martes, 31 de julio de 2012

Fotografías

Encontré un viejo álbum de fotografías, de tiempos donde las fotos se revelaban, donde uno tenía que esperar una hora o más para retirar los recuerdos impresos. Soplé, suavemente, las finas capas de tierra que se asentaron sobre la tapa del archivero de los momentos.
Noto que mi piel se ha arrugado y que la juventud que he lucido ya es solo un vestigio dentro de los maremotos de la memoria. Por más que digan que una persona es siempre la misma, que no cambia, que un nombre y un apellido indican la perennidad y la individualización de cada quien, siento que es toda una mentira compartida. Ya no soy el mismo que a los seis, difiero mucho del adolescente aquél con ganas de cambiar el mundo, de ser importante. También me he alejado del joven profesional con sueños de recorrer el mundo, de hablar varios idiomas, de conocer sobre vinos y poseer, por todo ese momento que dure la eternidad, a la mujer que siempre se ha amado. Ya he sido adulto y el constante sabor de la derrota ha producido bruscos cambios en mí; he perdido pelo, se ha ido destiñendo y, con el transcurso del tiempo, he adquirido ese particular olor que se impregna a las personas que se acercan a la muerte. Ya soy anciano, ya no soy el mismo de antes por más que porte un documento que lo desmienta.
Así, vislumbro las situaciones que me devuelven las fotos, como si estuviese allí. Cierro los ojos y recuerdo. Estoy en mis vacaciones en la costa con los chicos, las primeras vacaciones solos. Siento como brama el mar, lo salado del aire y el calor del fogón en las arenas eternas. Luego, paseo de la mano con Estefanía por la noche, miramos las estrellas y ella me pide que le jure algo, a lo que le contesto que jamás se volverá a repetir todo esto, los astros no se alinearán una vez más así. Luego, la beso, la abrazo y me encuentro en la entrega de diplomas. Me he recibido luego de defender arduamente una tesis que me ha costado parte de mi economía psíquica. Me arrojan con huevos, puedo ver como mis primas enderezan paquetes de harina sobre mi humanidad y todos me abrazan con repulsión por la combinación de productos gastronómicos que se ha formado en mí. Mis padres lloran y se abrazan entre ellos mientras ven la escena, se han sacrificado mucho para que logre estudiar y ahora estoy a punto de casarme y las lágrimas de felicidad de mis viejos transcurren cuando ella da el sí. Damos el primer baile, brindamos por la felicidad, la necesidad de ser felices volcada en el deseo. En el segundo giro que produzco sobre mi flamante compañera de vida, el flash de la cámara me devuelve sobre el nacimiento de mi primer hijo, sé que su segundo nombre es Bioy, pequeños homenajes. Puedo ver sus escarpines azules, su primer mirada y el suspiro que realiza al darse cuenta que llegó a este mundo, que no eligió bien. Después de verlo tomar su primer almuerzo desde la madre, lo llevo al jardín de infantes en su primer día y lloro. Él me muestra dibujos hechos con amor, pinta afuera de las líneas y escribe su nombre en letras grande mientras estamos viajando a la costa, en constantes destinos rutinarios, Bioy promedia los doce años y no quiere venir con nosotros porque sabe que se va a aburrir, que ya no es lo mismo como cuando jugaba con la palita y hacíamos castillos para reyes que nunca fueron coronados. Así, veo el mar, sigue bramando y el aire continua con su carga de sal. Piso la arena algo sucia, mi esposa me pide que coloque la sombrilla, que deje de boludear. Luego de cumplir con lo solicitado, camino por el borde del mar, apenas toco el agua, es que, ya ves, vengo con los jubilados, en un viaje comunitario pero no me permiten sumergirme más allá, como solía hacerlo, por temor, no quieren que me pase nada. Jugamos a las cartas, entre todos, en juegos confusos mientras hablamos de lo maravillosos que son nuestros nietos, que algún día deberíamos de comer un asado todos juntos. Hablo sobre los problemas de la humedad, el deterioro de los huesos y en que me siento solo, muy solo desde que mi esposa dejó este mundo y que ya no siento ganas ni de quejarme. Canto 'truco', mientras pienso que es una mala mano, que no tengo nada, que estoy mirando un viejo álbum que encontré en el placar.
Y, verás, tengo tan solo veintiún años y todavía no he sacado ninguna de esas fotos. Pero ya son lindos recuerdos, dan ganas de vivir.

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domingo, 29 de julio de 2012

Desencuentro

Fabrizio y Carolina era una pareja típica, común por así decirlo, sin ganas de menos preciar y, entendiendo que, lo común, lo normal, es aquello que jamás se llega a entender, a ser conocido. Y ellos eran así.
Se querían, se amaban y su felicidad era capaz de contagiar a otros. Así me he encontrado en diversas situaciones donde los observaba mientras compartían una mirada cómplice, un beso en el aire, y era inevitable sonreír, sentirse bien junto a ellos.
Juntos construyeron planes, como todos aquellos que se involucran en una relación. Primero, comenzaron jugando con una casa en barrio norte, cerca al club y del colegio de los chicos. Es que, sin querer, tuvieron dos hijos. En un primer momento, Carolina se embarazó de Marcos y fue la alegría de ambos. Luego, al poco tiempo, tuvieron a Mariela, quien portaba lindas colitas en su rubio cabello, las cuales movía en la desesperada carrera a los brazos de su padre.
Pasaron los años y cada día parecía mejor, casi soñado. De esta manera, acontecieron diez, once años más hasta el día en que Carolina bajó, apresurada y sonriente desde el dormitorio ubicado en el primer piso, por las escaleras hasta el living, donde Fabrizio leía un suplemento del diario. Ella le dijo, gritando y con los brazos abiertos, que estaba embarazada nuevamente. Los chicos, los ya nacidos y crecidos, jugaban con amiguitos del colegio en las aguas tranquilas de la pileta de la residencia. Fabrizio lloró de alegría mientras arrugaba las páginas del suplemento que jamás terminó de leer.
Ahora bien, Fabrizio no dejó de llorar, eso se puede establecer. Sin embargo, nunca tuvo hijos con Carolina o casa en barrio norte, cerca al club y al colegio.
Sucedió que Carolina lo dejó con diversas excusas, en una tarde calurosa, en un café, mientras daba sorbos a un café con leche riquísimo y procedía a mordisquear, en pequeñas medidas, a una medialuna, la cual le hacían pegotear sus dedos por los suaves tintes de almíbar que cubrían a la factura.
Fabrizio, desconsolado y desorientado, pidió explicaciones, razones que pide el hombre por más que no pueda cambiar las voluntades dispuestas, consagrando uno de los actos de desesperación que conlleva el afán de mejorar lo irrecuperable. Así era la situación de él y largó el primer ¿Por qué?. Carolina alcanzó a decirle que era ella el problema, que no se preocupara, que estaba en una etapa de cambios, que él, Fabrizio, era un hombre bueno, que ella no lo merecía, que nunca lo iba a olvidar.
Carolina pidió la cuenta, Fabrizio pagó con lágrimas que no cesaron de brotar.

miércoles, 25 de julio de 2012

Speranza

Speranza è una punizione più.

Muy dentro mío había calado esa parte de una canción que escuché cantar a unos borrachos en una lúgubre y maloliente taberna que se encuentra sobre la Via Pelliciciai, a escasos metros de la Piazza dei Signori. Es el fatal resumen de mi historia, de mi desdén.
Noche tras noche intento, en vano, explicarle a mi corazón que ella jamás podrá ser mía, que el mundo no está diseñado, aún, para quererse de esta manera. Sé que, además, debo respeto a su familia quien me ha concedido el placer de servirles, de ser parte de sus vidas, siquiera desde la discreción de un empleado más. Como si esto fuera poco, estoy al tanto que se viven momentos difíciles dentro de la familia. Al parecer, la raíz de los contratiempos se debe a un romance de la muchacha, de la muchacha que yo amo en secreto, que estaría manteniendo con un joven de una de las familias más pudientes del área.
Es así que ella me toma de confidente. Mientras yo me desvivo por servirle, por mejorar su día e intentar que pose sus ojos en mí más allá de la amistad, de la relación servil que nos conecta, la señorita procede a contarme sus encuentros clandestinos, las propuestas indecentes que él le dice, que ella también le dice. Me detalla en qué lugares y las maneras en que se amaron, al mismo tiempo que yo cepillo su cabello y oculto el llanto desgarrador que pondría al descubierto mis sentimientos.
Con el suspiro del enamorado, comienzo a congratular su oportunidad de amar, más allá de las diferencias, de los inconvenientes que apareja. La abrazo, procedo a rodearla con mis brazos e inhalo el aroma que desprende de su cuerpo. Ese instante de estupor, me brindó un empujón de bestial desenfreno y de ganas de pronunciar mi amor, de hacer mía a la jovencita.
Así fue que la aparté de mis brazos y la tomé por los hombros. Permanecimos así, ella con los brazos colgando, como si fueran una carga para su cuerpo,  mirándonos unos segundos que parecieron eternidad. Tuve la sensación de que, con esa escena, con esa demostración de decisión y afecto, la señorita cambió su parecer hacía mí, que comenzaba a quererme y a desearme. Entonces, emprendí el paso decisivo para llegar a sus labios, suave cuna de la voz prodigiosa del amor.
Para mí infortunio, un ruido se escuchó desde el balcón, el cual quebró todo el ambiente que se había generado. Al aparecer, fue el sonido de un golpe, de un tac seco sobre el rojizo balcón. Seguido a ello, se pudo percibir un suave canto, un murmullo que provenía desde la calle. Era el joven Romeo que venía a orarle a su enamorada, subiendo por las escaleras. La joven Julieta pidió que me retire, que mañana me contaba lo que sucedería. Luego, se acomodó sus ropas e improvisó un peinado para salir al balcón. No recuerdo haber visto una sonrisa tan llena, tan completa como la que Julieta practicó esa tarde.
Salí a la calle y lloré sobre el cordón mientras unos borrachos pasaron bebiendo del pico de botellas rojas de vino y cantando:

So che c'è una trappola in ogni sogno.
Che la speranza è una punizione più.
Se si poteva perdonare
Il di guasto perdere e piangere

martes, 24 de julio de 2012

Encuentro

Entré en el bar, dejando atrás el frío de la calle con su regular tránsito de vidas apenadas, que buscan por el piso ánimos, tal vez alguna esperanza o un motivo para seguir. Hacía frío en verdad, el sol emprendía su cotidiana retirada.
Cuidadosamente elegí una mesa que pude divisar entre la neblina del humo de cigarrillo, pude percibir como un viejo arrugaba un diario mientras fumaba un toscano. Precipitadamente dejé caer mi vida sobre la silla, con la pena de aquel que siempre ha sabido fallar. Coloqué el abrigo en el respaldo del asiento y pedí una medida de whisky ante la mirada atenta del mozo cansado de ver la triste escena que acabo de repetir.
Intenté escribir unos versos en un viejo cuaderno gastado de verme llorar pero no cabían palabras para expresar algún sentimiento, entonces dediqué el tiempo a trazar finas líneas en las pálidas hojas, haciendo un bosquejo de una escena que nunca ocurrió. El mozo se acercó con el pedido y un cenicero, prendió un cilindro de tabaco y me convidó de su cajetilla, lo que le dió pie de decir: - Ya no sufra, buen hombre. Aquel que vive para la pena no puede olvidar, volver a empezar. Nada malo tiene amar, tampoco sufrir por amor, mientras sea llevado con dignidad. - y se retiró luego de colocar su repasador sobre un hombro.
Hice temblar los hielos del vaso con la desdicha de mi pulso. Tomé un sorbo con la disciplina necesaria para crear el cosquilleo de la bebida en la boca, lograr producir una sensación de afecto sobre mí. En el momento que el vaso comienza a recorrer el camino de retorno a la mesa, detrás de la cerrazón de humo, apareció un hombre alto, flaco, con un largo traje a rayas y zapatos gastados, quien emprendió rumbo hacia donde me ubicaba, mirándome a los ojos con una sonrisa burlona. Llevaba consigo una carpeta, aferrada a la axila izquierda.
Miré hacia otro punto, buscando sacarle tensión a la situación empero el señor, prontamente, se colocó detrás de la silla opuesta que presentaba mi mesa y, con la mano derecha apoyada sobre su respaldo, preguntó si estaba ocupada, si podía acompañarme. Descubrí que en el preciso momento que se intenta estar solo, cuando se encuentra refugio en la soledad propia por sobre la devastadora perenne socialización, se es invadido, se resquebraja la foto que uno quiso ensayar por un haz de luz que es ser acompañado.
Tal vez por cortesía, quizás por lástima o aburrimiento, probablemente porque ya había corrido la silla y se disponía a sentarse, permití que el hombre tome parte del asunto. Al estar más cerca, noté que tenía la piel curtida, que sus cabellos, de un rubio desgastado, iban perdiendo la fuerza de la juventud, como si la vida lo abandonara lentamente. De todas formas, exhibía una dentadura de envidiar, que mostraba sin cuidado en cada sonrisa que practicaba. Curiosamente, conllevaba un fino aroma, casi imperceptible al principio pero que era, sin lugar a dudas, algo similar a  algo quemado, a humo, a llanto de desesperación.
- Lo busco para proponerle un negocio, un intercambio diríamos mejor. - dijo el caballero, a medida que apoyaba su carpeta y sacaba hojas membretadas, escritas en delicadas cursivas.
- Siento decepcionarlo, señor. No tengo nada que arraigue algún valor, tampoco existe en este mundo algo que alimente mi deseo. - le dije mientras volcaba la cenizas en un cenicero de lata, luego escupí el humo hacia arriba, tapando momentáneamente el esfuerzo de una lámpara bajo consumo.
- No lo crea así. Mire, le diré la verdad y sin miramientos, no me agrandan los detalles de presentación. Soy el Diablo, mucho gusto. - extendió una mano manchada de finos tintes amarillos producto de años de tabaquismo.
- El gusto es mío. Diego, a su servicios. - respondí estrechándole la mano. - Adivino que el señor estará interesado en mi anima. ¿He pecado de vanidoso?
- No, señor, para nada. Está usted acertado. Obviamente, sabrá que tendrá a cambio lo que usted desee. Solamente tendría que firmar en estos apartados, aclarar acá, colocar una gota de sangre en este renglón y un número de teléfono de referencia. Así de sencillo. - refirió al mismo tiempo que señalaba con una birome las partes precisas a completar.
- Lo sé, caballero, pero sabrá usted que no podrá hacer o darme nada que merezca mi interés. Ya ve, estoy enamorado de alguien que no me corresponde. No hay solución para estos asuntos.
- Siempre hay soluciones, hay que saber encontrarlas. Asumo que usted lo sabrá empero su situación impide que utilice su raciocinio como acostumbra. Así que, si al señor le apetece, podemos concretar un plan de pagos, alguna modalidad que le quede cómodo para lograr su cometido, por supuesto, también el mío. - y se prendió un cigarrillo dorado con un fuego que iluminó el lugar en un santiamén.
- Verdaderamente, lo menos que quiero es que pierda su tiempo. Nada podrá ofrecerme que haga recuperar el tiempo, el amor, las caricias y los besos que no fueron dados en los instantes pasados. Sin embargo, por su amabilidad, le concedo el poder de mi alma. Hasta ahora, no le he encontrado un uso apropiado y creo que usted podrá darle alguna especificidad. Tome, acá la tiene. - le contesté mientras firmaba los lugares precisos y, con un escarbadientes, pinché mi indice izquierdo y derramé una gota de sangre sobre una letra mayúscula.
- Ha sido usted muy amable. Pero, verá, yo soy un hombre forjado a la vieja usanza. No puedo retirarme sin concederle siquiera algún deseo. Pida, anímese, solicite lo que quiera. - dijo el Diablo agitando las manos.
Ya un poco cansado de que persista la presencia del caballero oscuro y con ganas de continuar mi mundana existencia, atiné a decirle:
- Ya que insiste. Regaleme una sonrisa, hace mucho que no logro una por mi cuenta, no estaría mal sonreír otra vez. - dije con la tristeza de la sinceridad.
Satanás pensó un poco mientras aspiraba el humo de un cigarrillo interminable, luego dijo:
-Ya no sufra, buen hombre. Aquel que vive para la pena no puede olvidar, volver a empezar. Nada malo tiene amar, tampoco sufrir por amor, mientras sea llevado con dignidad. Se aprende mucho en los senderos del desencanto. Siéntase oportuno de vivir esta agonía ya que el corazón lastimado pertenece a aquel que se ha enamorado. Y amar, créame, es un deseo que ni yo puedo realizar.
Asentí con la cabeza, mirando al suelo, y pude sonreír, con esa mueca de los que se dan por enterados de una gran verdad. Me mordí el labio inferior mientras tomé, con renovadas esperanzas, el vaso y, en el momento que iba a agradecer por tamaño repertorio, noté que el ángel caído se disponía a retirarse.
Entonces, el hombre se levantó, apurado, y acomodó las hojas firmadas en la carpeta mientras caminaba hacia la puerta. Ensayó otra sonrisa burlona luego de hacer una reverencia exagerada y dejó, a su paso, ese particular olor, que luego estimé como similar al azufre, mientras la cortina de humo de tabaco consumía su figura para perderse en el nunca jamás. El tango María comenzó a sonar en el viejo combinado del bar.


Que vieja y cansada imagen me devuelve el espejo.
Ah, si pudieras verme.
Solo, aquí, en la gris penumbra de mi pieza.
De este cuarto nuestro,
que parece tan grande desde que faltas tú.
Sabe Dios por qué senderos de infortunio
pasearas tu tristeza.
Y yo solo, con tu adiós
golpeándome el alma.
Mientras la madrugada febril
de mi desesperanza,
me trae el eco alucinado de tu paso pequeño
que te aleja.
Y la música triste de tus palabras,
que se van adelgazando hasta el silencio.


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domingo, 22 de julio de 2012

Parecer

Ella actuaba raro. Siempre hablando por teléfono, abusando de los mensajes de texto a toda hora. Se dedicaba a estar en Internet, actualizando su estado en redes sociales, ya no me preguntaba cómo estuvo mi día, no me esperaba con esos abrazos capaces de sellar la paz mundial. El paso del tiempo hizo que la rutina cale entre nuestra vida y, al llegar del trabajo, lo primero que podía escuchar era sus risas desde la computadora, y luego ensayaba un saludo frío, mientras que con la mirada seguía los movimientos del monitor.
El recurso más abusado por la humanidad entera es recordar el pasado, compararlo con el hoy, decir que ayer estábamos mejor. A decir verdad, los sucesos se ven mejor a través del vidrio empañado del recuerdo. Así fue como empecé a percibir la relación, a todo lo que pasaba. Traía sucintamente a mi mente, momentos en que cocinábamos juntos, escuchando la radio, bailando lentos tangos frente al ventanal del departamento. Las veces que nos amamos sin escatimar caricias, sin guardarnos un abrazo, la posibilidad de mejorar los besos. Y era el hoy que rompía con los años dorados, con la relación desgastada de reproches, subida al caballo de la cotidianidad, con ganas de salir corriendo de todo, pensar que todo fue un sueño y empezar de nuevo en otro lado.
Comencé a dejar de darle importancia a lo que sucedía mientras ella seguía subsumida dentro de ese mundo paralelo, de relaciones virtuales. Lamentablemente, vinieron a mi diferentes hipótesis que, luego, fueron alimentadas con alimento balanceado para llegar a ser razones. Ella me engañaba, debía de estar con otro. Ya no me decía que me quería, no me abrazaba, no me miraba a los ojos.
Camila, mi compañera de vida, iba olvidándose de esas promesas de enamorado, donde uno llega hasta prometer la conquista del mundo tan sólo por un beso de la persona deseada. Y yo no podía con mi vida. La imaginaba con el portero revolcándose en la misma cama que me rechazaba por las noches. Podía ver como se encontraba en bares ocultos, con el afán de provocar hombres empapados de alcohol barato y distenderse desde el anonimato, desde la espontaneidad del acto. Pensaba en cómo arreglaba para encontrarse con alguien que habrá conocido por la web y se marchaba a lugares que jamás hubiese pensado pisar. También, acondicionaba mi mente preparándola para ese día donde ella legaría a decirme que se iba, que se marchaba con un angoleño vendedor de relojes a África, que se llevaba la fuente de los ravioles, que me cuide, que sea feliz.
Sin embargo, un día pedí respuestas. Quería saber algo, la incertidumbre es la peor situación donde un ser se pueda encontrar, donde se vislumbra representaciones de la desesperación. Estábamos haciendo el amor y ella estaba desganada, lo justificaba con un día largo, que estaba cansada. Me rehusé a pensar que estaba con otros, que a eso se refería pero las configuraciones de ella desnudándose en lugares inhóspitos, buscando, luego, sus pertenencias, tal vez su corpiño por entre irresueltos versos pronunciados en un zaguán que intentaran enfatizar la belleza de sus tetas. Y la ví llorar. Camila lloraba, conteniendo las lágrimas, como ahogándose por dentro, mientras giraba su cabeza hacia otro lado, para no verme, deseando que todo acabe, que ya sea mañana y me vaya a trabajar.
Reprimí las ganas de insultarla, de escupirla, de decirle que si quería estar con otro que era libre, que por mi se vaya. No logré contener mucho tiempo el impulso y le dije que lo sabía todo, que se podía ir, que no hacian faltas explicaciones. Camila siguió llorando y me abrazó, me dijo que no quería que todo ocurriera así, que perdone su falta, que pensó que yo lo iba a entender.
Con el revés de mi mano derecha, le atiné un cachetazo y luego la abracé, con lágrimas en mis ojos le dije que la amaba y que no podía creer que hiciera todo esto. Me cubrí con las sábanas mi desnudes aunque sentía que estaba en pelotas desde el alma.
Camila se acarició la parte de la cara maltratada y comenzó a reprimir las lágrimas, con la mirada perdida de la congoja, tal vez sin saber cómo recuperar la dignidad luego del adulterio.
- Perdón, Diego, no sabía que te iba a molestar tanto. - tuvo el descaro de decir.
- Y, corazona, contento no me iba a poner, ¿qué crees vos? - prendí un cigarrillo, había comenzado a fumar hacía poco, a escondidas, desde que ella dejó de decirme que la vida sin mí era imposible.
- Pero pensé que te iba a gustar, que lo ibas a disfrutar, todos participamos en esto. - su mirada seguía buscando explicaciones, excusas, perdida en el mar de las posibilidades, brillando con la intensidad del azul ausente.
- ¿Cómo todos? Vos estas loca, nena. Te podes ir a la puta que te parió. Salí de acá y hacete culear por una manada de delfines. - proferí con la penetrante retorica que me caracteriza.
- Sí, Diego, todos. Sí queres me voy, lo menos que pretendo es hacerte mal. Quiero lo mejor para vos, por eso estaba organizando una fiesta sorpresa, dentro de poco es tu cumpleaños pero si no te gusta, hacemos otra cosa. - dijo Camila.
Yo me eché a llorar, mientras las lágrimas discurrían sobre mi lastimada alma, con la mirada extraviada, en busca de explicaciones, de excusas, perdida en el mar de las posibilidades, brillando con la intensidad del azul ausente.
Camila tomó alguna de sus cosas con la oportunidad que le brindaban sus manos y se marchó. Antes de cruzar el umbral de la puerta lloró nuevamente y pidió que no la espere más, que se había cansado, que quería conocer a alguien más, darse una oportunidad de amar.

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viernes, 20 de julio de 2012

Francesco Ístole

Francesco Ístole fue un solitario monje italiano, perteneciente a la organización pregonada por San Francisco de Asís. Vivió entre los años 1620 y 1670, no son exactos los registros que existen sobre su tiempo de vida.
Además de sus tareas caritativas y de ayuda comunitaria, Francesco se dedicó a ahondar sus pensamientos en materias como la filosofía, la astronomía, las matemáticas y botánica. Lo cual, lo alejaba de todo contacto social.
Una calurosa tarde mientras estudiaba en las afueras del pueblo, mezcló sin querer sus apuntes y entre las líneas discontinuas de los conocimientos, estuvo al borde de encontrar el significado de la vida, de la razón de los mundos, las respuestas a todas las preguntas jamás contestadas.
En ese mismo instante, un leproso que pasó cerca del árbol de donde Francesco estudiaba, le pidió, con su último aliento, un poco de agua y algo para comer. El monje sostuvo un debate interno que duró un suspiro para salir corriendo, desordenar nuevamente los apuntes y traerle lo solicitado al leproso.
Es así que Francesco Ístole, una vez realizada su tarea, no logró reacomodar las hojas tal como estaban anteriormente. El significado de todo se le escurrió de entre los dedos como la mano de la mujer no correspondida.
El monje, triste y agobiado, sintió la caricia del leproso que se sentó junto a él y que le dijo: - Ánimos, cura, yo te ayudaré a ordenar. Francesco Ístole jamás logró obtener el orden preciso pero nunca lo volvió a intentar más allá de aquella tarde. Francesco Ístole había ganado un amigo, qué importa lo que signifique lo demás.

miércoles, 18 de julio de 2012

Parecidos

En todos esos barrios que se jactan de ser barrios, existen ladrones reconocidos, afamados dentro de los metafóricos trazos que delimitan a la zona. Estos individuos, usualmente, comparten una misma conducta: nunca robar dentro del barrio. Eso les ofrece un lugar de confort, donde se pueden sentir seguros, un lado donde pueden recurrir.
Es así que por el barrio del Bajo Flores, existía un ladrón bien conocido. Creció junto a los gitanos de la calle Tabaré. Se lo conocía por el nombre de Moreira pero en cada luna nueva cambiaba de denominación, de apodo, en ocasiones, de fisonomía. Entonces, el 'Negro' Moreira, hizo su fama desde pequeño. Con su primera bicicleta, por ejemplo, iba todas las tardes de verano hasta Nueva Pompeya y robaba en verdulerías, en los quioscos se llevaba golosinas y empujaba las viejas que se aprestaban para cruzar la calle. También, solía ir hasta el parque Chacabuco para tocarle el culo a toda adolescente que se descuidara. Los domingos de fútbol, el negro se iba para la cancha de San Lorenzo para vender localías visitantes truchas, hechas la noche anterior con la ayuda de los gitanos.
Esos fueron los primeros años de Moreira. Luego, le quedó chico el hurto, chico los culos para tocar. Llegado a la adolescencia, Moreira integró una banda de arrebatadores que trabajan en la zona del obelisco. Así, empezó a conocer plata grande por robarle a extranjeros. Con la plata, llegaron los vicios del negro y de la banda. Conoció el lujo del hipódromo, las bebidas caras, las putas más exclusivas. Pero siempre volvía al barrio. Siempre se acordaba de dónde salió, lo que le debía a los gitanos. Además, volvía porque lo andaban buscando. Solía llegar de noche, en una flamante moto que se había comprado, su primera pertenencia conquistada de manera legal. Al llegar, paraba en la calle Corrales, detrás de la compañía de transportes Camarasa y se juntaba con los que salían de la cancha. Invitaba para todos cervezas y maníes. Pagaba y se iba. Así, se iba ganando el corazón de los vecinos. Todos lo querían, lo cuidaban. El mantenía el barrio limpio de otros ladrones de poco pelo, de distribuidores de drogas, de mafias pretenciosas. También, hizo cultivar una cierta fama de Robin Hood porteño, donde el repartía su botín con los comedores del barrio. De esta manera, las mujeres más lindas se morían por él. Recuerdo que se encontraba la rubia Milena, hija de los Lorenzo de la calle Charrúa, quien era la más linda de todas. Se comentaba que hasta desde Milán la habían venido a buscar para que modele, que desfile por el mundo. Ella no quería irse del barrio, pertenecía a estas coordenadas, se quedó por el negro Moreira.
Él la pasaba a buscar todas las noches con su moto, con sus pares de cascos que combinaban con los colores rojo y azul de la motocicleta. La llevaba a recorrer toda la capital. Le enseñó los mejores trucos para despistar, para robar, para ganarse la vida.
Por otro lado, en el barrio, también se encontraba el 'Fideo' Díaz quien moría de amor por Milena. Vivía solo en un pequeño departamento que alquilaba en la calle Berón de Astrada, que tenía un balcón repleto de los suspiros que daba por la rubia cada vez que la veía pasar en esa moto.
Finalmente, Díaz, con la trémula decisión de no abandonar el sueño de la conquista de la mujer amada, empezó a trabajar doble turno en la fábrica de embutidos de Mataderos para poder comprar la misma moto que tenía Moreira. Obviamente, el fideo quería jugar con la misma suerte que el negro, quería llegar a Milena. Son estas acciones que hacen pensar que el hombre enamorado es capaz de dejar restos de su vida ante la menor oportunidad que se presente para conquistar a la persona anhelada.
Así fue que Díaz consiguió comprar la moto, pasearse con el mismo casco, aparentar ser el negro Moreira. El parecido era tal, que los vecinos lo comenzaron a saludar al verlo pasar. También era invitado a casas que no sabía que eran habitadas o siquiera que existieran. Se le acercaron otras mujeres de la talla de la rubia aunque no eran Milena. Además, concurrieron oportunidades excelentes de hacerse con algun botín, participar de algún atraco, formar parte del engaño colectivo. Es preciso acotar que el fideo Díaz tuvo que hacer todo lo que se le presentaba para no levantar sospecha de que él no era Moreira, simulación que le podría costar precios muy altos. A medida que fue pasando el tiempo, las casualidades lo fueron llevando a Milena, a estar cerca de la preciada rubia. Un día la llevó en la moto hasta la plaza Flores y, sin mediar palabra alguna, le dió el mejor beso jamás contado, el beso del enamorado. La continuidad de los días hicieron que el acto se repitiera en diferentes plazas, cafés, esquinas y ochavas.
Sin embargo, en una ocasión, Moreira retornó al barrio para refugiarse, había llegado de noche como solía hacerlo. Esta vez se lo notó preocupado, extraño ya que no paró cerca de la cancha, detrás de la compañía de transportes. Moreira venía a ocultarse y con urgencia. Se dio justo en el momento de que Díaz fue a cenar con la rubia Milena en La Gloriosa Butteler, bar ubicado en la avenida del Barco Centenera. Al momento del retorno, Díaz acercó a la rubia hasta la esquina de la casa y se dispuso a irse luego de que la mujer amada entrara a la casa. Una vez cumplido este trato, el fideo decidió volver a su domicilio por la misma calle Charrúa. Pero, en la intersección con la avenida Rabanal, un auto lo cruzó, impidiendo que continuara su marcha. Cuatro tipos, con características de la etnia colombiana, se le acercaron y con acento caribeño le dijeron: - Negro de mierda, te dijimos que la ibas a pagar. - y lo acribillaron a él y a la moto.
Al siguiente día, el negro Moreira pasó a buscar a la rubia Milena y fueron a almorzar a La Gloriosa Butteler, pidieron pastas, la rubia no terminó el plato.

lunes, 16 de julio de 2012

Las Moiras y Cronos

- ¡Diego! ¡Diego! - el llamado fue bastante claro, buscaba que mi atención se plasme sobre aquella persona que enunciaba mi nombre. Me dí vuelta y encontré a Mariela, mi primera novia.
Mariela fue mi primer amor, la primera sensación de ser querido, eran las ganas de vivir, las ganas de soñar. Había comenzado a tener una relación con ella el mismo día en el que mis viejos me dijeron que se iban a separar, que no daba para más, que yo tenía que decidir con quién iba a quedarme. Mariela me acompañó ese primer día, vino a casa, se quedó a dormir con el permiso de sus padres, me abrazó toda la noche.
Obviamente, me enamoré perdidamente de ella. Hacía todo para complacerla, para gustarle. Anduvimos bien los primeros cinco, seis meses. Luego, se dió cuenta que me tenía a sus pies, que dejaba hasta el último aliento por todo lo que me pedía. Y decidió que lo mejor era hacerme sufrir.
Mariela inventaba historias sobre supuestas infidelidades que yo había cometido. Por mucho tiempo, odio a la gorda Florencia, amiga entrañable de aquellas épocas, porque, a su parecer, yo me encamaba con ella e iba a la casa a comer panqueques con dulce de leche que hacía la madre de la gorda. También bastardeaba mi reputación perjurandole a todo aquel que se aprestara a escuchar, que yo la había dejado plantada en todos los momentos de la vida, que estar a mi lado era un suplicio, el pago de una condena, la miseria misma hecha relación. Nunca pude comprender por qué ella hacía todo, todo eso. Por mi parte, lo único que hacía era estar con ella y para ella. Mariela, con lágrimas que ya le habían trazado una autopista por los cachetes hasta las comisuras de sus labios de tanto recorrer el mismo camino, afirmaba su amor hacia mí, la felicidad que sentía a mi lado, resaltaba lo bueno que era estar conmigo; luego, procedía a dejarme. Siempre me dejaba. Ella, luego de este trámite, dejaba de llorar, me cedía la dramaturgia y yo me echaba a patalear, a deshidratarme desde los ojos, a pedir explicaciones. En un momento llevé un conteo, luego de que este procedimiento se hiciera habitual. En el periodo comprendido entre febrero y junio del año mil novecientos noventa y nueve, me abandonó un total de quinientas treinta y dos veces. Obviamente, volvíamos por mis reiteradas solicitudes, dejando el orgullo, el amor propio, guardado en el canasto de la ropa sucia.
Un día, Mariela dijo que me dejaba y yo presentí que ocurriría lo mismo de siempre, ya no me sorprendía. Sin embargo, en esta oportunidad, el dulce tono de su voz, pronunció su alejamiento con tenaz veracidad. Mariela se iba para no volver. Alegó que ya había conocido a alguien, que estaba aburrida, que no le guarde rencor. Pasmado, me alejé de ella, dejando restos de mi corazón roto por todo el ancho de la plaza donde estábamos. Nunca más supe de ella.
Hoy en día, las Moiras aburridas de la rutina, de jugar a nada, deciden que debía de toparme con Mariela, que ella me salude, llame mi atención y convengamos en una fugaz conversación. Lamentablemente, Cronos vió lo que hacían las Moiras y, aburrido, decidió pasar por la esquina de la avenida Díaz Velez y su intersección con Yatay. Es así que encontré a Mariela avejentada, con el culo caído y las tetas como dos grandes péndulos que oscilaban de manera independiente del cuerpo. Tenía arrugas en la frente y parecía como si sonreír era un gesto imposible para ella. Su pelo, su aterciopelado pelo, estaba pintado con gamas blancas y puntas florecidas, mal arreglado por el viento, percutido por la caspa.
- ¿Mariela? ¿Sos vos? - pregunté, todavía con las manos en el bolsillo de mi campera, extrañado por no poder saber si era Mariela o la abuela de Mariela quien me saludaba.
- Diego, tanto tiempo. Perdón que grite y llame tu atención de esa manera. No tengo mucho tiempo pero quería hablarte. - dijo y se acercó un poco más, mientras cruzaba la avenida. - Te ví pasar por acá hace unos diez, doce días y se me ocurrió frecuentar el lugar y encontrarte nuevamente. - y me miró como miran esos perros recién nacidos que son arrojados a la bestialidad de la realidad en una caja de cartón.
- Mariela, tanto tiempo, es verdad. Sí, vivo cerca de acá. Perdón que me cuesten las palabras, hice un gran esfuerzo para olvidarte. Fuiste en muy importante en mi vida. - comenté con la sinceridad más brutal.
- Está bien, Diego, no pasa nada. Siempre pensé en vos, al decir verdad. Siempre quise volver a verte, escucharte. No puedo olvidarte, nunca lo hice. Era tan chica, eramos los dos tan chicos, Die. ¿Te acordas cuando te decía Die? - rió ligeramente. - ¡Qué lindo era todo antes!
- Mariela, perdón pero si para esto me querías ver, hablar, no lo creo prudente, no me parece bien. Se me hace tarde para una reunión, disculpame. - avancé con mi pie derecho, retomando el rumbo anterior. Mariela se apresuró, dando pequeños brincos y saltitos hasta interponerse en mi camino.
- Espera, por favor, espera. Te extrañé tanto, Die. Quisiera que habláramos, que me cuentes toda tu vida, déjame escucharte. - la voz de Mariela parecía entrecortarse al solicitar con desmesura mi compañía.
- Perdón, Mariela, no creo que sea beneficioso para ninguno de los dos. Me tengo que ir. - la aparté gentimente con el revés de mi mano izquierda.
- Diego, no seas así, por favor te pido. - las lágrimas que antaño eran predecesoras de una nueva separación, eran hoy en día las anfitrionas de la desesperación de Mariela. - Quiero que te quedes, no puedo seguir así. Te pienso, te veo en todos lados.
- Ya es tarde, pichona, no me hagas pasar un mal rato. Te pido que te alejes, hoy ya no podes convencerme. - contesté ante la insistencia de la mujer que solía ser amada.
- Diego, Diego, Diego. - suspiró. - Si hubieses tenido esta determinación cuando estábamos juntos, si hubieses sido la mitad de lo que sos ahora en aquellos tiempos, nunca me hubiese alejado de vos. - se secó las lágrimas en una gastada campera impermeable.
- Ay, Mariela. Si hubiese sido la mitad de lo que soy ahora, si hubiese tenido esta determinación, yo te hubiese dejado antes de que acabara la primera semana. - continúe caminando sin voltear, sintiendo el susurro del llanto, de la congoja hecha persona.
Luego de caminar unos quince, veinte metros, vuelvo a escuchar aquella voz que me acompañó en la noche que mi familia se resquebrajaba.
- ¡Diego! ¡Diego! - ella llamaba de nuevo. Dentro de mis cavilaciones, supuse que quería que arreglemos todo, disculparse tal vez por su prepotencia, intentar quitarle la amargura al momento. Torné mi cuerpo nuevamente hacia donde ella había iniciado el camino que la llevaría a su casa, sonreí y abrí los brazos de par en par, con las palmas de las manos expuestas hacia ella, mostrando que no tenía arma alguna en mi poder, que estaba indefenso. - Andate a la puta que te parió, forro. - profirió con todas sus fuerzas, dando un golpe seco con el taco del zapato izquierdo. Luego, siguió su destino.

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Sepa disculpar el lector espontáneo y aquel que suele frecuentar este lugar que he moldeado para albergar mis creaciones. Me disculpo en carácter de que soy consciente de que lo anterior no es lo mismo de antes, de lo que vendrá. Permitame explicarme un poco mejor, no soy bueno en estas cosas, entiendame. Al momento de escribir, de generar un bosquejo, amontonar letras y palabras, intento que la historia sea de los perdedores, de la derrota misma. Entonces, a lo que me refiero, es que creo que es menester contar qué es lo que pasa con aquel que se enamora de la no correspondida, de ellos quienes no conocen la victoria, que no se fían del éxito, que nada les ha salido bien. En fin, hablo, usualmente, de la vida misma, en busca de contar el lado b, eso oculto pero que pasa, nos pasa. En este caso, quise, por única vez, que no sea así, quería ganar, siquiera en esta historia.
Si lo confundí, si le parece aborrecible y no quiere volver nunca más, lo entiendo. Por ello ofrezco mis más sinceras disculpas.
Empero, le ruego, entiendame, una vez, siquiera una vez, quería ganar. Gracias.

domingo, 15 de julio de 2012

Veinte, treinta minutos

Los bolsos estaban listos. Teníamos preparado todo. La noche anterior, cuidadosamente, me había dispuesto a ser organizado por primera vez. No podíamos llevar mucho, solo lo necesario, lo urgente, entonces debía de aprovechar el escaso lugar que ofrecen los bolsos de viaje para guardar la vida, llevarla a otra parte.
Siempre tuvimos el sueño con Laura de viajar. Muchas veces, el día nos había encontrado planeando destinos, escalas, comidas, recorridos en tren, tal vez en algún colectivo por todo el mundo. Planeábamos, primero, viajar por el país, recorrerlo, hacer de las vacaciones una forma de vivir, un estilo de vida. Yo tan sólo quería pasar el tiempo con ella, a su lado todo era vacaciones, todo me parecía diferente, como si fuera extranjero en este mundo, extraño de mi propio destino. Un día nos decidimos, ayer precisamente, armamos los bolsos juntos, entre risas y el zumbido de la radio, eramos el retrato mismo de la felicidad, de los momentos eternos. Salíamos al día siguiente. Una lancha en el Tigre nos arrimaría a Uruguay, íbamos a ir a Dolores, luego a Brasil, visitar Ipanema, Cabo do Brasil, Pao de açúcar, luego que el instinto nos diga, sin brújulas, sin gps.
Ella tenía que hacer unos trámites antes, saludar unas amigas, buscar una campera que dejó en la casa de la tía. Me pidió que la acompañara. Accedí anteponiendo la necesidad de ir al correo primero, mandar un telegrama avisando que iba a desvincularme de la organización donde me desempeñaba, llamar al gerente y decirle que el del centro de copiado se esta volteando a su mujer, irme bien. Fuimos al correo, entonces, en primer lugar. Luego, la acompañé. Todos nos felicitaban, lloraban, reían, nunca me abrazaron tanto.
Cerca del mediodía estuvimos en un bar, comiendo por la inercia de la hora, no sentíamos hambre, la felicidad abundaba hasta en nuestros estómagos, estábamos repletos de alegría. Llegando al final de nuestros platos, ella recordó que tenía que ir a la psicóloga, que tenía una sesión ese día, dentro de treinta minutos, aprovecharía para saludarla, para decirle que se iba. Por suerte, nos encontrábamos cerca del consultorio. En realidad, por lo que me había contado Laura, la psicóloga, de mediana edad, atendía en su casa, en su departamento que oficiaba de consultorio, en un ensayado diván desde donde, si se corría la cortina de tela que hacía de divisor de habitaciones, se podía apreciar una cocina con olor a humedad, decorada con una pecera jamás aseada. Le dije que vaya, que la esperaba acá, que me pedía algo. Prometió volver temprano, no iba a demorar.
Como es usual, pedí un café, un café doble aunque sabía que al beberlo, no iba a dejarme conciliar el sueño esa noche, la última noche en Buenos Aires. Hice garabatos en una servilleta, intenté escribirle un poema a Laura pero usé la servilleta para secar unas gotas que derramé de café.
El tiempo fue pasando, se sentía el frío de las personas que transitaban afuera, la posición de las sombras de los objetos cambió, el sol hacía su recorrido habitual. Pedí otro café y pregunté si se podía fumar. Amablemente, el mozo trajo un cenicero de cerámica que tenía el nombre del bar escrito arriba. Fui depositando cenizas tras cenizas, colillas tras colillas hasta que vi pasar a Laura por la vereda, se disponía a entrar al bar. A través del vidrio que dividía el adentro del afuera, pude notar en ella una cierta pesadez, un ceño fruncido, lágrimas que habían sido secadas recientemente. Dí una pitada más al pucho que moría en mis labios.
Laura se sentó y posó una lánguida mirada sobre el cenicero, se sacó su campera y la apoyó sobre el respaldo de la silla. En su accionar, cayó su teléfono celular conjunto a su última pizca de alegría. A continuación, se aprestó para levantar el aparato pero no había rastros ya de alguna sonrisa, parecía que Laura no había sonreído jamás. No sin esfuerzo, dejó el celular sobre la mesa. Le pregunté qué le pasaba, qué había sucedido. Negó con la cabeza, sutilmente, entendí que no quería hablar. Hice señas al mozo pidiendo la cuenta, le dije a Laura que hablaríamos en el camino a casa, que no esté triste .- No estoy triste.- respondió, luego agregó - Vos siempre diciéndome cómo estoy, qué tengo que hacer, cómo debo de sentirme.- y se cruzó de brazos sin despegar la vista del cenicero. La respuesta de Laura me descolocó. Sin embargo, haciendo ademán de mis prácticos modales comunicativos y mi aptitud para la repregunta, insistí diciendo - ¿Qué es lo que te pasa, Laura?- y no me sentí muy original con mi elección, a decir verdad.
Laura se echó a llorar, siempre se llora en los bares, a veces ocurre en los cafés, que frecuento. No podía respirar, se ahogaba en las lágrimas que recorrían su mejilla, era como si llorara por primera vez, con la angustia de no saber cómo hacerlo, la desesperación de hacerlo bien. Quería decir algo, quería explicarme. Logré calmarla y sacarle una respuesta.
- No sé, Diego. Ya no estoy segura del viaje. No puedo más con esto.- Laura renovó la servilleta que utilizó, dejó en un estado irreconocible a la anterior. - Hablé con mi psicóloga, me hizo una pregunta que cambió mi parecer, mi vida, mi forma de ver las cosas, la forma en cómo las veía hasta hoy.- se tranquilizó.
Ahora, es mi ceño el que se frunció, ahora mis cigarrillos no alcanzan, la servilleta con el ensayo de poema se ve manchada con la angustia del peligro inminente, del noble arrepentimiento. Le pedí una explicación, quería saber por qué todo había sido modificado, qué ocurrió. Los tibios ojos de Laura temblaban en la pronunciación de cada palabra, su cuerpo se estremecía.
- Mi psicóloga me dijo, me preguntó, hizo que me preguntara, sí vos eras indispensable, sí vos le dabas algún sentido a mi vida, sí era necesario que esté con vos. Vi todo claro, Diego, luego de esa pregunta. Supe que lo único que me hacia falta era yo misma, mi carrera, mis amigos, mi familia.- Laura hablaba más tranquila, su voz no tenía rastros de titubeo, se había calmado y podía explicarme lo que comenzó a sentir hace veinte, treinta minutos como si lo hubiese sentido toda la vida. Y continúo - Es por eso que no puedo hacer el viaje, este viaje con vos. Ya no puedo amarte, deberíamos de tomarnos un tiempo, tal vez separarnos definitivamente, seguir como amigos quizás.- terminó su frase mientras jugaba con las colillas de los cigarrillos que dejé olvidadas en el fondo del cenicero.


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Imagen de acá

sábado, 14 de julio de 2012

Dos sobres de azúcar

Un antiguo cuento chino reza acerca de la dicotomia que enfrentaba un emperador que soñó que era mariposa y, que al despertar, no sabía si era él que había soñado sobre una metamorfosis como mariposa o si, en realidad, era una mariposa que acababa de soñar que era un emperador.
Estaba en el café. Si bien, últimamente, comencé a sentir una leve molestia por el compulsivo acto de tomar café tras café, no podía dejar la rutina, la cotidiana molestia y dolor estomacal con dos sobres de azúcar. En ocasiones, cuando me digno a pensar, veo que el café es el perfecto escenario, una muesca convengamos, de la vida. Ocurre todo. Parejas que se aman, que sueñan entre masas finas con hijos, con casa en las afueras, vacaciones en el Uruguay. Creo que una de las bellas sensaciones que los sentidos permiten percibir, es la mezcla de un café, del aroma del café con el néctar de un perfume de una joven. Ay, las combinaciones.
También se encuentras parejas que terminan, que van a empezar a conocer a alguien más, que se separan. Comienzan las divisiones de bienes, devolverse pulseras, cartas mal escritas, compartir lágrimas en un pocillo. Se hace uso, además, de las reconciliaciones, en las mismas mesas, en ocasiones, en las mismas situaciones. Se perjuran amor eterno, se retornan lo devuelto, promesas de que nada se va a repetir, que el amanecer será por siempre, te amo también.
En el café, convergen, además, sucias trampas y negociados con trajes caros y camisas manchadas de rouge de una secretaría ansiosa por hacer carrera en alguna parte de la organización. Al lado de esas mesas, se reunen los ancianos, el grupo de cuatro, cinco abuelos que le dan un descanso a las bochas y se sienta a hablar de cuán mal está todo, de cuán mejor solía ser; discurren y discuten todos los días, a sabiendas de que mañana van a afirmar que el hoy que dictaminan como nefasto, será mejor, mucho mejor por ser el pasado.
Queda, también, un hueco, una mesa redonda con el ínfimo espacio para un café con su respectivo plato y un servilletero. Destino de hombres solos que revuelven en el café dos sobres de azúcar con una lágrima tan salada que cambiaría la composición de los ríos en caso de tener contacto con ellos. Es, también, lugar de mujeres solas que hacen tiempo mientras aguardan a esa persona que las va a quitar de allí para conducirlas a las mesas de los enamorados. En estas mesas, como si fuese factible que quepa, se es posible repensar la vida, leerla como un libro, como una narración. Es más, en la entrada, existe un revistero donde se toma el volumen de su vida, solo la de cada quien.
Y ahora estoy, acá, mientras repaso el libro, la historieta del transcurso de mi vida, y veo que nada extraño, nada excepcional pasó, que, empeorando todo, sé como va a terminar. Luego de recorrer las viñetas de mis sonrisas, los puntos y aparte de mis llantos, las penurias de los amores, la fatiga de la rutina, noto que no me conozco, que me soy todo un misterio y que tal vez yo no soy yo, sino soy el mozo que me atendió, que mi vida es otra, que cargo una bandeja manchada y vacía de recuerdos. Sin embargo, siendo el mozo, miro mis manos, luego dejar la bandeja, y noto surcos, callos que la transcurren por ser un agricultor brasilero de café, trabajo en una finca cerca de Suriname, en la provincia de Amapá. Todavía siendo agricultor, todavía padeciendo el calor, la injusticia, el trabajo casi esclavo en el siglo veintiuno, siento la dulzura de la vida, saberme feliz cortando cañas de azúcar en el monte tucumano, cerca de mi familia, donde, a veces, el patrón nos lleva a pasear, los domingos, cuando llueve nos deja descansar.
Ay, la magia del café.
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jueves, 12 de julio de 2012

Demora

Estoy en la guerra. Es una guerra casi de dimensiones mundiales. Es horrible. No sé siquiera los motivos, la razón de por qué nos enfrentamos contra otros, otros como yo. Tal vez fue un mal entendido entre países o regiones, quizás una diferencia económica, es posible que sea para saber qué república se apropie el derecho de la nacionalidad de Gardel. Pero no me entrenaron para entender, para saber de motivos. Estoy acá y tengo que matar o, en otra situación, dejar que me maten.
Formo parte de un batallón, de un escuadrón de quince, veinte tipos encargados de las expediciones que reconocen el terreno. La guerra no se desata en nuestro país. Es así que debo ir a reconocer, confirmar que todo está bien para que las divisiones puedan seguir camino, avanzar. Mis tareas, entonces, se centran en afirmar que el terreno no está minado, que no existen desbarrancos o que el enemigo no se encuentra allí.
El lugar, todo, es casi desértico, como si Dios pensó en una super playa ahí y empezó por la arena pero se olvidó del mar. Hay, también, mesetas, picos altos donde se suelen esconder soldados del otro bando. Cargo con un fusil, varias granadas y un cinto repleto de cargadores; además, llevo una nueve milímetros en la parte izquierda de mi cintura. Se nos dio una nueva misión. Se nos encomendó reconocer y asegurar el terreno de una sutil elevación. Dijeron que era un punto estratégico, que si tomábamos ese lugar, el resto iba a ser fácil, que pronto volveríamos a casa.
Íbamos a partir al siguiente día, teníamos la noche libre. Habíamos constituido una especie de ritual entre nosotros, los quince, veinte tipos que formábamos el escuadrón de expediciones. La noche previa, construíamos una especie de semicírculo y meditábamos. Luego, nos emborrachábamos o consumíamos las drogas que podíamos conseguir. Una vez terminado el rito, nos dirigimos a dormir. Por mi parte, no logré conciliar el sueño de forma expedita. Sin embargo, a medida que realizaba esfuerzos para dormir, atravesé uno de esos tantos momentos de la vida. En esta caso, me abarcaba la sinuosidad en la que deambulamos entre el sueño y la vida consciente despierta. Así, pude percibir una especie de producción onírica. No recuerdo bien pero involucraba una urgencia, estaba en mi casa y tenía que irme rápido, no sé a dónde, entonces llamaba un remis; al momento de atenderme, caí en el profundo trance del sueño, del stand by.
Despertamos a una hora despropiciada, todos. Todavía no había amanecido y empezamos a preparar nuestros equipos. Repasamos la táctica, el cómo avanzaríamos, hasta qué punto llegar. Me designaron, en esta misión, como encargado de comunicaciones, avisaría los avances y necesidades. Marchamos.
Tres jeeps nos dejaron al principio de un camino que luego se desvanecía entre rocas y malezas, arbustos con pinches y pastos secos. Continuamos caminando, atentos. Encontramos una parte, una porción de terreno lleno de minas. Dividimos el grupo, algunos vigilaron, otros soplamos tierra por el lugar para sacar, con la cautela precisa, hasta la última munición enterrada. De repente, se sintió un disparo, un fuerte silbido que quebró el aire que estaba en nuestro alrededor. Uno de los muchachos cayó herido de un tiro en el hombro izquierdo.
El enemigo estaba oculto, tras rocas, tras arbustos, en pozos, en trincheras, salían de todos lados. Corrimos a refugiarnos, esquivando minas, algunos con suerte, otros no tanta. Mantuvimos resistencia, a borde de perderlo todo. Estaba cubierto de tierra, había perdido el casco, el fusil no daba abasto.  Arrojé tres, cuatro granadas, maté sin piedad. Sin ir más lejos, también mis compañeros se dedicaban a morir. El capitán del pelotón, me dijo que me arrastre hasta la mochila de comunicación de unos de los abatidos y que pida refuerzos, que la fuerza área venga, que quería vivir.
Veía todo como un sueño, la realidad es una constante linea recta que divide a los sueños de las pesadillas, que está entre medio y que, a veces, se digna en fluctuar. Entonces, todo era un sueño, borroso, tal vez una pesadilla. Me acerqué al comunicador, tomé el teléfono, pedí anticipadamente las coordenadas. - Alfa, tera, fox. Alfa, tera, fox. Acá silver pig. Necesitamos refuerzos. Repito, necesitamos refuerzos. Nos atacan, nos atacan. - solicité con paciencia, mientras esquivaba balas.
Una dulce voz femenina, del otro lado del tubo, solicitó coordenadas. Se las dí, un tanto desesperado. Luego de esperar, escuchando como ella tarareaba, repetí la solicitud. - Alfa, tera, fox. Estamos muriendo, todos mueren acá, necesitamos que envíen refuerzo, por favor. - lágrimas corrían por mi rostro y se hacían barro con la tierra pegada a la cara. Ella, sutilmente, indicó: - Sí, ya te escuché la primera vez. Pero hay demora, los aviones están en un viaje, tan pronto se desocupen, te los mando. Serán unos treinta, cuarenta minutos de restraso.
Sonreía mientras yacía en el piso, al mismo tiempo que comenzaban a rodearnos. El aire se tornaba puro, cada vez más puro. Cerré los ojos y tomé un último respiro. Caí en el profundo trance del sueño, del stand by.

martes, 10 de julio de 2012

Tarot

Me acerco a la chica, a la joven con aires de haber bajado de un colectivo venido de los años setenta, principios de los ochenta. Estaba en la plaza, ella, sentada. Sus largos y enrulados cabellos rubios pululaban el aire de su alrededor, flotando con la brisa de la tarde. Ellas los acomoda desinteresadamente detrás de sus orejas, tenía una pequeña vincha multicolor.
Tenía un cartel, un pequeño cartel que avisaba sobre su capacidad, sobre su servicio. Leía las manos, tiraba cartas del tarot. Y quise probar suerte. Por extraños modales del ser humano, queremos saber más, un poco más sobre todo, particularmente sobre nosotros.
Me senté a su lado. Sentir su voz que se conjugaba con graciosas y simpáticas sonrisas con hoyuelos, fue como ser rozado por las bruma del mar en marzo, como por el humo que produce un café con leche una mañana fría. Me preguntó de qué forma quería saber mi destino, qué quería conocer. Con la tranquilidad de los primerizos, con la decisión de los que saben, pedí por todo, automáticamente. Ella barajó el mazo de cartas.
Retiré tres cartas, a elección. Me pidió que las deposite. Dijo que las cartas iban a contar algo sobre mi futuro, que iban a abarcar los tópicos de estas consultas: salud, dinero y amor. Dejé las cartas y me apresté a escucharla. En el momento que pensé que iba a enterarme sobre algo de mi vida, ella solicitó que abone la consulta. Treinta y cinco pesos rezaba el cartel, le dí cincuenta, que no importaba el cambio el dije.
Dio vuelta los naipes y me comentaba lo que las cartas transmitían. La primera, le demostraba que estaba bien de salud, detalló. Que pronto pueda sufrir un pequeño colapso, que haga deporte. Igualmente, no sería para mayores, iba a andar bien.
Prosiguió informando que iba a cambiar de trabajo, que era lo que estaba buscando, que todo iba a andar sobre ruedas. Usó esa expresión. Me contó que me olvidara de problemas económicos, que iba a poder disponer a mi gusto, que no me faltaría de comer.
Luego, recordó las veces que rompieron mi corazón. Pero que no me amargue, que no faltaba mucho para que llegue a mi vida la mujer que también me busca, como yo la busco a ella. Quise saber un poco más, que me diga una fecha, un lugar, saber si le iba a gustar. Me dijo que no pasaba de este año para que encuentre el amor, que el sol no podrá brillar más fuerte aunque quisiera ese día, cuando la vea. Dijo que iba a saber quién era, que yo iba a estar bien.
Mi futuro se veía prometedor, tranquilo, dentro de los planes de carrera que ofrece la universidad pública de la vida. Tomé una bocanada de aire, miré hacia un lado, al pasto que intentaba crecer en la plaza. Hurgué entre mis bolsillos y saqué cien pesos y los deposité lentamente en la pequeña mesa que oficiaba de escritorio. Le pedí que repitamos la operación pero que esta vez sea sincera o, siquiera, que haga de mi destino algo interesante. Le expliqué que, de la otra forma, no iba a tener nada sobre qué escribir, esperanzas de vivir.

lunes, 9 de julio de 2012

On the rock

Voy a un bar. Dejo de un lado el café, solo por hoy, ya es de noche, ya es tarde, ya dejó de ser hoy, comienza el mañana.
Entonces, me dirijo a donde se juntan los boliches. Cerca, hay bares. Allí, la gente se junta, busca reunirse, mostrase, tomar algo, quizás embriagarse con alcoholes baratos para garantizar una buena noche, pasarla bien.
El lugar es moderno. Poco iluminado, colores vivos que irradian su propia luz. Existe una fina bocanada de música suave, permitiendo que el hablar no sea dificultoso; creo que percibo un tema, una canción, es un cover estilo bossa de alguna banda inglesa.
Observo el lugar desde la barra, sin sentarme. Quiero, primero, elegir, ser táctico en mi distribución, en donde me iré a sentar. Le digo a la chica que atiende, que está detrás de la barra, que haga alcanzarme un whisky. Le pido que sea un Johnnie Walker red label, on the rock, sin s, singular. Sucede que dos hielos, en un ambiente cerrado y con calefacción, como era el bar, modifica al hielo, lo deshace. Le solicito, además, que sea llevado a la mesa que iba a ocupar, cerca de un grupo de cuatro, cinco chicas.
No lo aclaré, se me pasó, pero llevo un libro empuñado en mi mano izquierda. Lo llevo apoyado contra mi cintura y cubriendo la portada, de tal forma que no se lea el título. Aún si lo llevara de otra forma, la portada sería imperceptible por la luz, la escasa luz.
Es así que me siento y tras mío llega el whisky. Agito un poco, brevemente, su contenido mientras apoyo el libro sobre la mesa, ya me encontraba sentado. Escucho, desde mi posición al mismo tiempo que percibo los aromas de los cereales fermentados, risas y murmullos. Las jóvenes, con minifaldas y escasos vestidos ajustados al cuerpo, me señalan, ríen, comentan.
Tomo un sorbo. Presiento que cualquier persona que me haya sentarme, pedir, todo, espera que abra el libro, lo lea, siquiera que muestre el título. Sin embargo, le hago señas a un mozo para preguntarle si se puede fumar. Me indica que no, que esta prohibido. Siento que el whisky ya no sabe igual sin la agonía de la lenta combustión de un cigarrillo. Le digo, le comento eso al mozo, quien inmediatamente ensaya una sonrisa, un gesto como para que recuerde darle una propina. Luego, se aleja.
Acto seguido, una de las chicas se acerca. No es alta pero los zapatos con tacones hacen lucirle piernas interminables. Sin querer omitir detalles ni tampoco extenderme, creo poder decir que el pueblo judío hubiese sido dichoso de perderse cuarenta, cincuenta años en los desiertos de su cintura, toda su figura. es morocha, ojos de un negro profundo y una sonrisa fresca como una primera quincena de enero en Punta del Este. Ante la mirada atenta de sus amigas, quizás llevada por un impulso, por una apuesta perdida o por curiosidad, procede y pregunta.
- ¿De quién es el libro?
- Mío. - contesté.
- ¿Vos lo escribiste? - sus ojos brillaron como los extremos del cinturón de Orión.
- No, lo compré. Lo escribió un francés, Foucault.
- Ah, que bueno. Y... Perdón que sea entrometida pero, ¿para qué lo trajiste si no lo estas leyendo?.
Con un ligero movimiento por parte de mi muñeca derecha, hago girar el hielo dentro del vaso. Tomo un sorbo más.
- Mira, mira bien. - y con la mano izquierda traigo el libro hacia mí, entre medio de ella y yo - Es genial como posavasos. - procedo a apoyar el vaso sobre la portada.
Se retiró mostrando un gesto de irritación, de fastidio, tal vez por no encontrar una respuesta adecuada, por pensar que me burlaba.
Pero no, no es así. Es que, a veces, prefiero decepcionarte antes que la decepción me toque a mi primero. El vestido le quedaba muy bien.

domingo, 8 de julio de 2012

Escalera mecánica

Vivir en el redundante fracaso, a veces, sienta bien. Sabrás que me han dicho que es comodidad, que es más fácil fracasar que triunfar, dejarse estar a levantarse luego de cada visita al piso. No sé, no sé si es tan así. Pero, mejor, te cuento esa parte otro día. Lo que quería decir es que cuando todo te sale mal, te acostumbras, no te sorprende. Por ello, cada vez que despierto en Lacroze, en el tren, no me sorprendo al ver que, luego de descender, el subte se ha ido, tocó su ultima bocina avisando que cerrará sus puertas, que te quedaste a afuera. Y ya no me sorprende, ¿qué queres que te diga?.
Sin embargo, algo que me desacomoda, que me transmite cierta frialdad en la humanidad, algo así como despersonalización, es cuando sabes dónde para el subte. Bueno, sí, en la estación. Pero sabes donde las puertas abren como para formar ahí, donde abren, subirte primero. Y, como si fuera esto poco, sabes en qué puerta te tenes que subir de tal manera que, al bajar, seas depositado frente a una escalera mecánica, autopistas sin esfuerzos a la realidad. Esas pequeñas cosas, singularidades de la sociedad, me hace sentir que todos, absolutamente todos, fracasamos.
Y te iba a terminar de contar todo, hasta acá, me sabe a amargo esa imagen, no quería seguir. Pero te vengo diciendo cosas de amor, te hablo del fracaso, de la derrota, de la historia de los perdedores mientras juntan migajas de cariño. Entonces, sigo.
Sigo porque estaba ella, esperando, desorientada de las posiciones correspondientes para subir. Tenía rimbombantes rulos que jugueteaban en sus hombros cuando caminaba, cuando se movía. Leía un libro y se mordía los labios al cambiar de página. En ocasiones, jugaba con sus rulos, como cuando se juega con el cable del teléfono, ella jugaba y leía.
No podía quitarle la mirada de encima. Siento que fue como esas veces, esas oportunidades donde te enamoras, te enamoras a primera vista. Te enamoras y jurarías luchar por ella ante mil demonios, tal vez pasear en la balsa de Caronte sin monedas, con tal de saber su nombre, de saber el perfume que usa. La miraba y miraba mi vida, mi futuro, mi pasado estancado. Sentí un escalofrío que me sacó de mi estupor y me atrajo a la realidad, a esperar el subte.
Tal vez no me creas pero fue así, para mí sorpresa, ella también me miraba. Tal vez fue un truco de mi mente, alguna clase de ilusión, pero vi cómo me guiñaba un ojo, mientras leía, mientras jugaba con el pelo, mientras se mordía los labios y sonreía.
Llegó el subte y ella subió detrás mío, luego de ensayar un pequeño trotecito para dar con la puerta que me dió paso al vagón. Se sentó frente a mí, apoyo el libro cerrado en su regazo y me miraba. No sacaba su vista de mí. Dentro de la incomodidad del momento, intenté, en vano, de parecer natural, como si esto pasara todos los días. Cruzaba mis piernas, intentaba dormirme, mirar al techo del subte como los astrólogos bizantinos lo hacían con el uso del cielo para las predicciones.
Ella bajó en Carlos Gardel. Yo, por otro lado, ya me había enamorado sin importar en qué estación bajara o cuán cerca o lejos estuviera de la escalera mecánica.
Decidí que así, como pasó, como terminó, era lo mejor. Porque más allá de la mala prensa, del dolor por la perdida, de los desvelos de enamorado o la nostalgia por lo que fue, por lo que no será jamás, el sufrimiento por amor es un sentimiento más grande que el amor mismo.

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sábado, 7 de julio de 2012

Robo

Me están robando. Bueno, me estaban robando. Ya me robaron, quiero decir.
Soy consciente que el país no esta bien parado, que tiene rotura de ligamentos y que a situaciones extraordinarias, le siguen acciones extraordinarias. Cada quien la pelea como puede. Tampoco soy ningún bacan. No tengo mucho y, si lo tuviese, no me diferenciaría de toda esa masa que por más bienes materiales tenga, debe de levantarse tan temprano como aquel que llega lastimosamente a fin de mes.
Igual, siento que el robo, el acto delictivo, es una de las acciones menos discriminadoras y desinteresadas del mundo. Poniéndome, como la situación lo demanda, en el lado de la víctima, puedo afirmar que el robo empareja, nos hace iguales. Es decir, no importa raza, credo, estado civil y, a veces, clase social para ser robado. Ante el robo, como ante la muerte, somos iguales, una de las pocas mismas varas que la humanidad puede hacer uso para compararse, para sentirse igual.
Entonces, me roban. Venía caminando, subido del subte, de la estación Pasteur. Ya era de noche, siempre es de noche en invierno, cuando hace frío. Seguí unas cuadras por Corrientes, hacía el bajo. Doblé en Ayacucho, con la rara sensación de que ya había paseado por ahí, en tiempos más simples, felices. Pero, como te decía, era de noche, hacía frío, era diferente. En la intersección con la calle Sarmiento, dos encapuchados, que animados por mi presencia dejaron las tareas de los cartones, se acercaron. Uno preguntó la hora, otro me dijo que me quedara tranquilo. Pensé que el segundo era bastante amable, que se preocupaba por mi tensión, estaba tenso.
El primero sacó un chuchillo pequeño, justo para cortar una manteca. El segundo, el amable, fue más simple; me dio una trompada en el medio de la nariz. Ya sabía el destino, el mío, lo que iba a pasar. Me arrinconaron contra una cortina metálica de un negocio que hizo varios ruidos y preguntaban por mis pertenencias.
Les dí la billetera, el celular, el tramite usual, todo a cambio de mi bienestar. Me soltaron y me dejaron caer sentado sobre la vereda, mientras ellos revisaban lo que tenían, auditaban si era suficiente empero, nunca es suficiente. Siguieron reclamando por algún reloj que no usaba, que no tenía; quisieron las zapatillas, la campera también. Se las dí, sin escatimar.
Más allá de todo, alcancé a recordar, a pelear, a negociar, por así decirlo, por algunas pertenencias. Pedí por los documentos, imaginé el suplicio de la filas necesarias para renovarlo. Solicité, también, tarjetas de crédito, anotaciones que tenía para futuros cuentos. Se negaron. Creo saber que a la hora de obtener un botín, no importa el valor real que tiene, que el mejor precio es aquel que le otorgar el antiguo propietario a los valores que acaba de perder.
Fue, luego de pensar lo anterior, que recordé el mejor de mis tesoros, la mayor de mis pertenencias. Habían comenzado a caminar, a irse, mientras yacía en el piso, todavía en mis pensamientos. Los corrí, ellos se atajaron en el medio de la calle, me gritaron que estaba loco, que me vaya, que las cosas no iban a volver, que ya nada sería como antes.
Me negué y enfurecidamente le atiné una piña en el estomago al primer encapuchado quien portaba mi billetera. El otro salió corriendo con mis otros bienes. Aquel que había recibido el golpe, estaba en el pavimento, arrastrándose e intentando recuperar el aire. Agarré la billetera que dejó caer en su precipitada ida al piso, y tomé lo que buscaba.
Tal vez, no signifique nada para nadie, quizás su valor sea tal que ni el más vil capitalista encuentre plusvalor en la producción del mismo. Tuve el primero encuentro con lo que era mío, lo que reclamé, lo que me animo a tamaña acción, un día, una mañana, junto a un yoghurt con cereales, en mi mesa de luz. Es una de esas tarjetas que dan los nenes pobres, las mujeres con hijos que son pobres, con la simple intención de recibir a cambio un donativo, alguna caricia. Es una más, para cualquier otro, es una más de esas tarjetas con frases típicas, dibujos que buscan generar ternura. Es así que parado, en patas, bajo la tibia luz de un postedeluz de la calle Sarmiento, releí la tarjeta y sonreía para mis adentros.
'No hay persona en este mundo que te quiera como yo'. En el dorso, mamá plasmó su firma.

viernes, 6 de julio de 2012

Se deshace

Voy caminando. Camino despacio, de a ratos más rápido. En las esquinas casi corro, simulo un trote para luego seguir caminando sin más. Cruzo avenidas, calles con semáforos, otras donde doblan los colectivos subiéndose al cordón de las veredas.  En los momentos donde se atora el transito, zigzagueo entre taxis que bloquean las entre calles, autos particulares que lamentan con luces de balizas haber nacido para una jungla de cemento. Y camino.
Tengo que llegar a tiempo, te prometí llegar a tiempo. Empero, de repente, siento que la ropa, mi ropa, comienza a desprenderse. No, ese no es el termino, te lo estoy diciendo mal. La ropa comienza a deshacerse. Se esfuma, de apoco, de a partes. Como si las moléculas que la compusieran se cansaran de estar juntas y cada una dobla para donde se la antoja, tal vez se suben a un ciento treinta y dos y otras piden un taxi hasta Artigas y Aranguren. Se van.
Es primero mi campera. Empieza la manga derecha, luego la izquierda, a desaparecer, esfumarse. Empiezo a sentir frío pero sigo caminando, también corro, vos me estas esperando en el café. Algunas viejas que simulan baldear la vereda, miran consternadas la extinción de mi indumentaria. Luego, sin más, reparo que ya no tengo remera, que voy en cueros y que me estoy cagando de frío. Pero sigo caminando ligero, estoy a pocas cuadras.
Al cruzar una esquina en rojo, esquivando un cincuenta y nueve fuera de servicio, noto que se desprendieron mis zapatillas. Pero no, no se desprendieron, se esfumaron como las otras partes. Sentí, al principio, que se aflojaban, como si los cordones se desataran, como si los desatara un ángel, con sutileza, con una risita fina. Y, al terminar de cruzar la cuadra, quedé en patas.
Llegó el turno del cinto. No fue sorpresivo, solamente percibí que el pantalón se caía, que no tenía sustento, dónde apoyarse. Mientras, curiosos vecinos miraban, comentaban lo que veían. Una señora se ánimo a preguntarme qué estaba haciendo, si me sentía bien. 'Estoy apurado, no puedo llegar tarde', le contesté al pasar. Curiosas jóvenes miraban y reían, un viejo se pilló de la risa además.
Claro está que también desapareció el pantalón, que iba corriendo en calzones, estaba cerca del café. La gente que tenía la oportunidad de verme en tan bochornoso e improvisado espectáculo, empezó a preocuparse. Una mujer que trabajaba de despachante en una verdulería insistió en que llamaran a la policía. Un viejo en un kiosco de diarios pregunto si estaba loco. Yo seguía cruzando calles. Una amable señorita me refirió que andar con esa indumentaria, es decir, sin indumentaria, iba a ocasionar que le sea infiel a su pareja. Agradecí su atención con una sonrisa. Estaba a dos cuadras del café. Crucé una esquina y una pareja de ancianas amigas me indicaron que les había devuelto, al verme así, una sonrisa, que querían darme las gracias, que hace mucho no sonreían. Luego, a media cuadra del café, unos muchachos rieron y me aplaudieron por la osadía, por ir en contra de todo. Les proferí que lo hacía por amor, que es la mejor de las razones para la realización de sin razones. Uno de los pibes se puso a lagrimear, gritó que le devolví la fe en la búsqueda del ser querido, que gracias, que siga así.
Finalmente llegué y empujé la puerta del café. Me viste entrar y te acercaste, había llegado a tiempo. Quise abrazarte y darte un sentido beso, abrazarte con un solo brazo, rozarte el rostro con la mano libre. Antepusiste tu antebrazo a la altura de mi pecho, alejándome, impidiendo todo acercamiento. Te dije, como en un susurro, que llegaría a tiempo hasta al último café del mundo por vos, que si pudiera demostrar lo que sign...
Me interrumpiste apoyando tu dedo índice derecho sobre mis labios, mirándome rectamente a los ojos, como mira el diablo cuando tocan las puertas del infierno, y proferiste: -¿Qué haces así, imbécil? Te vas a resfriar en bolas como estas. No servís para nada, Diego. - suspiraste ofuscadamente. 

jueves, 5 de julio de 2012

El ruso

Cuando asistía a la escuela, la vida era más simple. No creo que solo para mi sino para todos los demás. Con ello me refiero a que ir a la escuela era la única y mayor responsabilidad que teníamos, no había más.
Aunque, dentro de la tranquilidad que ofrecen los muros protectores de la institución educativa, existen diversos desgracias, penas, malos ratos, por llamarlo de alguna manera. En lo que quiero contar, esto involucra al ruso Pavlovich.
El ruso iba dos años más adelante que yo. Su aspecto era similar al ruso Drago, de la afamada Rocky IV pero con diez, once años de edad. El ruso Pavlovich era alto, rubio y malhumorado. Siempre estaba con el guardapolvo roto o manchado y las rodillas escondidas detras de capas de grasa; obtuvo su fama y comparación con el personaje boxeador cuando le rompió la nariz al 'Galán' Gutierrez quien, en un infructuoso intento de impresionar a sus compañeras, le hizo una cargada y ligo tres puntos en el tabique.
Desde ese evento, el ruso, decidió que golpear por deporte no era, digamos, rentable. Entonces comenzó a pegar y reclamar algún elemento. Primero, empezó solicitando, amablemente con una trompada en el estomago, galletitas, algún alfajor. Cubierto el instinto básico, mínimo, vital y móvil, pedía por las mejores bolitas para jugar el gallito ciego o al opi no vuelve. Supe que, además, llegó a pedir una cadenita de oro que uno de los muchachos había recibido como compensación de su primera comunión.
Es, quizás, redundante decir que el ruso terminó pidiendo dinero y que le hicieran la tarea, era muy responsable en ese sentido. Como si esto fuera poco, lo descripto hasta ahora, fueron los primeros pasos que el ruso daba en su reinado de EGB.
Es meritorio recordar que el ruso fundó una especie de organización que trabajaba con el. El proyecto de adolescente que era el ruso, se las arregló para convocar diferentes secuaces que ayudaran en las operaciones precisas para que él pueda dedicarse, a tiempo completo, a trabajos burocráticos y de ocio. Con respecto a los primeros, me refiero a que el ruso, de vez en cuando, era suspendido o iba al gabinete psicopedagogico. En cuanto al segundo termino, básicamente Pavlovich se dedicaba a persuadir a sus compañeritas para encontrar a aquella que acceda ser su novia, y así tomarla de la mano, quizás bailar con ella en un asalto.
Había oportunidades donde el ruso se encargaba de los trabajos personalmente. En dichas ocasiones, los resultados eran desastrosos. Todavía perdura entre mis recuerdos aquella vez que le quebró el meñique a un novato de cuarto grado, en el baño de hombres. Todo fue porque, aparentemente, el joven estaba formando fila, detrás de una de las pretendientes del ruso Pavlovich, para comprar en el quiosco que ofrecía el colegio. En la espera, la inquietud, la ansiedad del pibe de cuarto grado le jugó en contra, produciendo un pequeño e inofensivo empujón a la amada de Pavlovich. El llanto de desesperación que discurría entre las suplicas de ese pequeño, no ha podido ser erosionado por el paso del tiempo. Rogaba perdón por cosas que no había hecho, aceptaba cargos impuestos con tal de salir ileso de entre los mingitorios. El final se dió mientras la campana repiqueteaba señalando el final del recreo, de esa forma no se podía oír el grito del de cuarto grado.
Y es hoy en día que evoco todo esto porque, como creo haberte dicho antes, para traer un recuerdo al presente, debe de haber existido una motivación, un estimulo, algo que lo despierte.
Me encontré con el ruso Pavlovich en un café. Me senté en la mesa que suelo habitar y dejé el libro que venía leyendo sobre la mesa, al lado del azúcar y del edulcorante. Digamos que a tres, cuatro mesas y en dirección diagonal izquierda desde donde estaba, se encontraba el ruso con una señorita. Presumo que era la novia. Resistiendo las ganas de querer saludarlo, de preguntarle cómo le iba, observé la escena mientras solicitaba un café doble.
La chica era linda, era fresca como las ráfagas de viento que acarician la cara en tardecitas de otoño. Pude suponer que no medía más de un metro sesenta y que en sus ojos, hasta el Costa Concordia podría naufragar. Y el ruso la miraba desde abajo, como escondiendo la cabeza entre los brazos entrecruzados sobre la mesa. Estaban discutiendo y la novia le pedía al ruso que bajara el tono, que le hablará bien, que no llore, que sea demostrativo, que se siente bien, que sea hombre. En la desesperación de ruso por ser y hacer lo que le pedían, tiró su taza de café con leche al piso. Ella se enojó y pude escuchar que dijo con los dientes que ya no toleraba más, que la relación terminaba acá. La antigua novia, la actual ex, del ruso, se marchó, dejando pequeñas huellas de café con leche hasta la salida.
No me contuve y lo fui a saludar al ruso, quien miraba por la ventana del café, como solo miran los enamorados. Al estar a unos pasos de su mesa, retrocedí, volví a mi asiento, me quebró la escena.
El ruso estaba llorando. Lloraba desconsoladamente, como si llorar fuera el propósito de su vida, su única función. Lloraba como un chico a quien le acababan de robar una galletita, un alfajor. Lloraba como un chico de cuarto grado al que le quebraron un dedo.

miércoles, 4 de julio de 2012

Treinta y dos metros

Crucé la avenida Alvear en dirección a la plaza Vicente López. Venía con una marcha modesta, pateando piedritas, buscando la autoestima que pienso perdida por el piso. Era la tercera, cuarta vez que caminaba por la calle Rodriguez Peña con ese motivo, infructuosamente. Ya era de noche, de noche acontece el frío. Percibo que se resquebraja la tranquilidad por alborotadas risas, carcajadas y pequeñas corridas. Eran dos sujetos, podía distinguir una risa de la otra. Habían doblado desde Posadas y continuaban a mis espaldas. Al darme vuelta, llegando casi a la esquina, los veo, los observo y los presumo conocidos. No pude recobrar el aire despues de un minutos, dos. Quedé contra la pared, como quedan los condenados a muerte, esperando la bala, el disparo salvador; yo esperaba que me vuelva el aliento.
Te lo cuento, así, como me sale porque pensé en cómo decirlo. Te pareceré un idiota, un ebrio pedante que vio y encontró lo que quiso ver y encontrar. Pero no, yo los vi, se reían, se abrazaban y escupían. Era Borges que, ensayando un ringraje, corría junto a Bioy Casares cagándose de risa, los dos. Todavía late mi corazón, se turba mi vista, me sudan las manos, al recordar, a ver las siluetas en la noche. Los seguí, ¿qué querías que hiciera?
Pararon en un chino, de esos que se quedan hasta las doce de la noche abiertos, y Borges entró a comprar una birra descartable mientras Bioy Casares prendía un pucho y le miraba el culo a una mina que pasaba por ahí. Luego, emprendieron una jolgorica caminata hasta Corrientes y Uruguay, escuché que Adolfo le decía a Jorge Luis que quería ir a sacarse una foto con Olmedo y Portales, tal vez hacerle cuernitos al gordo. Llegados ahí, hecha la petición del escritor de 'La invención del Morel', partieron. Les perdí el rumbo aunque podía escuchar cómo reían. Era uno de esos días, de esas noches, donde no anda nadie; donde los pocos que andan, están abstraídos en sí mismos, mientras Borges y Bioy Casares van escabiando por Corrientes.
Al seguir sus risas, los encontré subiendo a un taxi. Tomé el cliché de las películas y decidí arrojarme a un taxi también pidiendo que siga a aquel que acaba de partir. Fuimos hasta la plazoleta Cortazar donde Bioy Casares meó detrás de un árbol mientras Borges le contaba un chiste verde. Mientras me hacía escondido detrás de unos arbustos, escuché que Adolfo le dijo a su amigo que ahí estaba la calle que portaba su nombre, que sería lindo recorrerla, tocar algún timbre, patear un perro quizás. Jorge se pilló de risa cuando pensó lo ilógico, lo absurdo de que la plazoleta quedará ubicada en la calle que llevaba su nombre. Salieron a caminar. Los seguí, por la vereda del frente, a unos treinta, treinta y dos metros atrás, enderezaron rumbo a Plaza Italia al mismo tiempo que Bioy lo cargaba a Luis por el barrio donde le tocó su calle, éste último se lamentaba. 'Palermo siempre me pareció una mierda, suerte la tuya que tenes tu calle ahí nomas de tu casa' dijo el creador de la Casa de Asterión. 'Sería lindo que escribas algo, acá, sobre esto. Te dieron una calle larga, che.' reclamó el padre de Dormir al sol. Borges asentó con un leve movimiento de su cabeza, tomó una piedra y escribió sobre una pared en la esquina de Charcas. Luego, salieron corriendo, ambos, jugando una apuesta a ver quién llega antes a la avenida Santa Fé. Jorge Luis dejó caer la piedra en el medio de la corrida. Desafortunadamente, la dejó caer en la vidriera de un local.
Sonaron las alarmas, vecinos bajaban o miraban por los balcones, en paños menores, algunos que recién llegaban. Tal vez fue el infortunio, la desdicha, la falta de planes. Me señalaron como causante del hecho. Se labró un acta en la dependencia de la comisaria primera de la comuna número catorce. Sería el presunto autor de daño a la propiedad privada con tentativa de robo, conjunto a vandalismo y hacedor de daño a la moral y buenas costumbres.
Creo que me tomaron como loco, como incapaz, porque pregunte, tuve que preguntar, qué había escrito en la pared, en la esquina.
- 'Puto el que lee', señor. 'Puto el que lee', escribió. - contestó el oficial.

martes, 3 de julio de 2012

Inventos

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Lo hice todo, todo lo que te prometí alguna vez. Salí por teatros, comí en restaurantes caros, otros de dudosa calidad. Recorrí las calles, las veredas tristes de lluvia en noches de verano, mojándome por fuera, para no desentonar con el adentro. Pude notar, para sumar al infortunio, que al caminar solo, la lluvia ya no moja tanto, o como debería mojar, como se mojan los enamorados. Me quedé solo en casa, también, aquel día que se cortó la luz, intentando agarrar una frecuencia de radio, acompañar las lágrimas con un tango, con alguna canción; tomando mates, amargos como te solían gustar. Fui, además, de vacaciones a las montañas, salté sinuosos últimos suspiros de ríos, esos pequeños arroyos que tienen la fuerza suficiente para desestabilizar algún animal, sin embargo no tienen la suficiente como para cambiar el curso de los sentimientos, elegir a quién amar. Como si fuera poco, cambié el rumbo. Me dirigí a la costa, al mar, al frío del mar en otoño. Busqué, días, noches, toda la estadía, volver a pisar sobre tus huellas, caminar con vos, con tu recuerdo. Intenté aprender a bailar, como vos bailabas, hasta que un esguince de tobillo me dejó afuera de las clases. Probé, como si fuera poco, con el curso de cocina. Puedo decir, hoy, que hago ricas casuelas, diversas técnicas. Entonces, sé que aprendí, algo, siempre algo se aprende. Sin embargo, no puedo aprender que ya te fuiste, que no vas a volver, que en verdad nunca fuiste cierta. Y ese es el gran problema de los inventos; a veces, tienen esa manía de permanecer solo en la imaginación.


Imagen de acá

lunes, 2 de julio de 2012

Una cuadra

Me paré en la vidriera y vi unas botas, casi borcegos, lindas, mezcla de hipster con new fashioned. Tenía largos cordones mal distribuidos, poca iluminación, la parte izquierda estaba levemente inclinada hacia otro lado debido al amontonamiento con otros calzados. Vi la imagen, el todo, y me puse mal. Tomé aire y seguí con mi recorrido.
Llegué a la puerta de una librería, a una que siempre voy. Estaba en exposición un nuevo libro, grande, gordo, traducido del inglés. El título era algo como 'La pista detrás del fantasma' o 'El asesino transexual de la calle Talcahuano'. Me quedé, treinta, cincuenta segundos mirando. Iba a entrar a preguntar, con el dedo indice derecho levantado, como pidiendo la palabra, pero no. Mejor no, me dije. Dí media vuelta, me volví a sentir mal.
Pasé por la puerta de un café y, con un movimiento inconsciente, miré hacia dentro. Alcancé a ver una heladera mostrador, llena de tortas altas con dos o tres porciones menos. En ese instante, una chica, de linda sonrisa, sacaba una cheescake para rebanarle un pedazo más, mutilarla un poco, solicitud del cliente. La moza, por ponerle una categórica identificación, onduló un cuchillo mientras ensayaba una sonrisa más, produciendo esos pequeños hoyuelos en la parte media de ambos cachetes del rostro. El instrumento, el cuchillo, cortó graciosamente la salsa de frutos rojos, prosiguió por el queso, paso a la fina masa. Quedé parado, como un niño que mira hacia dentro de la juguetería cuando ésta se encuentra cerrada, frente a la moza, yo del lado de afuera, separado por un vidrio. Una lágrima, una sola, recorrió mi mejilla izquierda. Tomé aire, nuevamente, y seguí.
Al caminar unos pocos pasos, un muchacho, un joven, deja caer una rosa en el apuro, en el atropello que le imponía el cumplir con el mandado. Al pararme, al quedarme estático frente a la imagen de la rosa en el piso, el pasar de las personas se tornó dificultoso. Me agaché, me puse en cunclillas y miré la rosa, de cerca. Acaricié con el revés de mi mano derecha los pétalos que todavía no encontraron contacto con el piso, y derramé dos, tres lágrimas sobre ellos; dejando una especie de rocío sobre la humanidad de la rosa, eran lágrimas chicas.
Me incorporé, prendí un cigarrillo, tapando la débil llama con mi mano izquierda contra el viento, contra las ráfagas que se producen en las esquinas. Pité y miré un poco hacia atrás, miré a la nostalgia que puede producir caminar una cuadra. Ensayé una especie de sonrisa para mí mismo, y noté que había aprendido algo, que me sabia menos ignorante. Aprendí que cuando se extraña a una persona, diversos estímulos pueden evocar su recuerdo, la ves en todos lados.


Imagen de acá

domingo, 1 de julio de 2012

La parte de los ángeles

Al momento de embazar, por así decirlo, por contarlo así, al whisky, le acontece un fenómeno extraño, explicable por la ciencia, por la empiria, por movimientos químicos que no son perceptibles al ojo humano, a simple vista. El whisky, el bueno, el que no compras seguido, se estaciona, se añeja en grandes barriles de madera, como en las películas. Entonces, tenes alcohol, finos aromas en contacto con madera, en el barril, mientras más tiempo, mejor.
Y ahora, acá, pasa lo extraño. Ponele, digamos, que estas añejando cuarenta y dos litros, en un barril, lo dejaste unos años, cuarenta y dos litros contados. Pensaste, pasado este tiempo, que ya era hora, que es el momento de que el whisky cumpla su razón de ser, los destinos de la vida. Decidís envasarlo. Tal vez lo vendas, lo regales, lo tengas como un tesoro, compañero en las noches. Entonces vas con, por ponerlo de una forma, que nos sirva de ejemplo, con cuarenta y dos botellas de un litro cada una, el razonamiento nos lo dicta así. Tal vez con ayuda, con el arte que da la técnica, la practica, podes embazar, distribuir el contenido del barril por cada botella sin perder una sola gota. Sin embargo, acá pasa lo que te quería decir. Todo lo demás era contexto, era para decirlo de otra forma, firuletes en el aire. La cuestión es que ocurre algo, sucede y vas a buscar explicaciones, seguro alguna te va a calmar, a saciar la perplejidad de lo ocurrido, sacarte del asombro. Habíamos calculado, dicho, que añejaste por un determinado tiempo, una cantidad de cuarenta y dos litros de whisky. Al ir llenando las botellas, encontras que llenaste treinta y nueve botellas y menos de tres cuarto de la que sería la número cuarenta. Se estimará, seguramente, que te están faltando unos dos litros y un poco más, un envase de cocacola grande pero de whisky, digamos.
Es ahí que puedo decirte que existe una posibilidad, un proceso químico, como te adelantaba, que ocurre. Dicen que el alcohol, la sustancia del whisky encuentra su modificación al estar en contacto con la madera, con el barril, produciéndose un evaporamiento de una parte de su contenido. Sin embargo, existe otra explicación, algo más. Es el caso de los escoceses, quienes elaboran una nueva versión, poética, linda para contarte. Ellos sostienen que esa parte, ese faltante, es la parte de los ángeles, quienes la toman, se divierten y ríen a carcajadas.
Te decía, te lo dije, a todo esto para que no haya malos entendidos. Dirás que no prosperamos porque soy de mala madera, que desgasto, que cada día me parezco más a un barril, que el olor a whisky que emano se volvió insoportable, cosas que ya sé. Pero prefiero pensar que lo nuestro se evaporó, y que estas ultimas palabras, la ultima sonrisa que te provoqué, es la parte de los ángeles. 


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