sábado, 12 de octubre de 2019

Nunca había llovido tanto por estos lados

Se habían mudado hace unos cuatro o cinco años. Aparecieron de pronto, un fin de semana, en un auto azul y con un camión de mudanzas. Alquilaron la casa de los Pereyra y entraron con cajas rotuladas y distintos muebles. Se los veía contentos, iluminados más allá del cansancio y el calor que resonaba en aquella primavera.
Al principio, ponían música todo el tiempo. Desde cumbia colombiana hasta jazz por las noches fresquitas. A ella se la escuchaba reír con particularidad como cuando se ríe con el cuerpo entero, con los ojos, los brazos, la panza que se pone dura y las rodillas que se chocan entre sí. Él trabajaba y se lo veía llegar cansado, a veces de noche, otros días bien temprano a la mañana, según la rotación de los turnos de la fábrica. Pero al momento de pisar la vereda de la casa, enderezaba su espalda, arreglaba de un manotazo sus rulos castaños y entraba con una sonrisa. Por su mirada y su andar, podría decirse que, para él, su casa era otro mundo, otra patria donde, tal le pasó a Alicia luego de perseguir al conejo blanco, las cosas obedecían a un orden lógico distinto, a una conexión de sistema cerrado entre las cuatro paredes alquiladas de la cual los vecinos envidiábamos el aroma a tuco que desprendía una olla a las once de la mañana de un domingo lluvioso o el estruendo del primer beso en el reencuentro luego de estar separados unas horas.
Por eso fue extraño la primera vez que se escuchó el golpe seco contra una mesa o quizás una puerta cerrada, seguido del sollozo contenido o por sus manos o por un repasador que habrá utilizado para tapar sus labios carnosos que levemente se hincharían un poquito más. Poco a poco, la música se fue apagando, las risas se transformaron en cigarrillos que ella fumaba sola, en el patio, mientras él comía solo y el aroma a tuco se convirtió en el sonido de una moto del delivery que bien podría traer algunas empandas, tal vez una pizza.
Se sucedieron, en ese tiempo y en distintas horas, corridas dentro de la casa, muebles que se arrastraban en un orden aleatorio y no consensuado, sumado a llantos ahogados y resquebrajados. Las primaveras no duran cien años, pensaba en mi rol de testigo a la distancia en esos momentos. Una noche en la que no podía dormirme, me encontraba mirando una película en el televisor cuando un golpe similar a aquel que escuché por primera vez, el que parecía castigar a una mesa o a una puerta cerrada, se volvió a oír pero con una sensación más humana, como de un chasquido de piel tensa blanca que automáticamente se volvería una masa agrandada y roja que, luego, al pasar los días, se transformaría en un color mezclado de verde y de violeta para dejar paso a un cerrado negro, color de la misma tonalidad que tiene aquel pasado tan lindo que se arruga en el abanicar de una mano de hombre abierta. Un silencio espeso quedó latiendo en el aire entre nosotros. Ellos dos en su casita y yo al lado, inmóvil, mirando una comedia de los años ochenta con el televisor en mute. Habrán pasado unos diez o quince minutos hasta que escuché la puerta de la casa vecina, la cual daba a la calle, abrirse seguido de unos pasos pesados y duros. Luego, el motor del auto encendiéndose y ella fumando un cigarrillo en la galería que daba al fondo de la casa.
A esa noche, le siguieron días grises. Nunca había llovido tanto por estos lados. La casa de al lado permanecía casi herméticamente cerrada. Las persianas bajas, la puerta delantera que parecía no haberse abierto en más de diez años y el pasto en la vereda que ganaba terreno aflojando algunas baldosas. Las hojas de un paraíso se iban juntando en el cordón, obstruyendo el paso del agua hacia la boca de tormenta. De ella sabía que estaba bien por el hilito de humo de su cigarrillo que podía observar más allá de la medianera que nos dividía.
No exagero que la volví a ver, en persona, luego de unos cuatro o cinco meses desde aquella vez. Nos cruzamos en el chino del barrio y ella sostenía un canasto en el flexo de su brazo izquierdo. Cargaba con algunas latas de conservas, pan lactal, leche descremada y una botella de vino. Tenía un solerito  floreado que marcaba su cintura, dejando paso a dos piernas que eran toda piel. Los labios carnosos se mordían uno a otro en la decisión de llevar tal o cual mercadería. Un leve mechón de pelo rubio caía sobre su ojo izquierdo mientras tarareaba una canción de otra época. Los melones se acomodan al andar, pensé y me encontré asaltado por esa frase que había escuchado tiempo atrás, cuya imagen siempre me trajo aparejado un recuerdo dulce de verano.
En las casas linderas, volvimos a sentir ese aroma a tuco de domingo y de tartas dulces para el mate, sumado a la música que se había pausado aquella vez y que volvía a rellenar la casita alquilada. Parecía que todo estaría bien.
Y creo que fue eso lo que me dejó consternado, inmóvil y sin saber qué pensar en aquel viernes que llegaba a casa después de trabajar, eso de pensar que todo marcharía bien. Fue eso lo que me dejó perplejo, ver ese auto azul, de nuevo, en la calle, las hojitas del paraíso que volvieron a juntarse en el cordón de la vereda obstruyendo el agua y las persianas bajas junto a la puerta que parecía no haberse abierto nunca desde la última vez que se cerró.

(♪)

viernes, 4 de octubre de 2019

Ramito de violetas

Quien cada nueve de noviembre
como siempre sin tarjeta
le mandaba un ramito de violetas.
Ramito de Violetas.
Carlos La Mona Jiménez.


Ahí llega de nuevo, piensa. No lo ve pero ya conoce ese paso cansino de arrastrar los zapatos de seguridad y de todos esos kilos que fue ganando con los años. Siente, además, la vibración del portón negro y oxidado que se le escapó de la mano y que choca contra la estructura de hierro. Mientras, él avanza hacia la puerta de chapa blanca, manchada de manos que se apoyaron en ella y del oxido que fue martillando la pintura. Al mismo tiempo, ella cocina un guiso de fideos moñitos donde escasea la carne y el tuco no logra ni la consistencia ni el color que debería tener según lo que recuerda a como solía hacerlo su abuela. Le faltan cosas, piensa y agrega, ya no alcanza para nada. De él se escuchaba, antes que cruzara el portón y luego los dos metros de patio delantero hasta llegar a la puerta de chapa blanca, un silbido de otra época, fuerte y sonoro, con agudos ribetes y acentuaciones graves. En el instante que posó los dos pies grandes revestidos de zapatos negros, que apuntaron a la puerta de la casa, dejó de chiflar para abrirse paso. Llevan casados algo más de diez años. Cuando les preguntan hace cuánto han dado el sí, ambos se miran cómplices y dicen fechas inexactas  para salir del paso, pero ella sabe que fue por los primeros días de diciembre, que hacía calorcito y que aquella vez caminaba arrastrando levemente un vestido blanco prestado. Luego de recordar eso, en las distintas ocasiones que les consultaron sobre su unión marital, ella hunde los labios como para dentro de la boca y lanza un breve suspiro.
Él tiene las manos grandes, de dedos como un racimo de chorizos, y callosas, llenas de durezas amarillas, casi marrones. Cuenta con una fuerza de otro mundo, venida de otros tiempos, la cual emplea en la fábrica, al pie de una estampadora de láminas de metal. Entre los recortes plateados que salen despedidos luego del golpe de la matriz contra las hojas, recuerda que vivía en el campo, siendo muy chico, sin embargo con las manos grandes, y mataba a los pollos apretándolos bien fuerte por el pescuezo, haciendo que la sangre del animal corriera hasta la cabeza y se concentre ahí para luego hacer morcillas. También rememora la historia aquella cuando, antes de venirse para la ciudad, intentó domesticar un caballo guacho que encontró en el monte y que el muy bravo no se dejaba ni atar ni ensillar y de la bronca se paró en frente y le apretó el cogote con las dos manos duras hasta que los ojos del bicho se le fueron para atrás dejando una bolita blanca y desesperada al borde de salir disparada. Lo soltó después de que el pingo bramara un alarido que estiró en el aire hasta tumbarse en el suelo. Cuenta esa historia cada vez que puede, a veces la repite más de una vez en una misma reunión cuando toma.
Quizás por eso es tan bruto, piensa ella. Toda esa vida de campo, esos fríos que rayan la piel en los inviernos. Encima, agrega, el padre se daba a la bebida y se ponía malo y le pegaba a él y a las hermanas. Si la madre siempre me cuenta que él se vino para la ciudad porque lo iba a matar al padre si se quedaba un rato más. La saluda con un gesto lejano y el primer contacto que tiene con la casa es con la heladera de donde saca una botella de agua. Desabrocha la camisa de grafa azul y se sienta silencioso en la punta de la mesa. Tarda unos minutos en prender el televisor, tiempo en el que mira fijamente a un punto imposible de precisar pero que por el ángulo de su cabeza y la posición de sus ojos bien podría ser entremedio de las cortinas que dejan espiar afuera, a la calle y a la gente que pasa por la vereda. Un sobresalto la sorprende a ella mientras se agacha a buscar una bolsita para recambiar el tacho de basura. La carta, se dice para sí. Una carta en sobre blanco que no lleva remitente y que está dirigida a ella. Esa misma carta de puño y letra, escrita con la misma mano que cada nueve de noviembre compra el ramito de violetas que luego le llega sin tarjeta y que ella acurruca en el cuenco del pecho como hamacando a un hijo que mira por primera vez a su madre y la reconoce como suya. Ese conjunto de flores que no llegaron nunca a vivir más de medio día porque siempre las recibe de mañana y las hace añicos antes de que él llegue, arrastrando los zapatos y empujando la puerta con la pesada mano callosa. ¿Dónde dejé la carta? se angustia y la mirada comienza a enturbiarse. Intenta respirar haciendo un esfuerzo consciente por inspirar aire pero no siente que sus pulmones se llenen. Comienza a recorrer en su mente todo el trayecto que hizo durante el día, por qué lugares de la casa estuvo. Se le viene la imagen de estar acostada en la cama a medio hacer, con los pies orientados a la cabecera y los codos apoyados en el borde, tarareando una canción mientras sutilmente rompía el sobre para leer las palabras que esperaba cada día un poco más. Sale disparada al cuarto, él la mira de refilón sin mover el cuello y vuelve la vista al televisor.
Toma el sobre que estaba arriba del acolchado y lo convierte en muchos papelitos. Coloca la carta en el bolsillo del delantal y encara al baño para tirar lo que anteriormente era un sobre blanco en el inodoro. Tira de la cadena y se lava la cara. Vuelve a sentir aire en el pecho y cierra los ojos. Piensa en las manos enormes de él y por un instante siente una fuerte presión en los ojos como si estuvieran por salir expulsados de su lugar. Se moja el rostro nuevamente y con las dos manos se alisa el delantal. Estuvo cerca, piensa.
Cuando la escucha salir del baño, apurado arruga el papel que le sirve de borrador y lo mete en el bolsillo del pantalón, no sin esfuerzo por la torpeza involuntaria de sus enormes manos. Voy a tener que empezar de nuevo, se dice. Quizás cambie de sobre, medita, el color blanco es muy de escuela. A ella le gusta el violeta, quizás encuentre alguno de color lila.

(♪)*


___
*Hace mucho me dijiste que te gustaba porque esta canción contaba una historia. No pude verlo en ese momento. Pero ahora acá va, luego de tantos estos años.

domingo, 29 de septiembre de 2019

El espejo

"Amanece y ya está con los ojos abiertos."
El limonero real.
Juan José Saer. 1974.

Cuando por primera vez entró al cuarto que ocuparía en la pensión, notó el espejo ovalado, algo sucio de manchas del tiempo, colgando a media altura, en la misma línea que la mesita de luz. La cama estaba pegada a la pared, en la cual yacía suspendido un crucifijo. El encargado del hospedaje fumaba mientras caminaba con su valija, sin pronunciar palabra. A medida que fueron surcando los pasillos, pudo observar que había una cocina compartida donde se encontraban dos mujeres que tomaban mate, sentadas con las piernas cruzadas y envueltas en vestidos floreados de colores apagados. Divisó, también, un patio interno enredado de hojas secas desordenadas por el piso y de macetas colgantes mezcladas de malvones y potus de hojas verdes.
Había bajado del tren recientemente, dejando atrás los calores cuyanos y aún con el lomo cansado de tanto hachar por entre medio de los montes. La camisa blanca con rayas verticales de color violáceo se fue tiñendo de transpiración y tierra que voló desde Mendoza hasta Constitución. La valija de cartón y la manta que aún conservaba desde que salió de allá, de Colastiné, eran la única constante en su vida errática de golondrina. Dejó su Santa Fe profundo, de pesados veranos y de ronroneo de ríos, para probar suerte por otros lados, donde alcance para comer, dijo antes de salir. No recuerda con precisión cuántos años pasaron pero aún conservaba el anhelo de volver triunfante, con algo de plata para comprarse un ranchito y poder trabajar en el campo o en el río, que es el campo de los litoraleños.
Acomodó la valija sobre una silla de paja que solía ser de un color celeste pero el uso constante la había ido devolviendo a su marroncito claro de madera recién pulida. Se echó en la cama con las manos cruzadas detrás de la cabeza y fue dormitándose. Comenzó a soñar con el calor y con las frutillas guachas que crecían cerquita de los arroyos. Le llegaron imágenes de los saltos y los chicotazos que dan los bichos del río sobre el agua cuando cae el sol y salen a comer. Entre el sueño y la realidad, se le fue asomando el olorcito a leña que empieza a prender y a largar chispazos en las noches de verano allá, en Colastiné. Y también la sueña a ella, a quien aún le escribe como puede, con letras deformadas y faltas de ortografía, con tosquedad en las oraciones y sobresaltos de acciones. Pero aun así, le escribe para decirle que algún día volverá, que ella lo espere, que qué linda debe estar. Sin embargo, nunca recibe respuesta. Él sabía que nunca le llegarían noticias de ella porque su trabajo podía durar un mes, dos meses, quince días en cada lugar y de vuelta irse a dios sabe dónde. Igual, él le escribía y le contaba de las cosas, de cuánto la extrañaba también.
Era un viernes por la tarde cuando llegó. Tenía hambre y sueño a la vez. Durmió hasta el sábado cuando se levantó a darse un baño y a cambiarse de ropa. Salió por los alrededores para conocer dónde se encontraba y buscar algo para comer. Al momento de volver, en la tardecita calurosa y húmeda del sábado, surcó nuevamente los pasillos de la pensión y vio a las mujeres de vestidos floreados apagados tomando mate, en esa oportunidad en el patio interno. Ellas lo observaron caminar, mirándolo de arriba a abajo, sin abandonar los movimientos cíclicos de preparar el mate y tomarlo pero sí dejando de hablar, en súbito silencio ante su paso. Ingresó a su habitación algo avergonzado sin entender bien por qué. Dejó el paquete de yerba, el pan y el picadillo que había comprado sobre la mesita de luz junto a las hojas y el lápiz que iba a usar para escribirle. Pasó frente al espejo y miró de refilón su cara. En ese momento, algo en él se entumeció como un calambre bien adentro, entre el corazón y la punta del pecho. Descolgó el espejo y lo apoyó en la cama. Bajó la valijita de cartón al suelo y arrimó la silla de paja. Se hizo de noche y prendió la luz, la cual quedó iluminando durante toda la velada y hasta el día siguiente.
Ya se había hecho domingo. Las migas de pan iban desde la mesita de luz, pasando por las sábanas gastadas y haciendo un caminito  hasta llegar al suelo. La lata de picadillo estaba vacía y un mate de yerba fría reposaba a un costado de él. Había comenzado a hacer calor en Buenos Aires, la primavera avanzaba anticipando un verano que no permitiría tregua.
El dueño de la pensión lo vio desde la ventana, por entremedio del espacio que se formaba en las cortinas. Estaba de espaldas, sentado en la silla de paja y el espejo apoyado en la cama, contra la pared, formando una línea recta e imaginaria con el crucifijo colgado. Estaba en cuero, se notaban los músculos tensos junto a las costillas y hombros huesudos. Se paró un rato a mirarlo en su inmovilidad hasta que la curiosidad le ganó y entró. ¿Qué está haciendo usted?, le dijo desde el umbral de la puerta que abrió sin siquiera golpear primero. Me miro, dijo. ¿Pero qué mira? ¿Qué le pasa?, volvió a preguntar el otro. Es que hace mucho tiempo no me miraba a un espejo, ya no me acordaba de cómo era yo. Ahora soy distinto de lo que recordaba de mí, dijo.
En Colastiné, las frutillas guachas empezaban a darse en flor.

(♪)

viernes, 20 de septiembre de 2019

Todo aquello que uno no dice nunca

Miren que me han puesto apodos pero 'Pelusa' 
es el que más va conmigo porque me devuelve
a la infancia en Fiorito. Me acuerdo de los Cebollitas,
de los arcos de caña cuando jugábamos solamente 
por la Coca y el sándwich. Eso era más puro.
Diego Armando Maradona. 1992.


Estaba comiendo tostadas con manteca y dulce de leche, acompañando un té. De chico tomaba mucho té y me decían que me iba a secar de vientre porque eso pasaba cuando se tomaba mucho té. También me decían que debía tomar leche para crecer sano y fuerte, con los huesos duros para poder jugar bien a la pelota. Pero a mí la leche nunca me gustó. En ese momento, la leche tenía mucho gusto a, bueno, leche. Era muy fuerte y el simple olor de la misma me producía mareos. Solo tomaba cuando podía agregarle nesquik y azúcar para disfrazarla. Pero en casa nunca había nesquik porque la plata, si bien alcanzaba, no sobraba para esas cosas. La plata, en aquella época, se usaba para comprar milanesas sólo los lunes, el pan de todos los días, la manteca, el dulce de leche y, ocasionalmente, el asado de los domingos que compartíamos en la casa de los abuelos. No habían vacaciones y el piso de la cocina de casa era de material, aún no se podía soñar con colocar cerámicas. Todavía el patio conservaba su ficticia expansión ya que no teníamos división con los vecinos. Era todo una gran masa verde con árboles y ligustrin que daba esa sensación de inmensidad. Papá hacía asados en el piso, con una chapa y unas barras de hierro soldadas, apoyadas en unos ladrillos que estaban encimados unos al otro. Y ese domingo papá hacía asado mientras yo estaba tomando té con tostadas con manteca y dulce de leche, y se agachaba para mover los carbones, colocaba la carne del lado del hueso sobre las barras de hierro y esperaba que algo pasara. Luego salía de ese lugarcito colocando otras chapas o cartones en forma ovoidal para evitar que los perros se acercaran a la parrilla. Hacía algo de calor o, mejor dicho, iba a hacer calor durante la tarde pero por la mañana se presentía la sensación de aplomo que originaría el sol contra la tierra mientras que se soltaba una suave brisa de primavera, haciendo que los árboles se muevan tibiamente y que el humo de las brasas se disipara hacia un costado y luego para arriba. Era domingo y no habíamos ido a lo de los abuelos. Me parecía raro que esa vez nos hayamos quedado en casa, pero quizás fue porque era fin de mes y el asado no era asado sino que era algo de carne, quizás falda, quizás sólo unos chorizos, y a veces las carencias se esconden. Además, ese octubre yo había cumplido mis siete años, mi hermana se había ido de casa y mi hermano estaba a punto de perder el año escolar. No había muchos ánimos de reuniones. Ese día jugaban Boca y River en el monumental. En las otras casas, se tejía el mismo humo hacía un costado y hacía arriba. En algunas, colgaban banderas de cada equipo en las ventanas que daban a la calle. Y se escuchaba cumbia santafesina desde los parlantes ubicados en los patios.
A papá lo veíamos poco, en general. La fábrica le exigía turnos extraños donde le quedaba un fin de semana libre cada cincuenta y dos días, o algo así. Rotaba de turno en cada semana e intentaba hacer horas extras cada vez que podía. Entonces cuando se encontraba en casa, estaba tan cansado que buscaba dormir. Mamá me pedía que vaya a jugar a la pelota a la calle o que haga silencio si quería quedarme en casa. Mientras, ella baldeaba el patio o la cocina. Mamá siempre baldeaba o cocinaba. Por eso la casa siempre olía bien, a perfume de flores o a bizcochuelo para el mate. Ese domingo, un vecino nos había prestado el decodificador para ver el partido en el televisor grounding a color, modelo ochenta y seis.  Había dicho que él iba a ver el partido en la casa de los suegros y ahí tenían uno por lo que iba a quedar en la casa sin uso, que no veía mal que nosotros lo pudiéramos aprovechar. Papá le agradeció y tomó con vergüenza el decodificador. No le gustaba pedir prestado o molestar a los vecinos por lo que la presencia del aparato generaba en él un encontronazo de sensaciones ya que por un lado quería ver el partido y, por el otro, le daba culpa usar lo ajeno. Lo dejó en la punta de la mesa del comedor y salió a hacer el asado y evitó acercarse al interior de la casa buscándose tareas como barrer o cortar unos yuyos del patio. Mientras, yo miraba dibujitos y desayunaba y veía desde las ventas abiertas el humo de las parrillas correr. Ese día, no era cualquier día. Jamás un día donde jueguen Boca-River es cualquier día. Pero en lo particular, a nosotros nos habían prestado un decodificador y pasábamos ese domingo en casa y no en lo de los abuelos.
La relación que habíamos tejido hasta ese momento con mi papá, se había ido formando entre los ratos que lo podía ver y en los cuales él no estuviera cansado. El agotamiento físico y mental produce en las personas, por lo general, ausencia. Cuando cualquier ser vivo no está en condiciones normales de energía, deja de ser uno para convertirse en la sombra de lo que realmente es. Además, no compartíamos muchas cosas por la edad y por los intereses. Soy el hermano menor de tres y al momento de nacer, papá ya tenía sus cuarenta años a cuestas. Por tanto, nos hicimos a nuestro modo, creando una relación propia como todas las de padres e hijos. Yo lo miraba de lejos y renegaba de que fumara tanto. Papá siempre estaba trabajando o fumando. En la casa o en la fábrica. Algo que tenemos es un gesto tan particular que, cuando se repite aún hoy en día, me da una sensación de frescura y seguridad, de que todo va a estar bien o que voy por el camino correcto. Recuerdo que lo hacía cuando, sentado en la punta de la mesa, quizás en cuero durante el verano, después de comer y con las migas de pan desordenadas sobre el mantel, y yo jugando alrededor de él o en el patio y luego entrando al comedor, pasaba cerca de donde se encontraba y me agarraba, haciéndome detener y pararme en paralelo a él, con los brazos rectos pegados al cuerpo, y me agitaba la cabeza con su mano, desordenando mi pelo y dando una o dos palmadas sobre el cuero cabelludo después. Luego, me soltaba mientras sonreía y veía irme a seguir jugando.
Después de comer, papá salió al patio a fumar. Se apoyó de costado, con el hombro derecho, en la pared que daba fin a la casa y miraba el patio, las últimas estelas de humo y el ford escort marrón en el cual se reflejaban el sol y las hojas del árbol de granada que aún estaba en flor. Luego, tiró el cigarrillo al pasto y volvió a la casa para conectar el decodificador. Puso los cables, apretó el control remoto y vio, por primera vez, un partido de fútbol pago a través del televisor de la casa donde vivíamos. Se sentó en la punta de la mesa, corriendo a un costado el recipiente de vidrio, que aún contenía algo de hielo que se iba volviendo agua y vino blanco, para ver mejor. Boca ya salía a la cancha y formaba con: Córdoba. Vivas, Bermudez, Fabbri, Arruabarrena. Toressani, Cagna, Soldano. Maradona. Latorre, Palermo. Después ingresarían Riquelme, Caniggia y Traverso. Un equipazo por donde se lo mirara. Pero algo pasó cuando Boca salió, más bien cuando el equipo estaba en el túnel y Diego alentaba a sus compañeros. En el momento exacto en el que el diez desarmó la arenga circular y volteó con el pecho levantado para encarar la salida del túnel y dar con la cancha, papá comenzó a llorar. Pero no lloraba de forma desgarradora, no. Quizás decir llorar es exagerar. Lagrimeaba, más bien. Pero no por ello perdía fuerza lo que sentía sino todo lo contrario. El ronroneo de las lágrimas silenciosas y ensimismadas en uno, son la manifestación de la contención de todo aquello que uno no dice nunca y que lo desborda. Llorar desconsoladamente es un acto dramático, teatral por así decirlo. Pero llorar sin, bueno, llorar, intentando controlar a uno mismo y sentir que desde adentro uno se va desbordando, como una represa que se quiebra de tanta presión, es aún más real que cualquiera otra forma de lagrimear. Por mi parte, al ver a mi papá de esa forma, tampoco pude contenerme. Es que llorar en esa época, aún hoy en día, era difícil. El hombre siempre tuvo la lágrima negada. Jamás había visto de esa forma a papá, tan íntimo y vulnerable, capaz de desarmarse con la menor brisa que pudiera llegar a tocarlo. Y yo lo acompañaba, a la distancia, sentado en el piso mirando el televisor grounding y, de reojo, mirando a papá. Entendía que era un acto que precisaba de un acompañamiento distante pero presente. También, al decir verdad, me daba vergüenza llorar.  Sucede, en relación a todo esto, que Maradona significa muchas cosas depende de quién y cómo lo mire. Se podría decir que existen tantos Maradonas como puntos de vista. Y papá algo sabía o presentía y por eso lloraba. Una historia de amor y fútbol que tendría un fin cinco días después, cuando Diego anunciaría su retiro, el día de su cumpleaños.
Hasta el momento, fue el acto personal por excelencia que tuve con papá en mi niñez. Veintidós años después, un domingo de septiembre, papá estaba en la punta de la mesa, sentado y con la mirada fija en el televisor. Las canas le fueron ganando terreno en el pelo y la vista, junto a una galopante sordera, le han ido jugando trucos y trampas. Yo estaba al fondo de casa, haciendo el asado en la parrilla, bajo el techo de tejas rojas. Alternaba esa tarea con ir pintando la casa, ayudando a mi hermano, pasando fijador y luego el rodillo cargado de pintura. Papá nos llamó, emocionado y alegre, como llaman los chicos a jugar a la pelota al dueño de la pelota. Ya sale, dijo. Mira toda esa gente, mira qué lindo, agregó después. Nos sentamos en la mesa los tres, en silencio. Nos habíamos vuelto grandes pero aún conservábamos entre los tres ese parecido ancestral, el reflejo de todos los genes que anduvieron en camello o barco o en los malones, siempre buscando de qué vivir. Mirábamos de frente al televisor hasta que salió, nuevamente, de la manga, con el pecho hinchado hacia adelante y las piernas maltraídas. Los pelos blancos en la barba y la sonrisa de alguien que vivió la vida cinco o seis veces en algunos años. La gente, en las tribunas, aplaudía, tiraba papelitos, alentaba y gritaba como si estuviera por comenzar una guerra o, mejor aún, una nueva era. Maradona se paró en el medio de la cancha, tomó una pelota con sus dos brazos y la acurrucó en el pecho. Diego también estaba grande como recordando que los milagros perduran pero readaptando sus formas. Lloraba, Diego, mientras la gente coreaba su nombre. En ese momento, los tres, sentados en una mesa, la misma mesa que siempre estuvo en casa, también llorábamos para cada uno, sin mirarnos. Aún hoy, para un hombre, llorar está mal visto más allá de toda inclusión. Papá se levantó, se paró detrás mío, frotó su mano cansada por mi pelo y dio dos golpes en mi cabeza. A seguir jugando, me dijo. Todo va a estar bien.

(♪)

sábado, 14 de septiembre de 2019

A veces real, a veces ficticio

La vida se gasta.
Y es miserable 
gastar la vida 
para perder 
libertad.
José Pepe Mújica
Ex Presidente de Uruguay

Un día, un cierto día, creo que fue un lunes, quizás un martes, todos los medios de comunicación, de todo el redondo mundo, se pusieron de acuerdo para lanzar un comunicado. Acá eran alrededor de las diez de la mañana, lo que quiere decir que en México serían las ocho, en España las tres de la tarde, en Australia las once de la noche y así con el resto del mundo. Claro, había gente que dormía, en la madrugada, y que luego se enteraría al despertar, quizás por el televisor o por algún mensaje en su celular.
Recuerdo bien a un hombre solo, de traje y corbata, una camisa blanca y la espalda derecha pegada a la silla ergonomicamente negra. Un fondo neutro, unas hojas en su mano y el micrófono erecto. Se aclaró la voz, batió los papeles hasta acomodarlos y comenzó a hablar. Querida audiencia, hemos interrumpido la programación habitual de todos los canales para hacer el siguiente anuncio. Y ahí explicó eso de que en todo el mundo estaba ocurriendo lo mismo, el anuncio repetido al unísono en distintos idiomas, con distintos dialectos. Todos en sus casas, cambiaban de canal intentando entender si todo era una broma de mal gusto o si era algo que se había roto en alguna emisora o repetidora. La misma imagen, el mismo hombre solo y de traje se repetía una y otra vez.
La noticia era que ya estaba, que el mundo no necesitaba trabajar más. Se había llegado al punto exacto de la róbotica y la nanotecnología en el cual trabajar, en ese momento, estaba de más. Biólogos, médicos y nutricionistas habían descubierto una forma de alimentación novedosa, abundante y accesible, lo cual no generaría gastos y estaba al alcance de todos, era algo de mezclar acelga con agua de la canilla, adicionar una fórmula y recitar un mantra. Al mismo tiempo, los laboratorios habían desarrollado una píldora, algo minúsculo, que podía detener cualquier avance de enfermedades que atacaran al organismo y que, además, podría dotar de una inteligencia tal, a nivel de las células, que generaría defensas de avanzada capaces de predecir la estructura necesaria para combatir mutaciones de enfermedades o la aparición de nuevas. A partir de ese punto, al día siguiente, según la región donde cada quien se encontrara, se comenzaría una nueva era de la humanidad donde se accedería a los elementos que garantizan la vida. Todo ser humano tendría la posibilidad de acceder a alimentos, salud y hogar, porque se había decidido también, entre los líderes mundiales, que la gente debía tener dónde vivir, las condiciones mínimas. Finalmente, el humano se encontraba habilitado para darse netamente a las artes, a la poesía, al canto, a la escritura, a la música, al teatro. O al deporte, también. Al deporte como un goce, como una expresión corporal de felicidad, de la búsqueda en compartir, de la descarga consciente y vital de energía. La gente dejaría definitivamente de correr por las plazas o avenidas, con esas caras de sufrimiento, donde sólo daban vueltas de dieciséis kilómetros para estirar el reloj de arena de la vida un poquito más. La humanidad viviría de su cosecha, de su cultivo, las manos enterradas en la tierra, el lomo apuntando al sol y el sudor de la frente goteando en el suelo punteado. Nos habían devuelto la libertad, luego de millones de años atados a grilletes y cadenas, a veces reales, a veces ficticias. Podíamos volver a nuestras pasiones, a hacer lo que realmente queríamos hacer y ser. Nos devolverían la pasión, dios santo y las jarras de vino que preparaba José. ¿Qué es la vida sin pasión? decía el tipo solo en el televisor. ¡Adelante! Vayan por todo, ¡la vida es suya! terminaba el anuncio.
Hubo un silencio sepulcral, que duró unos cuantos segundos por no decir minutos. Entre la incredulidad y la incertidumbre, se empezaron a dar los primeros aplausos, bocinazos y la lluvia de papeles que empezaban a caer desde las ventanas de los edificios de microcentro. Luego, los noticieros empezaban a mostrar las distintas manifestaciones que sucedían en el mundo. La gente se reunía en plazas, en los monumentos, en las veras de los ríos y en los estadios. Música, carteles, cervezas y pirotecnia, constituían la imagen que se sucedía en todas las ciudades y poblados del mundo entero. El ser humano ya no trabajaría para nadie más que para sí mismo. Y con poco alcanzaba, no hacía falta demasiado.
Seguido de los festejos, comenzaron algunos disturbios. Empezaron con la quema de patrulleros, el saqueo a algunas casas de electrodomésticos, en algunos países pidieron por la cabeza de sus presidentes o primeros ministros. Luego, se armaron orgías en las plazas, algunas improvisadas y otras dejaban entrever una modesta organización con su lugar para dejar las zapatillas o los baños móviles. La gente saqueaba y cogía en cualquier rincón, con todo lo que tuviera alcance. Esos fueron los primeros tres días después del anuncio.
Luego, una fuerza natural, un desprendimiento cerebral que conduce a dejar lo placentero por ser repetitivo, calmó todo. Porque el placer, por sobre toda las cosas, tiene su razón de ser, su sazón, en cuanto es escaso o prohibido. En el universo no existe manifestación sin polaridad (gracias, Hundred). Y ahí el mundo comenzó a cultivar su alimento, al mismo tiempo que comenzaba la repartición de las pastillas. El sol brillaba por este hemisferio, la primavera se veía asomar.
Comenzaron a crecer la cantidad de centros culturales, de lugares de reunión, de escuelas de danzas, de teatro, talleres de narración, cursos de masajes, aromaterapia. Abrían gimnasios, se enseñaba yoga en las plazas de los barrios, se alineaban los chakras en las casas de neumáticos. La gente rotaba en las actividades. El mundo olía a palo santo e incienso.
Cierto momento, la rueda que impulsaba los movimientos, se fue deteniendo. Los talleres estaban ausentes de personas, las plazas también. No había mucha gente deambulando por las calles y el aroma festivo de esos primeros días se fue diluyendo paulatina y constantemente. El desanimo empezó a crecer, la intolerancia ganó terreno y la queja fue convirtiéndose en constante en la boca de las personas. La gente no encontraba su pasión. Había tiempo, sí, pero no había qué hacer con él.
Los primeros suicidios ocurrieron entre el quinto y el sexto día. Aún, no paran.

(♪)*


___
*Recuerdo que te gustaba esta canción.