viernes, 13 de abril de 2012

Facultad

Tomo la palabra y comienzo.

Me permito hablar, en esta ocasión,  sobre los inicios en la universidad.  Puntualmente, en la de Buenos Aires.

Para empezar, una vez que decidimos comenzar una carrera universitaria es muy probable que no sepamos qué carajo hacer de nuestras vidas o qué carajo habrá en el medio de decir "Bueno, me anoto en esta carrera" y "¡Me recibí!".  Obviamente, es muy fácil pensarse como un blanco al cual los familiares y amigos lo llenarán de huevos, harina, aceite, condimentos varios y etc.  El tema, en estos primeros momentos de iniciarse en una carrera post secundario, es que no sabemos qué hacer.  Llegamos a marzo del año posterior del viaje de egresados, remojados en un verano a pura joda, calor, vacaciones, mujeres, alcohol y más joda, y, casi sin esfuerzo, nos olvidamos de cómo dividir tres cifras, la diferencia entre palabras agudas, esdrújulas y graves y hasta nos parece que el Efecto Tequila fue una de las jodas que hicieron cerca de casa.
Bajo esta circunstancias, ponemos el gancho antes la solicitud de nuestro futuro.
Esto repercute en la etapa inicial en la Universidad de Buenos Aires, donde el CBC, por lo menos para carrera de índole humanística, es colmado por pretendientes a abogacía.  Recuerdo patente: corría el año 2009, primeras clases de alguna materia, el profesor pregunta a un aula atisbada de alumnos (habremos sido 70 en una baldosa) quién estaba para leyes.  Creo que de los 70, unos 58 eran para abogacía.
Obviamente, a medida que va pasando el cuatrimestre, primer parcial, notas desastrosas, apuntes y apuntes sin leer, enterarse sobre Popper sin vincularlo a drogas y demás, la cantidad de alumnos va disminuyendo.  Ahora, podemos darnos el lujo de sentarnos y de estirar las piernas.

Cuando sobrevivimos al CBC y nos ponemos el poncho para iniciarnos en una carrera universitarias, nos damos cuenta de tanto la dificultad que implica y los gastos económicos que conlleva, además de que no da tener entre 19 y 20 años y pedirle guita a los viejos para comprar drogas.  Digo, digo, para salir, para salir.

Entonces, la cantidad de materias que posee la carrera no se ve como mucha.  Es decir, nos creemos capaces de mucho, de decir "Esto es una pavada" y de pensar que a los 23 nos recibimos.
Claro, todo esto trabajando.

Caemos en la realidad cuando nos topamos, por ejemplo en lo que estudio, con Estadística I cuatro horas seguidas luego de trabajar unas 6 horas, viajar otras 3 y saber que nos esperan 2 horas más hasta llegar a nuestros aposentos.

Poco a poco, la vida social se vuelve nula.  El mayor contacto con otro ser humano es viajar a las 8 de la mañana en el subte.
Comer un asado un domingo con la flia se ve cada vez más lejano.  Los sábados, si salís, te sentís culpable.  Si te quedas, te sentís un anti, un energúmeno que vive para estudiar y que de coger ni hablar.

De ahí sobrevienen pensamientos tales como:

  • ¿Quién me mando a hacer esto?
  • ¿Será tarde para dedicarme a la fotografía?
  • Sé algo de inglés y tengo un touch de carisma, ¿cuánto de pelotudo me falta para pegarla como Marley?
  • ¿Cuán rentable será fundar una nueva religión?
  • ¿En qué momento me hice este tatuaje?
  • Sacando unos yuyos del patio, puedo comenzar a cultivar.
  • Si hubiese estudiado en una privada, ya me hubiese recibido (el más devastador)

Y, como si todo aquello fuese poco, en vez de estar leyendo sobre Psicología del trabajo, me encuentro haciendo estas notas, mirando mi cama con cariño.

Tal vez, trabajar y estudiar sea una buena idea.  Recibirme a los 23 se ve tan distante como cruzarme con Dolores Fonzi y que tenga ganas de conocerme mejor y que coma de su cuerpo.

- La universidad te cambia...
Antes era blanco.




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