Me tomó por la nuca, enredó sus famélicos dedos pálidos en mis cabellos. Me miraba con los ojos cerrados y respiraba, jadeaba un poco, como suspirando, como si estuviese llorando pero no, así del todo no.
Se mordía los labios, precisamente el labio inferior. Yo, desde el cuello, podía verle la punta blanca de los dientes. Podía ver, también, el jadeo, cómo temblaba, cómo se reprimía y cerraba aún más los ojos. Se reprimía, sí, porque jadeaba pero despacio, como si en cualquier momento podría soltar un alarido, un estruendoso grito de placer, pero no podía, no debía.
La apoyé contra la mesada de la cocina. Me aparté un poco y con mi mano izquierda apreté por sobre el jean que llevaba puesto. Apreté sobre el cierre, un poco más abajo, y ella se estremecía. Agarró mi mano y la apartó. La llevó a su teta derecha, a un corpiño magullado por el uso diario, por ser domingo y estar de entre casa. Acaricié su pecho, suave, mínimo, ahuecando la mano, como acariciando un pájaro lastimado, como con el ala rota. Me pidió que pare nuevamente, que se tenía que controlar pero me besó como si no hubiese mañana, u hoy, o un después. Me besó mordiéndome el labio, suspirando sobre mi aliento, tragando saliva y desabrochándose la camisa, los primeros botones de la camisa blanca que le daba un aire celestial, con el pelo que languidecía sobre los hombros, rubio oscuro. Sonreía, ella sonreía y movía su cintura suavemente contra mi pierna, en movimientos circulares, hacia arriba, hacia abajo, también. Sonreía, cerraba los ojos, jadeaba, se mordía los labios mientras sonreía y se movía, la cintura, las manos apoyadas contra la mesada, arqueaba su espalda y el pelo quedaba suspendido en el aire, dando destellos de luz rubia.
Cuando la tiré sobre la cama, ella dio unos pequeños rebotes, como flotando, mientras ponía su cabeza de lado y estiraba los brazos. Arrugó el entrecejo y suspiró, de placer, de dicha, como si fuese la primera vez, la primera vez en todo. Apagué la luz de la habitación pero prendí la del velador. Me sentía como en casa. Era la primera vez que iba a su departamento pero tomé la confianza necesaria, el atrevimiento, las riendas de todo el juego, como a ella le gustaba.
Esta vez, dí más presión al apretarle las tetas. Ella se retorció un poco cuando usé mi pulgar y mi indice derecho para apretujar al pezón izquierdo, como si fuese plastilina, algo más duro, consistente. Acto seguido, introduje mi mano por sobre una tanga, como con encaje. La cuestión es que se encontraba mi mano entre el pantalón y la ropa interior, húmeda pero tibia, como con calor húmedo. Y ella se movía. En un punto, me abrazó con las piernas, me pedía que la apretara, que le tirara un poco el pelo y que la apoye, que también me mueva pero un poquito suave pero que la apoye fuerte, bien fuerte, casi raspando los cierres relámpagos de los pantalones. Que me quería sentir, así lo decía, apretando los dientes, agarrándome la solapa de la camisa, que me quería sentir bien.
Ella liberaba aire por la nariz como un toro enfurecido. Entornaba los ojos y me decía que me la quería chupar, que no iba a parar hasta tener todo de mí, mi esencia, en su boca para mostrármela para decir qué rica que está, que podría estar haciendo esto todo el tiempo, que nunca se cansaría, que le encanta.
Después, apretó las piernas, ya asentadas enrededor mío, a la altura de la cadera, y podía sentir, a través de la ropa, el desliz de la excitante humedad erosionando todo, indicando la necesidad de continuar con toda esta empresa.
Me pidió que pare, nuevamente, pero quise entenderlo como un juego, como estar entre lo prohibido y el deseo, saber que todo eso estaba mal pero relamerse en el morbo del pecado, en tener que vernos las caras por la calle y ocultar todo en un manto de mentiras, intentar sobrellevar conversaciones banales cuando tuve sus fluidos por todo mi cuerpo, queriendo evitar la incomodidad en alguna esquina pero recordando cómo ella pedía más, cuando me pedía que nunca acabe, que jamás termine pero después rogando que le deje una marca, en la cara o en los pechos, como una blancuzca firma, que termine rápido para empezar de nuevo, volver a excitarnos, sentir el suave y dulce líquido que cae y pinta sus piernas y las predispone para todo, para conquistar el mundo. Pero esta vez fue un tanto más seca. Me pidió que pare y se apartó, se levantó de la cama y me hizo un gesto como que me calle mientras yo me acercaba a ella para darle beso en el cuello, mordiendo sus hombros, desde la espalda, tocándola desde atrás. Pero ella no titubeo en su decisión, que escuchó un ruido dijo.
Sin escatimar en el tiempo, se arregló su pelo rubio oscuro y la camisa blanca un tanto arrugada. Acomodó un poco, con un gesto, sus pantalones y gentilmente me pidió que guardara silencio, otra vez, pero, en esta ocasión, acompañando todo con la directriz de esconderme en un armario cerca de la puerta de salida.
Cuando el marido terminó de abrir la puerta e ingresó, la tomó por la cintura y, sin mediar palabra alguna, se la llevó a la cama para deshacerse los dos en alaridos frenéticos de placer y lucha cuerpo a cuerpo por el extasis contrario.
Entendí que debía permanecer en ese armario unos momentos más, intentando suprimir los ruidos del goce ajeno, hasta que ellos llegaran al clímax donde no hay ruido o molestia o preocupación que valga. En ese punto, da lo mismo que en las otras habitaciones estalle una discusión, una fiesta o el comienzo de una guerra sin cuartel. En ese momento, en el clímax, el tiempo se detiene, el espacio no vale de nada. Allí, podría salir a la calle, sin preocupación, venir a sentarme en el bar, acá, con vos y contarte con toda la impotencia y la bronca esto que te acabo de contar.
Por eso te digo, Cacho, que me parece una porquería, una mierda, eso de que lo que importa es competir, pasarla bien, todo por el amor al arte. La cuestión es ganar, Cacho, salir primero, llevarse los laureles. El segundo lugar me dejó re caliente, ¿qué queres que te diga?
