martes, 17 de diciembre de 2013

Flotando en el pecho

No sería muy difícil. Tampoco la primera vez que se practicaría en la historia de la humanidad. Además, ¿de qué forma podría verificarse? Ella llevaría todo el procesos en sus finas y delicadas yemas de los dedos. Nadie podría dudar de su nombre, de su prestigio, sus reconocimientos, años de trayectoria a lo largo del tiempo. Sería muy simple. Sólo un intercambio. Contaba con los elementos necesarios, la complicidad de una colega y de una amiga con vocación de actriz. Muy convincente todo. Como si fuera poco, el feto era de verdad, un niño nacido muerto, conservado en un gran frasco de formol, resuelto a colaborar, a tener una interpretación más en las tarimas de la, bueno, vida.
Respiró profundo, intentando controlar sus pulsaciones. Sus manos sudaban y el barbijo pálido se movía nervioso, implacable. Dudó unos segundos pero no podía dar marcha atrás. Planeó todo desde la primera consulta de la paciente, una deliciosa joven soltera que jamás habló acerca del padre de la criatura más allá de intentar responder esas preguntas de antecedentes de la salud de él. Bajo dicha circunstancia, se podía percibir la vibración del aire producto del movimiento efectuado de tragar forzosamente saliva por parte de la joven madre. Solía acompañar sus respuestas con la cabeza encogida entre los hombros y atenta al semblante del suelo del consultorio, arrullando su creciente útero, brindando un abrazo invisible a su vientre lleno de vida.
Todo estaba colocado en su sitio al momento de estar bajo los recuerdos de las consultas realizadas por la paciente y de todas veces que intentó quedar embarazada y de todos aquellos abortos espontáneos que hacían retorcer ferozmente sus entrañas sangrantes, cuando un mordido grito la hizo volver en sí. La madre pujaba una vez más. Luego, vendría su parte, su papel de actuación.
Rápidamente, tomó al recién nacido y lo lavó. Apretó la boca del pequeño para solidificar un silencio atroz mientras que solicitaba ayuda. Sin cavilaciones, su colega abrió la puerta y juntas corrieron hacia una sala de laboratorio reservada con antelación. En ese instante, la amiga actriz, disfrazada de enfermera, corría de un lado a otro a lo largo del pasillo donde la reciente madre, confundida por el dolor, las drogas y la desesperación, podía verla ir y venir, sintiendo retumbar el trinar de los zapatos de goma en sus oídos.
En un punto dado, una seña lanzada por la doctora desde el marco de la puerta del laboratorio, indicaba el ingreso sollozante de la actriz, ahogando lágrimas, demostrando portar una mala noticia. Se arrimó a la paciente a medida que la colega médica se apersonaba portando una especie de platillo metálico con un bulto cubierto por una toalla sangrante.
La joven madre, olvidando el dolor físico, se arrojó de la cama para abrazar, lo que ella creía, su hijo.

Registro de nacimientos. 13.05 horas nace el niño Benjamín Cabrales, de la unión de su madre Julieta Cabrales y su padre (sin datos). Pesa 2.800 kilogramos, midiendo 48 centímetros. Se le asigna el siguiente número de documento…
Registro de defunciones. Hora de muerte: 14.15 horas. Nombre y apellido: Benjamín Cabrales. Edad: recién nacido. Causa de defunción: deficiencia de desarrollo pulmonar, agravado por taquicardia posiblemente producto de antecedentes de presión alta de su madre Julieta Cabrales. En la Ciudad de Buenos Aires, a los trece días del mes de Enero del año…

Libro de actas. Vigilador: Marcelo Orienti. Legajo: 11472. Hora: 23.38 se retira la doctora Silvana Duccetti. Lleva consigo un bulto de ropas entres sus brazos, aparenta ser ambo médico. Se visualizan manchas de sangre, producto de operación realizada en el día de la fecha. Trece de Enero del presente.

Una cuna blanca con mantillas y sabanas de algodón celestes. Un cuarto blanco con juguetes de colores vivos y pasteles, se suceden osos de felpa que desprenden perfume de lavanda. Ropa acomodada en un placard marrón, la cual data de hace muchos años y reposa envuelta en bolsones de un plástico transparente que permiten ver el planchado de las finas y diminutas prendas. El bebé de la doctora Silvana Duccetti descansa luego de una noche más de tumultos y espasmos, de tos constante y agotado por los nervios que contrajeron sus músculos como una roca. La doctora Silvana Duccetti duerme acalorada bajo las sábanas acosadas por el viento de un espasmódico ventilador de techo.
El niño no lo sabe a ciencia cierta pero extraña algo, a alguien. Se despierta quejoso pero no emite sonido alguno. Frunce sus ojos sin saber que aquello que hace se llama fruncir y que sirve para ahogar las lágrimas, sin embargo desempeña dicha tarea con la destreza de un aprendido en la materia. La doctora Silvana Duccetti se retuerce y no logra despertar. Gime una mueca como una sonrisa triste y se vuelca sobre su lado izquierdo, en posición fetal. El niño lanza un suspiro que se suspende en el aire, rebotando en las paredes blancas, durando un segundo más de vida que él mismo.

martes, 26 de noviembre de 2013

Detrás de los muros

Con el revés de su mano izquierda, se limpió la frente empapada de sudor. El calor agobiante no daba tregua alguna. Blandió su espada torciendo la muñeca del brazo derecho y se inclinó sobre la sombra que él mismo proyectaba encima del árido terreno. La breve armadura, la cual cargaba hace días, continuaba con un subjetivo crecimiento de su peso real producto del cansancio. No sabía bien por qué peleaba, sólo le fue comunicado el objetivo: derrumbar las murallas y avanzar sobre el enemigo. Luego, podría volver a su hogar, besar a su esposa y mirar cuánto habían crecido sus hijos.
Faltaban tres semanas aún para que Juan Carlos cumpliera treinta y dos años de trabajo en La Footwear Company. Una suerte de emoción y de desinterés se conjugaban en él. Sí, sentía el agrado de pertenecer, de haber conservado su puesto más allá de las modificaciones que el transcurso de los años produjeron sobre la empresa. Pero esa misma adaptación al constante cambio de contexto, ocasionaron en Juan Carlos un desapego en relación a los hechos, quizás, sustanciales de la vida. Sin embargo, no estaba preparado para seguir combatiendo pero la caída de la muralla oriental era inminente. Podía verse viajando, retornando a Cartago. Corría, corría como nunca, hasta que un fuerte dolor en la zona hepática hizo que aminorara la marcha. Apoyado sobre sus muslos, buscando el vital aire que llenara sus pulmones, logró divisar a lo lejos al gran Aníbal, cabalgando hacia la victoria. La imagen lo impactó. El comandante en jefe batiéndose a la par de sus huestes. Sabía que la batalla sería contada por el resto de los tiempos, se pudo ver inscripto en las hojas de la historia.
Hojas que se desprendían de viejos biblioratos y ebullecían, expectantes, en resmas apiladas. Eso resume el último recuerdo que Juan Carlos tiene de su cubículo en La Footwear Company. No esperaba el cierre de su sector y el inaplazable despido. Claro, soñaba con el retiro y el viajar junto a su esposa, luego de tanto tiempo postergando planes. Pero de pronto, las fichas del dominó de su estructura psicológica, temblaron hasta desmoronarse. Juan Carlos no se sentía parte de nada, agobiantes eran sus días donde leía los horóscopos de viejas revistas apiladas para descubrirse fracasado en cada tópico de su signo. La identidad, su rasgo profesional distintivo, ya no existía. Él dejó de ser parte de, bueno, su propia vida, por una “reingeniería en los procesos administrativos” acorde le habían dicho. Lo curioso es que no se sentía parte de las filas de los jubilados, le faltaban años de aporte y la declinación de la vida sexual. No sabía más que trabajar allí, acostarse temprano los domingos para abandonar sus sueños al día siguiente. El tiempo discurría lentamente. Luego de la euforia, el silencio absoluto. Eran siete mil hombres, apiñados, cansados, en silencio. El pueblo helénico de Sagunto yacía en el suelo de la ciudad, detrás de los muros, muertos, protagonistas de un suicidio masivo, consensuado. Como práctica anterior, dejaron escrito sobre una pared “El lugar es suyo, la vida aún nos pertenece”.
A Juan Carlos lo encontraron sus hijos, con la mirada constante, recostado en su cama. Su esposa, hasta él mismo lo había olvidado, contaba cinco años de fallecida y sepultada en el cementerio de la Chacarita. Y él, de traje y zapatos lustrados, se quitó la vida, como en un acto único de imperiosa voluntad, tal si fuese la única decisión libre en su vida, sin derramar una gota de sangre y apretando en su mano derecha la pluma en forma de espada que le supieron otorgar en La Footwear Company por sus años de servicios prestados.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Para que no te olvides

Su boca se colmaba de aliento caliente, de rincones húmedamente secos y labios quebradizos. El aire frio y erotizante del melancólico otoño, conducía a su cuerpo al apuroso escondite entre los hombros. Las manos ocultas en los bolsillos del sobretodo, sudaban nerviosas, retorciéndose en sí mismas como serpientes que se acurrucan por sobre su mismo cuerpo. Contenía lágrimas, claro, en las comisuras de sus ojos limpios y extraviados, los cuales divagaban, aún, en rededor de la escena que no lograba comprender.
Sus zapatos lustrados se sucedían en el cementerio de hojas secas, improvisado en la vereda de baldosas rotas y sueltas. El bolsillo trasero de su pantalón negro retenía las palabras dispersas a modo de ayuda memoria que había volcado, esperanzado, en las líneas cuadriculadas del papel. De pronto, su propio suspiro lo hizo estremecer. Detuvo su andar en la ochava inusual que es Buenos Aires. Bien podría estar en París, en Roma, en Cuzco, en Pekín, pensó, bien podría ser alguien más, terminó por lamentarse.
Se sintió perdido, algo tosco para memorizar nombre de calles y saberse plenamente ubicado. Siempre pensó que Buenos Aires o la vida, bien valen lo mismo, se limitan a ser lo que uno sólo alcanza a ver. El resto, lo lejano, es sólo una repetición constante de aquello que uno hace, como góndolas de supermercados atiborradas de un mismo producto una y otra vez. Ahogó un bostezo con la mano derecha, obedeciendo más a un acto de llamarse a silencio previendo un insulto al aire que a esconder la gesticulación del sueño.
Primitivo, pensó. Si tan sólo hubiera sido primitivo y menos entendedor, otra sería la historia, se debatía en el fuero interno. Antes el hombre se hacía respetar y era la mujer quien humedecía los pañuelos y suplicaba por afecto a la mirada esquiva, se consolaba. Acalló sus explicaciones cuando notó que ya se encontraba sentado en la mesa, revolviendo un pocillo de café, mirando por el ventanal que daba a Avenida San Juan, sorprendido entre no saber qué sucedió de un instante a otro. Aún conservaba el sobretodo cuando se percató que le molestaba por el calor, la restricción de movimientos. Nuevamente pensó en ella, en su mirada breve y abstracta como extraída del periodo azul de Monet. Pensó e imprimió dolor sobre sí al cerrar fuertemente los parpados, buscando recordar más y queriendo sentirla cerca. Finalmente, dejó caer su cabeza sobre la palma de la mano izquierda que ofició como sostén. Se sintió cansado, la viste le ardía indiferente. Soltó, impaciente, un suspiro que contenía un deseo: “quizás en el paraíso ella sí este conmigo”. Pidió la cuenta, dejó propina.
Ganó la puerta y la calle sólo para recordar que  olvidaba el sobretodo. Sin embargo, antes de amagar un intento de reingresar, se detuvo aguardando un escalofrío producto del viento y del frío que no jamás llegó. Extrañado, giro su vista por el lugar y notó un clima templado, de árboles frondosos, coloreados de un verde que jamás pensó que existía. Mientras deambulaba, un pequeño perro amorronado y regordete, jugueteaba con los cordones de sus zapatos. Al momento de querer echarlo, una suerte de calor en el pecho se hizo presente: era Duncan, su entrañable perro de la infancia. No podía dar crédito a lo que veía.
Siguió caminando, olvidado de todo lo anterior, para encontrarse con amigos de la niñez donde él mismo también podía ser niño y jugar a la escondida, a la rayuela, a las bolitas y a las tantas aventuras que se crean a cada instante cuando todo es nuevo. Más luego, esperaba por él su familia, en una amplia mesa dispuesta en el jardín de una casa que, bien podría jurar, era la casa de sus abuelos donde tan feliz supo ser. Pidió que lo aguarden, un instante más, que iría a verificar algo y que pronto volvería. Su familia, alzando las manos, lo saludaban, dichosos y en espera a su retorno. Se topó con sus ídolos, con jugadores de fútbol, escritores, músicos, pintores y profesores del colegio que aún recordaban su nombre. No entendía cómo podría estar pasando todo ello pero bien sabía que otra explicación no podría existir: se encontraba en el Paraíso.
Finalmente, la hipótesis era certera. Estaba ella, en una esquina, precisamente una ochava. La mirada que tanto le gustaba se encontraba entumecida, turbia, nerviosa y esquiva. Cuando corrió para tomarla entre sus brazos, ella rechazó el abrazo y quedó triste frente a él.
De pronto, todo lo recorrido hasta allí, se derrumbó ante la negativa. Era inconcebible, era el Paraíso y ella no lo abrazaba. Se sintió estafado, Dios, otra vez estafado. En sí, murmuró, todo es distante, todo es una suave sucesión de amargura, ¿por qué no me abrazas?
Ella atinó a acomodarse el pelo y relamerse los labios, con la mirada en otro punto, en otro lado, como esperando a alguien o algo. Es el Paraíso, sí, dijo ella, pero también es el mío y a quien quiero y espero, está aguardando y queriendo a alguien más, desafortunadamente. Lo siento, concluyó en su retirada, al parar un taxi y al dejarlo acongojado en la ochava.
Dubitativo, pensó en volver al café a buscar su abrigo y quizás salir por otra puerta, ver otros destinos. Sin embargo, decidió, por último, no salir de su casa. Leyó nuevamente la hoja cuadriculada con palabras sueltas a modo de ayuda memoria que acababa de escribir. Ella quizás ni aparecería a la cita, el frío otoñal era de temer. 
Se apenó, sí, pero la pena era suya. Por fin tenía algo propio en este mundo repleto de hipotecas.

lunes, 28 de octubre de 2013

Cartas marcadas

El pintor bien lo sabía. No por simple elección seleccionaba todo aquello que utilizó e hizo. Las escenas, el barrio, el estilo de pintura. Cualquiera que contemplara la misma situación, ésta, la de aquél hombre parado frente a la pintura, se atrevería a decir que toda su vida, la del pintor, fue diagramada en función al efecto. Julio se presentaba todos los medio días, en su hora de almuerzo, masticando alguna fruta, quizás una manzana, o bebiendo de algún envase con colores de frutas esmaltadas de invernaderos.
El acto, per sé, era de una absoluta simpleza. Julio llegaba a pararse frente a un cuadro, frente a “Hombres trabajando en el puerto” y lo miraba con una mano escondida sobre la axila del brazo opuesto mientras que la contraria sostenía o bien la fruta o bien el envase. Masticaba, en caso de la fruta, ruidosa y copiosamente, casi sin pestañear. La sutileza del silencio enredador y de la iluminación principalmente natural, le brindaban una intimidad que rozaba lo ajeno, lo obscenamente propio, como si él fuera aquel pintor repasando su obra.
El juego del artista era brillante. Espátulas cargadas de pintura, gruesos relieves y colores pastosos y autóctonos, abstraen a los observadores haciéndolos sentir dueños de la circunstancia, de la pintura, del pequeño mundo plasmado sobre el lienzo errante.

Victoria era prostituta. No recuerdo bien cómo la conocí. El vago recuerdo me conduce a pensar que me le habré acercado en algún bar y simplemente congeniamos. Ella no tenía inconvenientes en aceptar que era prostituta y no en aceptar que estaba hace un tiempo solo y alcoholizado, y eso estaba bien. Sin desearlo, nos veíamos frecuentemente. Tenía en mi poder cierta suerte y holgazanería que a ella le atraía.
Solíamos asistir a casa de juegos de azar donde el black jack esperaba por mí. Ella tenía veintiún años, de cartas marcadas. Así, con algo de dinero, podíamos costearnos alguna comida rápida y licores de los más variados.
Manteníamos relaciones copiosamente, sin importar el lugar o las necesidades del otro. Era instinto animal, del más puro e incisivamente natural. Fluidos espesos se nos sucedían, cargados de vitalidad, de plena destreza, del desarraigo más sincero.
Sin embargo, cometí el error de quererla como mía. He de confesar que sentía su piel gruesa y sus labios espesos y plenos de relieves como un arte propio, mío. Y Victoria, claro, lo percibió. Mi mirada había cambiado, la forma de tocarla, de sentirla, de hasta extrañarla. Rayos, había comenzado a extrañarla. Pero ella no olvidó que era prostituta, que se debe a ella misma para deberse a todos, tal me dijo antes de marcharse, no sin antes hacerla prometer que nos volveríamos a ver. Ella, dulcemente, accedió, frunciendo una mueca de ojos entrecerrados y sonrisa pálida, levantando un pie, tensando los músculos de sus piernas suaves.
Vuelco la historia en este sucio papel, mientras espero mi desayuno en el bar donde solíamos amanecer luego de noches de juego y alcohol. Lo hago porque jamás la he vuelto a ver. Y ya no sé si en verdad existió o fue el maldito destino errante que se está divirtiendo conmigo, torciendo, desapareciendo, llorando de risa sobre naipes.

Una constante y delicada alarma de bips quebradizos, desterraban a Julio de la fantasía. Se encontraba pronto a finalizar su horario de descanso. En el despacho donde trabajaba, la disposición de su escritorio no le permitía acceso a ventana alguna, a río alguno, a pincelada suya.

domingo, 6 de octubre de 2013

Click

Detuvo el auto, pisando la senda peatonal. El semáforo, de un súbito rojo, le impedía el paso.
En el reflejo de sus lentes de marca, vidriados, ennegrecidos, se sucedían las imágenes de la triste derrota: colectivos atisbados de gente, autos con música celta a todo volumen, adolescentes que piensan que el colegio jamás se acabará, mamelucos azules que no saben qué día es, otra gente corriendo entre autos, camiones y colectivos para tomar algún medio de transporte. Los lentes, además, ocultaban las ojeras de una noche más. Noche rellena de peleas con su novio por los mismos temas de siempre. Ojeras de haber cogido por inercia pura, para ver si podía sentir algo; algo que ya sólo es un recuerdo en la sinsabor rutina.
También estaba el peso en los hombros. La tensión constante tal si dos rinocerontes alzados estuvieran apostados en sus deltoides, en el trapecio, en la cervical, en los discos de su columna que se apretan cada vez más como dientes que rechinan de furia. De la furia que sintió esa misma mañana al hablar con su madre y que la misma le recordó que estaba muy flaca, que debía comer, que ya no tenía tetas y que el culo estaba flojo, que se cuide, que se quiera, que tenga un buen día.
El semáforo se volvió eterno, recubierto de esa pausa melancólica que es común en los barcos que están por zarpar, de pañuelos agitándose. El gesto amargo que se sellaba y retroalimentaba en la comisura de sus labios, se complementaba con la presión  que ejercía sobre el volante del automóvil.
Por azar del juego de la radio, comenzó a sonar una canción que creyó haber olvidado. Una canción de la adolescencia, donde la preocupación era que el chico que le gustaba la mire y tener la pollera del colegio sugerente también.
Comenzó a aflojar los falanges y a seguir el ritmo con golpecitos de las terminaciones de sus dedos. Luego, tomó un cigarrillo y arrojó la caja sobre el asiento del acompañante. Encendió el cilindro con el encendedor del coche a medida que mecía su cabeza con la melodía de la canción.
Inhaló todo humo, espeso, blanco, penetrante. Su pecho se cubrió de calor. Los senos prominentes se erizaron y podían llevarse por delante a todo el mundo. La deliciosa sonrisa lentamente se erigió en la montaña de sus pómulos.
Exhaló humo hasta que sólo quedó el aliento desprendiéndose de la humedad de la boca.
Luego, no sucedió más nada. El semáforo cambió, prosiguió por el camino, un embotellamiento, malas noticias en las radios, las caras arrancadas de los sueños, el agrio café de la oficina, las adolescentes que desparraman todas sus risas por las veredas de la ciudad.
De un tiempo para acá , viene no sucediendo nada.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Final del día

Estiró, una vez más, el vestido blanco estampado con flores hasta las rodillas. Las finas tiras blancas marcaban y hundían la piel rosada de los hombros. Era todo una gran masa de tensión. Los senos explotaban en hormonas y tapujos ante la atenta mirada de algún pasajero que se quedara parado ante ella, a falta de asientos.
Sus pies acababan en unas finas sandalias marrones mientras que sus cabellos castaños se sucedían en una trenza coronada por una bincha blanca también de florcitas estampadas.
Era un colectivo el escenario improvisado de aquella obra también improvisada. Un colectivo que comenzó su recorrido en el conurbano y debía llegar a la capital federal. Eran las ocho de la mañana de un lunes.
Las caras demolidas de rutina subían las escaleras del transporte, empujadas por la derrota más pura y conmovedora. El desaliento se manifestaba ya al alzar el brazo aquel que solicitaba servicio al colectivo. Sin embargo, las pupilas se dilataban al instante, las cejas se levantaban y el torso se erguía y se ahondaba al momento de verla ahí, entre los primero asientos, con el vestido y esos muslos carnosos, suaves, firmes, pulposos muslos de Ítaca. Ella era un color en una vida de escala de grises, de matices apagados.
Todos la miraban, mujeres y hombres por igual. Se simulaban sonrisas ante alguna mirada de ella, desde su asiento, tímida, tal hámster preocupado de llegar tarde al trabajo el primer día. Los ojos celestes o verdosos intimidaban a operarios inmensos y a secretarias gordas y desafiantes. Pero no se encontraba esa intención en su mirar. Ella era distinta, siquiera en ese viaje.
Llegado un punto, pidió permiso, tomó una cartera marrón que nadie llegó a ver si era marrón o negra o cartera, y se bajó para perderse en la multitud de gente. Una estela de suave perfume jazmín se desprendió de su cuerpo y quedó flotando en la comunidad del transporte. Muchos aspiraron, silenciosamente, y cerraron sus ojos concentrando alguna imagen, haciendo muecas de acariciar un seno, de apretar un muslo. Y siguieron.
Fueron bajando, ya distintos. Era lunes, alrededor de las nueve y treinta y cuatro cuando terminó el recorrido el colectivo en el área del Correo Central.
Esperaron el final del día para encontrarla nuevamente pero jamás reapareció. Se ilusionaron con un mañana, con la probabilidad de que seguramente volvería a subirse a ese transporte. Pero ello no sucedió. Y así perdieron la dicha el resto de la semana.
Volvió a ser lunes, ocho de la mañana. Y allí estaba ella, con un vestido similar, con la pureza intacta de una obra de arte. Los ojos volvieron a brillar. Los pasajeros se alegraron, en una dicha compartida inconscientemente. Las mujeres, celosas de la atención merecida hacia la joven, habían comenzado a arreglarse más, a sostener miradas y sonrisas, a practicar ese delicioso juego de la seducción.
La situación se fue repitiendo todos los lunes, por un lapso de dos meses. Todos comentaban lo sucedido en el ámbito de la fábrica, de la oficina, de la vida, qué poco tenemos.
Luego, la joven desapareció por un mes. Y el anhelo, la alegría, todo, se derrumbó como un castillo de naipes. Hasta que resurgió, con el mismo vestido, sandalias y peinado de la primera vez. Una suerte de calor reconfortador alivio el pecho de lunes ocho de la mañana de cada uno.
Durante meses, bien se podría decir años, se continúo con la rutina pero, en este bendito caso, alentadora.
Cierto día, un mensaje invadió televisores, radios, revistas y diarios. Provenía de la Organización Internacional del Trabajo quienes mandaban una misiva al mundo.
“A los trabajadores y trabajadoras del mundo.
Desde la OIT queremos informarles acerca de los cambios que se han venido realizando en el último año al día de la fecha y, debido a su rotundo éxito, profundizaremos en pro del bienestar del trabajador y de las condiciones y medio ambiente donde éste desempeña tareas.
Sabemos bien que hace siglos, los lunes por la mañana son imposibles para cualquier ser humano. Por ende, conjunto al labor de psicólogos, motivadores, especialistas en el trabajo y abogados, construimos el Plan Motivador. El mismo consiste en colocar una joven entre dieciocho y veintitrés años de edad en cada medio de transporte público, los días lunes. El viaje de las mismas no cubre la longitud de cada ramal o línea sino, más bien, un setenta por ciento de las mismas.
Habíamos partido de la hipótesis de que una figura prometedora pudiera animar a aquellos que la rodearan de un sentimiento renovador: la esperanza.
En simples palabras, preocupados por el malestar general con el primer día de la semana, realizamos el proyecto para que el trabajador quiera que ese día llegue con la fantástica ilusión de tener algún casual contacto con el espíritu renovador que impregna las jovencitas.
Partimos del sustento teórico de que la vida radica en la juventud y que, al estar rodeado de ella, uno puede contagiarse de vida, llenar el espacio que deja la cotidianeidad en cada uno de nosotros.
Sin más, saludamos a ustedes atentamente.”

Y el cuerpo de ella desprendía ese aroma a jazmín. Y sus ojos celestes o verdosos tranquilizaban a las feroces bestias. Y no se podía descifrar si los muslos brillaban por los rayos del tibio sol o por resplandor propio.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Antes de endulzar tu café

- Yo lo vi, patrón, yo lo vi. – emitió, agitado, Braulio. Tenía la boina azul gastada y cubierta de polvo que no se podía diferenciar si era del bagazo o de la tierra que se sucedía en el viento. El pantalón que él consideraba nuevo, pero que había pasado por dos peones más anteriormente, tenía las rodillas emparchadas y la parte de las botamangas gastadas del roce con el suelo. Le quedaba chico y sus tobillos desnudos se mostraban tímidos, curtidos por las inclemencias del clima, al igual que sus manos callosas y sucias y cansadas. – Yo lo vi, patrón, gritó mucho y después no gritó más, patrón. – y los ojos de Braulio brillaban en lágrimas. Señalaba, en la desesperación, un lugar, un norte, donde dijo haber visto algo que le llamó la atención. No podía precisar la distancia o alguna referencia por la conmoción del momento.
El patrón se encontraba frente a Braulio, entornando los ojos para divisar la dirección señalada. Colocó su mano derecha como visera para aclarar la vista mientras que su mano izquierda descansaba en el bolsillo de su nueva bombacha de campo. Miró para otra dirección, giró la cabeza, miró al piso y revolvió la dentadura y la lengua para lanzar un escupitajo indiferente. Se colocó un escarbadientes que sacó del bolsillo derecho del pantalón y comenzó a moverlo, ayudado por su lengua seca y rasposa. No emitía sonidos. Braulio continuaba agitado, había corrido tanto que no se dio cuenta que perdió una pulsera de hilos que su esposa le había confeccionado. Gotas de sudor brotaban desde la boina azul de Braulio, gotas secas, sucias de tierra y bagazo.
- Yo lo vi, patrón. Él desapareció, Marcelino desapareció. – dijo al patrón mientras yacía encorvado, apoyado sobre sus muslos para recuperar el aire. Su voz se aclaraba y no se animaba a escupir frente al patrón.
- Y, escúchame vos, Braulito. – el patrón no lo miraba a Braulio, simplemente estaba parado junto a él, mirando para cualquier otro punto de fuga, con ambas manos en los bolsillos, con las piernas separadas, cómodo, seguro, el pecho sobresaliente - ¿Vos qué viste precisamente, Braulito?
- No lo sé, patrón – contestó, temblando. Ahora la agitación y el cansancio eran cuestiones secundarias. Ahora el miedo a un reto del patrón se volvía patente, una cuestión real. Quizás lo dejaría sin vales para cambiar en la proveeduría o lo mandaría a hacer el trabajo pesado que hacían los nuevos negros que tenían que dormir parados, hacinados, en una pieza que llamaban “rancho”. – Yo escuché el ruido, patrón, algo que se movía entre las cañas. Y vi que algo que agitaba, patrón. Y Marcelino, patrón, Marcelino. ¿Vamos a ir a buscarlo? ¿Qué le decimos a su familia, patrón? Usted sabe, patrón, Marcelino tuvo una hija hace poco, patrón, y cómo la quiere, usted vio cómo la quiere, patrón.
- No sé, Braulito, no sé. Vos quédate tranquilo que ya hablaremos con la familia. No sé si mandar a que lo busquen, Braulito. Por eso quiero saber, qué pasó, qué viste. ¿Acaso no fue…? – y por primera vez el patrón miró a Braulio para descifrar la expresión en el rostro mientras formulaba la continuación de la pregunta suspendida.
Braulio dudó. No estaba seguro de lo que vio. O sí. Vio a Marcelino desaparecer entre el cañaveral. Escuchó que gritó fuerte pero por sólo segundos. Y luego recordó que estuvo corriendo, que ya no tenía la pulsera hecha de hilos. Braulio tuvo miedo de no saber la respuesta, de no acertar con lo que se quería oír porque, en verdad, el no sabía nada.
- No sé, patrón. Perdóneme que me ponga así. – Braulio largó lágrimas que brotaban como un manantial. Braulio jamás había visto un manantial, el norte argentino, donde el se encontraba, era muy árido, muy seco, el río era como un mar para él. – Es que usted sabe, patrón, lo que ha estado pasado estos últimos tiempos. Sí, para mí fue él. Fue El Familiar, patrón. – y Braulio respiró hondo para meter hacia sus adentros las mucosidades que pendían de su troncosa nariz.
- Sí, me lo temía, El Familiar. Hiciste bien en correr, Braulito. – y el patrón lo palmeo en el lomo cansado y lastimado – Hiciste bien en correr.
- ¿No lo van a buscar, patrón? Yo voy si usted me lo pide, patrón. Yo lo quiero mucho a Marcelino. Y acaba de tener una nena que él quiere mucho, patrón. – los argumentos de Braulio comenzaban a repetirse, a ser menos.
- Braulio, Braulito. Vos sabes cómo son las cosas. No puedo arriesgar a más gente. El Familiar no perdona. Vos bien viste que Marcelino no estaba portándose bien, que estaba muy rebelde. Y eso, El Familiar lo huele, lo sabe. Hay que ser bueno, Braulito, hay que trabajar y dejarse de joder. Así que anda, anda a seguir con las cañas y déjate de joder. – dijo, serio, el patrón.
Y Braulio corrió nuevamente dejando su presencia, su olor, mezcla de traspiración con tierra y bagazo. El patrón se cruzó de brazos y miró la dirección que señaló Braulio por unos instantes. Por detrás, el vehículo de la policía se acercaba levantando polvo. El patrón volteó al momento que el sargento descendía del automóvil, riendo y haciendo muecas de borracheras.
- Ya está, patrón. – dijo el sargento. – Ya está lo que pidió. ¿Se le ofrece algo más? – y se paró cerca del patrón.
- No, sargento, no. Está bien. Usted vaya. Y cuide ese vehículo. Es el segundo que les proveo en el año. No se abusen. – remarcó el patrón a medida que ensayaba un gesto con el rostro indicando que se podían retirar.
La policía provincial se fue al destacamento que tenía dentro del predio del ingenio. El patrón volvió a su oficina y verificó las ventas por concretar. Había buena cosecha y la mano de obra si bien era rebelde, era efectiva. Plata dulce, se dijo a sí mismo, plata dulce. Y rió por lo sarcástico de su propio comentario.
Eran las cinco de la tarde y ya estaba por irse. Su esposa lo esperaría para tomar lección a los hijos acerca de conocimientos generales.
Eran las cinco de la tarde y Delfina se reunió con María en la casa de la primera. Es la hora del té y las dos, divertidas, se encontraban actualizándose acerca de las novedades del barrio, de quién se iba a casar con quién, de quién se iría de viaje y así. En el vaivén de la comunicación, María, despistada, empujó el jarrón con azúcar mientras intentaba endulzar su bebida. De tal forma, el jarrón se hizo añicos contra el piso, con tal suerte que un pequeño trozó ha cortado un poco el desnudo y suave tobillo de María, derramando sangre por sobre la azúcar desperdigada. Ambas rieron por el incidente. Delfina le dijo a María que no se preocupe, que la mucama limpiaría a la brevedad. Asimismo, le indica que debería colocarse azúcar por sobre su herida. Le afirma que la azúcar cicatrizará sobre la sangre.


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Marx, en algún punto, habló sobre el fetichismo de las mercancías. Básicamente, señalaba la posibilidad y, aún más, el hecho que el consumidor pierde noción acerca de lo que consume. Es decir, no denota el trabajo atrás del producto, como si el mismo surgiera espontáneamente. De tal forma, ya no habría relación entre personas sino que los productos ocuparían a las personas.

sábado, 24 de agosto de 2013

En tinieblas

Accionó la llave de la luz. El foco redondo, poseído por un ventilador blanco y polvoriento, dio unos primeros brincos de destellos sin encenderse por completo. Movió la palanca hacia arriba y abajo, una y otra vez, hasta que el haz de luz bajo consumo brindó verdad sobre la escena.
El cuerpo de un desconocido yacía en el piso de su comedor. Las puertas estaban cerradas, la ventanas también. Un charco de sangre se desprendía del tipo que portaba un elegante sobretodo marrón y cabellos húmedos y peinados con el viento. Un zapato se había separado del ser y se encontraba próximo a la heladera. Se encontraba recostado sobre su lado izquierdo, con los brazos dispersos y saliva endurecida en la comisura de sus labios entreabiertos.
El se acercó para examinarlo, creyéndose envuelto en una broma o en un pésimo sueño. Notó la mirada extraviada que apuntaba al modular donde guardaba las cacerolas. De repente, en un rapto de lucidez y claridad, notó que el tipo que se tendía sobre las cerámicas de su hogar era él mismo.
Dio unos pasos hacia atrás, sobresaltado y aturdido. Notó que él (en el piso) llevaba una nota doblada en su mano izquierda. Aún sin comprender lo que sucedía, la tomó.
Al desplegarla, vio su letra cursiva dibujada a los apurones.
El foco redondo volvió a titubear. El cuerpo desprendía calor y silencio desde el eco del suelo. La luz se apagó y el lugar se volvió tinieblas.
Se acercó a la llave y volvió a repetir el movimiento de arriba y abajo.
La luz volvió al foco pero no así el cuerpo a la escena ni la sangre ni el zapato ni el tapado marrón ni los cabellos húmedos al viento.
Taciturno y con los ojos hundidos en el rostro, intentó leer la nota. Sin embargo, un fuerte dolor en la boca del estómago lo aquejó, impidiéndole cualquier acción que no sea tomarse de la zona apenada. Sin quererlo y, aún más, sin saberlo, comenzó a sangrar. Y lo hizo de tal forma que sólo le quedó tenderse en el suelo, sobre su lado izquierdo.
En el acto, perdió el zapato del pie derecho, el cual hizo carrera hasta la zona de la heladera. Intentó nuevamente leer la nota que apretaba en su mano izquierda pero con sus últimas fuerzas, volteó su rostro hacia la puerta de entrada para visualizar quién se apremiaba a ingresar con el uso del manojo de llaves.
El foco redondo volvió a titubear. Su cuerpo desprendía calor y silencio desde el eco del suelo. Perdió la facultad de la vista, enfrentado al modular donde guardaba las cacerolas. Apretó la nota en su mano hasta doblarla. La luz se apagó y el lugar se volvió tinieblas.

lunes, 19 de agosto de 2013

El hielo ya no enfría tu bebida

María Pía sube al taxi un tanto mareada y con destellos de rubor en sus pómulos redondeados. Se sienta en el medio de la parte de atrás mientras sus otras tres amigas se distribuyen en los asientos restantes. Lleva consigo una petaca de licor sin tapa desde la cual reparte sorbos y sonrisas, calor y vida eterna.
Ha pasado un tiempo desde que María Pía no sale a bailar o siquiera a un bar a tomar algo. Las obligaciones de ser madre soltera no le permiten una movilidad en la vida social nocturna y, además, ella se sobreexige muchísimo en la crianza de la pequeña Catalina, quizás para paliar la ausencia de la figura paterna. Desde niña había soñado con el marido perfecto y los hijos perfectos, con los domingos en la casa de su madre rodeada de niños, de las vacaciones en alguna playa tranquila, en la preparación de la comida para alimentar a su familia, ser el alimento de su familia. Donde sus demás amigas o compañeras de curso veían una vida rutinaria y vacía, María Pía veía la felicidad en estado puro. Sin embargo, las piruetas del destino la depositaron en un divorcio conflictivo, en un ex marido acompañado con jovencitas que aún poseen dibujadas en sus muslos las tablas de las polleras de los institutos y una cuota alimentaria mínima, miserable. Pero Catalina era preciosa y un abrazo de ella podía derrocar a todos los miedos de su madre.
Hombres han sido pocos hasta ahora. Nada de sexo aún. Sólo ha llegado a unas citas, alguna salida al cine y el estímulo en su entrepierna cuando dos dedos callosos apretaban y marcaban su clítoris. Todos malos tipos, en su opinión. Un compañero de trabajo en una dependencia del Estado,  un ex amigo del secundario, una cita a ciegas con el primo de una vecina, y así, y así.
En esta deliciosa ocasión, María Pía viaja con sus compañeras de trabajo, en un taxi, a una de esas calles donde los bares crecen uno encima de otro, donde hay discotecas que prometen todo. Su madre casi le rogó que salga, que ella cuidaría a Catalina, su linda nieta, y que se divierta. Su madre la ha visto triste a María Pía, que ya no sonríe como antes y que está tomando muchas pastillas que le receta el psiquiatra. Salí, le dijo, yo le preparo lo que más le guste y la llevo a tomar un helado, aprovecha, le dijo, sos hermosa hija, píntate un poco y vestite bien, le dijo. Y María Pía se enguajo sus ojos para no llorar. Está bien mamá, le respondió, pero ceno con ustedes. Y así había sido hace unas horas atrás. María Pía terminó cocinándole uno de esos snacks con forma ficticia de pata de pollo, rellenos de lo que dicen ser pollo, con una ensalada mixta de la cual la linda Catalina sólo comió los trozos de tomate. Luego, miraron una película infantil hasta que la nena cayó rendida. La arropó, besó su frente y su madre le recordó que estaba llegando tarde. Entonces, María Pía comenzó a cambiarse, no quería que la nena mirara su producción. Sacó de una bolsa de papel madera un pantalón divino que compró esa misma tarde. El pantalón es azul, le ajusta las piernas, las aprieta y levanta su cola. También se colocó una remera suelta, blanca con la imagen de una famosa actriz fumando. Lleva un corpiño negro que le sostienen sus pechos suaves, un tanto decaídos pero que excitan de todas maneras, que cumplen su objetivo. Se maquilla, aplica una base, contornea sus labios pulposos, delinea sus ojos marrones y enaltece sus pestañas. Por último, deja caer su pelo por sus hombros como lluvia y rocía gotas de un perfume frutal. Se observó en el espejo y se sintió hermosa, cautivadora. Su madre le dijo que el taxi, otro taxi, ya estaba en la puerta, que estaba preciosa y que la pase bien. Se abrazaron, madre e hija, en el umbral del domicilio y María Pía se fue.
De tal forma, se dirigió al departamento de una de sus compañeras de trabajo. Realizaron allí los últimos retoques en sus cuerpos, en sus rostros. Bebieron de extrañas botellas una suerte de líquido que portaba un color radiante. Rieron, fumaron, bailaron entre ellas con la música de la moda. María Pía puso un poco de rubor en sus pómulos redondos y fue sorprendida cuando, al irse, le dieron una petaca sin tapa para ir disfrutando en el camino.
Ahora en el taxi, se siente irresistible. El taxista la mira por el retrovisor y le comparte un guiño sordo. Ella esconde su sonrisa entre sus hombros. No le gusta el taxista que bien podría ser su tío o su padre pero le gusta gustar, eso le hace bien. Las amigas gritan agudamente, miran chicos que pasan con autos de lujos, musculosos, con remeras casi pintadas en sus cuerpos y camisas de colores burlones.
Llegan a su destino y notan que es un tanto tarde para continuar en un bar, por ello deciden directamente ir al boliche. Una de las compañeras de María Pía conoce al encargado de la entrada. No hacen fila e ingresan divertidas por la puerta grande del recinto, secundadas por la atenta y frustrada mirada de aquellos que esperan y exasperan por entrar.
María Pía ríe y camina al ritmo de la música. Sus tetas danzan deliciosas y entrecierra sus ojos con toda sensualidad. Hasta que observa, hasta que mira detenidamente.
Cientos de jovencitas, miles de ellas, con vestidos apretados, con piernas eternas, con bustos prominentes, dispuestas a todo, paradas sobre los parlantes, sobre tarimas, acodadas en la barra, ingresando y saliendo del baño, frotándose contra hombres indiferentes que saben que pueden elegir entre otras más jóvenes y más predispuestas. Y se abruma. Casi nadie la mira, no la notan. La boca se le contrae y la saliva se le torna amarga. Sus compañeras están en el guardarropa a punto de dejar sus abrigos.
María Pía ya no baila, ya no camina. Mira que nadie la mira. Y esconde su tristeza entre sus hombros.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Duerme, duerme

Un hombre se recuesta en el sofá, en busca de una reparadora siesta antes de la cena.
El tráfico de ida, el guiño prefabricado de la recepcionista, la oficina, el café instantáneo, los reportes de millones de pesos, el almuerzo de charlas banales, la reunión insípida, las transferencias de dinero a islas que sólo sueña con visitar, el tráfico de vuelta, una pronunciada indigestión en el estómago que lo aqueja, una promesa de visitar al médico, la corbata relajada y roja, las monedas para el peaje, la radio con interferencia, la camisa arrugada, el tanque de nafta suspirando, las luces de los autos, las adolescentes del barrio que asoman tetas tímidas y culos prominentes, la saliva secándose en la comisura de los labios, su espalda cubierta de sudor, una nueva puntada en el estomago, se acuerda de una novia que tuvo, se acuerda de que se sintió feliz alguna vez, las balizas encendidas, el sol que se descuelga del cielo, las nubes que abrazan la gris noche, el portón que corre manualmente, los perros que no acusan su llegada, el vecino que se acerca para preguntarle si tiene cable en su casa, el gesto señalando que recién llega, el aliento caliente que pasa por su paladar, la lengua espesa y lenta, la camisa arremangada, el saco que se arruga, la radio que cambia de segmento, el estallido del portón al cerrarse, las balizas que se apagan, observa la hora en su celular: las diecinueve y cero ocho minutos, asiente e ingresa a la casa.
Se recuesta en el sofá, en busca de una reparadora siesta antes de la cena. Vive solo. Ella se fue, se marchó hace unas semanas que ya parece una vida entera. Ella era la vida, le supo decir a un amigo en un after office. Ella era la vida y se fue, dijo, se fue con una valija. Mi vida y una valija, continúa pensando hacia sus adentros.
La heladera zumba en su carraspeo habitual. Dentro de la heladera se encuentran cuatro sobres de aderezos sin abrir, dos botellas grandes llenas de agua de la canilla, dos botellas chicas llenas de agua de la canilla, tres huevos blancos levemente manchados, siete ramas de perejil que se acodan en un vaso naranja, una bolsa de lechugas de hojas verdes que destellan puntas ennegrecidas, una botella de gaseosa por la mitad y sin gas, un plato de vidrio que sostiene a una porción de fideos con tuco. Piensa en los fideos, en cómo los va a tomar, en llevarlos al microondas, en que va a mirar su reflejo en el microondas, en las ojeras que aparecerán, en los segundos del microondas, en los segundos de su vida que se disipan en sus labios cortados, en que se acabó el queso, se acuerda que ella compraba el queso, en qué estará haciendo ella, y se duerme.
Se duerme el hombre en el sofá. Duerme y sueña. Y sueña que es un emperador chino porque hoy estuvo trabajando con unas cuentas de chinos. Es chino pero sus ojos son de occidental, y es emperador. Y dentro del sueño, como emperador, el hombre se duerme en el palacio imperial y también sueña. Y ahora como emperador sueña que es una mariposa que vuela, que emerge de un capullo, que vuela, que copula, que es feliz, que se acuerda que es feliz hasta que muere el mismo día y despierta, despierta como emperador. Y se sacude como en un espasmo en el sofá. Y ya no es más emperador. Y ya no es más mariposa.
El hombre se despierta ya de día. Consulta su reloj que marca las seis treinta y dos de la mañana del día siguiente. Y se sienta en el sofá. Sus hombros se encorvan y su cabeza cae aplomada. Siente que pesa más, siente pesado respirar, siente el corazón latir, sabe que está vivo en algún punto pero no en cuál. Se siente destrozado.
Y no es que duda entre si es un hombre o una mariposa o un emperador. Lo demuele la certeza. La certeza de ser un hombre, tan sólo un hombre que extraña, que sabe que fue feliz y que ya no recuerda el recuerdo de serlo.

viernes, 9 de agosto de 2013

Lolita

No exagero si digo que fue un día tal como el de hoy.
Los días bisagras e híbridos donde uno no sabe a ciencia cierta si se encuentra en otoño o en invierno o en verano o en primavera, poseen esa dulce magia de rayos ardientes del sol sobre el rostro que se tornan en brisas frías en las apresuradas noches. Las luces de los postes se encienden tan pronto se resuelven los relojes a marcar las seis treinta de la tarde. El malón derrotado disfrazado de mamelucos y corbatas horrendas abarrota los trenes, los subtes, los colectivos, las autopistas, las calles, los bares.
Y ahí me encontraba yo. Una camisa blanca percudida debajo de un saco negro, un libro abierto en la mano izquierda y la oscilante mirada entre las líneas de la novela y la verificación del arribo del colectivo. Sentía un ardor de fuego en los ojos cansados. Un último cigarrillo se consumía entre los dedos de mi mano derecha.
En uno de esos vaivenes de mi mirar para la comprobación de la llegada de mi transporte, la vi. Dios, ¡cómo la vi! Hoy maldigo haberla visto, haberme encadenado a su recuerdo.
Tenía la mirada extraviada y preocupada, con los ojos brillosos y titubeantes. Consultaba constantemente un reloj pulsera plateado, el cual bailaba en su fina muñeca. Una mochila gris y gastada colgaba por uno de sus hombros y arrugaba, aún más, el guardapolvo blanco que se resignaba a perder la elegancia, luciendo el moño posterior con ligeros toques de suciedad. Tenía muslos robustos y las medias azules pegadas al par de mocasines marrones. El pelo, a dos aguas, lacio, con terminaciones rubias en las puntas, caía sobre los hombros y la abrigaba frente a la soledad de la espera. Tenía la nariz breve, puntiaguda y rosada, la cual fruncía conjunto a sus cejas al notar el movimiento constante de las agujas del reloj. Además, pude notar que arrugaba los labios como si estuviese saboreando alguna sustancia amarga. Sin embargo, en los pocos momentos donde pudo relajar su boca, la misma se develo como pulposa, suave pero ofreciendo la firmeza precisa que garantizan los besos eternos.
Comenzó a caminar, de un lado hacia otro, motivada por una angustia nerviosa que podía divisarse por los movimientos exasperantes que repetía una y otra vez. Exhalaba un aire frutal que combinaba exquisitamente con el aroma adolescente que se desprendía de su cuerpo. El pelo la seguía a veces como una sombra y a veces como una fijación craneal. Inclinaba su cuerpo, quebrando su cintura efímera, hasta quedarse parada sobre una pierna para obtener mayor precisión acerca de qué colectivos se acercaban. De tal forma, el juego de sus muslos se volvía intimidante. Mis manos sudaban y se tornaban aún más torpes todos mis movimientos. Eché un vistazo alrededor para verificar si alguna mirada externa se encontraba juzgándome en aquella situación. ¿Qué hacía un hombre como yo observando con tanta obstinación a una jovencita como aquella?  No quedó más remedio que intentar disimular con lectura esa pequeña y ocasional obsesión.
De pronto, noté que se acercó a la calle e hizo parte de una fila improvisada para subir al transporte. Mi boca se secó y noté disminuida mi visión a causa de una especie de ceguera temporaria, obtusa y empapada en nieblas. Sentí los suaves vellos de mis brazos erizarse y un escalofrío hizo que temblara casi imperceptiblemente. Sin siquiera darme cuenta, estaba formando parte de esa fila para abordar a aquel colectivo que ni siquiera se asomaba a mi destino original.
Hacia mis adentros, me repetía que no podía estar haciendo esto, con qué fin, hasta dónde llegaría. Dentro de mi pecho, los ritmos de mi corazón fluctuaban ante las miradas casuales que exploraban a la jovencita. Su edad, bueno, no sería prudente decirlo pero su piel tenía la tibieza de una niña ligada a la firmeza de unos senos vírgenes y escondidos detrás de un corpiño aún con vestigios de estreno.
Viajé parado, colocando mi ser a dos asientos de donde ella se encontraba acomodada. Miraba, ella, a través de los vidrios húmedos, con una expresión ausente y abrazada a su mochila gris. Cada tanto, las luces de la avenida desgastaban su visión y entrecerraba sus ojos color miel y dormitaba unos segundos. Por mi parte, la observaba con brutalidad, con ansiedad de querer acercarme y tener una propuesta imposible de ser rechazada, así poder llevarla a mi departamento y hacerme con ella entre mis brazos.
En determinado momento, tuve la oportunidad. El asiento de al lado de ella quedó vacante. Sólo yo estaba parado en el transporte y podía sentarme allí e inventar alguna pregunta para iniciar la conversación primera. El resto sería fácil, todo fluiría como el agua de los rápidos.
No recordaba estar tan nervioso anteriormente. Por Dios, pensé, soy un hombre exitoso o siquiera  medias. Ella aceptaría un café, quizás bajo la promesa de un regalo, un libro muy lindo que muchas adolescentes habían convertido en best seller. Sí, eso debería funcionar.
Apoyé mi cuerpo en el asiento de cuero. Conservé mi visión hacia el frente. Ella seguía recorriendo las vidrieras de los comercios desde su butaca, traspasando el vidrio.
Tomé aire, profundamente. Exhalé e inhalé tres veces. Apreté el libro en mi mano y viré mi rostro hacia ella. Incliné mi torso para lograr una ilusoria cercanía y cuando mis labios se separaron para pronunciar las primeras palabras, ella tomó su mochila, abrazándola y me miró. Brillaban sus ojos dulces y su pelo cubría tal manto su rostro. Permanecimos breves segundos mirándonos, sin decir una palabra. Sentí mi corazón latir tan fuerte que el sonido bien podría inundar a todo el vehículo.
Súbitamente, los labios suaves y pulposos de ella se abrieron y comenzó a gesticular. Algo dijo pero no pude descifrar qué. Tenía un tono de voz preciso, como de un susurro tímido y convincente. Ante mi inmutable presencia, ella repitió las palabras que, nuevamente, no llegué a descifrar.
Finalmente, repitió ahora trinando los dientes y abriendo los párpados. Los músculos de sus ojos se contrajeron y pude percibir una ligereza de rencor en su expresión.
- Permiso, señor. Tengo que bajar.
Me dijo señor.


Me dijo señor.


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A Lolita, libro del que sólo sé la módica suma de su precio.

viernes, 2 de agosto de 2013

No te vayas nunca

Preocupada, miró su reloj pulsera una vez más. El suave y dulce flujo de los segundos se cristalizaba en sus ojos. Comprobó la hora exacta con el viejo reloj que colgaba cerca de la cocina. Un gutural tic tac se hacía presente en la casa fría, húmeda, vacía.
La radio murmuraba noticias de ayer, de otro tiempo.
Ansiedad. La ansiedad se hizo presente en su cuerpo, en el movimiento convulso de sus pies contra el suelo, en las manos fuera de control, en el desarme y arme de bucles sobre su pelo recientemente peinado con un rodete. Las ollas a fuego lento cocinaban las verduras que religiosamente eligió, una por una, en el mercado. Una dulce torta de arándanos terminaba su cocción en el horno. Dos platos enfrentados, dos copas enfrentadas, un par de cubiertos enfrentados, un candelabro en el centro de la mesa uniéndolo todo desde el destello titubeante de las velas, depositados en el comedor, todo sobre una mantilla blanca, de formas romboides y fractales.
Él iba a venir. Era cuestión de instantes de que golpeara suavemente la puerta, que esté erguido más allá del ojo de pez en el pasillo, portando algún vino o algunas flores o quizás unos bombones. ¿Usará el traje negro, el gris o el marrón? Se preguntaba. Se distraía a sí misma, mejor dicho.
La ausencia se profundizó aún más al notar que llevaba media hora de atraso. No era usual en él, siempre puntual y odioso de las tardanzas. Quizás algún incidente en el tráfico o largas filas en la chocolatería para hacerse de una buena caja de bombones. Sí, eso debe estar atrasándolo. Además, ya no existían buenas chocolaterías, reflexionaba ella, en voz alta y acentuando las últimas palabras de cada oración.
Escuchó el crujir de las escaleras y pasos firmes y de hombre que se sucedían. No cabía duda alguna, era él que por no esperar el ascensor, se adentró a subir a pie los tres pisos en ese loco afán de los enamorados que siente la vida sólo al lado de aquel que aman. Corrió, ella, a baño, urgente. Se retocó el peinado, comprobó que el maquillaje no fuera excesivo ni omitido y logró acomodar su vestido casi pegado al cuerpo. Se sintió hermosa y era hermosa, valgame dios.
No logró aguardar que tocara la puerta y directamente la abrió para extender sus brazos y así no dilatar el entrañable encuentro de dos cuerpos que se aman. Sin embargo, una brisa profunda chocó contra su esencia quitando toda esa ansiedad que llevaba consigo. Desafortunadamente, dejó en ella esa amarga sensación de angustia, de la incapacidad expresiva, del ruido en el pecho hueco y del deseo de llorar una vida sin poder esbozar la más ligera y ridícula de las lágrimas.
Las ollas hervían su contenido y hacían golpear las tapas contra sí. La torta de arándanos se doraba por demás y su base pasaba de una esponjosidad majestuosa a una dureza de roble. Se dejó caer en la silla, absorta, mirando la perilla de la puerta silenciosa, omnipresente e incorruptible.
Sintió el rimel correrse, los zapatos ceder y el rodete deshacerse, fatigado, volcando mechones de pelo sobre los hombros y el rostro. Él, una vez más, no iba a venir. La triste escena de los viernes por la noche se repetía en la casa con total entereza e igualdad como la primera vez, como si fuese fiel a un guión ensayado una y otra vez. Ella lo sigue esperando, más allá de los doce años que separan el trágico accidente que le quitó la vida a él en el subterráneo, cuando se dirigía a la casa de su amada, elegantemente vestido con aquel traje gris que tan lindo le quedaba, que acentuaba sus hombros y su torso, abrazado a una caja roja de bombones de la mejor chocolatería de la ciudad.

jueves, 25 de julio de 2013

Píldoras de colores

Bien sabía que debía escribir esto pero me rehusé hasta que la conciencia no me lo permitió más. Cuando alguien se atreve a escribir es porque hay algo dentro de sí que no puede quedarse más adentro, que quiere salir, que necesita irse y ser otra cosa. No sé bien cómo definir esa sensación, es una fuerza particular que exige ser liberada pero que  no sabe bien de qué. Así, uno se toma el pecho, quizás el estomago, probablemente se muerda la lengua o estire las cervicales. Molesta, sí, a veces molesta porque, así como los sueños, el significado no tiene un exacto significante. Las palabras no tienen relación con lo que uno quiere decir (siquiera no con las pocas palabras que uno pueda llegar a saber).
La cuestión es que aquella noche hacía calor. Era joven y la humedad del viento refrescante se cristalizaba en mis labios. Es notable, aún, que al recordar se sobrevienen frente a uno las distintas sensaciones del contexto. Recuerdo el olor a pasto siendo acariciado por las primeras gotas de rocío. Los autos distantes que pasaban indiferentes por la avenida principal, a largas cuadras de la casa. Las copas de los árboles siendo sinceras con la noche y en eterna danza de sombras y susurros.
Solíamos pasar los fines de semana en la casa quinta pero esta vez debíamos de estar algún tiempo más como de vacaciones, o siquiera eso me habían dicho mis padres.
Rondaba yo esa dulce edad donde uno desea fervientemente alejarse de sus progenitores aunque no tenía el visto bueno de la responsabilidad y era sometido a las órdenes de mis padres tal si fuera un niño de seis años. Sin embargo, realizaba distintas maniobras para eludir su atención, en especial la de mi madre. Ser hijo único no era ventajoso en estas circunstancias. Mi madre estuvo todo el tiempo detrás de mí repitiendo que no me aleje de la casa, que no corra por el florido jardín, que no me exponga a los punzantes mosquitos o cualquier actividad que la vida al aire libre podría brindar.
En cierta ocasión, no contuve mis deseos de hacer jueguitos con una vieja pelota en el patio, acompañado por bichitos de luz y la semblanza de una luna llena como reflector del campo de juego. Lamentablemente, mi madre escuchó que me escapé por la ventana de mi habitación y, alertada, gritó enfurecida, entre llanto y desgarro, que dejara ese juego, que entrara y que haga caso una vez por todas. En ese momento, Señor, cómo olvidarlo, me abrazó y se arrodilló y siguió abrazándome por las rodillas. Humedeció mis pantalones cortos que solía usar de pijamas con lágrimas que brotaban de sus ojos. Fue allí, en el porche de maderas corroídas y de ventanas francesas hasta el piso, donde me confesó que pasábamos el tiempo allí por orden del médico, que papá estaba enfermo y que debía alejarse de la ciudad por un tiempo. Dijo, además, que me necesitaba, que coopere, que no sabía ella bien qué hacer.
Recuerdo haber tomado por los hombros a mi madre con total decisión, reconfortándola, diciéndole que todo iba a estar bien. Ella intentó recomponerse, siquiera para el cuadro familiar. Entramos a la casa y papá estaba en el comedor, inmóvil, con la mirada perdida y la radio indescifrable por la falta de señal. Parecía no mirar nada y mirarlo todo. Sólo atiné a encogerme de hombros y agachar mi cabeza. Corrí, con lágrimas y congoja, a abrazar a papá. Se hace presente en mí el olor a lavanda de su camisa siempre bien planchada y hacia adentro del pantalón, siempre armada con un atado de cigarrillos Colorado. Cerré los ojos buscando ocultar las lágrimas mientras los sonidos de llanto recorrían la casa, como guturales, emergiendo desde los cimientos mismos de la construcción.
Sentí la mano por sobre el hombro derecho, queriéndome desapegar del eterno abrazo. La enfermera, tan linda y tan rubia y tan joven, me brindaba su sonrisa de ensayo, pidiendo que deje de abrazar a aquel roble macizo y floreciente. Dijo que debíamos volver a la residencia, que ya era hora de la medicación.
Y por eso estoy aquí, ahora, luego de haber jugado con las píldoras multicolores y volcándome estas, quizás, últimas palabras por doquier. De todas formas, algunos doctores ya han venido a felicitarme por mis memorias (al parecer, ya algo había escrito anteriormente). Le explico a uno de ellos que tiene la cara casi de un niño, tal vez un residente, que siento que puedo mirarlo todo y nada al mismo tiempo. Me acaba de contestar que es parte de la esquizofrenia, que ya las píldoras están a punto de comenzar a funcionar.

domingo, 21 de julio de 2013

De los otros

No soy el mismo que fui al comenzar a escribir esta oración.

- ¡Alto! – resonó la voz tal trueno en la claridad del día. – Ceded el paso, plebeyo. – y apuntó la lanza a la altura de la yugular.
Él, distante y sobrio, tomo los recaudos precisos para la ocasión. Movimientos lentos y programados constituían su estrategia. Llevando las riendas en su mano derecha, depositaba la otra en su cintura, cerca del mango de la espada recientemente afilada.
Los caballos resoplaban agobiados. El calor no daba tregua. Todo se sucedió pausadamente como ocurre en los momentos donde el destino se hace presente.
Los pasos de los cascos de los animales hacían retumbar la tierra. El silencio lo abrazaba todo. Hasta que el guardia no toleró la tensión. Nervioso, hundió su lanza sobre el caballo más cercano, rodeado de un bramido intenso y un suspiro final.
Soltó las riendas, con manos sudadas tomó su espada y acometió contra el guardia quien no llegó siquiera a desprenderse de la lanza que yacía sobre el animal. Aún con furia y torpeza, entró al carruaje y dio muerte al viajante. Miró enrededor para constatar que no había dejado testigos y luego limpio su espada en las envestiduras protocolares del vehículo. Más luego, siguió con su viaje.
Una esfinge se topó en su camino quien le advirtió que para continuar con su vida, debía contestar unas adivinanzas. En pleno uso de sus facultades, logró enfurecer al fenómeno con respuestas acertadas. Finalmente, el animalejo se entregó al suicidio antes que hacerlo a la vergüenza de cargar con la derrota.
Por tal hazaña, se le brindó un festín y, guiados por la pureza de los vinos, se lo proclamó rey y amo de todo el reino.
En el guiño de su suerte, olvidó la profecía. Tuvo sexo, el mejor sexo de la vida. Bebió de los jarrones de vino de los templos y auspicio los festines más erráticos que jamás se hayan visto.
La prosperidad no tardó en llegar. Las cosechas aumentaban su volumen, se anexaban territorios sin derramar sangre, los caminos comenzaban a formarse y cuatros preciosos hijos dejaban marcado el mármol del palacio con sus pies, en los distintos juegos de la época.
Sin embargo, en rigurosa obediencia de la entropía, el destino del anterior rey no estaba claro. Unos campesinos lo habían encontrado muerto a él y a su comitiva, en las afueras de la ciudad de Delfos. Su crimen no tenía culpables y la escasez y las plagas se hicieron presentes como sombras de un regicidio imperdonable. El nuevo rey se dirigió a Tiresias, un adivino, paradójicamente, ciego.
En la conversación acerca del crimen y su perpetrador, todo volvió a pausarse. No empuñaba su espada sino que jugaba con una suerte de broches que su esposa solía usar en algunos vestidos. Lo curioso es que ese par de delicados decorativos, adquirían el peso de su arma afilada. Más luego, la boca se le secó y escuchaba casi por sílabas las palabras de Tiresias. La profecía se advino en él como la personificación de esas gotas de sudor en un cuerpo propio que sentía frío, como ajeno.
Taciturno y abnegado al enterarse de que él era quién era, Edipo tomó los broches y se arrancó los ojos.

Y tú, querido lector, ya no eres el mismo que al comenzar a leer.

miércoles, 17 de julio de 2013

El maniquí

Ernesto se levantó y cogió su viejo pijamas, el cual solía ser de un color gris ceniza y ahora es más bien a un gris pálido, sin vida, como sí de repente Kosovo se hubiera sintetizado en un color. El pijama era la depresión hecha algodón y costuras.
Dibujó un intento de peinado pasando su mano izquierda por sobre su cabellera, retrayendo su pelambre de mechones blancos y rubios hacia atrás. El perfume del cigarrillo, ya prendido siquiera antes de levantarse, decoraba las distintas habitaciones del viejo caserón.
Rondaba, arrastrando los pies, las rodillas casi crujientes y húmedas y secas a la vez, por los pasillos colmados de polvo y botellas de viejos vinos eternos. Se detuvo un instante, contra el marco roto y desgastado de una puerta. Había percibido otro aroma, otro perfume. No, no se percató del tronar de la puerta o del golpe del viento sobre las ventanas. Nada.
Sonrió con la sonrisa de la gloria, de la locura magnánima, del destierro divino que le tocó en carne propia a Momo desde el Olimpo. Vanagloriado, hizo el ademán de los clásicos del cine de arreglarse su “traje” gris desde las solapas. Y corrió. Corrió por toda la casa, coreando su nombre, llorando con la torpe sonrisa en la cara.
- ¡Has regresado! ¡Has vuelto! Oh, querida mía, cuánto te he extrañado. Ya ven, no juegues más con este viejo maldito, ya ven. – y se tomaba de las angulosas paredes, rasguñando la pintura desprendida de las mismas.
Infinitos pasillos tenía el caserón, infinitos pisos. Ni el hilo de Ariadna podría haber rescatado al héroe. Ni siquiera el héroe hubiera encontrado al minotauro en esa reliquia arquitectónica.
Creyó notar el vuelo vivo de un retazo de seda o chiffon color carmín y una risa de mujer del mundo, que volvía a la casa primera para reírse como niña. Ernesto sonrío aún más. Gotas de sudor se sucedían en la curvatura de su espalda y otras tantas se acumulaban en su espaciosa frente. Cigarrillo tras otro iban quedando en el camino, como las migajas de pan de aquel alocado cuento infantil. Se desesperó.
- ¿Acaso no te has dado cuenta de cuánto te he amado? ¡Diablos! Sí aún lo sigo haciendo. Ya ven, por favor, ya ven.
Tosió encorvado y se limpió la boca seca con el puño de la manga derecha del pijama.
- Pero sí te lo he dado todo, todo, todo, todo. No te vayas. Seré tu esclavo, tu mesías, tu historia nueva de todos los días. – lloró y arrugó los labios con la amargura que sólo se siente en esos momentos.
- No, no te vayas, no te vayas. Te regalo mi sangre, mis sentidos, mis caricias, todo, toma todo. Pero dame un poco de amor, un poquito, tan sólo un poco.
Ernesto sintió como la sombra de ella corría rumbo a la salida y titubeaba entre los pasillos linderos a él para luego subir hasta el último piso, cerca del altillo.
- ¡Devuélveme el amor! ¡Devuélveme el amor! – gritaba martillando sus dientes, escupiendo saliva espesa y masticando lágrimas. - ¡Dame la vida! ¡Devuélveme mi corazón! ¡Dame la vida!
Colapsó y hundió sus rodillas en el piso de madera. Tomó su pecho. Sentía que el corazón estaba por irse a tomar un micro a Retiro con destino a Mar de las Pampas, Las Gaviotas.
Encontró nuevo aire y continúo corriendo, alentado por la cercanía del perfume inconfundible, del vuelo trágico de aquellos retazos de tela.
Finalmente, agitado y desaliñado, Ernesto llegó al altillo del hogar. Vidrios rotos se sucedían con el chillido de ratas escurridizas. Sol y polvo se entremezclaban en una graciosa danza. Ya en el final de la habitación yacía en un rincón, solo, perfumado, estático e inconmovible, el viejo maniquí, luciendo telas de seda y chiffon, roto del llanto de Ernesto que día a día repetía, entre dormido y borracho, la drástica escena de la esperanza insoslayable, del amor que todo lo espera.


domingo, 14 de julio de 2013

Escollera

El blazer rojo se comía los hombros casi desnudos. La remera símil transparente, dejaba ver un corpiño blanco, suave, contenedor de senos nuevos, breves, que aún recordaban las primeras manos que los acariciaron, con dulzura, con violencia, con mordiscos incorrectos.
Frío. Brisas de aire que sacudía las pocas hojas que le restaban a los árboles y a las guirnaldas de tela que colgaban sobre sus cabezas. Las luces de colores destellaban agonía, arrebatadas de su contexto natural del árbol de navidad.
Murmuraba. Él murmuraba. Miraba a su entorno. Armaba, torpemente, un cigarro de marihuana. Escondía elementos, bebía de un vaso de plástico. Casi no la miraba.
La música por poco se podía percibir. No, no digo de forma audible, eso sí. Algo más. Como si estuviese en el aire, rebotando como dientes de león, cargada de deseos. Sí, algo así.
Violento fue el destello del encendedor. Cientos de miles de años de las historia de la humanidad, la lucha por el fuego, el ardor primordial, el soplo de la vida, resumido, todo, en un breve y fútil chispazo. Los humos se confundieron. Las risas bailotearon, graciosas, con el rocío de la noche.
Formaban parte del paisaje. Fueron la pincelada necesaria del cuadro errático del bar.
Brillaban los ojos de ella, redondos, grandes, casi verdes y profundos. No quitó su mirada de él en ningún momento.
Y cedió un beso. Y las manos de ella se encontraron detrás del cuello de él, el blazer rojo todo sobre él. Y las manos de él se encontraron en la brevedad de su cintura, en el pliegue final de su jean azul.
Y aún sigue de noche y aún las guirnaldas bailan y aún las luces titilan y aún se puede percibir el frío.
Y el continuo espacio-tiempo prosiguió con su constante derrotero pueril. Pero ellos se perdieron en esa mirada de ojos cerrados, de giros circulares del cuello, de suaves caricias húmedas, creando su propio paralelo, su alternativa a la vorágine de lo otro. Y ya no volvieron a ser los mismos que supieron ser al empezar.

jueves, 11 de julio de 2013

La máquina me lo pide

Todos se miraban, detrás de las ventanillas. Algunos, bajaron sus vidrios para prender un cigarrillo o dejar que su música se escuchara o para ambas banalidades. Exacerbados, miraban sus relojes digitales y aceleraban sus autos, pensando que se perdían de algo. Estaban ahí, no sabían qué ni cómo.
Para empezar y darle un contexto, tomaré un caso particular.
Luis estaba bañado desde temprano. Había ido a jugar a la pelota con los amigos, tomaron algunas cervezas, hablaron de juntarse a la noche, se bañaron juntos en los vestuarios, le pidió crema de enjuague al goleador de la tarde, se secó, guardó su ropa traspirada, se perfumó y salió limpio hacia su casa. El auto, claro está, estaba casi tan limpio como él, excepto por unas pinturas de barro y agua cerca de las ruedas pero ello no salía de lo normal, del andar cotidiano.
Pasaría, pensó, a buscar a su novia. Bueno, no era su novia, era la chica con la cual estaba saliendo hace un tiempo pero él veía prosperidad en la relación. Entonces, pasaría a buscar a la chica con la cual estaba saliendo e irían a pasear por esa avenida donde comulgan todos los jóvenes con amigos, autos y minas despampanantes, para dirigirse a la zona de las discotecas, de los bares, de la música.
Antes, Luis, en su casa, dejó el bolso con las ropas sucias. Su padre estaba tirado en la cama matrimonial, haciendo zapping en la vida, en el televisor también. Su madre, miraba, desde la cocina, un programa sobre cocina donde enseñaban una receta que jamás haría. Iba por su tercer vaso de vino tinto, puro, malbec. Luis comió lo que encontró: una lata de picadillo de una marca extraña y barata, galletitas de agua húmedas, dos sándwiches de salame y queso con dedos de mayonesa, una empanada de pollo fría y una mandarina ácida. Antes de salir, se lavó sus dientes, se perfumó aún más y besó a su madre. En su camino hacia la salida, se devolvió al baño para arreglar un mechón de pelo y gesticuló un saludo en el aire hacia los ronquidos de su padre.
Desde la vereda y, luego, desde el asfalto, inspeccionó a su flamante auto nuevo. Lo tenía hace unos meses. Todavía persistía el suave olor al estreno del cuero y hasta se podía comer desde el propio motor. Él solo lo había manejado y esperaba los fines de semana para usarlo y pasearse por cualquier lado con esa chica nueva con la que andaba. Las horas en el estudio jurídico valían la pena. Toda la semana esperando que llegue el viernes, el sábado, la gloria del descanso para poder hacer algo más, ser alguien más. No importaba las cuotas que tenía que pagar o los excéntricos gustos por las bebidas que tenía esa nueva chica con la que andaba. Él sabía que era envidiado, visto por los otros como un ganador, un tipo que había hecho uso de la movilidad social y se abría hueco en el paso hacia nuevas degustaciones.
Luis bien lo sabía: a él le había tocado envidiar a otros antes. Otros que se hacían de las mujeres más lindas y pasaban dando música a todos con sus autos nuevos. Él, Luis, bien lo sabía: contaba las monedas para viajar en colectivo y pagar la entrada a algún boliche, agradecía como en una procesión a la Meca si podía invitarle algún trago a alguna chica. Pero ahora la situación era distinta y Luis bien lo sabía: él tenía el auto, él tenía a la chica, él tenía la plata para invitar tragos.
Así fue que pasó a buscar a la susodicha. Regodeante y sin bajar o detener el auto, hizo sonar su bocina para que ella, flamante, desgastada, sin olor a nuevo, haga estallar los tacos de sus zapatos negros contra el piso. Las tetas parecían reventar en el escote. El culo, el culo merecía una carta más de los Corintios en la biblia, una carta sólo dedicada al culo. Rubia hasta donde se podía ver, masticaba un chicle sin gusto. Se subió al auto, sonrío, tapó el olor a nuevo con un perfume ridículo y besó a Luis. Acelera, dijo. Y se arregló los labios en el espejo retrovisor.
En los semáforos, Luis cambiaba las canciones y aumentaba el volumen. Los vidrios vibraban y los autos chiquitos, dentro de los espejos retrovisores, parecían saltar en un terremoto de melodías electrónicas. También, aprovechaba para ir actualizándoles su ubicación a los amigos. Todos estaban más o menos a la misma distancia del lugar de encuentro.
Desde la butaca del conductor, Luis podía notar la mirada atenta de adolescentes esperando el colectivo y abrazando a sus novias adolescentes que querían subirse al auto a pasear un poco y no estar bajo las inclemencias del clima. También, Luis podía observar como las mujeres de otros autos lo miraban y como los maridos de esas mujeres miraban a la chica con la que Luis estaba saliendo. Y se sonreía.
Finalmente llegaron, acelerando, cambiando la música, haciendo estallar los vidrios en ritmos diversos. El chicle de la rubia seguía aún sin sabor y seguía aún siendo mascado. Todo adentro del auto estaba oscuro, a excepción del sistema de reproducción que brindaba un espectáculo de luces. Sin embargo, lo que iluminaba el rostro de la rubia era su celular con destellos de nuevos mensajes, a los cual contestaba apretando los dientes y conteniendo carcajadas.
Y ahí fue en que notó que todos se miraban, detrás de las ventanillas. Que algunos habían bajado sus vidrios para prender un cigarrillo o dejar que la música se escuchara para los demás autos o para ambas banalidades. Consultó la hora en reloj digital y aceleró el auto. Estaba ahí, sus amigos también, bajo la misma situación. Nadie podía avanzar. Era una masiva marcha de autos estáticos, con música electrónica o caribeña, con mujeres emparchadas y otros añorando transportar a alguna. Jóvenes que aguardaron la salida del fin de semana desde siempre, atrapados, allí, presos de sus propios vehículos que compraron, motivados por la propaganda de ese muchacho musculoso que maneja en libertad, el pelo al viento, la sonrisa a la vida.
Nadie sabía bien qué había pasado ni cómo. Se comenzaron a gesticular escenarios tales como un accidente automovilístico o quizás maniobras del tren en el paso nivel. Probablemente hubo algún tipo de contingencia en el hospital, perjudicando el normal recorrido de los conductores. Excesivos controles por parte del estado acerca de la regularidad de papeles o el consumo de alcohol. El embotellamiento también puede haber sido provocado por la facilidad al crédito y el viraje cultural-emocional de la juventud hacia los autos y las trescientas cuarenta y nueve cuotas que les quedan por pagar por ese vehículo paralizado.
Las horas pasaban. Los besos ya se hacían más escasos y las exigencias de la rubia se iban acrecentando conjunto a sus reiteradas quejas. Motivado por una regla psicológica de campo ambiental, Luis notó, en un plano inconsciente, que el tono de voz y las gesticulaciones de la rubia eran similares a las de su jefa, en el estudio contable. De tal forma, recordó que pronto se avecinaba el lunes, que pronto tendría que correr por doquier guiado por caprichos de otros. Y que ese momento que todo hacía que valga la pena, se estaba esfumando en los caños de escapes no ecológicos.
Sin querer, como pasa la mayor parte de la vida, el tiempo se fue sucediendo. Destellos de luz del día se hicieron presentes. Otros jóvenes coparon las paradas de colectivos y taxis, en busca del retorno al hogar. La música fue bajando su marcha y las colillas de cigarrillo eran pisadas por todos, sin distinción alguna.
De pronto, el tráfico cedió como la piel de Cristo ante la lanza del destino. Y Luis pudo acelerar, pudo poner primera, segunda, tercera, cuarta, frenar y dejar a la rubia en la puerta de la casa. Aún conservaba entre sus premolares ese primogénito chicle. Hubo sólo un beso insípido de despedida, como de burocracia. Y se apresuró en entrar al domicilio.
Luis llegó a su casa. Entro el auto con cuidado y lo tapó, casi como arropando a un niño. Su padre estaba en la cocina, calentando una pava para el mate. Su madre dormía y se enredaba en las sábanas desgastadas. Luis cayó rendido sobre su cama sin hacer. Se durmió pensando en cuánto tiempo faltaba para el próximo fin de semana, para volver a hacer lo mismo. El auto se había portado bien.

martes, 2 de julio de 2013

Muzzarella media masa

- Y así es, Patricia, así son las cosas para mí.
Patricia me miró extrañada, frunciendo el entrecejo y… No, en realidad no me miró. Quiero creer que me miró y que fruncía el entrecejo por algún proceso mental que le exigía concentración, un esfuerzo descomunal. Pero no. Patricia no me miraba, estaba distraída, observando su reflejo en el espejo que estaba por detrás de mí. Estábamos en Las Cuartetas donde la muzzarella se respira, donde los mozos parecen eternos, con la postura de los doce apóstoles. Y es de común sentido que en Las Cuartetas hay espejos sobre una pared, antes de llegar a la parte final. Y sí nadie lo sabe, bueno, es porque está todo mal. Desde la educación de los chicos, con esos manuales santillana o kapelus donde le dicen quién fue Sarmiento o cuándo empieza el otoño o por qué los cuentos tienen introducción, nudo y desenlace. Todo eso le dicen y no les cuentan cómo duele amar a alguien que no los ama. O por qué van a trabajar toda su vida para los sueños de otros, olvidándose de los propios. O no, nunca, no, no le dicen que la maestra se coge al profesor de educación física antes de las reuniones de padres, a veces en el baño de profesores en los recreos y que por eso la señorita llega tarde. Y, mucho menos, que Las Cuartetas tienen mozos bíblicos y paredes con espejos.
Yo no amaba a Patricia. No estaba siquiera cerca de quererla. Pero no tenía mejores planes y ella, bueno, al parecer tampoco. Entonces, ahí estábamos, los dos, eligiendo perder el tiempo de esa forma, el uno con el otro. Siquiera eso teníamos en común.
Quizás por aburrimiento o por sonar interesante o por esas cosas de la galantería de hacer una introducción antes de pedirle que vayamos a un hotel, le expliqué eso de La paradoja, de cómo hay corazones duros, de que podemos correr tan rápido como el perro mitológico y, aún así, no alcanzar lo que queremos. Y, detalle no menor, que podemos alcanzarlo pero, en realidad, no sabíamos bien qué queríamos.
- ¡Miserables! – golpeé con mi puño cerrado el borde de la mesa, haciendo saltar los utensilios. Mi vaso se lastimó al tocar brutalmente contra el plato de Patricia. - ¡Somos unos miserables! – comencé a sollozar. Me quería deshacer en lágrimas. ¿Qué hacía yo ahí? Explicándole a una cualquiera temas que me llevaron noches y noches reflexionar. Y ella tomando lo dicho con las yemas de sus dedos, introduciéndolos a su boca para moverlos de un lado a otro, hasta secarlas, secando mis ideas, y luego escupirlas, como esos carozos de aceitunas que dejó abandonados al costado del plato. La boca de Patricia aceitosa, la mirada extraviada, la vida en otro lado.
Ella, sin decir nada aún, me sirvió una porción de pizza. Muzzarella media masa. Brillaba la porción tal si fuera una de las tablas que dios le dio a Moisés en aquel monte. Yo quería correr de ahí, llevarme a mi paso el mundo, salir a Corrientes y fumar, parar en una esquina para ver cómo un viejo de setenta años acaricía la cintura de una pendeja de veintitrés, envuelta en un tapado, perfumada con tintes europeos. Vaya a saber por qué, me quedé, casi paralizado, aplastado en la silla gastada.
- Come. – dijo Patricia. – Dale que se enfría. – y sacó un nuevo carozo de su boca.
Corté la porción y mastiqué. Algo sucedió ahí. Algo que no sabría explicarlo de otra forma, sin ninguna metáfora, sólo tal como sucedió.
No sé cuántas pizzas harán un sábado por la noche en Las Cuartetas. De muzzarella, quizás, arriesgo, unas doscientas o trescientas pizzas, por estimar algún número. Algo sucede con la pizza si uno presta atención. Por debajo, la masa suele estar semi dorada, un tanto dura. Por la superficie, en ese maremoto de muzzarella, el queso se quema, se funde, es impresionante. Sin embargo, en el medio, donde se junta queso/masa, bueno, ahí el calor no alcanza a ser justo, no cocina del todo al compuesto. Ahí, la masa es blanda, blanca, no cruda pero suave, calurosa como el abrazo de una madre. Y, también, la muzzarella es amarilla, casi blanca como la masa, tierna como caricia de enamorado.
Ahí, justo ahí, está el nexo de todo, la función de todo.
Más allá de lo duro de las superficies, de la corteza, el centro es tierno, mágico, esponjoso de sensaciones.
Así, pensé, deben de ser los corazones más nobles.
Finalmente, le agradecí a Patricia por su compañía. Ella sonrió y se acomodó un mechón de pelo que yacía sobre su frente. Su boca brillaba y tuve que contener fuertemente mis ganas de besarla.

viernes, 28 de junio de 2013

La paradoja

Laelaps era un perro mitológico. Supuestamente, Zeus le regaló el perro a Europa y ella lo cedió a su hijo Minos, quien lo dio en cuidado a Procris para pasar a ser, más tarde, propiedad de Céfalo. Laelaps tenía, como principal característica, ser un perro de caza que siempre atrapaba a su presa. Lo extraño fue lo sucedido con sus últimos dueños. Procris y Céfalo estaban enamorados y se habían jurado fidelidad eternamente. Dada una ocasión, Céfalo, como apasionado cazador, se condujo ocho años de aventura para, bueno, cazar y, dato no menor, para probar la fidelidad de su esposa. En determinada oportunidad, Céfalo desconfió de Procris. Por lo tanto, para poner a prueba a su amada, se disfrazó de otro y la sedujo. Finalmente, la conquistó siendo alguien más y la amó bajo los sauces y los ligustros. Más luego, la perdonó hacia sus adentros y todo siguió curso.
Al mismo tiempo, Procris desconfiaba y ponía en tela de juicio la dedicación de Céfalo para con ella, conducida, principalmente, por sus largas ausencias a la hora de cazar. Alimentada por el rumor de un criado, quién le dijo que Céfalo llamaba a Eos para salir, Procris decidió seguirlo. En determinado momento, el cazador llamó a Eos. Escondida detrás de unos arbustos y atenta a lo dicho, Procris salió de su guarida para sorprender a su esposo en la mayor de las traiciones que un enamorado puede acometer. Sin embargo, Céfalo estaba solo, descansando bajo un árbol y cantando un himno. Pero al ser sorprendido por los movimientos y ruidos, se erigió y lanzó su infalible jabalina, matando, así, a su amada.
Céfalo tuvo a su cargo a Laelaps. Cuenta la historia que en un momento, la zorra teumesia estaba ocasionando estragos en zonas de cultivos y criadero de aves de corral. También la zorra tenía una particularidad. Los dioses la habían creado para que jamás sea atrapada. Céfalo, no considerando ello, mandó a Laelaps para que la prenda.
Y ahí ocurrió la paradoja. El perro que no deja escapar a su presa persiguiendo a la zorra que jamás podrá ser alcanzada. El Olimpo entró en una revolución. Zeus, hijo de Crono, decidió, simplemente, convertir en piedra a ambos animales.
Jorge amaba a Mónica. No sabía bien por qué pero no entendía su vida más allá de ella. Como cualquier enamorado, quizás. En ocasiones, sentía su corazón desgarrarse por no poder contener tamaña cantidad de afecto. Sin embargo, Mónica amaba a Otro, un vil tipo que no merecía ni la sombra de ella. Curiosamente, Mónica se hacía de distintas destrezas y habilidades para sentir merecerse alguna muestra de afecto de este Otro espécimen. Y ello, a Jorge, lo mataba cada noche. Ya no comía correctamente, sus amigos habían dejado de llamarlo porque no sabía decir algo más allá de Mónica, vestía desalineado y la barba de días parecía formar parte desde siempre del surrealista cuadro de su cara.
Paralelamente, Valentina estaba perdidamente enamorada, como cualquier enamorado, de Jorge. Trabajaban juntos y desde la última fiesta de fin de año de la empresa, no paraba de pensar en él. Indecorosamente, lo invitaba a salir, a su casa, al cine, al café, a la sala de copiado para revolcarse sobre alguna de las máquinas. Nada le importaba a Valentina con tal de pasar un momento con Jorge.
Y ahí ocurre la paradoja. El hombre enamorado está destinado a jamás conquistar a la mujer amada y, en simultaneidad, no poder darle oportunidad a aquellas que en verdad lo aman.
Y así, quizás como berretines del destino o sacudidas de la suerte, nos vamos encontrando con corazones petrificado por algún amor.

sábado, 15 de junio de 2013

Habitación disponible

Si es de noche, otoño, Buenos Aires, llueve y uno no puede captar la magia o la poesía del momento, bueno, estás muerto. Hay algo de vos adentro que no sirve, algo que falla, que no te permite más. Esto también sucede con otros rubros, como cuando acaricias un seno virgen y no te da escalofríos o te sensibiliza. O como cuando no subís el volumen al instante que se reproduce tu canción favorita.
Bueno, era de noche, otoño, Buenos Aires y llovía. Divisé el letrero de “Habitación dispoible”. Asumí que refería a una habitación disponible pero algún corto circuito o unos focos quemados no permitían que la letra n se luciera. Ya había estado en ese lugar antes, hacía tiempo. Sin embargo, la hostería parecía detenida, como si la hubiesen construido así. Anteriormente, concurrí con prostitutas de minifaldas opacas que ya no tenían el vigor en sus movimientos o el brillo de esperanza en los ojos. Y el hecho de haber asistido en varias oportunidades, me daban la seguridad de conocer ciertos rincones de aquel motel cerca de la autopista. En lo único que podía pensar era en ese cobertizo abandonado, un tanto alejado, que juntaba telarañas en las bisagras de su puerta y tierra en el picaporte, olvidado, como un bunker de la segunda guerra mundial.
El parabrisas del auto totalmente empañado por calor humano y cigarrillos que se entorpecían en el breve cenicero debajo del equipo de audio. El tipo seguía inconsciente, volcado sobre el asiento trasero, cubierto por una manta marrón que, vaya a saberse por qué, yacía olvidada en el baúl, como abrigando a la rueda de auxilio, desde siempre.
Estacioné y apagué las luces. Me dirigí a la recepción para solicitar un lugar donde pasar las horas. Las manos frías me transpiraban y portaba el aroma del humo de tabaco como si hubiese nacido con el. Una chica joven, rubia, de tetas turgentes, sentía perder la vida más allá del escritorio, más allá de la computadora gris que acumulaba tierra y fotos de veranos felices, toda rodeada de tazas sucias de horribles colores. Casi sin gesticular, usando los mínimos movimientos necesarios, me alcanzó un juego de llaves y me preguntó si desayunaría en el lugar. Contesté que no, que antes de las ocho de la mañana me retiraría. Aboné por adelantado y dejé una mísera propina en un tarro de plástico, en un rincón del mostrador.
La iluminación deficiente y la individualización de los asuntos de cada quién, me permitieron desplazamientos libres sin preocupaciones. Tomé al tipo por los hombros y lo conduje, casi arrastrándolo, al cuadrado donde una cama, una mesa de luz chueca, un baño y unas cortinas desde el techo hasta el piso, se conjugaban creando el cuadro naturalista de la habitación. El tipo quedó tendido sobre un piso de alfombras gastadas, que alguna vez supieron lucir un espléndido color rubí.
En resumidas cuentas, ahí estábamos, el tipo y yo, acompañados por una pregunta: ¿qué harías si pudieras matar a alguien sin repercusión alguna?
Me refiero a que nadie se entere, ningún peso de la ley, de la moral, la ética. Ningún reportero haciendo camping en la puerta de la casa. Ninguna revista alimentándose meses con los artículos sobre qué comía los domingos o qué películas miraba el asesino. Nada. La cuestión es tener la decisión, el poder o, como Foucault le gustaba decir, ejercer el poder. Tomar una vida. Ser dios un instante. Respiré. Digo que respiré por una convención de que si uno respira es porque está vivo. No sé bien si yo estaba respirando, si estaba agitado o si simplemente había dejado de inhalar y exhalar aire. Sólo sentía mi corazón latir no tan repetitivo como profundo, como retumbando, impulsando sangre con todas las fuerzas, dejando, bueno, la vida en cada palpitar. También sentía cómo el mango de la pistola glock se volvía más tibio en mi mano.
El peso de un arma cargada y con un silenciador, es incomparable. Uno siente una fuerza objetiva que puede llegar a molestar a medida que el tiempo pasa. Pero, al mismo tiempo, está el peso del destino, de aquel receptor de la bala, del tipo que está en el piso sobre la alfombra, desmayado, como cuando lo encontré detrás de esos tachos de basuras de la ciudad, por la zona de Parque Patricios. ¿Tenía familia? ¿Habrá sido feliz? ¿Cómo se llamaba? ¿Cuándo dio su último beso? ¿Qué comió ayer? ¿Por qué él? Las preguntas pesaban tanto más que las balas.
Deambulé por la habitación. La luz del velador únicamente encendida. Afuera el mundo se debatía en si mismo y parecía que iba a perder. Claro, prendí un cigarrillo. Por un instante, el sonido del fósforo raspando la lija de la caja fue lo único que podría escucharse en la vida, lo único necesario. Sentí que el tipo se movió pero no era cierto. Los juegos mentales, las sombras que se proyectan en la nada misma y esas cortinas detestables, me estaban jugando una mala pasada.
¿Podría quitar una vida?
Apreté el gatillo, apreté los ojos. Sin embargo, el haz de luz librado en la tempestad de la noche encerrada en la habitación, penetró por las pequeñas hendijas de mis ojos, produciendo una especie de flash fotográfico. El cigarrillo rebotó en la alfombra dos veces antes de quedarse quieto y consumirse.

Informe policial.
La señorita Laura Mariel Quiñones, argentina, de estado civil soltera, de veintitrés años de edad, empleada, que sabe leer y escribir, ha escuchado sus derechos y garantías. También se le informa que cualquier información maliciosa, no fidedigna o falsa, conllevarían cuestas judiciales, gravámenes y privación legítima de la libertad. Cuando se le pregunta si entiende lo anterior, afirma que si y declara: que no conoce al involucrado, que no escuchó disparo alguno o discusión previa, que ella lo atendió al llegar y que el sujeto portaba síntomas de ebriedad, por lo tanto ella sólo se limitó a darle un manojo de llaves y acompañarlo hasta la habitación donde el sujeto dio unos pasos hasta desplomarse sobre la alfombra. Que ella intentó ayudarlo pero el individuo tornó su conducta agresiva, insultándola y gritándole que se vaya. Que ella lo dejó solo en la habitación y se dirigió a su puesto de trabajo en la recepción de la hostería.
Habiendo sido testigo de la causa, informa que el cuerpo del sujeto se encontraba sin vida, tumbado sobre la alfombra, cerca de la cama y de un atado de cigarrillos.
Queda a disposición de la justicia una pistola glock con silenciador cargada con nueve balas calibre .45, una vaina de bala del mismo calibre, un vehículo perteneciente a la víctima, una billetera con trescientos cuarenta y ocho pesos argentinos y documentación del individuo afectado.
Con esta información y las pericias policiales, se sustenta la hipótesis de un suicidio premeditado.
La señorita Laura Mariel Quiñones deja sus datos de contacto y firma conforme.


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Gracias, Humberto, por el título.
Claro, no menos, también gracias por los ánimos, las ideas y por hacerme sentir como un par.