viernes, 3 de febrero de 2012

Hola... ¿Qué tal?

Tal vez la mejor presentación que pueda hacerme es no presentarme.
Sí, medio absurdo pero no quiero gastarme en pintarme como el distinto de esta especie.

Lo curioso de querer arrancar con estos temas bloguiles es que de hace rato quería iniciar un espacio de este estilo.  Siempre se me vinieron a la mente temas copados, frases o historias por narrar que harían sonrojar al mismo Cortázar.
Y he aquí conmigo el mismo problema de la humanidad... En momentos decisivos, en los instantes necesarios para los cuales te has preparado gran parte de tu vida, se te resetea el marote y te quedas babeando frente a la situación que te acontece como cualquier adolescente frente a jovencitas inalcanzables que acceden ante las peticiones de los primeros.

Y en relación a esto último, puedo contar algo.  No sé cuándo una mina tiene o no onda conmigo.  Es decir, me han tirado palos, guiños, miradas cómplices, frases, etc, etc, etc.  No capté ni una.  Recién me doy cuenta cuando ya es demasiado tarde si antes no me avivó alguien más.

Sólo hubo una ocasión que me dí cuenta.  Fue un boliche afamado en su época.  Había ido con un grupo de amigos y salí con todos los radares en sincronización para saber si alguna despistada podría llegar a interesarse en quién les escribe.

Es así que, pispeando por entre cuerpos danzantes, diviso a un grupo de buñuelitas y, entre ellas, una que me miraba como si yo le debiese guita.  Esa fue la señal, esa sonrisa y los ojos que no me los quitaba de encima.

Luego de preguntarles a mis camaradas si tenía algo en la cara o si mi peinado era por demás chistoso, procedí a acercarme conjunto a mis compatriotas.  Pude entablar una conversación bastante amena de aproximadamente 3 o 4 líneas de diálogo de cada interprete.  Así supe que tenía alrededor de 18 años, era madre soltera y de un complejo de Electra mal curado.  No era el mejor partido pero siquiera supe, en ese momento, que había captado una señal de alguien que podría interesarte en alguien como yo.

Siempre dije, siempre se dice, de gustos no hay nada escrito.

Es peculiar cómo van mutando las formas de acercamiento dentro de los locales bailables.  Desde esas épocas que nuestros viejos recuerdan con el icónico "cabezazo", pasando por las formas de preguntar el signo zodiacal (¡Qué barbaridad!) hasta el día de hoy donde ya el hombre esta en posición de relajarse, tirarse un paso y que lo vengan a buscar.

Qué se yo.  Tal vez es por ello que ya no salgo a bailar frecuentemente.  Las chicas de hoy en día no saben de qué signo zodiacal son.




"Yo soy libra, ¿vos?"

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