sábado, 30 de junio de 2012

Sueño

Sueño, anhelo, como todos. O quiero creer que todos soñamos, que deseamos algo más. Conocemos la existencia de limites, de techos, del 'hasta acá llegaste' y queremos más. Por lo menos yo, quiero más. Entonces, trazo finas metas, objetivos medianamente alcanzables, míseros para algunos refutadores. Por eso te digo, te comento, hasta puede que te invite a comer. Porque me gusta comer. Me gusta tomar vino, un poco, le voy encontrando la vuelta, la forma. Tal es así, que quiero ir a comer y tomar un vino, tinto en lo posible. Quiero ir a capital. Ir a comer, un lugar lindo, no tan caro, los lugares caros y lindo preparan comida de pésima calidad. Entonces, quiero ir a un lugar con poca iluminación, tenue, por decirlo así. Buena comida, buenos vinos, que se pueda fumar, siquiera un poco, dentro. Comer, tomar uno, dos vinos, tintos, syrah, malbec para el postre. Luego ir por bares, hacer noche en los bares, tomar más vino, todo el tiempo vino. Embriagarme, tomar un respiro y caminar. Pienso y pienso en Palermo, caminar por Palermo de noche, sintiendo frío y riéndome del aire, de la nada misma. Tomar de una botella, por la calle, que haga un poco más de frío. Amanecer, despertarme mareado, queriendo y buscando recordar. Despertarme, en otra realidad, pensando qué hice ayer, sin saber distinguir la línea, la delgada línea de lo real con lo soñado. Saber hasta dónde llegué, qué hice con vos, conmigo. Y reír un poco más.
Tal vez no fui claro. No tengo sueños grande, que envuelvan de orgullo, de reconocimiento social. Muchos quieren plata, de una u otra forma. Una casa de fin de semana, algunos se atreven a recorrer el mundo. Hay quienes sueñan con dejar de trabajar en esa oficina, ponerse un bar en la playa, tal vez una cancha de paddle, y ser feliz. Sé de otros que solo sueñan con ser feliz, con una felicidad casi de dimensiones materiales, sin actos que los hagan felices, ah, la desesperación.
Ya ves, mi sueño, mis sueños, no son grandes. Quiero ir a comer y tomar algún vino, tinto en lo posible. Realizable, burdo, sueño de a poco, anhelo despacio.
Es que, antes, soñaba con enamorarte pero sé que hasta acá llegué.


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viernes, 29 de junio de 2012

Recolección

Vuelvo a casa. Perdido, aturdido. Con un ondulante ruido en mi oído izquierdo, un tic, sin tac, en el ojo izquierdo, también. - Ya es viernes, siquiera - digo para consolarme, para darme una palmada en el omoplato, para poder seguir.
Todo me salió mal. Me pidieron los informes sobre aquel proyecto que tenía que monitorear, entendí algo sobre uniformes, corrí a la ventana que da a la calle para saber si pasaba alguna colegiala, añorando los tiempos de compañeras con polleras a cuadrillé, corbatas mal hechas. Fui al correo, llevé unos sobres, algo con pronto despacho, me dijeron, lo más pronto a La Plata tenían que llegar. Si mis cálculos no son inciertos, entre el miércoles o el jueves próximo estarían arribando a Chad.
Tuve ganas de tomar café, santo remedio a buscadores de misterios. Tuve, también, la nefasta idea de tomarlo sobre los oficios recién preparados, a punto de ser conducidos al juzgado. No será preciso aclarar que el liquid paper no hace al café más que darle un parentesco al caféconleche.
Me dijeron que estaba haciendo todo mal, que hasta la tapa del baño había sufrido consecuencias de mi ineficiencia. Es curioso como, en cualquier lugar de trabajo, para cagarte a pedos no se respeta jerarquía, canales de comunicación, organigrama, gusto de helado, etc. Entonces, hasta el que cuida los coches, me escupió que todo lo hacía mal, que hasta estacioné de trompa, cuando el me pidió de culata.
Entonces, vuelvo a casa, repito por dentro que es viernes, aprieto el puño, me doy ánimos. En las cercanías a mi domicilio, escucho un ruido particular, como si el dodge 1500 que esta tirado en una vereda de la cuadra estuviera a punto de convertirse en una licuadora, al mejor estilo transformer. El ruido provenía de un camión de basura, un recolector, con dos personas atrás, arrojando lo que alguien más arrojó, hacia dentro de las fauces del camión que, curiosamente, tiene estampado un paisaje paradisíaco, una isla de arena blanca, en un atardecer que no puede ser más naranja por más que quisiera.
Me quedé parado, sobre la vereda, cerca de casa, observando como el camión se acercaba. La imagen, la serenidad de esa playa que tal vez no exista, que fue la creación, quizás el juego de un diseñador, me atrapó. Quedé perplejo. Era mi agonía que encontraba solución, ya no estaba tan aturdido, no como antes. El camión, con los dos muchachos atrás, se acercó hasta donde estaba. Detuvo su marcha, sin apagar el motor, enfrente mío. Las luces de la cuadra se apagaron por ese instante, por ese momento.
Los dos trabajadores de la recolección, uno con las mangas del pantalón arremangadas hasta casi llegar a las rodillas, se acercaron. El arremangado me tomó de los brazos, el otro de las piernas. Me arrojaron dentro del camión. Ante la impresión del momento, no supe qué hacer, quedé recostado mientras debatían, dandome la espalda. Luego de unos minutos así, se acercó el otro, el que no estaba arremangado, parecía mayor, grande, algo gordo, la remera un poco rota, y dijo:
- Salí, pibe. Esta todo mal, lo sé, se te nota. No te hagas drama, todo va a estar bien. Sos reciclable.


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jueves, 28 de junio de 2012

Convivencia

Tenía la casa sola. Mis viejos se habían ido de viaje, no volverían en cuatro, cinco días más. Mis tareas se basaban en dormir, comer, mantener lo minimamente ordenada la casa para que sea habitable y darle de comer al perro, no mucho más. La invité a ella a pasar unos días conmigo, una convivencia por así decirlo. Lo dulce, el néctar de la historia, es que eran los primeros meses de noviazgos, de esos tres primeros meses de prueba de amor por ley, con posibilidades de efectivización o renovación, contratos sociales. Esto le daba sutileza, el encanto justo que se materializaba en el brillo de sus ojos al responderme que sí, que dichosa iba a ir a mi casa a convivir conmigo, por el espacio de cuatro, cinco días.
La primera noche cocinamos juntos, nos reíamos escuchando la radio, dándonos besos al pasar. Comimos el postre sirviéndonos el uno al otro cucharadas del mismo, en la boca, enamorados. Ella se levantó temprano, al siguiente día, a prepararme el desayuno. Lo disfrutamos en la cama, tapados, sin ropa, juntos. El perro entró por la puerta de atrás, mi perro, ante el sonido del crujir de una tostada; quería una, vino a pedir una, siquiera un pedacito. Lo miramos con sonrisas y le alcancé media tostada, lo acompañé a afuera. Pude escuchar como, sutilmente, rasguñaba la puerta para entrar.
Pasó el segundo, el tercer día. La casa estaba espectacular, ella era la iluminación perfecta para interiores. Hacíamos el amor todo el tiempo, reíamos, no precisábamos de nada, de nada más. Lo que me llamaba la atención era que el perro estaba triste. Ya no movía la cola, se pasaba los días tirado, comía poco, dejó de ladrar.
Fue el quinto día, la convivencia estaba llegando a su fin, sentía que se había colocado una escalera de madera, gastada, sobre la ventana del paraíso y tenía que bajar por la misma hacia la realidad, volver a la rutina. Nos encontrábamos en la cama, ya nos habíamos cansado de hacerlo por toda la casa, era hora de retomar la cotidianidad. La puerta de atrás había quedado abierta, entró el perro. El mismo saltó, apresuradamente, hacia el rectangular colchón, para acomodarse de una manera pasiva, a la altura de nuestros pies. Intenté sacarlo con disimuladas patadas, pero el insistía, caía, se volvía a subir. Ella me pidió que lo sacara, que así no podía continuar. Me levanté, intenté taparme con algo, un almohada, no recuerdo si fue una camisa. Saqué el perro afuera pero el se encargó de hacer saber su descontento con alaridos, rasguñando la puerta estrepitosamente, al punto de casi tener un paro cardíaco. Lo dejé pasar, le pedí que se comportara, sino tenía que dejarlo afuera. Hablando, con susurros, a un perro, en bolas, tapado con una almohada, quizás con una camisa. 
Me redirigí a la habitación, puse música, intenté ser romántico, me cubrí un poco más con la almohada, quizás con la camisa. Volvimos a entrelasarnos en abrazos, caricias, besos de los más húmedos. Se escucharon, quebrando el climaterio, dos, tres ladridos y una agitada corrida, uñas cortas golpeando contra la cerámica. El perro corría, sacando la lengua, mostrando los dientes; corría para entrar a la pieza. Saltó a la cama, nuevamente, y mordió, estaba en su naturaleza, su defensa, su ataque era morder. La mordió a ella, en el tobillo derecho, el perro sacudió su cabeza, como lo hacen los perros, intentando causar el mayor daño posible. Ella gritó, de dolor, de bronca, le ensartó una patada al perro que lo hizo llorar. Ella se fue, se enojó conmigo, que no podía terminar una tarea, me dijo, me había pedido que sacara el perro.
La acompañé a la puerta, le pedí perdón. El perro, mientras tanto, quedó en la cama, acurrucado, lamiéndose una pata. La acompañé, casi en bolas, y se fue. Retorné a la pieza, miré al perro desde la puerta y me senté al lado.
- ¿Qué hiciste, boludo? No va a querer venir más. - le dije, acariciándolo, el no tenía la culpa, era su naturaleza.
- Mirá, mejor que no venga más, no te conviene esa mina. Me deberías agradecer. - contestó. Había dejado de lamerse la pata, por unos momentos, para mirarme mientras hablaba. El perro hablaba, yo estaba sentado casi en bolas al lado del perro que hablaba. Continuó lamiendo su pata.
- ¿Por qué decís eso? Yo la quiero, me siento bien al lado de ella. Me gusta cuando se desnuda, cuando sonríe mientras duerme, el aroma de su pelo en las noches. La quiero, macho - contesté al perro.
- No es para vos, te va a hacer mierda el corazón. Yo te cuido, confía en mí. - se lamió otra pata.



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miércoles, 27 de junio de 2012

Bien

Caminando, siempre camino un poco. A esperar el colectivo, desde la parada al trabajo, dentro de la oficina.  Siempre se camina, aunque sea un poco.
Entonces, como te decía, caminaba. Pase por la plaza del centro, del centro de un pueblo con ansías de ser ciudad, de querer ser más pero que no le da. Es un pueblo, más ciudad que antes pero pueblo al fin. Conserva su plaza, por eso camino por ella, frente a la iglesia, al colegio público. Atravesaba la plaza y pude apreciar como jovencitas, colegialas con uniforme de colegio privado, de escasas polleras, me observaban. Eran tres o quizás cuatro, y miraban con entusiasmo cada movimiento que realizaba, cada paso, cada respiración. Me sonrieron, me regalaron el brillo de sus ojos al contemplarme, amor adolescente. Pude ver como una se desmayaba, se desvanecía y caía al suelo, luego de que giré mi cabeza hacia donde estaban.
Continué con mi camino. Intenté cruzar la avenida, todavía sorprendido por ser reconocido de tal manera. Encuentro que los semáforos no funcionaban. Me percaté de que autos y colectivos detuvieron su marcha, de pronto, para darme paso. Hacían señas de luces, sonreían desde sus asientos. No podía creer cuando mujeres bajaban con sus esposos de los autos y aplaudían, de forma espontanea, con la boca abierta y los ojos a punto de soltar lágrimas, llanto de alegría.
Llegué al trabajo a tiempo, subiendo escaleras, aburridos escalones gastados por rutinarias pisadas, por lánguidos sueños rotos que caen sobre ellos, sueños de aquellos que nunca se imaginaron en una oficina. Mi jefe me esperaba en la entrada, me abrió la puerta y me dio un abrazo fuerte, como esos que se dan los inmediatos segundos de un primero de enero. Me comunicó que quería ser el quien me felicitara por un merecido ascenso, por un avance profesional. Quería contarme que iba a recibir, yo, una mejor remuneración, además de un espacio propio en el estacionamiento, para poder dejar estacionado el auto que la empresa me iba a dar. También obtuve una nueva oficina, espaciosa, con persiana americana, ante último piso, vista panorámica. Ah, iba a tener una asistente, además. Me encontraba acomodando mi nueva oficina, acostumbrándome al espacio, cuando llegó una compañera de ojos color café, rubia hasta donde se la podía ver. Susurró a mi oído que la dejara, que se moría de ganas, suplicó, que le permitiera darme placer oral, que sea egoísta, que pida, ella daba, disponía.
Al subirme los pantalones, le dije que se vaya, que yolallamabacualquiercosa. Puse mis manos por detrás de mi espalda, a la altura de la cintura, tomando la muñeca izquierda con mi mano derecha, mirando desde el ventanal de mi oficina hacia abajo, al mundo que seguía. Me sonreí a mi mismo, emití un soplido de mis cabidades nasales mientras asentía con la cabeza. Me dí cuenta que cuando estas bien, el entorno lo nota, se modifica.


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domingo, 24 de junio de 2012

Festejo

Mi apellido empieza con v, con v corta. Es la misma prueba a la paciencia, la necesidad de temple a la hora de la espera. Es decir, mi apellido llevaba en esta oportunidad, una vez más, a la sentencia de ser último. Todos mis compañeros ya habían pasado a exponer, a todos les había ido fenomenal, habiendo podido exponer sus ideas correctamente, defendiendo sus teorías a sangre y dientes. Pero el conjunto de tres expertos en la materia que hacían de jurado, de jueces en esta ocasión, no emitían sonido alguno, se aprestaban solo para oír, repreguntar, pinchar donde ellos pensaban que uno podía trastabillar.
Fue así que, antes de comenzar por orden alfabético la exposición, estas personas nos avisaron que no iban a dar su veredicto, su parecer, hasta que todos termináramos; y, además, que nadie se iba a poder retirar del auditorio hasta finalizar con el procedimiento, con todos.
En sí, entre nosotros nos conocíamos, algunos más, algunos menos, pero nos conocíamos. Habíamos arrancado a cursar todos juntos, coincidíamos en materias, en algún taller quizás, tal vez en la fotocopiadora o comprando cigarrillos en el quiosco. Por otro lado, sabíamos, como compartiendo un inconsciente colectivo, que estaban nuestros familiares y amigos afuera, esperando, con diferentes elementos destinados a nuestros cuerpos, a producir en nosotros algún distintivo, algo que diga que nos había ido bien, que nos habíamos recibido.
Es así que llegó mi turno, expuse y los profesionales nos dejaron ir. El sabernos recuperados de la ansiada libertad, nos hizo ir en conjunto, de dirigirnos a encontrarnos con los nuestros, con la desesperación, con los sentimientos encontrados-confundidos que debe sentir un prisionero de guerra cuando es liberado, cuando se da cuenta que no tiene hogar, que ya no pertenece. Así, nos abrimos paso, doce, trece jóvenes corriendo a la calle, pasando por pasillos, esquivando ascensores, rodando por escaleras. Eramos una jauría, la más feroz. Sentíamos el viento en la cara, la emoción cocinándose a baño maría en los ojos, mil sensaciones. Y, al cruzar el umbral de la puerta de la facultad, las familias formadas en un semicírculo espontáneo, nos arrojó con todo lo que tenía a mano. Harina, huevo, aceite, yerba, vinagre, adoquines, luces de bengala, polenta, leche, tubos de gas licuado.
Empero, y de manera repentina, una especie de sentimiento abrigó a todos nosotros, a los protagonistas. En estos momentos, puedo razonar que aquel efecto intangible que nos albergaba a los doce o trece que eramos, es capaz de asemejarse con esa inspiración que llenó los corazones revolucionarios franceses de la clase media traicionera; o, tal vez, comparable a la fraternidad que ronda al día del amigo en una oficina donde todos se odian. En fin, lo que pasó fue que, súbitamente, nos comenzamos a desnudar. El termino correcto sería que nos desnudaron. Familiares, amigos, personal de maestranza, profesores y transeúntes, se dedicaron a desprendernos de nuestras ropas. Tomaban camisas, zapatos, tacos, polleras, remeras, corbatas, corpiños, como trofeos, alzándolos como un logro, un recuerdo de lo que fue, que podrían mostrar como comprobante de su presencia en ese lugar, en ese momento. Nosotros, entretanto, no dejábamos de saltar, de gritar, de llorar de alegría, mientras permitíamos el deshacer de nuestra vestimenta.
Se dio el instante que las chicas del grupo empezaron a mostrar sus atributos mientras todos aplaudían, con la justa casualidad de que la fuerza armada de la ley se apersonó para hacernos entender que la exposición del cuerpo humano, cualesquiera sea el motivo que llevara a tal acto,  era imprudente, adverso a los usos y costumbres de nuestra sociedad; por lo cual, nos tenían que llevar a la seccional, teníamos que declarar, demorarnos algunas horas.
Creo que todos entendimos, o por lo menos yo, que el festejo, la materialización de la alegría, no se brinda de iguales formas en cualquier ámbito, el contexto define. Quisimos festejar como el logro de un torneo de fútbol, terminar una carrera universitaria nos parecía de la misma envergadura, de la misma importancia que consagrarse ganador de un campeonato.



Felicidades a Arsenal y a su primer campeonato en primera.