lunes, 29 de octubre de 2012

El día del después

El tiempo pasó tan solo como el tiempo es capaz de pasar. Sin descuidos y con una que otra anécdota atrás, el mundo, la humanidad, arribó al año 2473. Sí, hubo problemas en el medio pero mal que mal, estaban previstos. Guerras por doquier, dominación económica, sumisión social, el efecto eletroshock como diría Naomí Klein. Los continentes se separaron y se juntaron, se volvieron a extender, como una reunión de egresados del secundario luego de unos veinte, veinticinco años. Se intentó llegar al socialismo y funcionó pero, lamentablemente, también función un nuevo libro al estilo Friedrich Von Hayek y siempre, en la historia, existe un discípulo como Milton Friedman. En fin, también sucedió algo como 1984, como el libro me refiero. Conglomerados de países  dados por la redistribución de placas tectonicas sumadas a las afinidades políticoeconomicas y a la suerte de la invasión, se agruparon en algo similar a lo que fue Eurasia, Oceanía y Estasia, pero tenían otros nombres, más rejunte, un intenso quilombo, mucho más para los editores de libros de geografía y política.
En ese mundo turbio, tenebroso sólo por ser parte del futuro, vivía Román. Era un oficinista de un piso doscientos ocho que vivía infelizmente casado con Courette, una inmigrante de otro continente que con la primera mirada le prometió una vida de augurios y felicidad pero que hoy se convertía en una corbata mal planchada y un reproche nuevo cada día. Sin embargo, más allá de su inconstancia, de su fatal desatino de no encontrarle sabor a la vida, Román tenía demasiado miedo a morir, a que todo acabe y que todo se esfume como sí nada. Treinta y dos años luego, recordaba, en esos momentos de agonía y melancolía, la noticia que, aún siendo casi un niño, casi un adolescente, le habían comentado, su tío preferido había muerto de un colapso cardíaco. Jamás consiguió entenderlo por más veces que se lo explicaran desde diferentes opticas filosóficas, religiosas o económicas. Así, vivió con esa inconstancia, con ese temblor en cada paso pensando que será el último o, aún peor, que no tenía sentido, planteándose cada decisión para cometerla, pensando en qué devendrá, en qué culminará, para qué sí al final nada podrá darle un rato más de vida.
Al llegar un martes a la oficina, un martes cualquiera, notó que las personas estaban siendo raptadas por largas risas, abrazos y algarabías, todo lo cual siempre fue ajeno al ámbito oficinista. De pronto, todas las actividades de televisores, computadoras, teléfonos y otros aparatos que podían producir voz e imagen, fueron interrumpidas por una emisión internacional. Román se lamentó ya que la última vez, habrán pasado unos cuatro años, por ese medio habían declarado la invasión a un territorio ajeno y una breve guerra de dos horas pero con millones de muertos, de inocentes. Sin embargo, el ambiente que se respiraba era distinto, había olor a flores, a juventud y a sonrisas de enamorados. De repente, comenzó la transmisión.
En resumidas cuentas, varios profesionales del instituto aeroespacial, conjunto a geólogos, médicos, ingenieros, arqueólogos y abogados (porque siempre debe haber abogados), encabezaban un panel que explicaban un suceso extraordinario pidiendo disculpas, previamente, de no haberlo dicho antes pero que  precisaban confirmar la información que estaban a punto de dar. Al parecer, hace unos meses, un asteroide, un objeto del espacio, chocó con el planeta. Por suerte, no impactó directamente en un continente sino que sucedió en el mar, de noche. El tamaño era menor pero el impacto fue de tal magnitud que produjo, luego, sismos, terremotos, tsunamis, huracanes, cambios climáticos y otros fenómenos que no existían tan repetidamente. Lo que luego pasaron a aclarar era que este objeto intergalactico produjo otro efecto que fue correr a la Tierra de su órbita, de su eje habitual, y por ello se ahondaron estas mencionadas modificaciones de la naturaleza. Pero ello no eran lo que apuntaban, más adelante habría espacio para consignar más datos al respecto. Entonces, se dieron paso a contar que aquel desvío del mundo que conocemos produjo una modificación instantánea e invisible en nuestros cuerpos, en nuestras formas. Al parecer, ahora, en el año 2473, debido a esta suerte de carambola espacial, podíamos vivir más años, más de la cuenta, una yapa se habría dicho en otros tiempos. Acto seguido notificaron el envío de un boletín a cada país para su distribución, no sin antes aclarar que el promedio de vida del ser humano sería de entre unos cuatrocientos ochenta a quinientos diez años, aproximadamente, y esto se conseguía así, de la nada, sin necesidad de trámites burocráticos.
La oficina de Román estallaba en abrazos, en alegrías compartidas, en papeles que volaban por los aires, lágrimas, llamados de teléfono y corchos de champagne volando por las cabezas de los distintos compañeros. Se anuncio el día libre para los empleados y cada cual se fue a encontrarse con sus seres queridos.
Cuando Román llegaba a su casa, vió que Courette estaba esperándolo en el porche, distinguida con un gran vestido blanco con flores rojas y el pelo recogido. Sus ojos brillaban y sin decirle nada, abrió la puerta del auto de su esposo y le dió el beso más nítido y palpable que cualquiera de los dos jamás haya percibido. Ambos sentían que la vida tomaba otro rumbo, que había espacio para soñar y concretar lo soñado, que ahora el tiempo alcanzaba y sobraba para leer los libros que se querían leer, para ver las películas que hacían falta ver, para poder amar tanto como el corazón pudiese permitir. La eternidad se hacía carne, se hacía beso de dos con un auto con la puerta abierta, todavía con el motor encendido. 
Ese martes pasaría a ser, por el resto de la historia, como el día del después.
Desde aquél día, miles de personas se suicidan semana tras semana, sin un gesto, sin decir una palabra anterior, como ofreciendo un diezmo al universo. Román se suicido el miércoles por la madrugada, luego de haber hecho el amor con Courette y mientras ella dormía. Román se ahorcó con una corbata sin planchar, dejando un cigarrillo encendido, todavía sin terminar.



miércoles, 24 de octubre de 2012

En plaza San Martín

No soporté más esa reunión. Un puñado de oficinistas haciendo un after office en la calle Reconquista es igual a cien años en el limbo, en un proceso que nunca termina y se repite, constantemente, como esa historia o ese mito de Sísifo y su constante e inalcanzable tarea. Decidí  luego de tomar los últimos sorbos de mi cerveza, retirarme. Con un saludo general y un 'buen fin de semana', dí media vuelta y me fui.
Hacía calor. No, mejor estaba fresco. El sol daba sus últimos abrazos y comenzaba a dar paso a las sombras. Todavía se podía distinguir los cuerpos, los materiales sin la necesidad de las chispeantes luces artificiales. Me pareció adecuado caminar un poco antes de irme a casa ya que razoné el hecho de que siempre, al salir del trabajo  de la facultad, de alguna obligación, uno corre al hogar, al retorno de donde uno pertenece para encontrarse con nada, con casas vacías de risas, con una televisión prendida expulsando verborrágicas tragedias y asesinando ideas, y con el dejo de vacío de no haber retrasado un poco más la vuelta, de no pasar por la librería que uno quería, el autoreproche de no haberse quedado conversando un poco más con esa amable chica nueva en la oficina, la falta de sonrisas brindadas y el descontento por no reconocer dónde uno está y dónde quisiera estar. Por ello, salí a recorrer los agonizantes últimos suspiros de la calle Florida, desde Córdoba hasta la plaza San Martín.
Caminé despacio, bien lento. Cadetes de última hora me golpeaban al pasar, al intentar esquivar turistas que venían de frente, de costado, desde arriba o salían debajo de la tierra. Pequeños gerentes, canosos, con camisas con dos botones desabrochados dejando ver brumas de vellos pectorales y acompañados por pomposas secretarías, riendo y señalando vidrieras mientras humo de cigarrillos salen de sus bocas hasta cuando no fuman, pasaban por los bordes de la peatonal. Jóvenes pidiendo monedas, artistas haciendo morisquetas, personas de traje pidiendo por el 'cambio, cambio', dos cuadras de perpetuo olor a cuero y a habanos toscos. Era hora de volver al hogar.
La plaza San Martín, últimamente, me ha transmitido un dejo de nostalgia, una mueca que pretende ser sonrisa ante la panorámica vista, sus diferentes estructuras y la capacidad de ser muchas plazas siendo una sola. Las luces de los postes comenzaron a prenderse, lentamente, mientras colectivos dirigidos a Retiro realizaban su habitual recorrido. Parejas se juraban amor eterno en los verdes pastos, compartiendo abrazos capaces de derrotar al mejor de los fríos, a la mejor de las muertes. También, al mismo tiempo, otras parejas se reprochaban odio, disconformidad, la necesidad de alejamiento en los verdes bancos a medida que mínimas rubias con calzas negras tres cuarto y zapatillas caras corrían por el lugar, subiendo y bajando escaleras, apretando la vida con los dientes, apretando al ipod con las manos. En un pasaje, casi apoyada a un árbol y sentada sobre una manta multicolores, estaba ella.
Supe que su nombre era Juliana y que era uruguaya. Ofrecía, con un tono de voz sonriente, leer las manos, las cartas, adivinar algo. Lo curioso, lo extraño que Juliana tenía era que no pregonaba acerca de la posibilidad de avisar sobre el futuro del cliente sino que, todo lo contrario, insistía en adivinar el pasado. Claramente, en épocas donde el mañana vale oro, el pasado es el nombre que recibe el deterioro del tiempo, produciendo, así, que Juliana no haya tenido clientes en el día. Me acerqué llevado por un sin razón, por saberme caminando hacia un destino ya sabido, ¿qué mejor conocido que aquello que se ha vivido?. Además, me pareció oportuno ver y escuchar qué tenía para decir ya que siempre repudié el afán por conocer el futuro por sentirlo similar a hacer trampa con la vida, no respetar las sorpresas, como marcar las cartas antes de repartirlas, ser el croupier y el jugador. Así, me acerqué y le convidé un hola, luego pregunté si no era molestia si me sentaba. Ella señaló un rincón de su manta multicolor indicando que me apoye allí, luego hubo preguntas rutinarias, de esas que buscan un primer contacto sin llevar a nada, el cómo estás, cómo te llamas, de dónde sos, qué tal. Terminado este primer proceso, me confesó que ella sí, que ella leía el pasado y que este don no es muy apreciado ya que nadie le interesa que le hablen de algo que ya creen sabido pero que siempre existía una sorpresa, siempre hay un algo.
Juliana dió un ligero movimiento con su cabeza, como hacía atrás, en el mismo momento que una ligera ráfaga de viento se despertó e hizo ondear sus largos y enredados cabellos castaños. Me preguntó con qué método quería saber mi pasado pero, antes de que pudiera elegir, tomó mis manos y empezó a tararear una canción y a recorrer las líneas de mis palmas, y sonreía, Juiana sonreía. Comenzó a decir verdades, cosas que pasaron. La época del colegio, nombres de mis compañeros, me dio, en perfecto orden, el listado de alumnos de quinto grado a, al cual yo pertenecía. Después prosiguió o retrocedió hablando sobre los amores perdidos, el primer beso, la primera lágrima al ser lastimado. Se refirió a los goles que hice en el patio de casa y cuando le insistía a papá a que jugara a las bolitas conmigo. Me dijo que fuí un niño muy feliz, rodeado de cariño y de los mejores sueños jamás soñados.
Luego, siguió ante mi extrañada mirada. Me confesó que yo tuve miedo a pelear por el temor a perder, sea cual sea el juego. Luego, me sorprendió cuando hizo aparecer el recuerdo de una pelota que me había dado grandes alegrías. Me contó sobre lo que yo quería ser cuando era chico. En ese momento, mientras Juliana tenía la cabeza hacia abajo, mirando las palmas de mis manos, me miré con un traje caro, una corbata desalineada y noté cuán lejos estoy de lo que quise ser. Prosiguió, sí, tempestuosa a discurrir sobre momentos de mi vida que vanamente recordaba. La pileta con papá y mamá, navidades extraviadas, olor a tierra mojada antes de las lluvias de verano y hasta juguetes que supe tener. Una suerte de congoja se apoderó de mí, una molestia en el pecho que se confunde con calor y vacío a medida que la conversación seguía. Juliana reía con mis risas de niño y confesó que quiso darme un abrazo en las tormentosas noches de adolescentes, donde el mundo puede ser de uno en un minuto para pasar a ser nada en el otro.
Llegado a un punto, Juliana interrumpió el proceso devolviéndome el poder sobre las manos y quedamos unos segundos, un minuto quizás, en silencio. Emané un suspiro largo y tembloroso y Juliana se acercó y me abrazó. El sol se ocultó, llevándose consigo la cortina anaranjada que había colocado sobre la plaza como toldo para este desarrollo. Ella se rió y le agradecí por todo, le dí algo de dinero e intenté pararme pero Juliana no me lo permitió. Acto seguido me confesó que si bien ella puede leer el pasado, hubo cosas que fueron ciertas y otras que no, las que me dijo. Es decir, refirió que su don lo obtuvo conjunto a la necesidad de mentir al mismo tiempo. 'Todo lo que dije tiene parte verdad, parte mentira' dijo. 'No lo hago a propósito, sólo vos, las personas, pueden distinguir cuál fueron sus verdaderos recuerdos y cuáles no. Es que todo está mal, Diego. Muchos están tan preocupados por mañana que no se acuerdan siquiera de las navidades del ayer, de qué pedían para reyes, del gusto de los caramelos de la infancia o de las maestras de la primaria. Ya nadie tiene tiempo para estas cosas, a nadie le importa recordar cuando se jugaba a la escondida, a las bolitas y casi nadie recuerda cómo era saltar la soga.' refirió y frunció los labios, estirándolos y ahondando, aún más, los huequitos que se le formaban en los pómulos.
Sin espacio para palabras, la tomé por las manos y besé su frente. Los recuerdos son sólo gotas de una agónica lluvia que chocan con el vidrio del presente mientras miramos hacia otro lado, cualquier lado.
Caminé, como se camina sólo en un sueño, hasta Retiro. El tren estaba demorado.


martes, 16 de octubre de 2012

Somos excusas

Sebastian estaba abatido. Todavía resonaba en su mente la combinación del pasado, del presente y la incertidumbre del futuro, de ese futuro que se iba deshaciendo como castillos de arena arrasados por las mareas, como grandes estampidas de cordones montañosos que se erosionan con el viento.
Caminaba desorientado, alentado sólo por la brutal rutina de emprender sus pasos, uno delante del otro, sin destino cierto, con la mirada ausente mientras el frío de la noche raspaba sus mejillas descubiertas. Fumaba con impaciencia, largando bocanadas de humo de tabaco que fluían conjunto al vapor que se produce por la diferencia de temperaturas existentes entre el adentro, entre el afuera. Las palabras que Mariela le había pronunciado luego de los primeros sorbos de café lo dejaron perplejo. Él sabía de qué se trataba cuando ella lo llamó la tarde anterior, con un tono de voz sumamente lineal, insípido, para solicitarle la reunión con la formalidad del 'tenemos que hablar'. La construcción colectiva del humanismo ha hecho que ciertas palabras, frases o circunstancias compartidas, signifiquen algo ya pautado antes de que ocurra, de lo que se diga; como si el uso de ciertas oraciones con el grado justo de voz bastaran para trasmitir lo que en verdad significan, la posterior consecuencia. Así, Sebastian entendió que el 'tenemos que hablar' no iba a aparejar nada nuevo, nada bueno. De todas formas, llevado por el principio del saber, él se dirigió al encuentro para confirmar que Mariela lo dejaba. No quisiera extenderme en explicar el por qué. Uno, cuando deja, cuando es dejado, debe saber que los motivos no importan, son pormenores que son usados en pro de no ocasionar un pasional rechazo del otro. Es, también, una forma de excusarse, de justificarse que de nada sirve a uno mismo o al otro también. Lo que verdaderamente importa, lo que es sutancial en todo el proceso, es que la relación termina por decisión de una de las partes y ya nada vale, ya no importan los por qués, las promesas que surgen instantáneamente. Y lo que jamás sirve son aquellos augurios de cambiar, de ser otro porque la contraparte ya no lo quiere a uno mismo, porque, también, la contraparte ya no es aquello que queríamos. Así, Sebastian escuchó las referencias, las explicaciones de por qué estaba siendo dejando mientras su mente divagaba en el futuro que se desvanecía, en la mezcla de las cuestiones que se habían dicho en el pasado, en lo que estaba ocurriendo ahora, como sí el presente fuera la bisagra de una puerta que conlleva a un mundo totalmente diferente a lo que se prometía. Llegado a un punto, Sebastian se levantó y se fue, dejando que Mariela siga hablando con la soltura del discurso preparado.
De tal manera, se encontró caminando, con el frío de la noche raspando sus mejillas y fumando, pensando en qué momento todo se fue a la mierda y en dónde habrán quedado todo esos bosquejos, esos proyectos que se prometían uno a otro, su futuro compartido. Sebastian quería estar con ella pero, desde el momento que se sentó en esa mesa pequeña de café, ya lo que él quería no valía nada. La desesperanza y la congoja se le hizo piel y, con ellas a cuestas, salió a dar una vuelta para nublar sus pensamientos un poco más.
Sebastian se sentó en un banco de plaza revestido ya por pequeñas escarchas de la noche húmeda. Las copas de los árboles danzaban por arriba de su cabeza mientras sus pensamientos lo punzaban produciendo ese dolor en las sienes que impiden el resto de la vida, haciendo que la vida sea todo dolor, toda presión ante las sienes. Sebastian se tomó la cabeza, apoyó sus codos en la finalidad de sus rodillas para acariciar sus pensamientos.
En ese instante, notó un papel que apretaba al piso con su zapato izquierdo. Se agachó un poco más y lo tomó con sus manos. El viento soplo despacio, en esta oportunidad, de una manera amable, como queriendo abrazar. Las luces de la plaza, sucias, casi melancólicas, iluminaban la escena y temblaban por el frío impiadoso. Los árboles se entrelazaban unos con otros, por sus ramas y la noche abrigaba con luna y nubes tenues a la disposición de los elementos en esa parte del planeta. Sebastian tenía el papel en sus manos, un trozo que no podía albergar más que un pensamiento, que una palabra. 'Mañana' (*) sólo decía el papel. Y a él le bastó para sonreír. Para entender que ese momento, esa situación era el resumen de la vida como él la entendía. Porque sintió paz, se sintió bien dentro de la vorágine de sentimientos que acababa de transitar, donde, ahora, una especie de tranquilidad cósmica lo embargaba por unos instantes donde sentía que nada podría salir mal. Así, su dolor de cabeza se apaciguó, sentía calor dentro de su pecho y respiraba diferente. Sebastian entendió que son esos momentos, esos resplandores de luz en la noche oscura de la vida, los que hacen que todo valga la pena, que todo sea diferente, por el simple hecho de que vivimos buscando aquellos suspiros en el aire que son esos espacios donde el confort nos embriaga y nos podemos sentar en el banco de una plaza a disfrutar la vida. El resto, los demás días, son sólo pretextos, son un diario devenir de la nada misma. Se convierten, más allá de la crueldad que ello implique, en rutinarias melancolías de aquello que fue o que vendrá, recordando o intentando crear esos instantes de verdad paz. De esa forma, los días, en su mayoría, del ser humano son solamente excusas, pasos agigantados rellenos de aire donde paramos todo el tiempo a mirar la hora, a ver si llega el colectivo, a chequear mails, a llamar por teléfono, a mirar el pronostico del tiempo, en pagar facturas, en preocuparnos por la próxima fecha de cobro.
Sebastian se levantó del banco, sacudió su sobretodo gris y prendió un nuevo cigarrillo. Tomó el papel y, contrario a lo que cualquier pudiera pensar, lo dejó olvidado cerca a otro banco, con la esperanza de que alguien más pudiera cambiar su día de excusa siquiera por un instante, por ese instante donde nace la vida misma.

()

(*) Me tomo la licencia de hacer referencia a esa palabra por haber sido utilizada con el ideal de la esperanza en la historia de Los árboles mueren de pie, del genial Alejandro Casona. También, quiero mencionar a tamaño autor y hacer de esto un pequeño homenaje a la fantasía teatral que creó.

viernes, 12 de octubre de 2012

Para la ocasión

Jorge tenía la costumbre, el sano hábito de leer, de darse un tiempo para la lectura narrativa, fantástica. Si bien no tenía el tiempo que quisiera para hacerlo, se conformaba con los pequeños espacios que el devenir diario le permitían para darse el gusto. Jorge estudiaba en la facultad de Filosofía y Letras de la UBA para ahondar en conocimientos de, justamente, filosofía. Le gustaba, le interesaba las temáticas del estructuralismo o, mejor, del postestructuralismo y esos pequeños pellizcos al alma que hacían los existencialistas también. De todas maneras, no sería justo comentar que Jorge dudó en varias oportunidades en cambiarse de banco, de aula, de materia y de carrera para poder leer literatura, cualquiera, pero leer algo que le permitiera hacer de su vida un gran espacio, en vez de pequeño, para darse el gusto de leer.  Pero Jorge tenía su meta en conseguir la licenciatura en filosofía para poder, luego, enseñar, despertar en otros el idealismo, darle un empujón al motor del pensamiento, del sentimiento de los demás.
En una noche de invierno, entre otoño e invierno, donde comienzan a desplegarse mantos de hojas secas en las veredas y el viento sopla suave y constante, Jorge realizaba el mismo camino habitual desde la parada del colectivo hacia la facultad. Volvía de trabajar. Había conseguido un empleo en un correo privado el cual, últimamente, le estaba demandando mucho trabajo por supuestas futuras reestructuraciones. Internamente, se rumoreaba una especie de avance en la concreción de ciertas licitaciones y facilidades, lo cual le ahorraría a la compañía cientos de miles de pesos. De tal forma, se debía preparar el terreno. Jorge renegaba de ello porque, anteriormente, solía destinar su tiempo laboral, también, para leer, para conversar con sus compañeros, etcétera. Entonces, con una suerte de cansancio a cuestas y cubierto por un sobretodo gris con olor a estampillas, llegaba a cursar una de las materias que más le llamaban la atención. Así, ingresó en el edificio, compartió un cigarrillo con unos compañeros afuera del auditorio y, luego de terminado el ritual, se acomodaron para escuchar la clase.
Al momento de sentarse, Jorge eligió el asiento contiguo a una hermosa compañera. Rubia hasta donde la mente podría imaginar y hecha de la dulzura de lo puro, sonreía ruborizada a Jorge cuando éste se disponía a sentarse. María del Carmen y él, Jorge, habían compartido unas suertes de citas y salidas donde los besos rondaban lo glorioso y las charlas eran lamentadas cuando el cansancio físico o los condicionantes de las responsabilidades las interrumpían. Jorge apoyó unos apuntes y, encima de ellos, un cuaderno de hojas gastadas que encerraba una birome eterna. Luego, saludo a María del Carmen con un susurro en el oído que hizo estremecer a la muchacha mientras que sostenía en sus manos un ejemplar de Final del juego de Cortázar. Después de esos segundo que parecieron horas para los dos, Jorge apoyó el libro sobre el resto de las cosas y, a medida que la clase comenzaba, poco a poco recordó sobre Continuidad de los parques y el truco de realismo fantástico que usó Julio para articular las historias. María del Carmen notó que Jorge no estaba prestando atención a la clase de Filosofía contemporánea y sobre una temática interesante. Ese día debían debatir sobre la relación de Heidegger y el nacional socialismo. Así, todo el contexto histórico que se estaba dando se relacionaba de una manera casi somnolienta con lo que Jorge recordaba del cuento. Comenzó por criticar, hacia sus adentros, el uso de la idea trillada de la vertiginosa relación entre dos cuestiones que parecen ser paralelas pero terminan siendo la misma, sobre la continuidad, justamente, de las acciones, de los efectos. Le pareció muy bajo el uso del recurso por tamaño autor. Intermitentemente, con la mirada ausente y golpeando la birome en el cuaderno, escuchaba al profesor referir acerca de la noche de los cuchillos largos y la matanza de ciertos personajes fieles o no al Reich, asesinatos proferidos por las más sucintas desconfianzas. Escuchó, casi sin saberlo, el nombre de Röhm, seguido de algo acerca de la SA, de la promulgación de Heidegger como rector de una universidad, de su afiliación al partido, de los procesos de desaparición de personas, también acerca de la falta de juicio para los detenidos de la Sturmabteilung y sus ejecuciones y gritos en la noche.
Una delicada gota de sudor recorrió la espalda de Jorge, quien había olvidado sacarse el sobretodo. Es feo traspirar cuando hace frío, pensó, y salió del aula para fumar un cigarrillo y prometerse ingresar nuevamente para darle la atención correspondiente a la clase. Ya en el pasillo, solo, repensó acerca del tramado que tejía Cortázar para su historia, los silencios, los pasos, el sillón verde. Esos artículos que son de uno pero que se transfieren y se vinculan con algo más. Cuando terminó su cigarrillo, tomó aire como si fuese la ultima vez que lo haría, y se dispuso a ingresar. Al momento de abrir la puerta, una estampilla de dos pesos, con la figura de un halcón con laureles verdes y portando una espada entre sus garras derechas y una serpiente en la otra, se le calló haciendo lentos giros en el aire hasta aterrizar delante de su zapato izquierdo. Se agachó a tomarla y sonrió al contemplarla. Jorge entró y la clase proseguía abarcando, brevemente, la ideología alemana de tercer reich y el pensamiento de Heidegger. Cuando corrió el banco y se sacó el sobretodo para apoyarlo en el respaldo, Jorge sintió un ligero malestar que María del Carmen notó. La muchacha, llevada por la más linda de las ternuras, apoyó su mano sobre la mano izquierda de él para acariciarla y sonreirle de una manera cómplice.
El profesor divagaba sobre distintos temas y caminaba en círculos mientras, ayudado por un micrófono, daba la clase. De repente, un súbito corte de luz afecto el desarrollo de la currícula pero, de pronto, volvió el servicio a la normalidad. Jorge aprovechó el breve intervalo de oscuridad para besar a María del Carmen y decirle que la quería. Desde la calle provenían ciertos ruidos molestos, de autos y camionetas que tocaban bocinas y frenaban desenfrenadamente. Algunos se extrañaron por esa situación, ya que en ciertos lapsos el ruido era demasiado vigoroso, pensando que a esa hora de la noche y bajo esa situación climática no era posible tamaño alboroto de tráfico y corridas. El profesor retomó el asunto facilitando el cómo las SS acuchillaron a las SA en filas que relucían cuchillos ensangrentados, afilados para la ocasión, bajo sólo una simple orden, con una inocente clave secreta.
Cuando el profesor, quien era judío y la temática le causaba pasión e impotencia, amor y odio, fascinación y repugnancia, se paró un momento para aclarar su voz, cientos de pasos se escuchaban trepar las escaleras, correr por los patios y el primer grito se escuchó de una chica que pedía por sus apuntes, los cuales eran pisados por unas botas lustradas para la ocasión. Jorge se alarmó desde su asiento y tomó el libro de Cortázar y lo apretó contra su cintura. De nada le sirvió cuando los militares le pedían que cruzara las manos por detrás de la nuca mientras el cuerpo de soldados formaba una doble fila por todo lo largo de la facultad de Filosofía y Letras, abanicando bastones, bastones largos y botas lustradas para la ocasión.


Imagen de acá

lunes, 8 de octubre de 2012

La continuidad de los hombres

Manuel sintió el tirón en el hombro izquierdo. Es una de esas sensaciones que duran un santiamén pero que son como la antesala de algo que seguiría ocurriendo, que uno sabe que sólo puede empeorar. Fue en el último revés, pensó. Manuel tuvo que pedir parar el partido de tenis que estaba disputando con un representante de una importante empresa con la cual se debía cerrar un contrato más que millonario. Por ello, él, Manuel, había invitado a esta persona, un alargado personaje que lucía trajes caros y aroma a cigarrillos importados, a su casa de fin de semana, en las cercanías de Pilar.
Levantó la mano derecha, la cual sostenía la raqueta que le costó una fortuna, un vuelto para él. Me tiró el brazo, creo que es serio, le refirió al representante de la empresa. Si bien Manuel podría haber seguido jugando un poco más, tomó esta oportunidad para seguir hablando del negocio, de cómo le convendría a las partes esta oportunidad y las diferentes maniobras que él podría hacer para quedarse con un vuelto, disfrazar números y evitar sistemas impositivos. Manuel sabía del negocio. Desde niño, fue criado en un entorno de transacciones, casi concebido en la bolsa de Buenos Aires y acompañado por una sabiduría que promulgaba que los sueños, los anhelos, no sirven de nada, que era mejor ponerse metas, objetivos y entrar a la realidad. 'Este juego de la vida sólo lo ganan los verdaderos jugadores, aquellos que temen son suicidas potenciales' decía en varias reuniones para impresionar, para dar a entender que no le tenía respeto a ciertas palabras porque él, Manuel, dominaba.
Estudió en una universidad privada sobre las artes de las evasiones y sobre cómo vivir sin culpa, 'despersonalización' le llamaban sus profesores. Hizo pasantías en el gobierno y trabajó unos años en una secretaría de economía, de tal manera logró conocimientos sobre el control de las operaciones que el estado realiza sobre las finanzas. Durante ese tiempo, tuvo que morderse los labios más de una vez ante superiores que pregonaban un intenso control sobre el librecambio, sobre los diferentes mercados y la regularización de los mismos por parte de las instituciones sociales. Por suerte, Manuel pudo conseguir una posición en una empresa norteamericana que, con un manejo del offshoring, introdujo el teletrabajo en el país con el fin de abaratar costos. Así, con sus conocimientos, Manuel hizo posible el ahorro de millones de dolares para esta organización y le dieron la posibilidad de profundizar sus estudios en la escuela de Chicago, where the future begins.
Apoyado sobre la red, Manuel invitó al representante a dirigirse al quincho, a descansar, tomar algo. Mientras, el dolor del hombro se profundizaba con la entrada en frío del cuerpo, luego del ejercicio. Manuel lamentó ello porque sabía que esa semana que recién comenzaba no iba a ser fácil. Había prometido ir con su flamante prometida unos días a Punta del Este. Tenían una casa allí donde el patio era de arena y mar, de brisa y lunas llenas. Iba a hacer unas remodelaciones, le gustaba dedicarse a los detalles, pero así, como estaba, pensó que no podrá hacer mucho y que el viaje iba a ser una perdida de tiempo porque otros negocios estaban en puerta y eran interesantes para hacer. Es que Manuel había aprendido que sin desafíos estamos muertos, que la pasividad y la tranquilidad es una de las formas de morir menos agraciadas de la humanidad.
Entre tanto que tomaban un aperitivo, Manuel pidió a uno de sus empleados que le mostrara el camino al baño al embajador de la empresa, mientras mandaba a llamar a otro empleado, en este caso pidió por Verenice. Hace tiempo mantenían uno de esos amores que jamás suceden, donde las promesas de abandono de esposas, de casa nueva en otro país, de que mañana será el día donde se comenzará con la nueva vida pululaban entre besos de los más recónditos y caricias obscenas en silencio, en la enorme casa de Pilar. Verenice se acercó portando besos de los más suaves y un amor incondicional hacia aquel que pensaba en cómo cerrar el trato. Manuel, todavía sentado, la abrazó por la cintura y besó su vientre mientras Verenice reía y pedía que pare sin desearlo, sin quererlo. Luego, entendiendo la situación como sólo la omnipresencia podría delatarlo, comenzó a masajear el hombro maltrecho de Manuel, combinando ello con suaves roces de sus labios por la transpirada nuca de él. Finalmente, el refinado artista de los negocios, le pidió a su empleada, a su amante, que se retirara antes de que llegue el invitado. Le dio un suave golpe por sobre el pliegue de la rodilla izquierda, en un muslo desnudo que había sido suyo hace unas horas atrás.
Al volver del baño, el representante, comenzó a hablar con Manuel sobre su estadía, de cómo le había encantado Buenos Aires y que le parecía pertinente forjar un trato con él, con su empresa, le gustó el termino offshoring. Manuel comenzó a sentirse mal, mientras veía modular palabras de la boca del interlocutor como desde un sueño, como cuando el malestar llega para entornar los párpados y humedecer la visión, como si miráramos desde abajo del agua al sol, borroso, diferente.
El representante siguió y siguió hablando. Reía también y se prendió un cigarrillo arabe, extraño. Y Manuel se pasaba las manos por sobre los parpados. Con su mano izquierda sosteniendo el tronco del cuerpo desde el muslo del mismo lado, apretaba sus globos oculares con las yemas de los índice y pulgar, intentando recuperarse. Pensaba en Verenice y las ganas de abrazarla, en su esposa también y en que tenía que correr unos muebles de la casa de Punta del Este para el ágape que haría luego de cerrar el trato. Se mareó un poco más y sintió el humo de la boca del embajador, que reía con las piernas cruzadas haciendo balancear una lujosa copa entre sus manos, antes de renovar el dolor en el hombro y desplomarse, desmayado, sobre el piso del patio, debajo de una sombrilla blanca y amarilla. El sol brillaba y se escucharon los pasos de Verenice que corría nerviosamente sin saber qué hacer.
Cuando Manuel se despertó, se quitó unas pobres y rotas sábanas que nunca fueron sábanas pero siquiera abrigaban. Tomó una bocanada de aire, la primera del día consciente, y sintió nuevamente el humo espeso que le entraba por su boca y recorría su cuerpo. Se volvió a marear pero esta vez se reincorporó y se sentó sobre sus aposentos. El dolor sobre el hombro hizo que se despertara y comenzó a masajearselo, mientras pensaba en las tareas que tenía que realizar en el día. Maldijo la realidad por un momento y su incapacidad para soñar, para anhelar. Él siempre sostuvo la necesidad de ponerse metas, objetivos, de caer en la realidad pero, a veces, no podía siquiera enfrentar a la misma. Renovadas ráfagas de humo espeso de las fábricas se mezclaban con el sol que quemaba sobre la ardiente chapa, que oficiaba de techo, produciendo un efecto invernadero sobre la descuidada casilla. Manuel empezaba el día traspirando, con el hombro fatigado y con no más comida que una lata de arvejas por la mitad de la noche anterior. Salió hacia el patio compartido del asentamiento para acomodar su carro y abrazar a su perro. Manuel salió para contar los cartones que poseía, sus ahorros. Manuel salió para saber sí ese día iba a ser posible comer o no.


Imagen de acá

lunes, 1 de octubre de 2012

Estás acabado

Miro la película. Miro la escena, particularmente. Es de temática policial. Hubo un crimen, no importa cuál. Mataron a alguien, tal vez alguien violó a otro o alguien le puso mayonesa al asado. No importa, no interesa, no hace a lo que me quiero referir.
Entonces, llega la parte, la motivación, desde donde surge todo. El imputado, el presunto delincuente, es encuestado, interrogado. Se necesita la información para continuar con el proceso, establecer que el tipo tiene o no la culpa, bendito sistema penal. Así, la situación prosigue. Dos policías  uno bueno, uno malo, y el interrogado entre ellos, encogido de hombros, sudando una camisa gastada que no recuerda el aroma a lavanda. Un policía hace una pregunta desde el extremo opuesto, el otro policía golpea la mesa muy fuerte, tan fuerte que hace asustar al primer policía, luego procede a arremangarse las mangas, a acomodarse unos tiradores.
El sujeto, el que está siendo interrogado, pide un cigarrillo, fuma. Está despreocupado, se lo nota, medianamente, relajado. Tal vez porque ya había visto películas de este estilo, quizás porque no tiene en verdad la culpa. Fuma y los policías también fuman. Siguen con la misma pregunta, no importa la pregunta, puede ser cualquiera. '¿Fuiste vos?', '¿Dónde está el cuerpo?', 'Encontramos restos de tu adn esparcido por la escena, confesá'. Cosas así. El tipo no contesta, tal vez se ríe, sí, hace una pequeña muesca mientras mira el cenicero posado sobre la mesa y piensa cuántos cigarrillos habrá tenido que soportar. Luego, el policía arremangado le ensarta una piña, un buen roscazo en la mandíbula. El tipo cae y cae también el cigarrillo.
Siguen las preguntas en búsqueda de una misma respuesta, la confesión. Los roles de los policías cambian, sudan, la pequeña sala se llena de humo como Buenos Aires en el dos mil nueve ante la quema de pastizales, no se ve el obelisco. Los policías sacan suspiros rendidos ante las negativas de responder. El acusado tiene moretones, un párpado hinchado y ganas de fumar pero le sacaron el privilegio como tortura. Y ahí, también, comienzan otras torturas.
Al tipo le sacan una uña del pie, la uña del dedo anular del pie derecho, se la sacan con una pinza, de una. El tipo llora y grita, sacude sus manos esposadas en la parte de atrás de la silla y se lastima las muñecas. Todos sudan, brota sangre. Luego, al tipo, le vuelven a preguntar pero sigue sin responder, se ríe, escupe a un policía y se gana una buena piña. Continúan  Le separan los dedos de las manos, no sin dificultad, y comienzan a cortarle esos vestigios de membranas interdigitales que nos restó luego de la evolución. Después, echan sal sobre las heridas, también limón. El tipo sufre, se muerde los labios y llora. Como si todo fuera poco, aparece un dentista. El solo hecho de que un dentista aparezca, infunde pánico. El dentista le quita dos, tres muelas sin anestesia. El malhechor escupe sangre, suda miedo pero no confiesa. Se practican otras cosas, quemaduras con cigarrillos, dislocación de hombros, rodillazos hepáticos, otros. Pero el tipo, no confiesa, no sirve nada con el. Fin de la escena.
Ahora bien, pienso que el tipo debe de estar entrenado de alguna forma, debe saber lo que quiere, debe de tener una especie de fe, de devoción a algo para poder aguantar. El imputado sabe que algo hizo pero no mostró nada, ningún indicio, se gana la libertad.
Allí, en ese momento, me detengo para poder decir que la tortura, el método para que confiese, está mal, mal diseñado, no sirve. Tengo una forma, una manera. Se precisa de una mujer en el caso que el acusado sea hombre y un hombre si es una mujer la acusada. Es decir, en general, no quiero extenderme acerca de los gustos, etcétera. Se precisa, en esta situación, una mujer. La mujer debe de estar entrenada, debe saber dar placer, debe, también, saber cuándo avisar.
Así, en un punto dado, hay que dejar que la mujer entre y esté sola con el tipo. Entonces, la mujer entra, el tipo está esposado y tienen sexo. No, no vale solamente un acto oral, un pete. Debe haber sexo, de existir el coito. Coger, tienen que coger. El hombre, es necesario, tiene que sentir la piel, el perfume, el aroma de la mujer. Desearla, la tiene que desear. La mujer, por su parte, debe actuar, interpretar, dejarse coger también. De tal manera, también debe saber cuándo el hombre acaba, cuando termina. Es crucial este dato, este momento ya que cuando la persona interrogada termina, acaba como puede acabar pie grande, debe ser preguntado nuevamente. En ese instante, justo cuando el acto es saciado, tienen que entrar los policías y preguntar amablemente, sin roles, sin tapujos. Preguntar un 'quién fue', 'dónde está el cuerpo' o un simple 'che, ¿fuiste vos?'. Y, allí, el acusado, el interrogado, contestará y dirá la verdad, la pura verdad.