miércoles, 31 de diciembre de 2014

Brindemos una vez más

Ir a Villa Gesell ante el cambio de estación, bajo las primeras horas del verano, se había convertido en un cliché que no sorprendía pero que, en caso de su ausencia, podría producir un destajo de soledad. Pasábamos allí las fiestas con dos matrimonios amigos de mis padres, junto a sus hijos con los cuales promediábamos la misma edad. Era la casa de la familia Garmendia. El tipo supo ejercer en aquella época un cargo de funcionario en la policía federal. El hogar se ubicaba en uno de esos barrios que ahora lindan lo privado y exclusivo, entre medio de los pinos que se erigían solemnemente, inconmovibles entre arena y la sal del viento. Una casa de dos pisos y con terraza, íntegramente blanca por fuera, con un camino de piedras minúsculas que rompían  con el color verde musgo del pasto; la entrada para los autos a un costado y una serie de margaritas pintadas con delicadeza que crecían pidiendo permiso bordeando la parte frontal del lugar, antes de llegar a la galería que conduciría a la puerta principal. Un deck de madera sobresalía desde el primer piso, con una mesa rústica y un juego de cuatro sillas del mismo tono que los árboles. Pocos muebles dentro, muchos almohadones de distintos colores y tamaño, los elementos electrónicos mínimos e indispensables. Todo se desarrollaba bajo una óptica minimalista, incluso la distribución de la luz. El susurro de los pájaros era constante, dejando un efecto de musicalización backround a la estadía.
Año tras año el mismo ritual. Llegar, descargar bolsos o maletas, correr tras una pelota, el grito de la señora Garmendia para que no pisemos sus margaritas, el sabor del humo previo a la carne asada, las primeras olas que golpeaban en los frágiles y lampiños torsos y la pregunta típica entre Marcos y yo de por qué Sofía insistía en vestir con la parte de arriba de la bikini si no tenía nada para rellenarla. Luego de los brindis, robábamos un poco de alcohol y nos escondíamos los tres: Marcos, Sofía y yo en el bosque, nos sentábamos formando un semicírculo y nos pasábamos la botella capturada, mientras jugábamos a verdad o consecuencia e inventábamos historias sobre fantasmas en los bosques. Sofía era hija del otro matrimonio, de los Stein. Eso deja a Marcos Garmendia como el hijo de la casa, el niño mimado que siempre tuvo lo que quiso sin más esfuerzo que algún berrinche oportuno, pero más allá de eso era un buen chico, muy ocurrente y el mejor inventor de historias de fantasmas que jamás había conocido. Nos divertíamos entre nosotros y eso era bueno.
Hasta que un verano, sin quererlo, crecimos. Por mi parte, ir a natación desde niño, generó que mi espalda se ensanchara y se pronunciaran mis hombros, sumado a ganar altura propio del estirón de la edad. Además, algún cambio en la tonalidad de la voz y la aparición de vellos en aquellos lugares donde antes solían ser llanos. También noté cambios parecidos en Marcos cuando llegamos a Villa Gesell. Estaba más alto y un tanto más serio que antes. Lo sorprendí al llegar cuando se encontraba leyendo un libro en una hamaca paraguaya al costado de la casa. No notó mi presencia hasta que sacudí un extremo de la lona. Dejó la lectura para estrecharme en un abrazo y aprovechamos el momento para ponernos un poco al día. No pasó mucho tiempo hasta que el auto de los Stein se sintió crujir ante la gramilla del camino. Y fue cuando la vi descender a Sofía cuando en verdad comprendí que eramos distintos: un par de largas piernas firmes como roca, la cintura mínima que conducía a notar su ombligo que se asomaba por una remera corta, la misma que vedaba el acceso a la piel de unos nuevos senos que no estaban allí una temporada atrás. Nuestras caras no encajaban en el asombro. Intentando disimular, nos acercamos a saludar y ayudarlos a descargar el auto.
La playa de noche tiene una suerte de distinción no comparada con otros lugares. Veamos, durante el día, la costa es un tumulto de gente, de idas y venidas, ruidos, el mar atestado de cuerpos, niños que se pierden, vendedores de comida, de indumentaria, de accesorios, viento, pelotas, calor. Pero cuando cae el sol y gana la noche el horizonte, todo se vuelve calmo aunque sigue retumbando en uno mismo el grito sonoro del murmullo de lo colectivo, pero parece que la arena descansa, que el mar suspira, que el muelle se puede relajar para mirar unas estrellas y las nubes pueden flotar sin ser injuriadas. Y caminar por las orillas, bañarse los tobillos con el mar, las huellas que se dejan detrás en la arena húmeda, por más que sea un acto ritualista, adquiere una nueva significación cada noche, más allá que sea repetido una y otra vez. Y así lo hacíamos los tres. Caminábamos toda la madrugada, hablando o fumando, o las dos cosas al mismo tiempo. Habíamos crecido y no nos habíamos dado cuenta. O eso es lo que creía. Sucede que en la bisagra de la edad, ese momento que se brinda del pasaje entre la niñez y la adolescencia, se producen ciertas confusiones. Me refiero a que se entrecruzan las decisiones e ideas maduras y responsables con los berrinches y deseos de niño. A modo de ejemplo es como aquellas situaciones donde se reúne toda la familia y en una punta están todos los hombres adultos y en el extremo opuesto los niños; luego, existe un adolescente que si es sentado con los adultos se aburre por no poder calar dentro de la conversación pero si es sentado cerca de los niños se aburre por haber ya transitado por los chistes y los goces de los pequeños. Es un limbo, sí, esos momentos son un limbo.
Y fue así como viví los primeros minutos del año nuevo. Un limbo. Luego de cenar, del brindis, de los abrazos y los buenos deseos, cumplimos con la tradición del llevarnos alcohol y sentarnos en el bosque en nuestro semicírculo. Pero en un primer momento, estábamos sólo Sofía y yo, lo cual nos pareció extraño ya que siempre había sido Marcos quien nos esperaba. Dada las circunstancias, comencé a hablar con Sofía y noté que era muy interesante. Me contó sobre sus deseos de estudiar cine pero no para ser actriz sino para estar detrás de una cámara pero le estaba costando trabajo convencer a sus padres sobre sus sueños. Luego, comenzó a nombrarme cineastas italianos que habían motivado su pasión: Rosellini, Fellini, Visconti, Antonioni. Increíble, pensé, tan hermosa, tan apasionada y tan culta. ¿Cómo pude crecer junto a ella y encontrarme con otra persona en este momento?
Fue en ese instante donde sentimos las pisadas. En un primer momento, el susto se apoderó de ambos y Sofía se acurrucó junto a mí. Aunque al no pasó mucho tiempo y caímos en cuenta de que seguramente era Marcos que venía ambientando algún cuento de fantasmas. Efectivamente, era él quien se acercaba pero no traía consigo ninguna historia sino que portaba en su mano izquierda la pistola Colt calibre .45 que su padre solía llevar. Noté en sus ojos una suerte de extravío, acompañado por una sonrisa torcida un tanto macabra. Sin mediar palabra, hizo un gesto con el arma para que nos separemos. Sofía comenzó a reír y a decirle que deje eso, que ya estaba bien. Pero Marcos no bromeaba. Continúo con el gesto hasta que nos separamos uno del otro. Y extendió firmemente su brazo, su mano, el arma, en dirección a la frente de Sofía. Unos tres metros mediaba entre ellos, suficiente para que el recorrido del proyectil haga estragos en la pequeña Coppola. Luego, Marcos me miró a mí y extendiendo su mentón, entrecerrando sus ojos, pidió que me vaya hacia otro lado.
Me adentré al bosque y comencé a caminar, acompañado de un sudor frío que se hacía presente en mi frente y espalda. En un punto, algo cansado y confundido, me eché contra un árbol y dejé brotar unas lágrimas. No sabía bien qué estaba sucediendo ni qué tenía que hacer. La arquitectura del tiempo pareció desgranarse en ese mismo instante y pude sentir el peso de la adolescencia, de la niñez, de la vida adulta, de la ancianidad, sobre mis hombros. Lo era todo y lo era nada. Comprendí que debía volver por Sofía.
Sin embargo, al llegar, los dos estaban sentados uno frente a otro, sin hablar. Sofía era quien portaba la mirada extraviada ahora pero triste también, mientras se tomaba sus piernas, encorvando su espalda, en el fino acto de simular ser un ovillo. Por su parte, Marcos bebía de una botella trasparente y, entre sorbo y sorbo, ojeaba el arma apoyada sobre el suelo. Tan sólo atiné a sentarme junto a Sofía quien, reticentemente, rechazó mi contención. Y ahí estuvimos un buen rato los tres. Sin hablar, obnubilados en nuestras cavilaciones, suspirando y acurrucados por el suave desliz del mar.
Marcos nos hizo jurar jamás hablar sobre ello y hasta ahora nadie ha dicho nada. Los veranos dejaron de ser los mismos desde aquella vez. Habremos concurrido una o dos veces más a la casa minimalista de los Garmendia y luego cada uno de nosotros comenzó a decidir con quién pasar las fiestas. Y así, estimo, hemos intentando olvidar el asunto. Pero cada vez que me quedo solo, pasada la primer media hora de cada nuevo año, me es inevitable pensar en lo que pasó, en lo que habrá pasado, las cosas a las que se han visto sometidos por las circunstancias, esos deseos de vivir de la adolescencia con la ineptitud de ser aún niños. Y es allí cuando me invade ese aroma al pinar y, al mismo tiempo, los labios se me resecan como envueltos por el aire salado del mar, no puedo evitar pensar en Sofía, pequeña Coppola.



viernes, 28 de noviembre de 2014

De uno a otro

Qué le vamos a hacer, che. Las cosas se dieron así y acá estoy, escribiendo, cosa que no hacía hace rato y que jamás pensé en hacer. Es que siempre hice otra cosa, algo más, salía con los muchachos, jugaba al fútbol, si me vieras jugar al fútbol... Pero tampoco soy un bruto, eh, que quede claro. Pero si que me cuesta esto, che, si que me cuesta. Y no lo pienses que es porque no lo siento o porque me va y me viene sino que es difícil y más cuando no la esperas así, que las cartas se barajen así y que te toque bailar con las más fea, porque si lo esperas, bueno, algo te animas a hacer, a más o menos tener un plan, saber a dónde disparar. Pero no, viejo, no, la vida te viene así, de frente y porrazo te encontras con todo golpeándote la puerta hasta tirártela abajo, saltando los paredones de la rutina, algo nuevo que se te viene encima y ahí te quiero ver. Porque no todo es bueno, che, y eso te quiero decir, no todo es bueno.
Yo hice todo lo que tuve para hacer y con aciertos y desatino, no me quejo de lo me tocó. Pero hay cosas que te demuelen de a poco. Y quisiera que la vayas evitando o que la puedas identificar cuando te veas triste y desorientado como me he visto yo. Ya ves, la experiencia es un peine que se te da cuando te quedas pelado y el orden de las cosas se te caga de risa. Entonces lo que te decía es que hay cosas o situaciones que te van a amargar. De ahí te tenes que alejar, la cuestión es intentar ser feliz la mayor cantidad de veces porque si bien ser feliz es algo cualitativo también es cuantitativo. No basta ser feliz una vez con el calor intenso del fuego cuando el hielo frío de la tristeza se va licuando en la dialéctica de todos los días. Y eso también es muy importante: cuando estés triste, está triste de verdad, con el llanto, con el dolor en el pecho, con las ganas de volver a nacer en cada momento; porque en la tristeza uno puede mejorar, uno se puede poner en contacto con lo más recóndito de sí mismo y saber qué quiere. Una vez me dijeron que estar triste o jugar a estarlo, es un tanto peligroso, como un oso que amigablemente se acerca hasta pararse en sus dos patas traseras para darte el zarpazo en la jeta y dejarte pagando, con el culo pegado al piso y no te podes levantar más. Está bien estar triste en la medida que entiendas que es para estar feliz. Porque todo tiene su contradicción, ya verás, todo tiene su ying y yang.
Y jamás le tengas miedo a amar. No seas tibio, no quieras midiendo lo que das y lo que te brindan. Deja todo por amor, jugatela en cada instante por lo que en verdad aviva tus fuerzas. Enamorate, enamorate como un cretino, como un loco, como un desquiciado que lo único que sabe hacer es amar. Aunque tampoco es una cuestión de ir dejando el corazón como propina en cualquier lado. Y nunca pero nunca busques la felicidad en otra persona. La felicidad es propia de uno mismo, de la comodidad que existe en lo que se hace y piensa, en la coordinación de ambas acciones. No creas que la pareja es un complemento o alguien que es necesario. Sólo vos mismo sos necesario para vos mismo. Las relaciones están hechas para ser construidas todos los días, compartiendo la felicidad propia y creando el vínculo de compañerismo con quien compartir hasta los silencios más incómodos bajo la comodidad del corazón bien ubicado. 
No permitas que el dinero marque tu destino. Que un trabajo o profesión sea la cual te dictamine qué hacer y cómo hacerlo. La plata está en las manos de la Iglesia, las putas, los políticos, los narcotraficantes y los peluqueros. La vida es vivir de lo que realmente gusta, de sentirte con ganas de levantarte de tú cama para ir a tu empleo o tu trabajo. No importa el valor monetario: de nada te servirá ganar millones cuando realmente no eres feliz. Lo que ganas por recibo de sueldo lo terminarás gastando en médicos y laboratorios por enfermedades que vas a inventar todo los días. Lo ideal sería vivir de tú pasión, de lo que te da energías o aquello por lo que dejarías todo. No lo pienses, largá todo lo que estés haciendo y partí a ese destino. Nunca en la vida te lo perdonarás si no lo haces.
Escucha buena música y lee buenos libros. Te van a demostrar sentimientos que quizás creías ocultos y estructuraran ideas que no podrías expresar estando alejados de ellos.
Y me encantaría poder decirte más pero tenes que vivir. Sólo hace lo que tengas ganas de hacer, jamás te conformes y lucha por ser lo más libre posible. Que nunca te definan nada, como yo lo hago aquí. La vida se construye a cada segundo y sólo ahora lo acabo de entender. No sabes cuánto quisiera decirte todo esto cara a cara, convidarte con un mate y mirar a la nada mientras te hablo. Pero la pucha que es vueltera la vida, eso sí agendalo, es vueltera. Y ni siquiera te conozco los gestos o cómo podrías reaccionar. Ni acariciarte he podido o tenerte entre mis brazos. Es que morir te priva de tantas cosas, nene, de tantas cosas... Quizás me veas en fotos y te van a contar mil anécdotas de todas las que pase. He vivido, pibe. Y así espero que vos lo hagas también.

lunes, 3 de noviembre de 2014

El sabor de todos tus miedos o el equilibrio de las cosas

Una vez más pasar por la vieja puerta alta, de madera, de pintura gris y descascarada. Y luego esperar. Sentado. Vitrinas tras vitrinas a su alrededor exhibiendo libros aún más viejos que la puerta, trofeos de un brillo opaco, fotografías grupales de distintos años, los mismos profesores que se sucedían en cada grupo, al ritmo del paso del tiempo, perdiendo cabellos, ganando peso, las caras que anteriormente eran todas sonrisas se iban transformando en profundas ojeras y entrecejos marcados. Y podía verlos fumar más allá de la vieja puerta alta, alejados de los alumnos, bebiendo café, mirando continuamente las agujas del reloj, esperando algo.
Mediados de junio y ya cuenta con diecinueve amonestaciones, piensa. ¿Cuántas serán esta vez? ¿Dos, tres, cuatro? Eso complicaría el resto del año. Pero la satisfacción no podría ser mejor. Entre la angustia de sus pensamientos y el condicionamiento que tendrá hasta el próximo ciclo lectivo, se le escapan sonrisas, se frota sus manos una con otra, sus rodillas tiemblan y recuerda lo que hace minutos acaba de pasar. Tres precisas trompadas que voltearon a Pacheco. Tres preciosas piñas que lo dejaron atontado, ensangrentado, con los lentes por el piso y las monedas para golosinas a disposición. Aún siente en sus nudillos, de la mano derecha, la piel de Pacheco hundiéndose y cediendo al empuje de la fuerza concentrada.
Entra a la oficina del director, barbudo, con el pelo casi gris, un chaleco de lana y una camisa cuadriculada pegada en la piel. Hay olor a cigarrillo y café, la luz entra por el lado izquierdo del recinto provocando que sea innecesario encender algún foco artificial. Toma asiento y su corazón late tan fuerte que bajo el debido silencio, se puede escuchar su galopar.
Ése fue un recuerdo marcado en las antípodas de la mente de Ernesto. El colegio normal cuatro, la primaria y la secundaria allí. No fue un alumno brillante, tampoco un repetidor. Un simple y común transeúnte más que ocupó pupitres, rindió exámenes, trabó amistades y se enamoró. Claro, era inquieto también. Llegar a pelearse era una actitud de él ante la vida. Su padre le pegaba, su hermano le pegaba, él debía pegarle a alguien más, el equilibrio de las cosas. Y Pacheco padeció su forma de desenvolverse. Pacheco, de hombros venidos hacia delante, el pecho hundido, con abundante cabellera negra y la piel blanca como un resplandor. Era estudioso y no le gustaban los deportes, no jugaba al fútbol y prefería quedarse leyendo en las clases de educación física antes que correr alrededor de una cancha o tras una pelota. Y le llovían las trompadas por ello, por ser distinto. Fue un suplicio aquella época.
Pero cuando vio la radiografía, no la entendió. No era como siempre salían, como es la costumbre ver. No se distinguían muy bien las costillas, el esternón o las mismas clavículas. Pensó que quizás existía un error. Revisó el nombre que figuraba en el sobre de papel madera que le acabaron de entregar. Sí, Ernesto Chazarreta. Era de él. No es nada, seguramente, le dijo su esposa cuando notó el rostro de Ernesto. Y aún le quedaba ir a trabajar, ir a la fábrica, comenzar con dos semanas de turno noche, luego volverá a dos semanas más al turno mañana y así serían los ciclos hasta que se jubile o renunciara o, en un noble acto, se matara. No te preocupes, Ernesto, vas a ir al médico y él te va a saber decir qué tenes y te va a dar más estudios para hacer, no es nada. Y Ernesto fue al médico, a los médicos porque tuvo que ir a cientos para hacerse a la idea que el cáncer se encontraba ramificando por sus pulmones, de la misma forma que los árboles arman sus copas de hojas verdes. No había opción, debían operar.
Bien, contá de veinticinco hacia atrás, ¿entendes? Sí, veinticinco, veinticuatro, veintitrés, veintidós, veintiuno, veinte, dieci, dieciocho, diecisie, diecis, quin... Revisen la presión. Estable. Revisen la frecuencia cardíaca. Estable. Cortemos. Ahí está. Dios, qué desastre. Acá, presiona acá, bien, ahí. Un poco más. ¿Presión? Estable. ¿Frecuencia? Estable. Bien. Pueden irse un momento a descansar, voy a coser. Sí, me las arreglo solo, no hay problema. Los llamo, en dos minutos pueden volver. Vayan.
Ernesto, Ernesto. Podes despertarte, Ernesto. Estás bien, todo salió bien, vamos Ernesto, desperta. Su esposa le mordía el oído a palabras para que despertara. La operación fue un éxito. Seguirían análisis, quimioterapia, procedimientos, controles, dietas liquidas. ¿Qué? ¿Estoy bien? ¿Salió todo bien? Ernesto sonreía al hablar, aliviado. Sí, Ernesto, todo salió bien. Apoyado en el marco de la puerta, se erguía con un metro ochenta y tres centímetros el cirujano. El ambo verde, cabellera abundante y negra. Estuvo todo el tiempo con vos, Ernesto, ha sido una maravilla, si lo hubieras visto cómo se desvivió por atenderte Ernesto, si lo hubieras visto. Está bien, señora, es mi trabajo, además, a Ernesto le guardo un especial aprecio, ¿o no, Chazarreta? Ernesto estaba confundido. El dolor, el primer despertar, desnudo tras una fina gasa como sabana, el pecho que parecía de alguien más. Y lo pudo ver. Pacheco frente a él, a él caído en una cama, con vida gracias a Pacheco. Quiso agradecer pero las palabras en su mente no se hacían eco en los movimiento de su lengua. Está bien, Ernesto. Descansa. No tenes nada que agradecer. Además, ahora, sí, ahora si estamos a mano, dijo Pacheco. Y desapareció.
Luego, la vida de Ernesto no tuvo mayores inconvenientes. Vivió sin problemas tan sólo con las restricciones de salud que implicaron la operación. Pero siguió visitando médicos, pidiendo órdenes para verificar su cuerpo mediante radiografías, electros, resonancias, etcétera, etcétera. También buscó a Pacheco para saber qué fue aquello de quedar a mano, qué había hecho con él. Eso le preocupaba, por eso continúo con exámenes por el resto de su vida, para saber qué hizo con él.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Tripalium

Nunca nos habían querido llevar de excursión en el colegio. La explicación era sencilla: no podían garantizar el bienestar de todos los alumnos. No éramos peligrosos pero cuando algunas mentes se juntaban, bajo las circunstancias debidas, podían producir escándalos. Tal es así que mi madre se ha visto envuelta en distintas explicaciones ante directivos de la institución acerca de mis comportamientos. Ella luego me preguntaba, aunque ahora pienso que se lo preguntaba para sí misma, cómo era posible que haga todas aquellas maldades siendo que, cuando estaba solo en casa o me dejaban en casa de la abuela, no tenía más caprichos que los comunes a todos los niños. Continuaba ella, con la mirada triste, por qué no fui más como mi hermana que me llevaba dos años y que devoraba libros tras libros y que podía hablar con los adultos como un par más entre ellos. Yo le contestaba a madre que Corina no sabía nada de nada, que jamás supo treparse a un árbol o conocer cuáles son los verdaderos escondites en la quinta del abuelo. Mamá sonreía en esos momentos pero luego se angustiaba al notar que las agujas del reloj avanzaban y que papá llegaría en cualquier momento y tendrían que hablar sobre la cita en el colegio o alguna amonestación en la libreta de comunicados. Mi padre era un hombre rudo, criado con indiferencia y distancia de su propio padre, acostumbrado a guardar silencio y emitir las palabras suficientes en cada momento. Tenía la mirada constante y fría, certera, velada para aquellos que la observaran. Madre temía que llegara porque ambos sabíamos lo que iría a suceder. Y para mí, eso era lo peor. No importaban los azotes o los puñetazos sino aguardar todo el tiempo aquel que transcurría entre saber que iba a ser reprimido y el impacto del primer golpe. Era allí donde la mezcla de ansiedad, angustia, arrogancia, tristeza y dolor se entremezclaban en la penosa espera; una vez que llegaba la primera trompada o el látigo del cintazo, era cuestión de aguantar un poco, ahogar las lagrimas y morderse los dientes para no gritar. Las heridas se curaban, eso no me preocupaba,
Pero un día, cierto día, la maestra se paró frente al curso entero, un aula repleta de veintiséis varones que aún no llegaban a la pubertad, para anunciar que iríamos al museo de ciencias a visitar una exposición. La excepción se debía a que, por unas semanas, estaría a vista de todos unas reliquias egipcias que provenían del british museum. Todos comenzaron a festejar porque un día de excursión significaba no ir a clases y poder jugar a la pelota en alguna plaza del centro. Cuando se lo conté a mi madre, pude distinguir en su rostro una mueca de amargura, a la cual respondí con la promesa de que me portaría bien.
Llegado el día, hice todo a mi alcance para evitar problemas y, a decir verdad, no fue muy difícil. Quedé fascinado con aquella exhibición. Estatuillas de oro, acre, arcilla, adornadas con colores de la gama del azul, cientos de dibujos que en realidad tenían un significado como las letras que nos enseñaban a escribir. Nos hablaron de algo que llamaban mitología y nos reímos de los dioses con cara de perro o cabeza de halcón. Pero algo llamó mi atención más que otras cosas: en el centro, se encontraba un ataúd con alguien muerto y vendado dentro, y más allá, junto a un rincón poco iluminado, se sucedían una serie de esculturas de igual forma que el sarcófago pero de unos treinta centímetros de alto. Eran todas iguales, con inscripciones, donde algunas cargaban con unas bolsas y otras con una especie de palas y canastos. Parecía un ejército de muertos, iguales, indefensos pero listos para toda acción. Una especie de letrero negro con letras blancas decía que eran Ushebti y que contenían espíritus que trabajarían para la persona del sarcófago en la otra vida. Ello quería decir que su razón de ser era trabajar para alguien más. Ese razonamiento quedó resonando en mis pensamientos y decidí guardarlo para contarle a papá tan pronto llegue a casa. Asumí que se pondría orgulloso de mí que haya aprendido y llegado a un razonamiento, y que le contaría a mamá para que no se preocupara que no leyera tanto como Corina porque podía saber igual que ella cuando yo quisiera.
Al llegar a casa, corrí directamente a brazos de mi madre y le conté lo bien que me había portado y que había conocido a una niña de otro colegio con los rizos dorados que rebotaban en sus hombros y que su risa resquebrajaba ese silencio espantoso del museo de ciencias; también le pregunté cuándo vendría mi padre para contarle lo que vi en el pabellón egipcio. Ella me miró, mientras revolvía una olla hervida, y acarició mis enredados cabellos. Dijo que podía salir a jugar hasta que este la cena pero que antes me fijara cómo estaba Corina en la habitación. Renegué de este último pedido de mi madre porque pensé que Corina estaba haciendo todo lo que hacía para fingir y escaparse del colegio, pero tuve que ir de todas maneras a ver cómo estaba. La encontré acostada, con el pijama aún puesto y leyendo de un libro grande como todo su pecho. Estaba más pálida que lo habitual y corría las páginas con pausa y sin fuerzas. Pregunté cómo estaba esperando que ella haga lo mismo y contarle acerca del museo de ciencias; sólo contestó que se sentía débil y que no la moleste. Al instante, me enojé con Corina por ser tan egoísta como era, aunque no entendía bien lo que quería decir esa palabra, y cerré de un golpazo la puerta para bajar corriendo por las escaleras y darme a la calle. Mi madre gritó para que dé explicaciones de por qué reaccioné así pero era demasiado tarde: ya había cruzado el umbral de la puerta. Corrí hasta la esquina a buscar a los muchachos pero la calle estaba desierta. Oí risas y crujidos de bicicletas a unas cuadras de distancia y decidí dirigirme hacía allí. Sin embargo, mi plan se vio truncado al encontrar a mi padre cruzando la calle. Me tomó por la solapa de la camisa, conduciéndome así hasta la casa. No medió palabra alguna conmigo. Noté en sus manos el olor a tierra y aceite que, por más que frotara sus dedos con agua y thinner, permanecía allí impregnado en la piel debajo de las uñas y en los pliegues de las articulaciones. Soltó de mi solapa una vez que estuvimos dentro de la casa y sin hablarme señaló hacia mi cuarto para que me encierre allí. Nuevamente se arrimaba esa agonía hasta que lanzara el primer golpe. Llegué corriendo a la habitación mientras papá hacia lo propio detrás de mí. Abrió la puerta para luego sacar su cinturón del pantalón que comenzó a deslizarse de su cintura hacia abajo. Sólo me golpeó dos veces en la espalda y se marchó. Aguanté los golpes sin botar una lágrima para luego quedarme sentado en mi cama, observando la marcha lenta de mi padre hacia el cuarto de Corina. Pude escuchar que la saludaba con un beso y que conversaron un poco sobre algo que no llegué a percibir. Escuché un nuevo sonido de labios que quizás papá le habría dado en la frente a Corina como solía hacerlo al despedirse de ella. Luego, reapareció en mi habitación, de frente, erguido debajo del marco de la puerta aún abierta. Lo encontré gigante, ocupando la abertura con su espalda ancha y los hombros huesudos. Sin embargo, lo noté no tan recto como siempre, estaba medio encorvado y las venas de sus manos no resaltaban como solían hacerlo. Tenía una mirada cansada, no aquella intimidante de siempre. Su respiración se entrecortaba y hasta se podía oír los murmullos de los órganos dentro de sí. Sin decir nada, se marchó hacia la cocina donde estaba mamá y hablaron entre ellos. Por mi parte, el cansancio del día me venció y me recosté en la cama hasta que el ruido de la puerta principal de la casa me despertó súbitamente. Corrí hacia abajo, aún en la vigilia de los sueños, y encontré a mamá sola en el comedor. Pregunté dónde estaba papá para contarle sobre mi día pensando que con ello podría recomponer lo sucedido pero mi madre me respondió que fue a trabajar nuevamente, que papá aún no ha descansado.



domingo, 14 de septiembre de 2014

Con la sangre fría

Los almuerzos gratis no existen.
Milton Friedman.


La yerba lavada daba vueltas dentro del jarrito que oficiaba de mate. El agua estaba caliente aún, ninguno se miraba directamente a los ojos y un hilo de silencio se entrecortaba en cada sorbo. Promediaban las cinco de la tarde de un martes. Toda la madrugada y la mañana de aquel día había llovido copiosamente, inundando calles y veredas. La lluvia había cesado alrededor del mediodía y un viento frío mecía las copas de los árboles deshojados. El invierno pasó sin muchos ecos y septiembre se asomaba tímidamente. Aldo tosió, encorvándose en la silla de madera en un acto de expulsar lo que dentro contenía y producía su malestar. El Negro lo miró más allá, en la punta de la mesa sucia y desordenada mientras se cebaba un mate más. Aldo paró de toser y se hizo el silencio nuevamente. Luego, se levantó hacia la heladera Siam que solía ser blanca pero el tiempo azotó sobre ella dejando vestigios óxidos sobre su robusto cuerpo; de ella tomó un sorbo de agua que contenía una botella plástica y acompañó el acto junto a la dosis de pastillas que debía tomar, que reprimían sus deseos de todo. En una ocasión, uno de los últimos médicos que lo vio, le dijo que debía tomar esas pastillas de por vida y que, seguramente, tendrían que ir aumentando la dosis acorde pasen los años porque el cuerpo se acostumbra y ya no hace el mismo efecto, no causa nada. "Como el matrimonio", dijo el doctor aquella vez, riendo, buscando quitarle seriedad a la situación pero Aldo no había respondido, ni una mueca. Luego de ese comentario, el profesional le dijo lo que hacen las drogas aquellas: reprimen deseos, todos los deseos que se van más allá de los límites controlables, que saltan a las superficie y atentan contra uno mismo o contra los demás, permiten que no mates, hacen que no te mates, confesó el médico. Y Aldo tomaba esas píldoras que lo derrumbaban en la cama, paralizaban su cuerpo mientras se sucedía una vorágine de situaciones, de personas, de elementos en su cabeza, y gritaba hacia dentro, a veces a toda voz. Pero se fue acostumbrando, Aldo, al efecto. Y cuando abrió la heladera y tomó el agua y junto a ella las pastillas, sólo sacudió la cabeza y tanteó la parte superior de la Siam para manotear el atado de cigarrillos. Encendió uno y volvió a sentarse en la silla, encorvado, sus codos hundiéndose en los muslos.
El suave murmullo de Aldo, su respirar taciturno y entrecortado, que bramaba desde entre las manos grandes y pesadas, las cuales parecían sostener su cabeza, llamaron la atención del Negro, quien se estiraba en la silla rascando su barba crecida.
- ¿Qué te pasa, pelotudo? - dijo el Negro, tanteando un escarbadientes en la mesa.
- ¿Cómo pudiste, hijo de puta? ¿Cómo pudiste? - lloraba Aldo. Un hombre de casi dos metros, con las manos capaces de estrangular un caballo, la espalda ancha como una puerta, lloraba botando mocos, tomándose de las sienes. - Sos una mierda, siempre lo fuiste...
- ¿Qué mierda querías que hiciera, me queres decir? Y mírate a vos antes de decirme mierda a mí, eh. Bastante problemas trajiste a esta casa como para hacerte el desentendido, ¿o no, loquito? - ese loquito, como lo pronunció el Negro, retumbaron en los oídos de Aldo, desenredándose la palabra en sílabas: lo-qui-to, produciendo que cada sílaba golpearan en el pecho de Aldo, acelerando los pasos de su corazón.
Las manos pesadas, los nudillos huesudos, se abrían paso desde el humo del cigarrillo. Aldo comenzó a temblar. Sentía la contracción de cada uno de sus músculos, de cada uno de sus órganos comos si éstos estuvieran cambiando de lugar dentro suyo: el corazón donde estaba el estómago, los riñones por donde estaría el páncreas, los pulmones colocándose cerca de la vejiga, los intestinos llegando a la garganta. El Negro lo veía transformarse, sólo faltaba un último empujón para que se descontrole y así conducir la situación a los anaqueles de su plan.
- ¿Querés saber por qué lo hice? ¿Eh? ¿Querés saber? - para este momento, el Negro yacía parado al costado de Aldo, susurrando en sus oídos aquellas palabras, provocando, viéndolo contorsionándose, luchando con sus monstruos internos en la guerra de todos los días.- Tan fácil, Aldo, tan fácil. ¿Acaso no te lo imaginas? Por la casa, querido, por este terreno de mierda y las cuatro chapas que ves alrededor. Ya no lo aguantaba, no se moría más. ¿O me vas a decir ahora que vos lo querías? ¡Ja! Si te he visto mordiéndote los labios cada vez que él venía con tus pastillas para medicarte.
- No tenías derecho, él nunca te hizo nada, nunca le hizo nada a nadie - la saliva se amontonaba en la boca de Aldo, - Y no digas eso, él me cuidaba cuando yo no supe cómo hacerlo, él hizo todo por mí. Y por vos también...
- ¿Qué? ¿Qué me estás diciendo? No me hagas reír... ¡Si me echó de esta casa! ¿Acaso no te acordas? Amenazó con llamar a la policía y tuve que salir rajando porque hizo venir a ese milico de mierda que vive en la esquina. Además, Aldito, mucho no le quedaba, sólo fue un empujón hacia lo inevitable... - rió el Negro, con la sangre fría de los mejores ajedrecistas.
Aldo se paró, corriendo hacia la heladera y quitando al Negro y su macabra sonrisa del camino. Busco las pastillas y masticó todo un blister. El temblequeo constante dificultó que pudiera abrir la heladera y tomar nuevamente agua. Era todo nervios y vida, que se representaban delante de la pulsión de muerte escondida en él.
- Lo hiciste mierda, Negro, mierda lo hiciste - sollozaba Aldo. - Lo cagaste a trompadas al pobre viejo, a tú propio padre... Si le hubieras pedido algo, te lo daba todo, ¿nunca lo viste? Te adoraba, Negro, te adoraba. Y jamás supiste por qué te echó de la casa, jamás te dignaste a saberlo... ¡Te estaban buscando, flor de hijo de puta! ¡Te querían matar! Y papá, con el dolor en el alma, te corrió... Vos no sabés cómo lloró el viejo esa noche, vos no sabes...
El Negro no había previsto esa maniobra. Pero era tarde para repensar un plan. Aldo se abalanzó sobre él y hundió su puño derecho en la boca del hermano. El Negro cayó al piso y del bolsillo de su campera, se desprendió la caja de las medicinas de Aldo: las había cambiado. Todo formaba parte de su coartada: el hermano loco habría golpeado al padre y dejado de tomar sus pastillas, él lo estaría cuidando pero la cosa se descontroló y no le quedó más remedio, con el fin de salvaguardar su vida, que matarlo.
Mientras el Negro yacía en el suelo, junto a la puerta que daba al patio trasero, Aldo quedó paralizado al ver sus pastillas que brotaban de las vestiduras de su hermano. ¡Hijo de mil puta!, gritó Aldo  al mismo tiempo que tomó un cuchillo de la cocina con el que cruzó el pecho del Negro, rompiendo su camisa a cuadros y haciendo brotar un hilo de sangre por donde acababa de danzar el filo de la hoja. Confundido y envuelto en las trampas de su mente, Aldo quedó paralizado, sosteniendo con todas sus fuerzas el cuchillo y reposando la vista en la nada. En ese momento, herido, el Negro se escabulló para dar al patio. Recordó el bidón de kerosene que guardaba en el cuartito del fondo. No sin dificultad, se hizo del combustible y dio inicio a su nuevo plan. Táctica es sobre el terreno, recordó. Y roció las paredes de la casa, arrojando el bidón al techo, entre las chapas y los cartones más duros. La sangre continuaba empapando la camisa cuando arrojó un papel encendido hacia la puerta por la cual, momentos antes, había escapado.
Las llamas abrazaron la estructura rápidamente. El Negro no tuvo en cuenta que la basura, las chapas, chatarra, cartones, diarios, las botellas de plástico y demás que guardaban en la casa (producto del trabajo de cartonero del padre), producirían tanto humo. Escuchó la tos de Aldo quien corrió hasta el baño a encerrarse, abrazado al cuchillo aún tibio de sangre. El viento posterior a la lluvia, que se confundía con el viento anterior a la noche, de esas seis de la tarde del martes, hizo voltear las ráfagas de humo y calor hacia el fondo de la casa, motivando al Negro a refugiarse en el cuartito aquel. Para su infortunio, la forma y la ubicación de su refugio sólo produjo un efecto concentrador de los gases.
Los gritos y el humo negro alertaron a los vecinos quienes llamaron a bomberos y policías. El camión de los rojos voluntarios se acercó primero pero las sonoras súplicas de los muchachos se apagaron cuando el cisterna dobló la esquina.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Mil cincuenta y tres cosas

Con el primer sorbo de café,
con la fría mañana,
de esos fríos como cuchillos,
de esos cafés como ríos.

De ahí,
se agolparon
las mil cincuenta y tres cosas
que detestaba de vos.

Te noté sentada,
más allá de la mesa.
Lejos de todo aquello
que eras, que pudieras haber sido.

Y el pelo enredado,
tus quejas constantes,
tu hedor a cigarrillo,
la nicotina que brotaba de tu piel.

La forma en que cepillabas tus dientes,
La manera en que te acurrucabas
en el sillón.
Tus murmullos mientras dormías.

La maldita risa sonora,
Ese estúpido brillo en los ojos,
Aquellos labios carrasposos
Y las arrugas en la frente.

Enumeré cada acto,
cada gesto,
cada centímetro de tu ser
donde se producía el efecto.

Tus vestidos cortos,
y los largos también.
Los libros que leías,
tú manera de llorar.

La profundidad de tu ausencia.
Sobre todo la forma
tuya,
tuya de no gemir.

Todo lo odiaba,
con profundo rencor,
con las fuerzas
que nacen en el seno de las entrañas.

Pero a tu ritmo,
a tu estilo,
todo adquiría otro sentido.
Otra armonía.

Odiaba aquello,
todo lo odiaba,
de forma individual,
si lo sacara de una góndola.

Los domingos me haces
falta.
Amé todo de vos.


domingo, 31 de agosto de 2014

Todo lo que tuve para ser

Lo hice todo, todo, todo lo que tuve a mi alcance. Algunas decisiones fueron plenamente mías, otras condicionas, otras impuestas.
El colegio católico donde me criaron con profesores añejos y olor a cigarrillos, compañeros que juegan con figuritas en los recuerdos, las maestras con el rostro rebalsando decepción. El mismo colegio, todo la vida, la parte que te forma la estructura para después aguantar los turnos de doce horas en la fábrica sin que te cuestiones el orden de los elementos, basta con sólo pensar el destino de las próximas putas vacaciones para ahorrar todo el año y derrocharlo en quince días.
Tuve amigos también. En el barrio, en el club, algunos de la secundaria. Jugar a la pelota hasta tarde en la calle de tierra, el sonido del balón al estallar debajo de alguna rueda. Los berretines de pibe, el andar en bicicleta, el robo de las monedas a los viejos para comprar caramelos, los cumpleaños felices. ¿Sabes algo? Lo pasé bien de purrete. Era lindo la simpleza del correteo continúo, la inocencia de las voces.
Y luego vino la secundaria con los cambios hormonales. Tuve granos por doquier y he besado labios vírgenes y resecos. Se sucedían salidas, bailes, primeros cigarrillos, alcohol. La música. Sí, claro, la música. Descubrir canciones y artistas es despertar todos los días. Y tuve la fortuna de toparme con una profesora que aún tenía pasión por lo que hacía. Ya ves: a todos se les agota, en un punto. El problema con la pasión, si es ejercida, es que se la come la rutina, se la devora y se vuelve un acto repetitivo, estoico, como cepillarse los dientes o hacer el amor los viernes. Pero a esta profesara aún no le había sucedido. Y me miró, tuvo una suerte de ojo clínico porque un día se apareció con un libro y me dijo, no lo olvido, me dijo: Léelo y después coméntame. Eso me dijo. A mí, a un pibe que no pensaba más que en ponerla. Y lo leí. En un fin de semana lo leí. Y ahí mi vida dio un giro, un vuelco. Espera, no lo intentes. Va a ser peor, no te muevas tanto. Es importante lo que digo, ya termino, ya vas a notar porqué es importante. De ahí en más, no pude dejar de leer. Ahí me convertí en otro, quizás en lo que soy ahora.
También sobrevino la universidad, los trabajos, los cambios. Las novias presentadas en casa. Conocer otras familias, otras costumbres, tomar colectivos que en la vida hubiera imaginado que existieran. La recorrida de calles desconocidas, el alcohol y los mareos de la noche.
Y te conocí. De pronto, un día, ya sabemos la historia. Qué linda que estabas aquél día. Todo para que estemos aquí. ¿Alguna vez pensaste en todo aquello que hemos pasado? En fin...
Lo hice todo, ya he dicho. Todo para llegar a este momento. Pero no, no, nena, no te angusties. Primero serás vos y después yo. Te lo prometo. Y bien sabes que yo no prometo porque no cumplo pero cuando lo hago es porque sé que lo voy a hacer, que voy a poder. Por eso, tranquila. Ya termina todo. No te juegues la mano, te lastiman las cuerdas, ¿para qué vas a sufrir? ¡Ya está! No hay más que hacerle. Todo lo que tuve para hacer, lo hice para llegar a este momento, a este instante. No, tampoco yo me lo imaginaba cuando iba a quinto grado o en la universidad, o cuando te conocí y pedí por tu número, no, claro que no lo imaginaba. Pero el ribete del destino, de la secuencia de los hechos, nos ha llevado acá. Quizás es porque debíamos hacerlo. Pero no, no te retuerzas, ya acaba. No llorés, pavota, que tan linda te queda la sonrisa...
Sé que me querías. Quizás fui yo el que te quiso a destiempo, no lo sé. Pero me he convertido en esto, en ésta circunstancia. Cerrá los ojos, es como que estás por dormir. Sólo vas a escuchar la explosión del disparo. Vas a dormir. Después yo.

domingo, 24 de agosto de 2014

La vida de los instintos

Fue en un mismo instante. Algunos rieron al verlo, a otros se les erizó la piel y se estremecieron. Hay quienes tuvieron un episodio de baja presión, de sudor frío. También estuvieron aquellos que no lo vieron al instante pero que lo notaron al ser señalados por otros. Claro que hubo de aquellos que se escarbaron la nariz o la oreja, aún con el aparato en la mano, mientras leían. En ciertos casos, directamente contestaron otros mensajes anteriores, algunos sólo cambiaron de canal, salteando publicidades.
Luego, la reacción fue desatada paulatinamente hasta volverse una cadena sólida de hechos aberrantes, como sucede con los fuegos artificiales antes del cambio de año, entre las bebidas y las abundantes fuentes de comida.
Se sucedieron llantos y gritos de desesperación. Gente que arrancaba sus autos, otros que echaban todos sus objetos que consideraban de valor encima de un vehículo para darse a la retirada, algunos que sólo atinaron a arrojarlos en la calle y quemarlos en una pira improvisada. Estuvieron, también, los más cautos que comenzaron sus propios incendios en la privacidad del patio de su casa.
Las corridas no tardaron en llegar. No era para menos aunque el descreimiento también reinaba al mismo tiempo que las masas se daban a la desesperación. Finalmente, los Estados decidieron confirmarlo. Cada mandatario de cada país interrumpió la programación de los medios de comunicación para anunciar (o ratificar) lo que ya se palpitaba: sí, todos iban a morir. O lo que es peor aún, algunos irían a morir primero y, luego, los otros se sumarían, de poco pero de forma constante. La cuota justa de incertidumbre que conduce a la desesperación.
Algo había pasado, falló el control sobre unas bacterias con las que se trabajaba en un laboratorio de Amsterdam y comenzó a esparcirse por toda Europa, luego tomó Asia, descendió a África y en poco tiempo llegó a Oceanía y también a América. Iba a pasar, de un momento a otro. Al parecer, el virus se contagiaba a través de las vías respiratorias, sólo bastaba una bocanada de aire para infectarse; luego, unos días o unas semanas bastarían para tumbar hasta al más fuerte. Un paro cardio respiratorio era lo último que sucedía, quizás episodios de vómitos, tal vez elevadas fiebres, en algunos casos el cuerpo iban dejando de moverse de un miembro a otro.
El horror. La vida podría acabar en el siguiente pestañeo y todas las cosas que no se llegaron a hacer: las vacaciones que se postergaron a Cancún, aquel que ahorraba para cambiar el auto, las secretarías que gastaron sus labios en arrugados glandes por la promesa del ascenso, las corbatas infantiles de los abogados que lloran por un abrazo de amor, los libros que fueron acumulando polvo y que no se han leído, la ropa que nunca se llegó a estrenar, los besos que fueron mezquinados, el escupitajo que ahora baila en la boca y que era para el jefe que te dijo de quedarte aquel día del cumpleaños de tu hijo terminando unas planillas, las dietas que se hicieron para vivir un poco más, todas esas noches que salieron a correr con la frustración en los hombros, todo lo que se hizo en la vida para construir un después ansiado, esperado y que ahora bien se podría ir al demonio sólo con un suspiro.
Y el desmán se brindó de forma dionisíaca. Hombres sexagenarios correteaban adolescentes y abusaban de ellas a plena luz del día, en las calles, en las esquinas. El alcohol se convirtió en bebida común junto a los saqueos de los grandes almacenes. Las fábricas cerraron, las oficinas continuaron con las luces prendidas y el mantel de papeles en cada escritorio. Los jóvenes consumían todo tipo de drogas, algunos para dilatar el tiempo, otros para acelerarlo. Las riñas callejeras se producían por robos o por el simple goce de hacerse golpear o atinar un buen zarpazo. Las mujeres dejaban a sus panzones maridos y se entregaban a los animales de bar y a las propuestas más bochornosas. Los militares recorrían las calles en un afán tonto de organizar la realidad, emprolijando el infiero aquél, como caseros de una orgía que todo lo arrasa.
Las más aberrantes acciones del ser humano se vieron plasmadas en las calles, Aristóteles no podría señalar esa distinción de zoon politikon. Tampoco cabría lo de animal social: habían liberado los zoológicos y hombres y mujeres corrían tras los ejemplares para fornicar o dejarse fornicar. Los niños lloraban en las calles y reían al mismo tiempo, las fogatas de las noches no cesaban de brillar y era motivo de reunión y de la continuidad de las más recónditas bajezas, de aquellas que sólo se reprimen en lo más profundo del corazón y que late en cada movimiento, desesperadas por salir, por liberarse.
Con el correr de los días y de las semanas, comenzaron a percatarse de que si bien hubo muertes, no fue tanto por un virus sino por la entrega a ese salvajismo, a la vida de los instintos.
Se escucharon nuevos rumores: quizás no fue un virus en Amsterdam lo que escapó, o por lo menos no fue bacterial sino virtual, algo que infectaba computadoras, que sólo permitía pornografía interracial, algo así. Errores de comunicación.

jueves, 7 de agosto de 2014

Vivir siempre ha sabido ser otra cosa

- Que te pregunté por qué existen las guerras.
No la había escuchado, hace tiempo no la escuchaba mucho. El sexo era bueno, claro. Nada especial. Sólo piel con piel, fluidos que convergen con fluidos. Cuando no estaba, a veces me encontraba pensando en ella. Era extraño. Y ella me quería. O no. Quizás esa no es la palabra. Ella me... Me... Ella se sentía en deuda conmigo, algo como eso. En la forma en que me miraba encontré esa sensación. O como si yo le debería algo a ella. No, no es así. Mejor es decir que ella se debía a mí.
Me observaba con ansías, esperando algo que le pueda decir. Siempre me preguntaba todo lo que se cruzaba por aquella cabecita roja y pecosa. Pensaba que tenía la respuesta a todo, o por lo menos un leve acercamiento. Por mi parte, jamás fui un hombre instruido. Sí, tuve la oportunidad de leer a ciertos tipos, escritores, filósofos, pensadores, los indicados como para hacerme una idea de la vida, de las cosas. Pero eran sólo ideas, vivir siempre ha sabido ser otra cosa.
Y justo estaba el televisor encendido. Acabábamos de terminar una sesión matutina del viejo frenesí. Volvía de la cocina, le llevaba un vaso de agua, arrastraba mis pies dejando la estela de humo del cigarrillo detrás mío.
- Es que miraba la tele y ya ves. La gente se mata entre ellos. ¿Por qué tanto odio se tienen? Estamos en el siglo veintiuno y aún se siguen matando, ¿por qué pasa eso? - dijo mientras yacía sobre su lado izquierdo a medida que la teta derecha se desprendía de la sábana que la tapaba. Hice llegar el vaso de agua hasta su mano y me quedé parado frente al costado opuesto de la cama, mirando el televisor, pitando.
No quise que corriera una desilusión. Pensé. Mire el noticiero que mostraba un niño muerto en la franja de Gaza, reposando en los brazos de un soldado. Luego la imagen iba a una periodista rubia, inglesa, que se enroscaba entre los escombros y cubría su cabeza con las manos, el tonto instinto contra misiles de cinco toneladas. El hambre, el constante bombardeo, las ciudades que estaban en un momento y al instante eran una nube de polvo. Un grupo festejando sobre el cadáver de un joven, otro grupo grabando la mutilación de un soldado secuestrado. Y todo aquello que no se decía: las violaciones a jovencitas vírgenes a plena luz del día, el deseo de matar a otro sin importar que pueda ser el médico que invente la solución ante el cáncer o quien pudiera convertirse en el mejor poeta de la humanidad, la desesperación que lleva a la locura, dios mío y todos los putos santos.
- ¿Y? - mordió su labio inferior. No la chupaba bien pero ponía empeño en la tarea. Cuando un niño comete una travesura, no lo juzgas por el desastre que ha hecho sino por la destreza que ha puesto en el. Toda su historia en la vida la había llevado acá, dije hacia mis adentros, a este momento, a mamar de mi entrepierna, a hacerme esa pregunta.
- ¿Cómo es que estás acá? - le dije. Me observó. Sus ojos marrones brillaron. El rojizo pelo, las pecas. Siempre había deseado una colorada, tuve el presentimiento que eran feroces bestias sexuales.
- Bueno, vine anoche, hicimos aquello y ahora... - bosquejó.
- No, no. Me expresé mal. ¿Recuerdas cómo llegamos a conocernos, cómo llegaste acá la primera vez?
- Ah, sí, claro que lo recuerdo.
- ¿Cómo fue?
- Nos encontramos en el boulevard, vos me habías dicho que saliste a comprar cigarrillos en la estación de servicio aquella. Era verano, hacía calor a pesar que era de noche. Creo que había una leve brisa, no sé. Yo estaba mal, no me lo recuerdes.
- Sigue, por favor.
- Pero yo te pregunté otra cosa, no me hagas recordar. - sollozó. Intenté explicarle que es algo necesario que aclaremos, que si lo nuestro iba a crecer, debíamos entendernos, entender cómo empezó todo, con sus errores y aciertos, con todas las circunstancias. Prosiguió. - Vos me preguntaste si estaba bien, si quería ir a tomar un café y charlar, que no me veías bien. - su voz comenzó a tornarse un hilo resquebrajadizo - Y yo no estaba bien, me viste llorando, ahí, en el medio de un asiento en una avenida. Yo pensaba que ese era el último día de mi vida, había pensado arrojarme sobre algún auto, ya todo me daba lo mismo.
- ¿Y por qué llegaste a ese punto? ¿Qué te había pasado antes?
Me dio la espalda, aún recostada en la cama. Las sábanas se enredaron aún más sobre su cuerpo blanco. Respiraba de forma entrecortada. El sollozo se transformó en un gentil llanto, de esa tristeza que cuesta trasmitir, la cual, al respirar, se mete hacia dentro, muy dentro.
- No quiero hablar de eso. - dijo. Utilicé mis recursos, mis encantos para llevarla a hablar del tema. Finalmente, luego de vaivenes, accedió. - Encontré a mi prometido cogiendo con mi mejor amiga, en mi casa, en mi sofá... Y lo peor es que me vieron y no pararon, siguieron, cómplices, como si les divirtiera que los descubriese. Y ella me miraba frunciendo la nariz, desafiándome, mientras dejé caer la bolsa de compras en la puerta del comedor. Y él me miraba y mientra más lo hacía, envestía sobre ella con más fuerza, con más ímpetu. Jamás lo vi moverse así. Salí corriendo, el resto ya lo sabes. Y ahora basta, dejame sola.
Estaba triste y furiosa. Arrebatada. Sentía su respirar trinado, como el bramido del toro que va a dar la última embestida mientras se desangra por el lomo, sabiendo que va a dejar la vida en ese acto.
- Nena, tranquila. Sólo dime: ¿qué sientes ahora? ¿Qué quisieras hacer con tu ex prometido y con tu ex mejor amiga?
- Los mataría. - apretó los dientes, lo pude sentir cuando pronunció esas dos palabras. Las sábanas se tensionaron, su respiración era fuerte y desesperada. - Los haría trizas, escupiría en sus caras, bailaría sobre su sangre derramada.
- Tranquila, nena. Voy por más agua.
Encendí otro cigarrillo. Miré por la ventana de la cocina que daba a la calle. El vecino de frente cortaba el césped del patio delantero. Hacía calor. No tenía nada para beber y debía salir a comprar a la licorería. Vaya día.

viernes, 1 de agosto de 2014

Cuando no hay para comer

Los labios carmín, el pelo suelto, al viento, enredándose sobre sí mismos y las puntas flotando detrás de sí, como un halo de luz. Las perlas blancas de los aritos brillan en la cálida noche. Lleva sus zapatos en la mano y calza una suerte de alpargatas para ir más cómoda. Sus piernas se entrecruzan al andar, rozando la piel de los muslos entre sí.
En el día hizo calor, mucho calor, sol y río, agua que brota entre las piedras donde no se sabe bien si baja o si sube, donde no se sabe bien dónde está uno mismo. Ahora de noche, alcohol, una fiesta pueblerina, caras conocidas, luces de colores en el patio de una vieja casa, se mezclan acentos, tonadas, música latina y el caluroso viento de las sierras. Transpiran los brazos, las espaldas, se humedecen las frentes y brillan los labios pulposos y espesos, la piel se pega con la piel, se pasa el alcohol, se lo convida, se suspira alcohol, brota de las manos, de la casa vieja, de una heladera siam a la intemperie, como el agua de los ríos.
Ella decide salir a caminar. O no. No lo decide, sólo se encuentra a sí misma caminando, deambulando, al son - primero - de la música que se hace eco en los pastos, en las piedras para luego trastabillar al ritmo del agua que choca con paredes desgatadas a correntadas, al imparcial, constante y superfluo capricho del agua, que baja, que sube, que se estanca.
Cierra los ojos pero sabe que es peligroso: negarse a ver en la oscuridad es como no tener hambre cuando no hay para comer. La boca reseca y se agrietan los labios. Ríe. Las luces se ven lindas desde lejos. Ella es linda, ojos azules. Se ríe con los ojos, se eriza la piel, sigue caminando y el viento la acompaña, haciendo llegar vestigios de ritmos latinos. El río se encuentra cerca, detrás de unos yuyos altos y frondosos, secos, puntiagudos, que se agitan levemente, a destiempo del viento. Ojos color miel se desprenden de la noche y dan el zarpazo guardado.
La encuentran aturdida, aún respira, entre dormida y sedada. El sol bronceó sus mejillas redondas, su cara quema, resalta el color de sus ojos, azul profundo-celeste turquesa. La toman de los brazos y ayudan a que se reincorpore. Aqueja un dolor punzante en el bajo vientre. Siente que duerme y que sueña, los destellos de luz al abrir y cerrar los ojos, el sonido de una sirena, una camilla metálica que se desenvuelve más arriba de donde se encuentra.
Los labios se rompen en un millón de pedazos, arden sus muslos también. Se siente cansada, busca dormir pero no la dejan. La suben, ella ayuda a que la ayuden. Está subiendo - la suben -. Cuando están acomodándola en la camilla nota su pollera blanca expuesta al sol, sobre una piedra de mediana altura. Se toma la cabeza, le abandonan todas las fuerzas y rueda una lágrima que erosiona los pómulos acalorados y se estanca en los labios opacos y muertos.

viernes, 20 de junio de 2014

Una golondrina hace al verano

Así como sucede con los sueños, no puedo determinar cuándo comenzó todo. En ocasiones, pasa lo mismo con las mejores discusiones, en un plano más tenso. El movimiento mismo de lo que ocurre devora todo alrededor e, incluso, a sí mismo como aquel animal uróboros que comía de sí.
Llegaba en los últimos días de primavera y luego se iba al caer las primeras hojas otoñales. La veía descender en la estación del viejo tren, otras veces sólo me topaba con ella en una esquina del pueblo como si ella siempre hubiera estado allí o, como me ha tocado pensar, como si yo hubiera estado desde siempre esperando allí. También supe encontrarla en la cocina de casa, al levantarme con el crujir de algún plato o la silbatina de la pava, untando dulce en algún retazo de pan, rebotando la luz del sol, que se colaba por la pequeña ventana del recinto, en sus mejillas redondas. Ella conocía los vericuetos de mi humilde hogar como para entrar sin dificultades pero no sería justo dejar de lado que intentaba anticipar su llegada dejando las puertas abiertas o frecuentando la estación en franca espera por volverla a ver.
La deliciosa ocasión del reencuentro jamás encerró alguna suerte de espectáculo de efusividad. Algún saludo ocasional, un  beso de mejillas, un gesto insipido eran actos comunes a la hora de vernos. La angustia y el deseo se reprimían aún más, dando una sensación que bordeaba los límites de los sentimientos, embargandome en la duda de hasta dónde, hasta cuándo, se puede sentir. Sólo un ejemplo cabe y que puedo recordar en este momento. Dicen que aquellos que están por morir, y que lo saben antes de cualquier detección médica, sienten un maremoto de, justamente, sensaciones dentro de sí mismos, un estado de vilo que les permite comprender todo pero que lo olvidan por concentrarse en cuándo llegará ese instante, ese punto final. De tal forma, adquiere mayor protagonismo el momento clave que aquello que sucederá.
Así, solían sudarme las manos al escuchar el clamor y el revoltijo que las primeras golondrinas producían, invisibles, en las copas de los árboles. El calor se asomaba en las esquinas y el polvorín de las calles quietas espesaban los labios, las palabras y la mirada se hacía fina, con los ojos ralos  escurridizos.
Llegaba ella como agua fresca, con algún vestido floreado, suelto, con las piernas blancas y suaves. Una sonrisa encarnada en las comisuras pronunciadas de los labios y la coquetería al orden del día. Algunas veces sabía cargar una pequeña valija marrón o algún bolso que parecía inmutable cuando tenía que partir. Lo que condiciona aún más cualquier precisión es que nadie sabía bien desde cuándo era que frecuentaba el pueblo o si retenía algún lazo familiar con algún sobreviviente vecino de otras épocas. Un rumor aseguraba que una abuela había vivido unos pocos años cuando ella era aún una niña, y fue allí que adquirió el hábito de volver a estas olvidadas pampas. Año tras año, temporada tras temporada.
Desde que comenzamos a frecuentarnos, en la tibieza de la adolescencia, intenté acapararla más. Busqué excusas para que se quede y hasta planteé seguirla hasta donde vivía. Allí otro problema: jamás supe de dónde provenía. El ramal del tren llegaba hasta Buenos Aires pero no podría acertar algún otro dato más. Sin quererlo o bajo un lenguaje no verbal, coincidimos no preguntarnos nada de esa vida, de todo aquello que sucedía fuera del tiempo juntos. Producíamos un paralelo, una alternativa a todo aquello que era el destino, los horarios de oficina, la rotación de los cultivos, los cambios de las tarifas en los peajes de hora pico y hora no pico.
Así vivíamos, de a ratos, de temporada. El problema devino cuando la vida normal no bastaba, no era suficiente como condensadora de deseos y pasó a convertirse en un obstáculo. No queríamos que nuestra forma recayera en la rutina, en cepillarse los dientes antes de dormir, en las pastillas para el corazón, en la quita progresiva de sal en las comidas. 
La destrucción del sistema ferroviario ayudó a que dejara de volver. Pero las vías siguen latentes allí, inconmovibles, oxidadas y maltrechas pero hacedoras de esperanza. Todos los días me recuerdan que quizás puede llegar, en algún momento, con algún vestido, con los labios brillantes y la pausa las caricias de sus manos.
En algún momento, dejé las puertas abiertas y no me he dado cuenta. Llévenselo todo, les dije desde la oscuridad del cuarto. Estaba por amanecer, el fogonazo y el estruendo hicieron revolotear a las golondrinas que descansaban fuera.

domingo, 18 de mayo de 2014

A todos nos pasa

- Está muy mal. Hace días que no lo veo bien. No come mucho y le gana el cansancio. Por el fondo, allá, está bajo el árbol. Deberías ir a verlo.
Entonces emprendí una caminata que me pareció eterna. Conocía los vericuetos de mi casa, es decir, toda la vida he vivido allí. Sin embargo, en aquella ocasión, se me antojaron las distancias como extrañas, ajenas, sentía el desborde de todos los elementos: la casa que se me venía encima, el paredón que divide con otras propiedades como un muro enorme, el cemento del suelo tal si fuera acolchonado, los pies mismos pesados tal rocas, la hendidura en el pecho repitiendo un sonido hueco. No sabía con qué iría a encontrarme pero mi naturaleza tendenciosa a lo trágico, me preparaba para lo peor.
- Hey, viejo, ¿qué está pasando? Venga, venga para acá - le dije.
Nada. Ni el menor esbozo de movimiento ni la agitación alguna en la respiración. Nada. Sólo el trinar de algunos pájaros que se acomodaban en las quebradizas ramas del árbol verde. Pude notar su mirada gastada y el porte característico deshecho en las rastras del suelo. El lomo compungido de tierra se estremeció cuando soltó una mezcla de bramido y suspiro. El último aliento, pensé, y mis ojos se tiñeron de lágrimas pálidas.
- Abrime el portón, abrilo ya que me mando, voy solo, déjame con él - le grité a la nada misma para terminar lanzándome como tiro a ganar la calle.
Estaba quieto en el asiento trasero, recostado sobre un improvisado paño que, en realidad, era una sábana recién lavada. Podía notar que tenía miedo, claro, ¿quién no lo tendría? Pero al mismo tiempo, desprendía de sí una tranquilidad única, de esas que se les cae como vuelto a aquellos que todo lo saben.
Llegamos al recinto blanco, de tubos de luces magras. La frialdad de un médico absorbiendo un mate lavado, el delantal arrugado que escondía una predominante barriga. Al verme entrar, atinó acomodarse los lentes sobre la nariz y, en un movimiento peculiar y certero, pasó el revés de su mano debajo de las fosas nasales. Lanzó un soplido.
- Venite para acá. Guarda con esas jaulas. - dijo dándome la espalda. - Apoyalo ahí, ahí está bien.
El miedo se confundía con angustia, con sorpresa, por esperar un alimento a la fe.
Su mirada con las cejas arqueadas, el cristal del brillo en los ojos, reflejaron aquellos momentos compartidos. Sería un desatino nombrarlos ahora, acá, por dejar algunos fuera, tan importantes y cotidianos que han ido pasando como las huellas sobre la arena en el mar. No podía mirarlo. Tenía bronca, encono que luego se convertía en un arrepentimiento, en querer arrodillarme y pedirle disculpas. Y él sólo me miraba, apenado pero casi arañando una caricia, buscando decir que todo iba a estar bien, que no me preocupara, que la culpa no era mía.
- Está jodido, pibe. - tosió tres veces, de forma seca. - Qué le vamos a hacer. No te cobro nada para el trámite.
No podía creerlo. Aún no logro concebirlo. Lo tomé entre los brazos y nos largamos de allí. "El trámite" pensé. En lo que va de la vida, pocas frases me han calado tan hondo.
Perdón amigo mío el no haber ido antes, de no ser más precavido. Pero sé que vos me sabrás entender. Si hay alguien en este mundo atestado de indiferentes, vos sos el único que sabrá entenderme. No quería ir antes y muy dentro mío sé que vos tampoco. No quería que me digan que estás grande, que poco es el tiempo que te queda, porque significa que yo también estoy más grande, que poco es el tiempo que me va quedando. Para nosotros. Para todo.


A mi perro.

jueves, 17 de abril de 2014

Se rifa un escritor

Trago el humo que despiden
Los autos más veloces del mundo.
Viajo en trenes inundados
Por las pestilentes caras del desgano.
Hombres aplastados de rutina,
Mujeres con muslos sabor a derrota.
Suben y bajan.
Pero ellos, eso no lo saben.
Llevo en mis espaldas
Las marcas de los zarpazos
De mujeres apasionadas.
En mi pecho reposa
El llanto penoso del desencuentro,
Y sobre los hombros flacos
Cargo el peso completo de
Todos los problemas del mundo.
Y camino por las calles,
Y le sonrío a risas que
Ya no existen.
Y me siento en los bares
Porque solo ya no puedo.
Y me ayudo con los cafés más negros,
Llenos de melancolía.
Y me acompaño con mi libreta gastada,
Delineo letras sucias.
Y escribo porque no puedo
Hacer de mí otra cosa.
Porque es el arma que tengo
Para ser eterno.
Escribo porque si no debería
Hacer, ser, otra cosa.
Escribo porque si no
Lo hago tendría que
Salir a matar,
O ayunar por los pobres,
O quejarme del retraso de los trenes,
O cortarme las uñas,
O matarme porque todo es diferente.

Entibio mi voz con cigarrillos
Hechos en fábricas
A razón de 10.000 por minuto.
Desde el balcón,
La luz del alba grita que
Es un nuevo día.
Pero el mío,
Aún no ha terminado.

domingo, 6 de abril de 2014

Te conozco de algún lado

- Su café cortado, señor. Su café con crema, señorita. Los invitamos con dos bocaditos producidos en la panadería artesanal que llevamos a cabo detrás del mostrador. Todo lo que ve en exhibición, como lo que se le presenta frente, está hecho con materiales seleccionados. Que lo disfruten.
- Es usted muy amable.
- No podría ser menos ante su belleza, si el caballero que la acompaña me permite.
Se sonroja y lo mira a él que retuerce su lengua entre los molares.
- Ha dicho usted una verdad. Gracias por su servicio.
- Cuando guste el señor. Se marcha con una sonrisa mezcla de burla, mezcla de resabio. La bandeja apoyada contra el flanco izquierdo. El rígido movimiento de los pasos consecutivos. Le sonríe a un cliente que acaba de entrar.
- Es muy atento el mozo, ¿no te parece?
- Sí, sí lo es. Además, muy acertado. En verdad estás muy linda. Una sonrisa sincera se escabulle en el adjetivo superlativo.
- Sos muy amable. El rubí de los labios desprende un brillo que sólo en ella sabe producirse.
- No quiero entrar en dilaciones. Ante todo, quiero agradecerte que estés hoy acá, es muy importante para mí. Bien sabrás por qué te pedí el encontrarnos pero permíteme poner en palabras. Un nudo en la garganta se hace presente y el pecho se le hunde en sí mismo. En inconsciente comparación, piensa, la sensación es igual al nacimiento de una estrella supernova que en la destrucción nace y en el nacimiento se destruye. Se acomoda en la silla, los codos apoyados en la mesa, las manos que se encuentran en el centro del rostro. Suspira. Toma aire. Tenes los ojos lindos, la mirada buena, ¿sabes? Se me hace difícil con el brillo sereno de tu sonrisa decirte que te pienso todos los días, ¿sabes? Me he enfrentado con los mejores miedos que me he creado pero no como este, ¿me explico? Mira cómo tengo las manos. Sus manos tiemblan y parecen tener vida propia. La taza de café tiembla nerviosa entre sus yemas.
Sonríe nerviosa, incómoda. Ha pasado mucho tiempo, lo sabe. Piensa cuánto faltará para irse. Imagina el recorrido que tomará: Callao, Perón, Uriburu, Alsina, Matheu. Por vez primera nota que las calles que toma llevan apellidos, de los cuales sólo conoce a Perón. Está bien, es lindo lo que decís, en verdad lo agradezco…
- Entiendo, entiendo. Pero vení, dame la mano, no la escondas, permitime. Tose para aclarar la voz. Se dice que al nacer, la mano izquierda es la que nos indica el futuro, lo que tenemos como destino. La derecha, sin embargo, se modifica acorde a lo que nos va sucediendo. Ello se produce por el trabajo, por las historias, la vida misma. Se acerca aún más a la mesa, rozando con su pecho la taza de café. ¿Y ves acá? Acércate, ¿te hace cosquillas? Es un segundo. Vení. Acá tenes como un pequeño montecito, ¿ves? No es ni muy chato ni muy grande, es normal. Se llama Monte de Venus y dice que sos sensible y creativa. 
- Ahh. Pronuncia mintiendo un gesto de interés. Sin embargo, saborea algunas palabras sueltas y mira al centro de los ojos de él quien esquiva la mirada. Le gusta gustar.
- Y eso no es todo, espera. Sorbe del vaso de soda. Esta línea es la línea del corazón, esta que atraviesa toda la mano a lo largo. Y allí donde termina, en el canto de la mano, hay dos líneas más chiquitas, casi imperceptibles, mira. ¿Las ves? Ahí las tenes, ahí. Juega con la mano de ella entre las propias. Jamás sintió una caricia tan suave. Bueno, eso indica los amores que has de tener y la intensidad de los mismos en tu vida, ¿ves que esta línea está más pronunciada que aquella? Eso es porque… En un movimiento inconsecuente, golpeó la taza de café, volcando el poco contenido que restaba sobre su pantalón y un poco sobre su mano izquierda. 
- Toma, sécate. Qué distraído que sos, eh. Se ríe mostrando el filo de los dientes. La torpeza de él le provoca ternura.
Él parado al costado de la mesa, observando el camino hacia el baño. Mientras se seca la mano izquierda, nota que las líneas de la palma se han borrado. La mano quedó lisa de cicatrices y arrugas. Pálido y taciturno, se excusa. La mirada perdida, la tensión en los hombros. Perdón, voy a ir al baño. Espero quitar la mancha a tiempo para que no quede. Discúlpame. Se aleja comprendiendo que hoy no puede irse sin probar sus labios. Siente su torpeza por ensuciar el pantalón recién estrenado. Logra disimular la mancha y piensa que esto sólo es un golpe de realidad para todo el ensueño de la situación. Arregla un mechón de cabello que se posaba en su frente y mira sus dientes para remover alguna potencial suciedad. Acomoda la camisa dentro del pantalón y sale con paso seguro, olvidándose de su mano, ya se ocupará de ello.

Al regreso, nota que ella no se encuentra allí. Más aún, no encuentra la taza de café o los sobres de azúcar que ella usó y dejó desparramados por sobre la mesa. En vano examina, con su mirada fría y calculadora, el lugar en busca del mozo. Nadie se encuentra allí. Brillan las mieles por encima de las delicias de la confitería a medida que él se aleja, desorientado, hacia la puerta. Una vez fuera, gira su mirada por todo el lugar. Un espeso escalofrío, seguido de una suerte de sudor helado e imparcial, le ronronea la espalda. La confitería ya no está allí. No encuentra los vidrios empañados de promesas de amor o las mesas acomodadas afuera, ni por asomo podría percibir algún aroma a café. Se toma las cienes por no arrancárselas, hasta convertirse en un ovillo sobre cordón de la esquina, deshecho en lágrimas. El mundo ajeno le aplasta los hombros mientras sus brazos cruzados ensayan un muro de contención sobre su pecho.

- DSM 295.3. Vemos acá al sujeto bajo un estado de alteración, logrado a través de colocar una taza de café usada y una cinta de un tango que él mismo solía tararear. En estado normal, es decir sin los estímulos, el paciente es reconocido por ser cordial, sin mayores alteraciones y colaborativo ante los tratamientos. Este último dato se apresta a colación porque no hemos encontrado, en este tipo de diagnóstico, estas características. Sin ir más lejos, al llegar a la institución, de esto harán dos años y medio, solicitó en la recepción ser internado por presentar los síntomas que se describen en los libros de textos. Sin familiar que lo haya visitado y desconfiando de la certeza en su discurso, estimamos, sin embargo, que ejerció la medicina psiquiátrica antes de notar este tipo de esquizofrenia en sí mismo. Como podrán apreciar en las paredes, reitera una serie de notas. Las mismas expresan una solicitud en una cafetería, una descripción de una tarde de otoño, los nombres de los músculos responsables de generar una sonrisa y, últimamente, hemos encontrado que esconde para sí, entre sus ropas, una nota que aún no hemos podido descifrar. Ante las preguntas que se le realizan sobre este hecho, el paciente no reconoce el escrito o el lugar donde ha sido encontrado. En ocasiones, se ha predispuesto violento, provocando dificultades en la entrevista. Continuamos por aquí, DSM 295.2. Noten la rigidez en los gestos…



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domingo, 16 de marzo de 2014

La dinastía del durazno

La historia de la humanidad, en las distintas civilizaciones y sociedades que se han sucedido y convivido, se han presentado paralelismos capaces de equiparar y comparar a unas con otras sin mayores esfuerzos. La benevolencia y la maldad del poder de los dioses, la ofrendas al culto, los funerales, las elecciones de gobernantes, la disposición de las ciudades, las guerras, las conquistas, hasta las pasiones como la búsqueda de la belleza perenne, del amor correspondido, de la vida luego de la muerte y, por sobre todo, la inagotable búsqueda de la vida eterna. La humanidad toda ha dedicado algún momento de su existencia a escrutar acerca de las formas capaces de brindar una vida sin punto final. En común acuerdo, se ha establecido que los dioses eran quienes detentaban el secreto que los mantenía eternos. Se cuenta que los reyes del Olimpo vivían a base de una dieta de ambrosía y néctar para abrirse paso a la inmortalidad. Iðunn era aquella que cultivaba y protegía a los árboles de manzanas doradas que dotaban de eternidad a los dioses nórdicos, quienes desde el Asgard podían controlar que los nueve mundos sostenidos por el fresno del universo. En el caso de las antípodas, particularmente en China, los famosos inmortales tienen una particularidad: primero fueron hombres que, luego de enfrentarse a distintas pruebas, hubieron sido condecorados con la eternidad más alguna u otra destreza según el caso. Es el ejemplo de He Xiangu quien, de joven, tuvo un sueño donde una deidad le ordenaba comer mica para remediar la muerte. Cumplido ello, sus habilidades para escalar montañas crecieron sin remedios. Así, subía y bajaba los montes en búsqueda de alimentos para su madre hasta que un día, sin espacio a la duda, se despojó de toda materia y subió a los cielos, a plena luz del día. Más trabajoso fue el caso de Zhongli Quan quien, luego de una de tantas guerras, escapó como fugitivo hasta ser guiado a un pueblo donde vivía un maestro que habría alcanzado la paz con el Tao. Allí, fue guiado para la reflexión, el pensamiento y, a través de la meditación, alcanzar la panacea. Cuando logró su cometido, se retiró del pueblo que, al volverse para observarlo una última vez antes de partir, había desaparecido por completo. Zhongli vagó por las montañas meditando y reflexionando hasta ser recompensado por los dioses con una píldora colocada en una caja de jade. A continuación, se retiró de la mortalidad para hacerse parte de los dioses.
Ya sea por destreza, por consideración, recompensa o mediante la obtención de algún material, la perpetuidad ha sabido ser la búsqueda de los seres. Es por caso la leyenda del durazno de la inmortalidad que tuvo lugar entre los años ochocientos y setecientos antes de Cristo, en la antigua China. Allí se creía de la existencia de un árbol capaz de producir frutos que brindaban la facultad de vivir por siempre. Sin embargo, tenía una pequeña peripecia: el fruto en cuestión sólo era producido una vez cada cien años por el árbol y tenía en su interior, en la semilla dentro del carozo, una inscripción que guiaría al afortunado al cielo de forma material y sin dilaciones. Sin embargo, el árbol que producía el fruto, jamás era el mismo. Y, asimismo, si el fruto una vez cortado no era consumido el mismo día, se transformaba en cenizas. La historia llegó a oídos del emperador Xuan Mie quien no dudó en poner en alerta a todas sus tropas en busca de aquel árbol.
Las legiones se fueron sucediendo y los duraznos poblaron la capital imperial. El emperador mismo comenzó por probar cada fruto pero la empresa se volvió dificultosa. Por ello, empleo a todas las personas de la ciudad en escrutar cada fruto, con la misión de doblegar la fuerza de los carozos y así dar con la fina semilla.
Los años fueron pasando y la economía del imperio peligró ya que se desviaban todos los ingresos a la implacable búsqueda de aquel fruto. Tan sólo el temor al enfrentamiento aplacó los ataques de los enemigos de China quienes pensaban que el despliegue de las tropas de la forma en que se estaba llevando, era una táctica de Xuan Mie para expandir su dominio. Por ello, se inscribió en el libro de la historia a Xuan Mie como el emperador táctico.
A medida que se fueron sucediendo los días, los años, la paciencia de Xuan Mie también fue sucediéndose. Agobiado ante el fracaso y la dilación, mandó a ejecutar a todos los generales a cargo de la búsqueda, junto a sus consejeros por equivocarse acerca de la investigación. No quedaban demasiados rincones por recorrer del imperio y el descontento de los habitantes frente a las arrasadoras tropas fue entorpeciendo la figura del gobernante.
Xuan Mie envejeció y las fuerzas fueron abandonando su cuerpo. Cierto día, mientras yacía en la habitación imperial, un consejero ingresó agitado y sudoroso, con un rollo de papel en su mano. Entrecortada la voz, pudo decir que habían encontrado un fruto con una semilla escrita de doradas palabras y que se encontraba en camino. En el ocaso de aquel día, el fruto, divido en dos mitades, ingresó en un cuenco de arcilla, acompañado por un pequeño recipiente tapado con un suave lienzo donde se adivinaba un pequeño grano. Xuan Mie pidió quedar solo en la habitación. Se cuenta que pasado un día, al ocaso siguiente, el consejero de mayor confianza del emperador ingresó a los aposentos del gobernante. Encontró el cuerpo sin vida de Xuan Mie, descansando junto a las vasijas sucias de cenizas y un pequeño escrito sobre el estómago que rezaba  la frustración del monarca sobre su gestión en la vida: Xuan jamás se había enamorado, no había buscado hijos, no pudo expandir el imperio, no creó mejores caminos o grandes edificios. Tampoco avanzó la ciencia o la educación, no aportó beneficios a la salud del pueblo o a la felicidad de sus súbditos. Por ello, decidió que ya era tarde para él, que la vida era otra cosa, siempre es otra cosa.
Además, se puede adivinar que la inmortalidad sólo es de fiar cuando se es joven. Nadie ha sabido querer a un eterno viejo.

viernes, 14 de marzo de 2014

Gentil genre

Fue primero el chirrido oxidado de la puerta de madera. Luego, los zapatos, los tacos de los zapatos, chocando contra el frío del mosaico. O no, en verdad fue el eco de las pisadas por sobre el pasillo y el aliento viscoso con tos de cigarrillos negros que se acercaban a la puerta que después produjo el ruido de las bisagras venidas a menos. Con su entrada, se avecinó aún más la penumbra que inundaba el recinto. Sólo tomaría un tiempo, unos instantes. Ella se alertó por los sonidos y colocó su dedo índice derecho sobre sus labios rojos carmesí cerrados en señal de silencio. De nada sirvió. No era posible distinguir nada. Tan solo el tacto sería capaz de conducirlos. Allí ella pensó que bien podría ser cualquiera quien entrara a su habitación, produciendo una extraña sensación de excitación sobre sí. Comenzó por sentir humedecerse su entrepierna y el calor que se aferraba en las orillas del elástico de su ropa interior. Apretó fuerte, bien fuerte las piernas y se recostó sobre su lado derecho, pegando su cuerpo contra la pared despintada. El frío del revoque chocando contra su ropa fina la estremeció. Pensó en la penumbra, ella bien podría ser otra, alguien más que no ser ella misma y una suerte de adrenalina y temor la abrazó al instante. Sintió los brazos de él que, sigilosamente y casi arrastrado por la memoria, se sentaba sobre el borde del colchón reservado para sí.
Se sucedieron besos cálidos, caricias avasallantes y tibios susurros, hasta que de un tirón, el vestido de ella cayó pesadamente sobre el suelo, tirando en su vuelo un portarretrato desde la mesa de luz. El ruido producido los hizo parar un momento y los dos pares de ojos se abrieron a la nada misma. Rieron uno sobre los labios del otro y continuaron.
Él se montó sobre ella comenzando con un ritmo que se encontraba entre lo armonioso y lo controlado por el afán de no producir mayores sobresaltos. Ella mordió sus besos para luego pasar a oprimir el hombro de su amante a medida que hundía sus uñas cortas en los suspiros de la espalda ancha. Esto motivó al hombre a dar rienda suelta a su goce que crecía y crecía junto al de ella quien afrontaba dificultades para contener sus gemidos hasta que la mano rugosa de él logró acallarlos. Ella lo quería ver, quería sentir sus ojos posándose sobre los propios, sentir el deseo que se desprendía de él, el deseo sólo a ella, sentir que la quería, a ella sola, por más que estén las otras; porque en su razonamiento, ella estaría siempre en su mente, como la única. Pero no podía verlo. No podía decir nada frente a esa mano grande, de hombre, que se humedecía con su propio aliento y le ahogaba los besos, los suspiros, el amor y los instintos más básicos. ¿Por qué no la quería?
El motor de unos autos lo alertaron. Dudó entre retirarse y llevarse el tiempo necesario para presentarse arreglado y no ser sorprendido en las inmediaciones de aquel dormitorio. Sin embargo, la pasión lo doblegó y continúo con sus movimientos cada vez más rápidos y más fuertes y más profundos y más cálidos y más rápidos, hasta apretar fuerte, muy fuerte la cintura de ella y quedarse quieto y resoplando, bramando como las bestias, con la mirada ausente, austera, envuelta en penumbras.
Con un golpecito suave, de la mano que oprimía la boca de ella, le indicó que se corriera. Fueron dos pequeñas palmaditas dadas con las yemas de los dedos rojos. Sin mediar palabra, se levantó el pantalón, abrochó su cinto de cuero negro gastado y tropezó en sus primeros pasos al colocarse los mocasines también negros como todo alrededor, acompañándose por el trajín del eco que producía el estallido de los tacos de los zapatos ante la naturaleza del piso. Desde el vacío de la habitación de ella, se pudo apreciar el portazo al cerrar el cuarto de él. Por su parte, ella continúo en la misma posición, sobre sus espaldas, desnuda y aún buscado la mirada de su Adonis.
Pasaron unos minutos hasta que volvió en sí de su abstracción. Se sentó sobre el borde de la cama y con la punta de los dedos del pie derecho, tanteó sobre el frío suelo hasta dar con su vestido monocromático. Se irguió entre las sombras y vistió su figura con aquella tela impersonal para su sensualidad. La sotana marrón no entendía de justicia sobre su silueta. Siquiera ello ayudaría a que nadie en la misa siguiente pensara en ella y en su cuerpo blanco marcado por los dedos del párroco.

miércoles, 12 de febrero de 2014

A dónde me he ido

Y te trinan los ojos rancios y chiquitos que los siento en el seno de mi nariz, presionando fuerte, aferrándose de algún secreto que pensas que guardo. Y los reproches que se erigen uno tras otro de todo aquello en que he fallado y, vamos, por sobre todo lo que fallaré; que a medida que el rubor trepa por tus pómulos suaves, tu boca pronuncia apercat tras apercat y yo tú sparring que no esquiva, me apeno, claro que me apeno, pero no te lo puedo contar, jamás te conté algo. Lo mío siempre será otra cosa, ser otra cosa mientras chupo de este mate tan rutinario como toda esta deliciosa oportunidad. Y vos que clavas los puños sobre el mantel desteñido para que quite mi vista de este libro que repito y repito y que te quise regalar alguna vez, desesperado, pero te observo de refilón, con la mirilla de los párpados, como se miran en las películas que dejamos de, bueno, mirar, y te apretas las sienes discurriendo lo mismo que hace peleas atrás pero ya no puedo defenderme siquiera, ya no ofrezco resistencia y me avasallas con todos los recursos. Y te miro el ombligo que se desnuda de tu remera ajustada y del jean que se ciñe a tu cintura jocosa, la piel de tus caderas, el perfume de tus muslos, el aliento en el cuenco de tu pecho y te deseo más que nunca cuando te estás alejando hacia la cocina, hacia brazos de otro, hacia la vida, a lavar tus lágrimas y a beber del grifo opaco entre platos manchados y fuentes con restos de alguna hoja verde, que tomas esa agua que se hace gotas de perla en la comisura de los besos que ya no has de darme, y admiro tu fantástico trasero que se expone cuando ya no aguantas más y te deshaces sobre la mesada, la cabeza escondida entre los hombros y y el sollozo perenne capaz de conmover a todas las religiones y yo hundido en la misma silla, el mismo libro, la misma vida, las mismas promesas que sigo sin cumplir y el eco sonoro de todo lo que no estás diciendo se hace añicos contra los pañuelos que vas desgastando y arremetes con nuevas energías, guiada quizás más por la desesperación que por el fundamento, contra todo aquello que no te dí y, lo que es peor, contra todo aquello que dejé de darte. Pero no entendes y yo no puedo explicarme porque un sparring no habla, no pide clemencia, su razón de ser, su propósito es aguantar, atajar la vida que se le viene encima mientras piensa qué va a cenar, qué dirán las noticias, quién lo llorará cuando ya no pertenezca a este mundo. Pero intento aguantar, ¿acaso no lo ves?, al tomarte por la cintura cuando te escabullís y te siento la piel con escamas y viscosa, fría, adyacente a mi mano que queda perpleja y se debate en la correntada de aire que tu caminar dejó suspendido. Y ya siento en el pecho ese portazo que estás dando con el ruido de una cartera que no tiene más que sueños que llevarás a otro lugar, y qué será de vos, y repetís desde el pasillo, entre el rebote de los tacos en las escaleras, el que me vaya bien, que tenga suerte en la vida, y pienso que si sólo bastara con suerte sería todo distinto, si sólo bastara. Pero me quedé sin cigarrillos y a vos no te gustaba que te fume los besos porque la lengua se hace espesa y agria y eso no es amor, eso es otra cosa, que nos merecemos algo distinto, los dos, otra vida, otra suerte y si sólo dependiera de eso, un apercat no viene de casualidad.

domingo, 12 de enero de 2014

Días espléndidos

Se nos desprendían los quince años de la piel en forma de escamas plateadas, y los dejábamos desparramados junto a las propinas en las mesas de los bares. Sentíamos el mundo tan palpable y nuestro que no nos importaba el hambre en el África, las enfermedades en Malasia o los nuevos pozos petroleros coronados bajo el sol ardiente del desierto.
Escapábamos de las clases con el vértigo corriendo por las venas, eructando el miedo que no nos decíamos pero que se posaba allí, en nuestras miradas cristalizadas. Las bocas de los subterráneos nos devoraban y escupían sucesivamente y nos sentíamos frescos, con el rubor pulposo en nuestras mejillas. No teníamos preguntas trascendentales y eso estaba bien. Nos solíamos desvivir en busca de experiencias, siendo nuevos niños en un novedoso jardín de infantes. Así, corríamos riesgos ilusorios al saltar los molinetes de las estaciones o al tomar golosinas de los kioskos al paso y humedecíamos los filtros de nuestros primeros cigarrillos y nos mordíamos torpemente los labios el uno al otro ante la avanzada desesperación por aquello que es por vez primera.
De pronto caigo en el abismo oscuro de imágenes sucias a las cuales araño ansioso ante la fuerza ejercida por sujetarme a ellas porque súbitamente nos encuentro en nuestro viaje juntos a una playa arbolada luego de que termináramos nuestros estudios secundarios. Promediábamos los dieciocho años y vos ya cargabas con una seducción que jamás pude comprender dónde la habías aprendido. Tus pies desnudos sobre la arena opaca, salpicaban sueños paso tras paso y todo era un limbo, una producción onírica de la cual despertaba con el cosquilleo de tu risa escondida tras lentes de carey. Y ahí fumabas, un cigarrillo seguido de otro, y tu aliento cargado de humo y tu lengua espesa recorriendo el lóbulo de mis orejas. Tenía yo la envestida de un salvaje y mordía tus muslos suaves hasta que te retorcías y lanzabas un suave quejido empastado en tus dientes. Fueron días espléndidos donde todo podía colapsar en nuestros alrededor pero lo mismo daba.
Las irremediables condenas que fuimos posponiendo llegaron para enredarnos entre sus brazos flacos pero firmes, aprisionandonos en horarios de oficina y carreras de grado que fuimos dejando una tras otra, así como nos abandonamos a nosotros mismos, sin quererlo. Nos reunimos luego para recordar aquellos momentos que (de pésima forma) quedaron abotonados en los rincones felices de nuestra memoria. Te casaste con un tipo que te convenía, me dijiste una vez, y vestiste de blanco en un atardecer de campo en las afueras de Buenos Aires, un atardecer que caía derrotado como un boxeador que se arremete contra la lona noqueado por un apercat certero mientras tus hoyuelos se pronunciaban en tus mejillas con el amargor de un para toda la vida nervioso, casi impersonal. Luego, te encontré sola, cerca de unos tilos longevos, fumando, con los brazos cruzados y la mirada extraviada. Pisabas un colchón de hojas secas que crujían bajo tu caminar errático y me sonreíste con el brillo goteando en los ojos y no me dijiste nada cuando comenzaste a toser copiosamente al momento que una brisa perfumada nos invadió los cuerpos hasta llevarnos a una noche de focos coloridos, donde el césped húmedo de rocío se pegaba a los tobillos, manchando los dobladillos en los pantalones de gabardina. Brindabas con copas finas y espumantes, repitiendo la mueca banal frente al lente de la cámara, actuando besos indecorosos para el porvenir.
Y la voz en off dentro mío retumba aquello que debí decirte esa noche pero que ahogué estúpidamente, estrangulando con mis propias manos palabra por palabra. Aunque lo sabía, no te miento si te digo que lo sabía, que esa sería la última vez que nos veríamos porque los dos lo sentimos en la angustia de nuestros cuerpos que aquella ocasión se convertiría en el eco titubeante de una negación perpetua. Y postergué verte, sí lo postergué. Es que no soportaba que acarres ese anillo en el dedo y que vistieras esos vestidos de ama de casa, chamuscados por cenizas de cigarrillo, o que miraras por las ventanas así como mirabas, perdida, sorda, ausente por querer otra cosa, por estar sintiendo estallar la derrota en el paladar y yo ahí, frente tuyo, queriendo robarte de un abrazo de la vida y llevarte a mil playas, capaz de hacerte un mundo y dártelo después. Por todo eso no volví, por ello me fui a Uruguay y te mentí en esa carta, asegurándote que lo hacía por la experiencia, por un pedido o una promesa. Por Dios, no soportaba la vida, era eso, sólo eso no más. Pero qué sabía yo de la vida, qué sabía. Aún sigo sin saber nada, no tengo el atino siquiera de advertir una pizca de destino y cómo iba a saberlo antes si ya no nos mirábamos siquiera, si ya nos ahogaban los recuerdos y la vida nos barajó de esta manera. 
Pero vos sabías bien cómo era yo, me fiaba mucho de la realidad, del futuro. Y ahora te veo hundiendo las yemas de tus dedos en la placa mezcla de brillo y puntos negros, rasguñando la foto enmarcada, vieja, gris, por la cual se escurren intactos todos los sueños y veo que lloras y no quiero que llores, y hasta me parece que me escuchas porque se te cae una sonrisa desde la comisura de tus labios y lloras y reís y te peinas el llanto con el revés de tu mano, esa que porta la sombra de un anillo. Y salpicas con tus lágrimas aquellas flores de plástico que olvidaron una vez y sirven de confort para aquel que vino y sabe que estarán allí por siempre, como yo, en este maldito cementerio, tan lejos de todo, tan lejos tuyo.
Qué sabía que me iba a morir, qué sabía yo.

viernes, 10 de enero de 2014

Los árboles lloran

Ronroneó, convirtiéndose en un capullo acorazado pero débil, vulnerable, sobre mi hombro. Todavía recuerdo su piel, adiamantada, eterna, reposando allí, lejos, sobre los rincones rudimentarios de mi cuerpo.
Vertió una de sus piernas sobre las mías y la deslizó de arriba hacia abajo, lentamente. Mientras tanto, dí torpes manotazos por sobre la mesa de luz en busca del atado de cigarrillos. Cuando dí con ellos, posé uno sobre mis labios, lo encendí y pité. Una cortina de humo se confundía con los rayos de luz del televisor sordo que se hundía en el rincón de la habitación. Pensé en las guerras, en cómo cualquier discusión o interés desembocó en la lucha armada. De allí salté a contemplar las consecuencias de los combates, las mutilaciones, las familias desgarradas, hijos huérfanos, esposas viudas y me detuve un instante en las afecciones mentales que se producen. La psicosis, las pesadillas de medianoche, los tics nerviosos, las caras de los hombres que se han matado, los recuerdos de la guerra torturando todo el día, todos los días, haciendo de uno un esclavo pensando qué hubiera sido mejor si haber muerto allá o seguir atado a todo lo que sucedió, muerto pensando.
Se desprendió de ella un suave murmullo como hilo de miel acompañado de una sonrisa suya, tan suya, hacia dentro, guardada para sí. En ese instante su cuerpo se configuró enorme, pesado, para mí. Me molestó su calor, sus cabellos, sentí el irse cada uno de mis sentidos hasta quedar hecho un hueco, sosteniendo el nombre de alguien más en la boca, mordiéndolo una y otra vez, una y otra vez.