era un Virginia Slims. Sin siquiera mediar palabra, Josefina comenzó a hojear el libro que estaba sobre la mesa. Leyó pasajes salteados, como un adolescente, y, en menos de lo que tardó el mozo en volver con el pedido, ya había recorrido los períodos de las guerras Médicas. Luis zambulló sus medialunas, en distintos tiempos, sobre el café y comió y fumó y bebió como si fuera la primera vez. O quizás la última.
Conversaron sobre lo qué iban a hacer, sobre a quién le correspondían las pequeñeces del departamento de Villa Crespo. Josefina seguía removiendo las hojas del libro aquel y deteniéndose en pasajes que leía en voz alta. Luis ahondaba, así, su descreimiento en todo. En su fuero interno, conjugó palabras y estructuras para dar paso a una seguidilla de conjeturas que le trasmitió a Josefina. Sin darse paso a respiro, le refirió que deje el libro, que la historia no existe, que no sabemos nada de lo que pasó hace tres mil años y, mucho menos, de lo que acaba de pasar. 'Son todos cuentos inventados, mentiras compartidas, verdades de cartón. ¿Acaso existió Alejandro Magno? ¿Hubo mongoles de los cuales cubrirse? ¿En verdad crees que los jeroglíficos significan algo? ¿Llegaste a sentir que Aquiles fue real? Creo que nada existió en verdad, que todo lo que sabemos es producto de narradores, de contadores de fábulas, de juglares que, sedientos de vino y hambriento de mujeres, inventaban, divagaban, creaban de la nada formidables historias para hacerse notar, para hacerse de sus cometidos. Y hubo quienes las escribieron, que las contaron por contar.' y respiró agitado, luego de haberse sacado eso que le pasaba dentro de sí.
Josefina virtió parte del contenido de la botella dentro del vaso, todavía con el libro abierto en una página aleatoria. Pequeñas gotas de agua cristalina, fría, salpicaron por sobre la carpeta marrón de elásticos gastados. Sin mayores problemas, sin siquiera aparentar un gesto, comenzó a apoyar los papeles que eran necesarios ser firmados. Repaso los items, marcó, como cualquier buena empleada de un organismo estatal, con cruces los lugares a ser firmados y aclarados para consignar lo pactado. El celular de Josefina sonó desde la cartera negra de tiras finas y alargada. Mientras contestaba, reía, se sonrojaba, por momentos murmuraba, casi hablando en secreto. Luego, cortó. Pero antes, Luis la escuchó decir algo como que esperara un poco más, que ya terminaba, que ella también lo extrañaba.
Dentro de los coloquios, de las tertulias que uno mismo establece consigo, todo puede pasar, suceder. La imaginación se regocija en los estadios donde acobija cada pensamiento haciéndolo propio, sorteando con ellos amarguras y sonrisas, sacrificios y plenitudes. Luis se paró, prendió un cigarrillo, soltó unos pocos pesos que tenía en el bolsillo que alcanzaban para pagar la cuenta y dejar una misera propina de monedas. Prendió un cigarrillo más - hace tiempo había aumentado la cuota de nicotina diaria, justificándose por los nervios, por necesidad - y soltó humo por sobre los restos de lo consumido. Tomó el libro, lo depositó en la axila izquierda, apretándolo fuerte, muy fuerte contra las costillas con su brazo, el brazo izquierdo que todavía tenía apresado al encendedor. Dió dos pasos para dar rienda a su marcha pero se devolvió para no masticar bronca luego y pronunció: 'Todo esto fue como la historia. No recuerdo los hechos, sólo algo me lo cuenta intentando dar brillo o destellos a aquello que fue bueno. ¿Acaso esto fue real? ¿En alguna ocasión nos hemos en verdad encontrado? Siento que hemos amado pero no nos amamos. Amar a destiempo es singular y, como un vampiro bailando frente a un espejo, no encuentra su reflejo, su contraparte. Así hemos querido, así nos ha salido. ¿Alguna vez me has amado? La pregunta es retorica más que interrogativa, perdón. Hoy sólo sé que la historia la escriben los que ganan. Espero que me des un buen papel en ella, siquiera un guiño de presentación. Hasta siempre'. Y Luis se marchó entre sollozos y con menos fe que antes, que nunca. En el camino, depositó el libro de historia en un cesto de basura, sin mayores sobresaltos.
Por otra parte, Josefina quedó sola en la mesa del lugar, con su agua a medio terminar, con su sobrino esperándola en el auto plateado que parecía ser conducido por James Dean y con un manojo de papeles marcados donde le cedía todo a Luis, en un último gesto de amor antes de contarle que ella tenía cáncer y que estaba por morir, que su historia estaba por terminar.



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sábado, 24 de noviembre de 2012

Breve ensayo del viento

Buenos Aires siempre fue catalogada de diversas formas, con distintas comparaciones. En su momento más europeo, por citar un ejemplo, fue llamada como la París de Sudamérica. Cada vez que transito por las calles porteñas me encuentro que Buenos Aires es muchas ciudades dentro de una, que conviven, luchan, se pugnan por territorios o tiempos o momentos por ser. Así, puede ser New York como Bangladesh. La he visto pasar de un melancólico y lluvioso Londres a un escaso, sediento e irreal Macondo.
De noche y de día, Buenos Aires ha sido diferente. Las personas que caminan las calles en distintos puntos cardinales del reloj son distintas, no se conocen entre ellas y, me animo a decir, que tampoco a sí mismos. De tal forma, un taxista de Parque Patricios que se rehúsa a colocar balizas o luces de giro en las avenidas principales durante el día, en la noche puede perfectamente ser un gran conocedor de tangos, marchando en un dos por cuatro por las calles de San Telmo, quejándose de los autos lujosos y apresurados.
Luego, también, acontece el fenómeno de los lugares, de los sitios específicos que tienen su característica, su magia particular. Claro ejemplo de ello es la esquina de Paraguay y Uriburu, en los rincones del barrio de la Recoleta.
Allí, donde jóvenes con aspiraciones a médicos, ortodoncistas, enfermeros y toda relación con la salud se agolpan para pulir sus ideas, para hacer propias las artes de Hipócrates, las del genial Pasteur y un tal Paracelso. Esa esquina se hizo propia, desde tiempos inmemorables, de un viento particular. Eso, simplemente viento. Ráfagas frías en invierno y templadas en verano que dan empujones para seguir o se establece como una pared casi impidiendo el paso cuando es agarrado de contramano.
El dato original, y lo que le da particularidad a este lugar de la ciudad, es que el viento ha llegado a ser tan fuerte que ha podido cambiar el destino. Son numerosos los testimonios de parejas que iban de la mano por Uriburu en dirección a Marcelo T. de Alvear y que terminaron abrazados a otras personas, huyendo y prometiéndose amor con un completo desconocido. También están los muchachos que, habiendo visto el fenómeno, corren detrás de las estudiantes de ambo blanco y las acarician impunemente bajo la excusa de un soplido fantasmal.
El viento también ha sabido afectar calificaciones donde despreocupados muchachos han sabido recibirse antes de tiempo por el desorden de los parciales o prolijos alumnos siguen en carrera por intervenciones en sus destinos.
En pro de verificar esta información y recopilar datos al respecto, me aventuré a ir un día primaveral previo a las etapas de finales de los alumnos, hace mucho tiempo atrás. Recuerdo todavía el haberme entrevistado con distintos personajes y todos corrían y hablaban, me respondían y caminaban, como una coordinación compartida, como una estrategia para que el viento no se llevara hasta el último de los anhelos. Es menester aclarar que, en ciertos casos, me ha tocado escuchar el relato de muchachos que juraban haber visto al viento arrebatar el alma de un viejo que esperaba que cambie el semáforo.
Luego de tomar nota de un testimonio sobre la calle Uriburu, a metros de Av Santa Fé, emprendí mi retorno para la Av Córdoba, caminando siempre por Uriburu. Dentro de mis cavilaciones, olvidé todo el asunto del viento y, casi llegando al a esquina de la calle Paraguay, un fuerte rasguño invisible mordió mi pómulo derecho para darle paso a una gran ráfaga que impedía el paso. Duró, sin escatimar tiempos, uno cuarenta segundos, casi un minuto. Había quedado inmóvil  inclinando el cuerpo hacia delante, intentando que el viento no me condujera a un destino incierto. Sin embargo, en la sabiduría de los procesos inconsciente, una lágrima rodó por sobre el pómulo herido poniéndole fin al acontecimiento.
Controlé que todas mis pertenencias hayan estado en los lugares correspondientes - qué ingenuo que fuí - y, hecha la tarea, me largué a caminar nuevamente para tomar el subte. Cuando pasé el molinete, en dirección a Congreso de Tucumán, una suerte de angustia, de vacío me cubrió, quitándome todas las fuerzas que tenía para seguir. Es a hoy en día que no recuerdo bien cómo fue que llegué a mi hogar.
He recapitulado el hecho miles de veces y siempre una sabor amargo recorre mi garganta y se torna difícil establecer el acto de tragar saliva por contener las ganas de echarse a llorar. El viento ese día me robó todos los sueños que tenía. Me quitó todas las ganas de seguir, de establecer metas y generar utopías.
Desde ese día, una o dos veces por semana recurro a la esquina de Paraguay y Uriburu en busca de que el viento se apiade y me devuelva siquiera un poco del sabor de esos años, que me dé un motivo. Pero, dentro de este ensayo que se ha convertido en crónica, debo admitir un suceso que me ha ocurrido unos años atrás. En una ocasión sentí que el viento me había devuelto esos sueños perdidos y añorados, posibilitandome las ansías de vida. Pero instantes después - que no habrá alcanzado los cuarenta segundos, el minuto completo - me percaté que eran mis sueños en verdad aquellos devueltos pero yo ya no era el mismo y ya no podía soñar igual. En un rapto de piedad, una brisa me reconfortó y me despojó de esos sueños vencidos, invitándome a continuar.


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*Brindo por aquellos que no olvidan sus sueños por más fuerte e incesantes que sean los vientos.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Esferas

Había dejado de escribir. Noté que los distintos días se discurrían de mis manos por sólo pensar en escribir. Ya no me percataba de la diferencia entre un lunes y un jueves, de un sábado a la noche de un martes a la madrugada. Además, tuve la sensación de que las personas de mi alrededor se habían podrido de que escriba. Es que siempre, y en todos lados, llevaba un pequeño cuaderno que me oficiaba de anotador y, en ocasiones, de espacio redactor de historias. Lo que también irritaba a las personas eran mis lapsos de inspiración que podían acontecer en cualquier instante. Así, me he visto escribiendo en cenas en restaurantes, en cafés durante charlas con amigos, interrumpido partidos de fútbol para escribir unas líneas. Es claro que todo me condujo a aislarme socialmente y a la aventurada búsqueda de nuevos amigos.
Así, ello fue la antesala para que deje de escribir. Es decir, ya vivía para escribir que hasta me había olvidado de vivir. Por ello, asumí que mis historias se iban dilatando y que necesitaba asumir otro papel en la obra de mi vida. No recuerdo bien el cómo, todo el proceso, la gesticulación de idas y vueltas, pero finalmente conocí a Daiana.
Ella era de la zona de San Telmo. Vivía con dos amigas en un departamento que le alquilaban a la abuela de una de ellas. Se movía en grupos de amigos que parecían nunca dormir o que se renovaban entre ellos, como en un partido de fútbol amistoso donde se pueden hacer infinitos cambios. Conocí la noche porteña, tan afamada como justa su fama. En una misma noche fui a museo escondido, también a una especie de pub en un tercer piso. Luego, también, estuvimos en otro bar, en un subsuelo, con poco aire y muchas bebidas. Algunos usaban lentes negros y cuadrados, durante toda la noche. Otros parecían estar fumando todo el tiempo, casi como si el cigarrillo jamás terminara y siempre estuviera en la misma proporción, con la misma ceniza instalada en los límites del tabaco.
Sentí que la quise a Daiana cuando, en una mañana, donde los primeros rayos de sol le acariciaban la sonrisa, me pidió si le convidaba un cigarrillo y luego me besó con olor a humo, a noche, a rayo de luz, a vida.
Luego, al parecer, ella notó que un sentimiento inquietante crecía en mí, que ya no podía disponer de su vida como antes porque, quizás sin quererlo, sin notar, yo me interponía en los planes. Me hice amigo de sus amigos, conocido de sus conocidos. Las personas ya me relacionaban con ella, ya le preguntaban por mí. Y ella lo notó. De tal modo, se alejó, jamás volví a saber de ella.
Después, los pormenores de la separación no importa. Sí hablamos, sí pedimos volver, si hubo reencuentros, llamados desesperados, mensajes de cinco de la mañana, desayuno incómodo compartido o lo que fuere, ya no importa. El error, el grave error del ser humano, a la hora de terminar un episodio amoroso, es el de pedir explicaciones, de por qués, de socavar cualquier duda que embarga a la persona por el simple hecho de intentar llenar el vacío existencial de la respuesta. Porque otra cosa no es, no lo es. La justificación para terminar con alguien no sirve, es innecesaria, es intrascendente porque lo verdadero es el deseo del otro, de uno, de alejarse y, cuando eso ocurre, sí comienza a apremiar más los motivos ante la ausencia de lo otro, ahí es cuando uno nota que la vida la vive mal.
Entonces, no volví a saber más nada de Daiana Y las penumbras, hermanadas con la tristeza y la soledad, me invadió nuevamente. La extrañaba con las últimas fuerzas de la conciencia y la sentía en todos mis razonamientos.
Sin quererlo, llamé a un amigo para contarle lo sucedido y coordinamos en juntarnos con el grupo para charlar al respecto. También entablé largas conversaciones con mi padre quien, desde su silencio y su mirada extraviada a otros pormenores, con palabras pocas pero infinitas, me aconsejó que respire, que suspire, que me vaya de putas también. Sin quererlo, Daiana formó parte de todas las cuestiones que hacían a mi vida, más allá de la brevedad del instante compartido. Con este acontecimiento, aprendí que la importancia de las cuestiones no es relativa a la prolongación sino a la intensidad de lo vivido. Así, un minuto de vida puede vale más que la vida misma, darle mayor significado.
Me encontré a mi mismo haciendo garabatos a orillas de un diario, en un café, una mañana que me veía todavía con el pantalón del pijamas y despeinado, revolviendo un café con leche y observando con zozobra la eternidad de la vereda del frente, donde nadie pasaba, donde unas hojas secas hacían jirones en el aire para terminar en una boca de tormenta. Me saqué la campera, mi único abrigo, para poder distenderme un poco pero, al momento de depositarla sobre el  respaldo de la silla, una lápicera salió volando y rodó por el piso hasta casi llegar a la barra. A tientas, la encontré detrás de una banqueta y la miré. La rocé, primero, con la yema de los dedos pulgar e índice de mi mano derecha y la miré.
Al devolverme a mi mesa, comencé a hacer bosquejos y siluetas en los mares de las servilletas, como aquel niño que reconoce objetos y los combina. De pronto recordé que tenía ideas, que tenía ganas, que me faltaba Daiana y que el almíbar de las medialunas me pegoteaba los dedos. Y comencé a escribir, nuevamente.
Llegado a este punto, no quisiera alardear pero, a mi parecer, en la serie de servilletas que oficiaban de hojas de redacción, escribí la mejor de las historias que alguna vez pude hilar, que pude imaginar y crear. Tomé dos cafés más para poder justificar mi estadía prolongada en el reciento hasta poder terminar la historia.
Al momento de finalizar, dí una vuelta con mi vista por todo el ancho y largo del rejunte de pequeñas servilletas que formaban un perfecto cuadrado de casi la extensión de la mesa. Lentamente, abollé parte por parte de la historia y creaba pequeñas bolitas, casi esféricas  cuales introducía en los bolsillos de la campera. Como en un trote de risas, de sonrisas, salí del lugar y me dirigí a la calle.
Una por una solté cada bolita al viento, el primer puñado se fue en la vereda del frente bajo la atenta mirada del mozo que reía mientras se llevaba la taza que dejé vacía. Después, el camino hacia mi hogar, se fue tiñendo de esas esferas hasta que se agotaron.
Entendí que las historias sólo ocurren en la combinación, en el contacto. La mejor historia es la que todavía no se ha contado pero quién mejor que el viento para intentarlo.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Decir que soy

En una ocasión, un estudiante de arte, de crítica al arte, me realizó una entrevista para un informe. Ante todo, como carta de invitación, le pregunté por qué criticaba, a dónde quería llegar. El joven no supo contestar. Pero sí supo preguntar, luego. Me indagó acerca de qué era el arte y no tuve salida. Me vi forzado a citar a San Agustín cuando dijo eso de que sí le preguntaban qué era el tiempo, no lo sabía; pero sí no se lo preguntaban, sabía la respuesta. A mi me pasa eso con el arte. Sé qué es el arte en la medida de que no existe en el vocablo, en la mente, en los rincones de mi pensamiento pero no puedo expresarlo y me desespero, me tiemblan las manos y una suerte de nostalgia y de euforia y de desazón con impulsos se mezclan. En ese instante no me reconocí, fue la segunda, la tercera vez que me habrá pasado en la vida. Tuve que pedirle al joven que me aguarde, que necesitaba respirar, que vayamos a descansar a una plaza por unos instantes y hablar de nada. Con la suerte de mi lado, él accedió y caminamos por las calles empedradas, pintadas de un naranja melancólico producto de los últimos albores de luz solar. Una suave brisa nos invadió y dejamos que nos invada. Encendí un cigarrillo al llegar a la esquina y recorrí los primeros metros de la plaza con el faso en la boca, apretándolo con mis labios rugosos para que el viento no lo separe de mí.
Nos sentamos en un banco, recuerdo que el banco era verde oscuro lleno de escritos de adolescentes que juraban amor. Le comenté al estudiante de crítico que eso era el arte. Él miró a su anotador y escribió mis textuales palabras. Y preguntó por qué. Le dije que el arte no es una estructura, no es una definición, el arte es aquello que te conmueve, que te inspira y que te transmite algo. Puede ser el banco de una plaza, una ola perdida en el mar, un suspiro de una chica abandonada o el boleto del tren. El arte es cada uno y lo que queremos de lo otro. Por eso es imposible criticarlo, porque a mí me trasmitió nostalgia, me inspiró un sentimiento ver ese banco manchado de promesas porque, por más que en la realidad no hayan durado más de unas pocas horas, está plasmado para siempre en la esencia del banco, en la eternidad de la plaza, en el momento del universo. Y eso me basta, eso es arte, lo que uno proyecta y lo representa desde el objeto, del sujeto, del fenómeno que aprecia. El resto es puro relleno, fórmulas, libros de texto.
Julián (recordé su nombre), anotaba puntillosamente todo lo que ibamos conversando sin darse la oportunidad de, siquiera una vez, mirar al banco. Se refirió a arte como Monet, como Blake, como un español que no recuerdo el nombre. Le dije que yo pinté replicas de cuadros de ellos pero que jamás me trasmitieron nada porque jamás esperé nada de ellos. Julián quiso saber qué era aquello que me inspiraba, de dónde obtenía la directriz para las pulsiones que conducían a la expresión en pinturas. La palabra pulsión me pareció repugnante ya que recordé mi infancia con un psicólogo luego de la separación de mis padres. Siempre sentí que esa distancia, ese alejamiento de mi madre y el constante reproche de parte de mí padre hacia mí, adjudicándome la culpa de la separación, me ha maltratado desde la tierna infancia. Fuí hijo único y excusa única, también. Así, con la innovada función del profesional mental dentro de la sociedad, me enviaban al psicólogo dos veces por semana por varios años hasta que pude decidir escaparme de sus garras, también de mi padre. Recuerdo el lugar que oficiaba de diván  lúgubre, con olor a humedad y un par de gatos moviéndose lenta pero perpetuamente, observándome desde cualquier punto de la habitación. Todo el tiempo observado por tres, como una santa trinidad de procesos cognitivos. Y la palabra pulsión se repetía, lo veía en los labios de Julián, en sus ojos que quería repetir pulsión, quizás una palabra nueva para él pero tan vieja y tan amarga para mí. Ví la brisa en los ojos de Julián, su crítica, su repulsión (otra vez la palabra pulsión) en sus gestos, en su forma de mirar, de tomar nota, de levantar las cejas cuando preguntaba. Sentía el sonido de su respiración, de suspiros que juzgan como los juicios de Nüremberg, como a punto de verme firmar un tratado de rendición como el de Versalles. Y me miraba, acentuaba con su cabeza hacía delante la necesidad de una respuesta.
Cuando dejé de correr, ya había cruzado la plaza entera, el parque entero y estaba caminando por entre mesas de bares, con un cigarrillo encendido y con el dejo amargo de la cara de Julián y su forma de agitar los brazos cuando me marchaba, pidiendo que vuelva. Sentí recorrer una fría y gorda y honda gota de sudor sobre mi cuerpo caliente, a medida que todos me observaban. Veía caras difusas, como en un sueño, distorsionadas por la poca claridad del día que se volvía noche, por luces de neón, artificiales, que se mezclaban con sombras, con rostros con risas, con carcajadas de caras que no tenían forma, que tan sólo eran una mancha negra mezclada con los dejos anaranjados del sol que se agotaba.
Reanudé mi marcha hacía mi hogar y tropecé, al entrar, con un lienzo que estaba por terminar. Lo miré y no le encontré sentido, ni un rastro de inspiración, de sentimiento, sin una pizca de arte. Tomé el cuchillo que usaba para dar retoques a ciertas partes de la pintura y corté el cuadro de forma diagonal, desde la arista superior izquierda hasta la punta inferior derecha. Respiré, respiré hondo y sentía que me mareaba, que veía la cara de Julián juzgándome, como sentado en la punta del taller que era mi casa, desde la sombras, tomando notas. Los ojos se me nublaron y no me quedó más remedio que llorar, que darme al llanto.
Cuando desperté, las renovadas luces del sol se reflejaron sobre el cuchillo apuntando al lienzo destruido. De pronto, pude ver. Pude entender y comenzar. Tomé un lienzo nuevo, las pinturas y, todavía sin entender sí estaba despierto o dormido, sí en verdad era yo u otro, pinté. Comencé por una pequeña ventanita del lado superior izquierdo, con una mujer mirando al mar. El resto fue relleno, cosas de dejar bruscas pinceladas por ahí, por allá. Y supe que nadie me podría entender jamás toda la concepción de la obra, su origen, la ventana, la mujer, el mar.
Por eso la exhibí, para regodearme de que nadie, nunca, podrá saber qué era lo que yo quería, no podría haber crítica valedera porque no habrá forma de apreciación, de saber, de querer creer. Nunca esperé que ella lo entendiera, que ella supiera.
Bueno, creo que sólo bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne (aquella persona que pudo entenderme, que pudo mirar el origen, la ventana, la mujer, el mar, el túnel).

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Imagen de acá

martes, 6 de noviembre de 2012

Adormecido

Cuando coloqué la llave en la puerta de hierro verde que está fuera de casa, sentí que todo el peso del día, de los días, de la vida, se agolpaba por sobre mis hombros y hacía esforzar por demás a mis piernas cansadas. Hizo bastante calor y ya la camisa no tenía ese aroma entre lavanda y planchas oxidadas que emanaba cuando la retiré de la lavandería. Al poner el primer pie dentro de eso que la sociedad de la propiedad privada ha dado el nombre de hogar, giré sobre mis pasos y cerré mi prisión personal a medida que una suerte de relámpago iluminaba el cielo y a los elementos de la tierra, incluido ese extraño hombre que decidía pasear en bicicleta a esa altura de la noche, con ese tipo de clima. Porque, dentro de las magias de Buenos Aires, se encuentra también la facilidad de imitar o recrear ambientes, microclimas. Así, hubo calor de día y vientos, relámpagos y gruesas gotas de lluvia por la noche. Humedad todo el tiempo. Llovía y hacía calor. Observé la secuencia desde el porche a medida que tanteaba el juego de llaves para introducir la correcta, aquella que me permitiera ingresar a esas cuatro paredes donde uno siente la libertad. Siquiera, era viernes y el lunes era feriado.
Una vez dentro, revisé la heladera por más que sabía que no existía nada en ella. Sin embargo, para mí sorpresa, me encontré con dos porciones de una suculenta torta que hice mía al instante, sin preocuparme el por qué estaban ahí, quién fue que las había colocado en ese lugar. Mientras caminaba hacia el living, reposé el portafolio por los aires hasta que se estrechó en la pared y dormitó en el suelo. Luego, me deshice de mis zapatos gastados de entrar y salir de cubículos en oficinas decoradas de esa luz artificial, de esas sonrisas artificiales y de esas mujeres también artificial. Pisé mis zapatos y los deslicé cercanos a la puerta que daba hacia el patio trasero, me prometí a mi mismo sacarlos antes de irme a dormir.
Entonces, con las dos abundantes y propicias porciones de torta, me fui a sentar en el sofá, frente al televisor, allí donde la vida ocurre. Con ademanes torpes y bruscos golpeteos sobre los almohadones de mi aposentó, pude encontrar el control remoto. Desde la oscuridad de la habitación, iluminado por la radiación del aparato, me disponía a comer ese regalo de otro, esa magia hecha torta de chocolate con frutillas y crema. Cansado de andar por distintos canales, encontré una película para ver. Portaba el nombre de 'Numb' y era protagonizada por uno de los actores de la sitcom Friends.
Recuerdo el principio, algo del medio y el argumento. No llegué a mirar el final. La cuestión era que el personaje, el protagonista, aquel que siempre es el héroe  iba teniendo una vida desastrosa producto de una experiencia, de un instante. Él estaba fumando un faso y de repente todo cambió. Nunca jamás logró recobrar la percepción de aquello que se llama realidad. A través de estudios, de secuencias de exámenes e idas y venidas a distintos médicos, se le diagnostico que sufre de un desorden de la personalidad llamado despersonalización. Básicamente, el no vé las cosas como son, todo es sueño, casi todo el tiempo.Ya no distingue lo que es la realidad, lo que es sueño, lo que es de lo que no es.
Sentí en mis manos discurrirse chocolate y una frutilla cayó, redonda, sobre el sofá para rebotar y continuar su camino rodando por el piso, hasta terminar por debajo del modular donde se encontraba el televisor, entre otros aparatos tecnológicos. Mientras tanto, el protagonista lloraba o creía que lloraba pensando que todo eso iba a terminar, que iba a despertar, pero esta vez lo sentía real.
En determinado momento de la película, él, el despersonalizado, quiso contarle qué era aquello que le pasaba a su ex novia o a su novia, no sé, a una. Le contaba, sin transmitir sentimientos, una lágrima o signo de desesperación, lo que le sucedía, a medida que ella se desintegraba. Pero para él, era un sueño, ya nada era real, ya el gusto de la comida, la textura de la sal, el sentido del agua, nada era real, tampoco ella era real para él, siquiera. En aquel momento, sin querer, recordé ese examen de Literatura de la secundaria que me hacia comparar la Continuidad de los parques de Cortázar con el proverbio chino de ese emperador que se soñó ser mariposa y que, al despertar, no sabía si era emperador que soñó que era mariposa o si, en verdad, era una mariposa que sonó que era emperador. Y me quedé dormido con las migas de las porciones de torta en el plato, con los dedos aún manchados.
Al otro día, me desperté con renovados humores, con una suerte de dolor de espalda por la mala postura pero contento al fin. Ya era de día y ya era viernes, el última día de la semana. Tomé el control remoto que estaba al lado de un plato con migas que no recuerdo haber usado y escuché desde el noticiero que durante el día iba a primar el calor, para dejar paso, a la noche, a las lluvias, a fuertes vientos y a relámpagos. Todo adornado con húmedad. Siempre me sorprendió la magia de Buenos Aires de recrear microclimas o imitar situaciones climáticas. Me vestí con la camisa que había traído la noche anterior de la lavandería. El aroma de lavanda era singular, mezclado, quizás, con el óxido de planchas que ya no quieren más.


lunes, 29 de octubre de 2012

El día del después

El tiempo pasó tan solo como el tiempo es capaz de pasar. Sin descuidos y con una que otra anécdota atrás, el mundo, la humanidad, arribó al año 2473. Sí, hubo problemas en el medio pero mal que mal, estaban previstos. Guerras por doquier, dominación económica, sumisión social, el efecto eletroshock como diría Naomí Klein. Los continentes se separaron y se juntaron, se volvieron a extender, como una reunión de egresados del secundario luego de unos veinte, veinticinco años. Se intentó llegar al socialismo y funcionó pero, lamentablemente, también función un nuevo libro al estilo Friedrich Von Hayek y siempre, en la historia, existe un discípulo como Milton Friedman. En fin, también sucedió algo como 1984, como el libro me refiero. Conglomerados de países  dados por la redistribución de placas tectonicas sumadas a las afinidades políticoeconomicas y a la suerte de la invasión, se agruparon en algo similar a lo que fue Eurasia, Oceanía y Estasia, pero tenían otros nombres, más rejunte, un intenso quilombo, mucho más para los editores de libros de geografía y política.
En ese mundo turbio, tenebroso sólo por ser parte del futuro, vivía Román. Era un oficinista de un piso doscientos ocho que vivía infelizmente casado con Courette, una inmigrante de otro continente que con la primera mirada le prometió una vida de augurios y felicidad pero que hoy se convertía en una corbata mal planchada y un reproche nuevo cada día. Sin embargo, más allá de su inconstancia, de su fatal desatino de no encontrarle sabor a la vida, Román tenía demasiado miedo a morir, a que todo acabe y que todo se esfume como sí nada. Treinta y dos años luego, recordaba, en esos momentos de agonía y melancolía, la noticia que, aún siendo casi un niño, casi un adolescente, le habían comentado, su tío preferido había muerto de un colapso cardíaco. Jamás consiguió entenderlo por más veces que se lo explicaran desde diferentes opticas filosóficas, religiosas o económicas. Así, vivió con esa inconstancia, con ese temblor en cada paso pensando que será el último o, aún peor, que no tenía sentido, planteándose cada decisión para cometerla, pensando en qué devendrá, en qué culminará, para qué sí al final nada podrá darle un rato más de vida.
Al llegar un martes a la oficina, un martes cualquiera, notó que las personas estaban siendo raptadas por largas risas, abrazos y algarabías, todo lo cual siempre fue ajeno al ámbito oficinista. De pronto, todas las actividades de televisores, computadoras, teléfonos y otros aparatos que podían producir voz e imagen, fueron interrumpidas por una emisión internacional. Román se lamentó ya que la última vez, habrán pasado unos cuatro años, por ese medio habían declarado la invasión a un territorio ajeno y una breve guerra de dos horas pero con millones de muertos, de inocentes. Sin embargo, el ambiente que se respiraba era distinto, había olor a flores, a juventud y a sonrisas de enamorados. De repente, comenzó la transmisión.
En resumidas cuentas, varios profesionales del instituto aeroespacial, conjunto a geólogos, médicos, ingenieros, arqueólogos y abogados (porque siempre debe haber abogados), encabezaban un panel que explicaban un suceso extraordinario pidiendo disculpas, previamente, de no haberlo dicho antes pero que  precisaban confirmar la información que estaban a punto de dar. Al parecer, hace unos meses, un asteroide, un objeto del espacio, chocó con el planeta. Por suerte, no impactó directamente en un continente sino que sucedió en el mar, de noche. El tamaño era menor pero el impacto fue de tal magnitud que produjo, luego, sismos, terremotos, tsunamis, huracanes, cambios climáticos y otros fenómenos que no existían tan repetidamente. Lo que luego pasaron a aclarar era que este objeto intergalactico produjo otro efecto que fue correr a la Tierra de su órbita, de su eje habitual, y por ello se ahondaron estas mencionadas modificaciones de la naturaleza. Pero ello no eran lo que apuntaban, más adelante habría espacio para consignar más datos al respecto. Entonces, se dieron paso a contar que aquel desvío del mundo que conocemos produjo una modificación instantánea e invisible en nuestros cuerpos, en nuestras formas. Al parecer, ahora, en el año 2473, debido a esta suerte de carambola espacial, podíamos vivir más años, más de la cuenta, una yapa se habría dicho en otros tiempos. Acto seguido notificaron el envío de un boletín a cada país para su distribución, no sin antes aclarar que el promedio de vida del ser humano sería de entre unos cuatrocientos ochenta a quinientos diez años, aproximadamente, y esto se conseguía así, de la nada, sin necesidad de trámites burocráticos.
La oficina de Román estallaba en abrazos, en alegrías compartidas, en papeles que volaban por los aires, lágrimas, llamados de teléfono y corchos de champagne volando por las cabezas de los distintos compañeros. Se anuncio el día libre para los empleados y cada cual se fue a encontrarse con sus seres queridos.
Cuando Román llegaba a su casa, vió que Courette estaba esperándolo en el porche, distinguida con un gran vestido blanco con flores rojas y el pelo recogido. Sus ojos brillaban y sin decirle nada, abrió la puerta del auto de su esposo y le dió el beso más nítido y palpable que cualquiera de los dos jamás haya percibido. Ambos sentían que la vida tomaba otro rumbo, que había espacio para soñar y concretar lo soñado, que ahora el tiempo alcanzaba y sobraba para leer los libros que se querían leer, para ver las películas que hacían falta ver, para poder amar tanto como el corazón pudiese permitir. La eternidad se hacía carne, se hacía beso de dos con un auto con la puerta abierta, todavía con el motor encendido. 
Ese martes pasaría a ser, por el resto de la historia, como el día del después.
Desde aquél día, miles de personas se suicidan semana tras semana, sin un gesto, sin decir una palabra anterior, como ofreciendo un diezmo al universo. Román se suicido el miércoles por la madrugada, luego de haber hecho el amor con Courette y mientras ella dormía. Román se ahorcó con una corbata sin planchar, dejando un cigarrillo encendido, todavía sin terminar.



miércoles, 24 de octubre de 2012

En plaza San Martín

No soporté más esa reunión. Un puñado de oficinistas haciendo un after office en la calle Reconquista es igual a cien años en el limbo, en un proceso que nunca termina y se repite, constantemente, como esa historia o ese mito de Sísifo y su constante e inalcanzable tarea. Decidí  luego de tomar los últimos sorbos de mi cerveza, retirarme. Con un saludo general y un 'buen fin de semana', dí media vuelta y me fui.
Hacía calor. No, mejor estaba fresco. El sol daba sus últimos abrazos y comenzaba a dar paso a las sombras. Todavía se podía distinguir los cuerpos, los materiales sin la necesidad de las chispeantes luces artificiales. Me pareció adecuado caminar un poco antes de irme a casa ya que razoné el hecho de que siempre, al salir del trabajo  de la facultad, de alguna obligación, uno corre al hogar, al retorno de donde uno pertenece para encontrarse con nada, con casas vacías de risas, con una televisión prendida expulsando verborrágicas tragedias y asesinando ideas, y con el dejo de vacío de no haber retrasado un poco más la vuelta, de no pasar por la librería que uno quería, el autoreproche de no haberse quedado conversando un poco más con esa amable chica nueva en la oficina, la falta de sonrisas brindadas y el descontento por no reconocer dónde uno está y dónde quisiera estar. Por ello, salí a recorrer los agonizantes últimos suspiros de la calle Florida, desde Córdoba hasta la plaza San Martín.
Caminé despacio, bien lento. Cadetes de última hora me golpeaban al pasar, al intentar esquivar turistas que venían de frente, de costado, desde arriba o salían debajo de la tierra. Pequeños gerentes, canosos, con camisas con dos botones desabrochados dejando ver brumas de vellos pectorales y acompañados por pomposas secretarías, riendo y señalando vidrieras mientras humo de cigarrillos salen de sus bocas hasta cuando no fuman, pasaban por los bordes de la peatonal. Jóvenes pidiendo monedas, artistas haciendo morisquetas, personas de traje pidiendo por el 'cambio, cambio', dos cuadras de perpetuo olor a cuero y a habanos toscos. Era hora de volver al hogar.
La plaza San Martín, últimamente, me ha transmitido un dejo de nostalgia, una mueca que pretende ser sonrisa ante la panorámica vista, sus diferentes estructuras y la capacidad de ser muchas plazas siendo una sola. Las luces de los postes comenzaron a prenderse, lentamente, mientras colectivos dirigidos a Retiro realizaban su habitual recorrido. Parejas se juraban amor eterno en los verdes pastos, compartiendo abrazos capaces de derrotar al mejor de los fríos, a la mejor de las muertes. También, al mismo tiempo, otras parejas se reprochaban odio, disconformidad, la necesidad de alejamiento en los verdes bancos a medida que mínimas rubias con calzas negras tres cuarto y zapatillas caras corrían por el lugar, subiendo y bajando escaleras, apretando la vida con los dientes, apretando al ipod con las manos. En un pasaje, casi apoyada a un árbol y sentada sobre una manta multicolores, estaba ella.
Supe que su nombre era Juliana y que era uruguaya. Ofrecía, con un tono de voz sonriente, leer las manos, las cartas, adivinar algo. Lo curioso, lo extraño que Juliana tenía era que no pregonaba acerca de la posibilidad de avisar sobre el futuro del cliente sino que, todo lo contrario, insistía en adivinar el pasado. Claramente, en épocas donde el mañana vale oro, el pasado es el nombre que recibe el deterioro del tiempo, produciendo, así, que Juliana no haya tenido clientes en el día. Me acerqué llevado por un sin razón, por saberme caminando hacia un destino ya sabido, ¿qué mejor conocido que aquello que se ha vivido?. Además, me pareció oportuno ver y escuchar qué tenía para decir ya que siempre repudié el afán por conocer el futuro por sentirlo similar a hacer trampa con la vida, no respetar las sorpresas, como marcar las cartas antes de repartirlas, ser el croupier y el jugador. Así, me acerqué y le convidé un hola, luego pregunté si no era molestia si me sentaba. Ella señaló un rincón de su manta multicolor indicando que me apoye allí, luego hubo preguntas rutinarias, de esas que buscan un primer contacto sin llevar a nada, el cómo estás, cómo te llamas, de dónde sos, qué tal. Terminado este primer proceso, me confesó que ella sí, que ella leía el pasado y que este don no es muy apreciado ya que nadie le interesa que le hablen de algo que ya creen sabido pero que siempre existía una sorpresa, siempre hay un algo.
Juliana dió un ligero movimiento con su cabeza, como hacía atrás, en el mismo momento que una ligera ráfaga de viento se despertó e hizo ondear sus largos y enredados cabellos castaños. Me preguntó con qué método quería saber mi pasado pero, antes de que pudiera elegir, tomó mis manos y empezó a tararear una canción y a recorrer las líneas de mis palmas, y sonreía, Juiana sonreía. Comenzó a decir verdades, cosas que pasaron. La época del colegio, nombres de mis compañeros, me dio, en perfecto orden, el listado de alumnos de quinto grado a, al cual yo pertenecía. Después prosiguió o retrocedió hablando sobre los amores perdidos, el primer beso, la primera lágrima al ser lastimado. Se refirió a los goles que hice en el patio de casa y cuando le insistía a papá a que jugara a las bolitas conmigo. Me dijo que fuí un niño muy feliz, rodeado de cariño y de los mejores sueños jamás soñados.
Luego, siguió ante mi extrañada mirada. Me confesó que yo tuve miedo a pelear por el temor a perder, sea cual sea el juego. Luego, me sorprendió cuando hizo aparecer el recuerdo de una pelota que me había dado grandes alegrías. Me contó sobre lo que yo quería ser cuando era chico. En ese momento, mientras Juliana tenía la cabeza hacia abajo, mirando las palmas de mis manos, me miré con un traje caro, una corbata desalineada y noté cuán lejos estoy de lo que quise ser. Prosiguió, sí, tempestuosa a discurrir sobre momentos de mi vida que vanamente recordaba. La pileta con papá y mamá, navidades extraviadas, olor a tierra mojada antes de las lluvias de verano y hasta juguetes que supe tener. Una suerte de congoja se apoderó de mí, una molestia en el pecho que se confunde con calor y vacío a medida que la conversación seguía. Juliana reía con mis risas de niño y confesó que quiso darme un abrazo en las tormentosas noches de adolescentes, donde el mundo puede ser de uno en un minuto para pasar a ser nada en el otro.
Llegado a un punto, Juliana interrumpió el proceso devolviéndome el poder sobre las manos y quedamos unos segundos, un minuto quizás, en silencio. Emané un suspiro largo y tembloroso y Juliana se acercó y me abrazó. El sol se ocultó, llevándose consigo la cortina anaranjada que había colocado sobre la plaza como toldo para este desarrollo. Ella se rió y le agradecí por todo, le dí algo de dinero e intenté pararme pero Juliana no me lo permitió. Acto seguido me confesó que si bien ella puede leer el pasado, hubo cosas que fueron ciertas y otras que no, las que me dijo. Es decir, refirió que su don lo obtuvo conjunto a la necesidad de mentir al mismo tiempo. 'Todo lo que dije tiene parte verdad, parte mentira' dijo. 'No lo hago a propósito, sólo vos, las personas, pueden distinguir cuál fueron sus verdaderos recuerdos y cuáles no. Es que todo está mal, Diego. Muchos están tan preocupados por mañana que no se acuerdan siquiera de las navidades del ayer, de qué pedían para reyes, del gusto de los caramelos de la infancia o de las maestras de la primaria. Ya nadie tiene tiempo para estas cosas, a nadie le importa recordar cuando se jugaba a la escondida, a las bolitas y casi nadie recuerda cómo era saltar la soga.' refirió y frunció los labios, estirándolos y ahondando, aún más, los huequitos que se le formaban en los pómulos.
Sin espacio para palabras, la tomé por las manos y besé su frente. Los recuerdos son sólo gotas de una agónica lluvia que chocan con el vidrio del presente mientras miramos hacia otro lado, cualquier lado.
Caminé, como se camina sólo en un sueño, hasta Retiro. El tren estaba demorado.


martes, 16 de octubre de 2012

Somos excusas

Sebastian estaba abatido. Todavía resonaba en su mente la combinación del pasado, del presente y la incertidumbre del futuro, de ese futuro que se iba deshaciendo como castillos de arena arrasados por las mareas, como grandes estampidas de cordones montañosos que se erosionan con el viento.
Caminaba desorientado, alentado sólo por la brutal rutina de emprender sus pasos, uno delante del otro, sin destino cierto, con la mirada ausente mientras el frío de la noche raspaba sus mejillas descubiertas. Fumaba con impaciencia, largando bocanadas de humo de tabaco que fluían conjunto al vapor que se produce por la diferencia de temperaturas existentes entre el adentro, entre el afuera. Las palabras que Mariela le había pronunciado luego de los primeros sorbos de café lo dejaron perplejo. Él sabía de qué se trataba cuando ella lo llamó la tarde anterior, con un tono de voz sumamente lineal, insípido, para solicitarle la reunión con la formalidad del 'tenemos que hablar'. La construcción colectiva del humanismo ha hecho que ciertas palabras, frases o circunstancias compartidas, signifiquen algo ya pautado antes de que ocurra, de lo que se diga; como si el uso de ciertas oraciones con el grado justo de voz bastaran para trasmitir lo que en verdad significan, la posterior consecuencia. Así, Sebastian entendió que el 'tenemos que hablar' no iba a aparejar nada nuevo, nada bueno. De todas formas, llevado por el principio del saber, él se dirigió al encuentro para confirmar que Mariela lo dejaba. No quisiera extenderme en explicar el por qué. Uno, cuando deja, cuando es dejado, debe saber que los motivos no importan, son pormenores que son usados en pro de no ocasionar un pasional rechazo del otro. Es, también, una forma de excusarse, de justificarse que de nada sirve a uno mismo o al otro también. Lo que verdaderamente importa, lo que es sutancial en todo el proceso, es que la relación termina por decisión de una de las partes y ya nada vale, ya no importan los por qués, las promesas que surgen instantáneamente. Y lo que jamás sirve son aquellos augurios de cambiar, de ser otro porque la contraparte ya no lo quiere a uno mismo, porque, también, la contraparte ya no es aquello que queríamos. Así, Sebastian escuchó las referencias, las explicaciones de por qué estaba siendo dejando mientras su mente divagaba en el futuro que se desvanecía, en la mezcla de las cuestiones que se habían dicho en el pasado, en lo que estaba ocurriendo ahora, como sí el presente fuera la bisagra de una puerta que conlleva a un mundo totalmente diferente a lo que se prometía. Llegado a un punto, Sebastian se levantó y se fue, dejando que Mariela siga hablando con la soltura del discurso preparado.
De tal manera, se encontró caminando, con el frío de la noche raspando sus mejillas y fumando, pensando en qué momento todo se fue a la mierda y en dónde habrán quedado todo esos bosquejos, esos proyectos que se prometían uno a otro, su futuro compartido. Sebastian quería estar con ella pero, desde el momento que se sentó en esa mesa pequeña de café, ya lo que él quería no valía nada. La desesperanza y la congoja se le hizo piel y, con ellas a cuestas, salió a dar una vuelta para nublar sus pensamientos un poco más.
Sebastian se sentó en un banco de plaza revestido ya por pequeñas escarchas de la noche húmeda. Las copas de los árboles danzaban por arriba de su cabeza mientras sus pensamientos lo punzaban produciendo ese dolor en las sienes que impiden el resto de la vida, haciendo que la vida sea todo dolor, toda presión ante las sienes. Sebastian se tomó la cabeza, apoyó sus codos en la finalidad de sus rodillas para acariciar sus pensamientos.
En ese instante, notó un papel que apretaba al piso con su zapato izquierdo. Se agachó un poco más y lo tomó con sus manos. El viento soplo despacio, en esta oportunidad, de una manera amable, como queriendo abrazar. Las luces de la plaza, sucias, casi melancólicas, iluminaban la escena y temblaban por el frío impiadoso. Los árboles se entrelazaban unos con otros, por sus ramas y la noche abrigaba con luna y nubes tenues a la disposición de los elementos en esa parte del planeta. Sebastian tenía el papel en sus manos, un trozo que no podía albergar más que un pensamiento, que una palabra. 'Mañana' (*) sólo decía el papel. Y a él le bastó para sonreír. Para entender que ese momento, esa situación era el resumen de la vida como él la entendía. Porque sintió paz, se sintió bien dentro de la vorágine de sentimientos que acababa de transitar, donde, ahora, una especie de tranquilidad cósmica lo embargaba por unos instantes donde sentía que nada podría salir mal. Así, su dolor de cabeza se apaciguó, sentía calor dentro de su pecho y respiraba diferente. Sebastian entendió que son esos momentos, esos resplandores de luz en la noche oscura de la vida, los que hacen que todo valga la pena, que todo sea diferente, por el simple hecho de que vivimos buscando aquellos suspiros en el aire que son esos espacios donde el confort nos embriaga y nos podemos sentar en el banco de una plaza a disfrutar la vida. El resto, los demás días, son sólo pretextos, son un diario devenir de la nada misma. Se convierten, más allá de la crueldad que ello implique, en rutinarias melancolías de aquello que fue o que vendrá, recordando o intentando crear esos instantes de verdad paz. De esa forma, los días, en su mayoría, del ser humano son solamente excusas, pasos agigantados rellenos de aire donde paramos todo el tiempo a mirar la hora, a ver si llega el colectivo, a chequear mails, a llamar por teléfono, a mirar el pronostico del tiempo, en pagar facturas, en preocuparnos por la próxima fecha de cobro.
Sebastian se levantó del banco, sacudió su sobretodo gris y prendió un nuevo cigarrillo. Tomó el papel y, contrario a lo que cualquier pudiera pensar, lo dejó olvidado cerca a otro banco, con la esperanza de que alguien más pudiera cambiar su día de excusa siquiera por un instante, por ese instante donde nace la vida misma.

()

(*) Me tomo la licencia de hacer referencia a esa palabra por haber sido utilizada con el ideal de la esperanza en la historia de Los árboles mueren de pie, del genial Alejandro Casona. También, quiero mencionar a tamaño autor y hacer de esto un pequeño homenaje a la fantasía teatral que creó.

viernes, 12 de octubre de 2012

Para la ocasión

Jorge tenía la costumbre, el sano hábito de leer, de darse un tiempo para la lectura narrativa, fantástica. Si bien no tenía el tiempo que quisiera para hacerlo, se conformaba con los pequeños espacios que el devenir diario le permitían para darse el gusto. Jorge estudiaba en la facultad de Filosofía y Letras de la UBA para ahondar en conocimientos de, justamente, filosofía. Le gustaba, le interesaba las temáticas del estructuralismo o, mejor, del postestructuralismo y esos pequeños pellizcos al alma que hacían los existencialistas también. De todas maneras, no sería justo comentar que Jorge dudó en varias oportunidades en cambiarse de banco, de aula, de materia y de carrera para poder leer literatura, cualquiera, pero leer algo que le permitiera hacer de su vida un gran espacio, en vez de pequeño, para darse el gusto de leer.  Pero Jorge tenía su meta en conseguir la licenciatura en filosofía para poder, luego, enseñar, despertar en otros el idealismo, darle un empujón al motor del pensamiento, del sentimiento de los demás.
En una noche de invierno, entre otoño e invierno, donde comienzan a desplegarse mantos de hojas secas en las veredas y el viento sopla suave y constante, Jorge realizaba el mismo camino habitual desde la parada del colectivo hacia la facultad. Volvía de trabajar. Había conseguido un empleo en un correo privado el cual, últimamente, le estaba demandando mucho trabajo por supuestas futuras reestructuraciones. Internamente, se rumoreaba una especie de avance en la concreción de ciertas licitaciones y facilidades, lo cual le ahorraría a la compañía cientos de miles de pesos. De tal forma, se debía preparar el terreno. Jorge renegaba de ello porque, anteriormente, solía destinar su tiempo laboral, también, para leer, para conversar con sus compañeros, etcétera. Entonces, con una suerte de cansancio a cuestas y cubierto por un sobretodo gris con olor a estampillas, llegaba a cursar una de las materias que más le llamaban la atención. Así, ingresó en el edificio, compartió un cigarrillo con unos compañeros afuera del auditorio y, luego de terminado el ritual, se acomodaron para escuchar la clase.
Al momento de sentarse, Jorge eligió el asiento contiguo a una hermosa compañera. Rubia hasta donde la mente podría imaginar y hecha de la dulzura de lo puro, sonreía ruborizada a Jorge cuando éste se disponía a sentarse. María del Carmen y él, Jorge, habían compartido unas suertes de citas y salidas donde los besos rondaban lo glorioso y las charlas eran lamentadas cuando el cansancio físico o los condicionantes de las responsabilidades las interrumpían. Jorge apoyó unos apuntes y, encima de ellos, un cuaderno de hojas gastadas que encerraba una birome eterna. Luego, saludo a María del Carmen con un susurro en el oído que hizo estremecer a la muchacha mientras que sostenía en sus manos un ejemplar de Final del juego de Cortázar. Después de esos segundo que parecieron horas para los dos, Jorge apoyó el libro sobre el resto de las cosas y, a medida que la clase comenzaba, poco a poco recordó sobre Continuidad de los parques y el truco de realismo fantástico que usó Julio para articular las historias. María del Carmen notó que Jorge no estaba prestando atención a la clase de Filosofía contemporánea y sobre una temática interesante. Ese día debían debatir sobre la relación de Heidegger y el nacional socialismo. Así, todo el contexto histórico que se estaba dando se relacionaba de una manera casi somnolienta con lo que Jorge recordaba del cuento. Comenzó por criticar, hacia sus adentros, el uso de la idea trillada de la vertiginosa relación entre dos cuestiones que parecen ser paralelas pero terminan siendo la misma, sobre la continuidad, justamente, de las acciones, de los efectos. Le pareció muy bajo el uso del recurso por tamaño autor. Intermitentemente, con la mirada ausente y golpeando la birome en el cuaderno, escuchaba al profesor referir acerca de la noche de los cuchillos largos y la matanza de ciertos personajes fieles o no al Reich, asesinatos proferidos por las más sucintas desconfianzas. Escuchó, casi sin saberlo, el nombre de Röhm, seguido de algo acerca de la SA, de la promulgación de Heidegger como rector de una universidad, de su afiliación al partido, de los procesos de desaparición de personas, también acerca de la falta de juicio para los detenidos de la Sturmabteilung y sus ejecuciones y gritos en la noche.
Una delicada gota de sudor recorrió la espalda de Jorge, quien había olvidado sacarse el sobretodo. Es feo traspirar cuando hace frío, pensó, y salió del aula para fumar un cigarrillo y prometerse ingresar nuevamente para darle la atención correspondiente a la clase. Ya en el pasillo, solo, repensó acerca del tramado que tejía Cortázar para su historia, los silencios, los pasos, el sillón verde. Esos artículos que son de uno pero que se transfieren y se vinculan con algo más. Cuando terminó su cigarrillo, tomó aire como si fuese la ultima vez que lo haría, y se dispuso a ingresar. Al momento de abrir la puerta, una estampilla de dos pesos, con la figura de un halcón con laureles verdes y portando una espada entre sus garras derechas y una serpiente en la otra, se le calló haciendo lentos giros en el aire hasta aterrizar delante de su zapato izquierdo. Se agachó a tomarla y sonrió al contemplarla. Jorge entró y la clase proseguía abarcando, brevemente, la ideología alemana de tercer reich y el pensamiento de Heidegger. Cuando corrió el banco y se sacó el sobretodo para apoyarlo en el respaldo, Jorge sintió un ligero malestar que María del Carmen notó. La muchacha, llevada por la más linda de las ternuras, apoyó su mano sobre la mano izquierda de él para acariciarla y sonreirle de una manera cómplice.
El profesor divagaba sobre distintos temas y caminaba en círculos mientras, ayudado por un micrófono, daba la clase. De repente, un súbito corte de luz afecto el desarrollo de la currícula pero, de pronto, volvió el servicio a la normalidad. Jorge aprovechó el breve intervalo de oscuridad para besar a María del Carmen y decirle que la quería. Desde la calle provenían ciertos ruidos molestos, de autos y camionetas que tocaban bocinas y frenaban desenfrenadamente. Algunos se extrañaron por esa situación, ya que en ciertos lapsos el ruido era demasiado vigoroso, pensando que a esa hora de la noche y bajo esa situación climática no era posible tamaño alboroto de tráfico y corridas. El profesor retomó el asunto facilitando el cómo las SS acuchillaron a las SA en filas que relucían cuchillos ensangrentados, afilados para la ocasión, bajo sólo una simple orden, con una inocente clave secreta.
Cuando el profesor, quien era judío y la temática le causaba pasión e impotencia, amor y odio, fascinación y repugnancia, se paró un momento para aclarar su voz, cientos de pasos se escuchaban trepar las escaleras, correr por los patios y el primer grito se escuchó de una chica que pedía por sus apuntes, los cuales eran pisados por unas botas lustradas para la ocasión. Jorge se alarmó desde su asiento y tomó el libro de Cortázar y lo apretó contra su cintura. De nada le sirvió cuando los militares le pedían que cruzara las manos por detrás de la nuca mientras el cuerpo de soldados formaba una doble fila por todo lo largo de la facultad de Filosofía y Letras, abanicando bastones, bastones largos y botas lustradas para la ocasión.


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