viernes, 11 de mayo de 2012

Excusez-moi

No solo las mujeres sufren o la pasan mal por los adjuntos que tienen y son malas personas.

Leo blog tras blog sobre quejas de féminas que fueron abandonadas, engañadas, mal tratadas e irrespetadas por pedantes novios, maridos, pretendientes, allegados o lo que fueren.  Entiendo por pertenecer al gremio masculino que podemos ser bastante soretes pero, desde mi perspectiva, es sin maldad.  Es decir, si no queremos más nada es porque no queremos más nada y no nos sale caretearla.  Hablo, en este punto, de forma general acorde a mi experiencia y a la de mis compatriotas.  Sé que hay otros rondando que no son dignos de siquiera respirar el mismo aire que nosotros pero no quiero ahondar en detalles dedicando punto por punto.

Simplemente pasa.  Por lo general, tendemos a ser lo que nos dictan nuestros sentimientos.  A veces pienso lo siguiente con una analogía.  No somos unos fenómenos en demostrar que sentimos, no nos enseñaron a expresarlo o dirigirlo.  Desde chico escuchamos cosas como Los hombres no lloran, Eso un hombre no lo hace, Patea la pelota como hombre, etc, etc.  No me quejo de mi crianza ni mucho menos pero es lo que hemos adoptado y, sin querer, lo transferimos a nuestros sucesores.  Es así como nos van solicitando respuestas como el perro de Pavlov.  Obviamente, el can aprendió más rápido.  A nosotros nos cuesta más.

Yo y otros también pasamos malos ratos por minas.  Cierto es que no nos dijeron qué teníamos que hacer con esos sentimientos.  ¿Demostrarlos?  ¿Llorar?  ¿Suplicar?  Y es ahí cuando resuenan frases como Los hombres no lloran.  Esta bien no arrastrarse por algo que no vale la pena, no pedir por qués, suplicar, lamentarse y llorar por ese alguien que en realidad era un mero peaje en la ruta de nuestra vida.  Un peaje en la hora pico.

Hoy en día hay mucha perra dando vuelta behind blue eyes.  No espero nada de nadie.  No creo que exista el mejor de todos.  Somos todos iguales pero diferentes.  Ser diferente de una forma constructiva y positiva es genial.  Encontrar a una persona que te complemente, te plante desafíos diarios pero de los tipos procreativos debe de ser fantástico, no sé dónde cabría el aburrimiento allí.  Sin embargo, momentos diarios donde mi juventud es acompañada por personas con pocos compromisos y no hablo de los sentimentales sino, más bien, de todo tipo.  Los proyecto de vidas no son nada, pensar a futuro es imaginarse en algún boliche el finde y así.  No reniego contra ello por el simple placer de que los demás puedan decir que no vivo la vida sino porque es preocupante que nadie se tome siquiera una mínima porción de la vida en serio.  Los viejos no van a estar para siempre junto a nosotros.  Una vez un profesor de la facultad contaba sobre sus primeros pasos laborales.  Básicamente, al cumplir los 18 años de edad, el padre lo encaró y le dijo "Nene, anda a buscar trabajo".  Él, ahí, supo que se le había terminado el contrato con el sponsor.

Qué se yo.  Mucho gato.  Mucho cordero suelto y lobo atado.

Hasta pedir perdón se convierte en moneda corriente por ser común la condena a muerte primero y después declaralo inocente.  La cobardía excesiva, atajándose de lo que puede llegar a ocurrir por un acto de la conducta, no va.  A enfrentar lo que uno hace y dice.

Soy por demás consciente que me sacaron del horno un poco antes de terminada la cocción pero algo he aprendido.  Me autodefino como un boludo, lo sé, pero es en un aspecto más inocentón o de entrañable vividor del pasado, del que no hay que quemar etapas rápidos, de un antiguo por así decirlo.  No implica que los malabares puedan hacerse con mis sentimientos.

Pedir perdón es saber que algo que hicimos estuvo mal.  Es arrepentirse y querer enmendarlo, intentando volver al statu quo ante.  Imposible, ciertamente.  Pero, mi querido Watson, siempre hay algo elemental.  El papel una vez arrugado y hecho un bollo, no vuelve a la limpia y prolija estética que supo tener.

Siento que voy a terminar como Forrest Gump.
Toda la vida esperando por la mujer de mis sueños, viviendo la vida esperando ansiosamente a que tire piedritas a mi ventana nuevamente.  Toda la vida esperándola mientras que ella, tan puta y tan psicodelica, vive su vida, sabiendo que hay un deficiente a su espera.

No seremos la mejor opción, mis amigos.  Siempre el plan b.  Pero, a diferencia de Forrest, no tengo dificultades neurológicas y mi ventana no da a la calle.




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