lunes, 14 de mayo de 2012

Erase it, please.

Si pudiera, lo haría.
Es terrible recordar.  Lo peor es que los recuerdos son buenos, por lo menos en estos casos.  Esa es la cagada de los mecanismos de defensa.  Lo malo se desecha, para en otra esquina, se viste de otra forma.  Lo bueno perdura.  Entonces, todo lo que pasa alrededor, todo estímulo, nos hace recordar.  Porque todo tiene que ver con todo y, aunque inconscientemente, queremos que tenga que ver.
Un perfume, una canción, un estreno del cine, alguna estación de subte o una plaza.  Todo apareja un recuerdo, evoca un sentimiento.  Todo es bueno.  Hasta el sexo dentro de la imaginación es el mejor.
Comenzas a suponer.  Toda pregunta empieza con un ¿Qué hubiera pasado sí...?, ya no pensamos con claridad, no hay proceso de razonamiento.  Descartes se nos mearía de risa en este punto.  Pero es así.  La verdad es así.
Ahora, ahora todo sale mal.  El otoño es gris.  Ya no hay color en las hojas, los arboles mueren de pie, previno Casona.  El café no tiene gusto, los mates son cada vez más amargos, tanto que el gusto abunda, perpetua en el aliento, en las ganas, en el desarrollo de los días.  Es imposible olvidar.
Las personas sonríen.  Parejas colman plazas, bares con mesas en la vereda.  Las hojas caen, construyendo tiernos colchones sobre el duro asfalto, sobre el frío diseño de estructuras que pisamos.  Ahora, es como salir a caminar después de enterarnos que todo termino, como Tom en five hundreds days of Summer.  Después del verano, llega el otoño.  Para mí, llego antes y mal.  Por lo menos hoy me sabe a mal.
Son momentos, claro, dirás.  Lo sé, te lo firmo, sellamos y archivamos.  Pero parecen no terminar.  Rachas malas, de las peores a enfrentar.
Hoy me pegó mal.  Pifiarla tan seguido, tan crudo no da.  Los problemas agobian todos juntos.  No dan un respiro.  Es como boxearse con Maravilla Martinez pasado en merca.  No sé, tal vez me da a mal porque no estas acá.
Lo dije.  Lo sé.
Y ya no sé si lo haría.  Si pudiese, tal vez lo haría.  Pero siento que pasaría igual.  Que te volvería a encontrar y te buscaría nuevamente.  Cometería los mismos errores, sería igual de idiota y te perdería nuevamente.
Por más que lo niegue, el orgullo torpe, el querer tener siempre la razón, el aburrirme del buen pasar, de ser infeliz por estar colmado de felicidad en el paraíso, me volvería a traicionar.  Soy tumultuoso, no me siento cómodo en la comodidad.  Tal vez querer meterle algo de novela a lo que fue nuestro, se me fue de las manos.
Creo que antes lo hice.  No sabré comprobarlo hasta que venga el diablo reclamando alguna deuda pendiente.
Quizás estamos corriendo del proceso, esquivando la suave y delicada caricia de la amnesia inducida.  Escondiéndonos donde la vergüenza abunda, en el momento incómodo.  Pero te escondiste muy bien, te perdí en la playa, te desmoronaste como la casa azotada por la falta de proyección, por ser incapaz de animarme, de no dejar de ser para que seamos.  Yo no fui más.  Perdí el tren, no intente encontrarte.  Creo que quise cuidarte, por más absurdo que suene.
Y aunque no lo sepamos o más allá del destructor paso del tiempo, siempre tendremos esas plazas, esos cafés, esos mates y ese verano juntos, bien lejos del otoño, frío, cruel y gris otoño.  Lejos de nosotros pero cerca, tan cerca.

El eterno resplandor de una mente sin recuerdos es la peor película para ver cuando extrañas al otro.


Clementine: Esto fue todo Joel, va a acabar inmediatamente
 Joel: Lo se.
 Clementine: ¿Y que haremos?
 Joel: Disfrutarlo

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