jueves, 30 de agosto de 2012

Por el río


Estoy en el río. En un muelle por demás desgatado de mareas que no se deciden si subir o bajar. Ya es de noche. No, todavía no, está anocheciendo, el ciclo del tiempo. Es de tarde y el sol brinda el espectáculo diario de posarse sobre las margenes imaginarias del río. Camino por el muelle, hay personas que pasean, que compran flores secas que nunca jamás usaran, otras que llevan canastos de mimbre, pinturas estandarizadas y que emergen de una especie de catamaran. Estoy en el Tigre, está haciendo frío y las luces aclaran su voz para darse paso al canto nocturno que les deparará el resto de día. Prendo un cigarrillo mientras veo a una chica de rulos eternos que manipula en una disqueria, que también vende libros usados, unos discos. Me acerco y noto que mira vinilos de Phil Collins y que lleva, bajo el brazo derecho, un libro, lleva 'Las mil y una noches'. Una suerte de inexplicable congoja se apoderó de mí y tuve la inquietud de querer hablarle, saber su nombre, preguntarle qué opina de la eternidad. Pero ella se fue al paso que prendía un cigarrillo, mientras yo terminaba el mío.
Con un suspiro me retiré del local y continúe un camino sin andar, sin destino aparente. Ya la noche acogió al lugar. El río está calmo, las lanchas y botes no merodean la zona y se puede ver, sin esfuerzo alguno, el alma reflejada en las sinuosidades del agua. Así, noto que el lugar se comienza a llenar, nuevamente, por jóvenes, por chicos sacados de un country, de una cancha de rugby, de una caja de zucaritas que se disponen a cenar, a tomar algo, también hay un boliche nuevo donde merman muchachos y muchachitas de la misma estirpe, todo queda del lado de adentro del ligustro. Yo sigo caminando y, de a ratos, paro para observar el río, unas de las pocas cosas sencillas capaces de otorgar calma. Voy diezmando el atado de cigarrillos y pienso que es necesario buscar un quiosco, algo, pero es tarde ya, muy tarde.
Sin embargo, encuentro abierto un café, refugio de los errantes, en una esquina oscura poco transitada, distante del centro de intercambio comercial. Pero voy, lo considero acogedor y, en estos trámites, mientras menos personas vea, mucho mejor. Tomo asiento en una mesa cerca a la ventana, que también está cerca al río y pido un café doble, que también traigan un cenicero. El lugar está, sin que lo pareciera por fuera, atestado de marineros, de pescadores y de viejos ebrios que parecen parte del cuadro del bar, como una escenografía permanente y viva, como la vida misma. No prestó mucha más atención al respecto ya que prendo otro cigarrillo y el café es de una admirable calidad.
De pronto, una ráfaga de viento cálido entra por puertas y ventanas del café y las luces del lugar parpadean, todos callan y se miran unos a otros. Acto seguido, un viejo pescador, alto y cubierto de un tapado, hace su entrada y todos reanudan sus tareas anteriores. Unos juegan a los dardos, también se escuchan suplicios de un envido con pinta, de un truco con ganas de ser verdad. El último de los parroquianos, el pescador del tapado, se acerca a la barra y pide un trago, creo que ginebra. Y, en una de mis acciones más características y estúpidas, lo miro en el mismo instante que él me mira mientras se para y comienza a caminar hacia mi mesa.
Suelto una ligera puteada hacia abajo a medida que se iba acercando con un olor similar al río, como si fuera parte de las aguas. Luego, el pescador, toma asiento sin siquiera preguntar si la silla estaba ocupada. Pensé, en ese momento, que no doy la imagen de un tipo acompañado. Contra todo pronostico, el hombre no soltó una palabra, solo me miraba y esbozaba una sonrisa, como esperando un comentario de mi parte. Pasamos unos diez, quince minutos sin hablar hasta que dijo: -Las aguas están calmas esta noche.- y me estremeció el brillo de sus ojos, la fortaleza dentro de su voz. -Dentro de unas horas amanecerá y sería un desperdicio no poder navegar en la pasividad del río, ¿no es cierto?- quiso saber.
Sin desearlo, estaba consumiendo mi segundo café,compartiendo una botella de ginebra con el pescador y haciendo chistes sobre la desgracia. Fue, digamos, como un salto, como un salto de línea hacia otra parte. Recuerdo que, luego de sus primeros comentarios, el pescador se levantó, yo pestañeé y ya me encontraba en esa situación, con el vaso meciéndose en mi mano derecha, riendo, hora y media más tarde de haber entrado. Pero ya estaba en el ahora y era cuestión de seguir la corriente, siquiera hasta que salga el sol y así poder irme, intentando no faltar el respeto al pescador.
Luego de continuar en esa misma línea, el hombre se paró y me convido a que lo acompañe, que tenía que mover el bote y amarrarlo en otro lado. -Son estas mareas de mierda, que te cambian todo, de un momento a otro.- se quejó y salimos del café.
Llegados a un alejado muelle, recordé momentos de mi vida que nunca creí haber vivido. Me acontecieron increíbles ganas de tocar la lira, de saborear nuevamente las aguas dulces del amor. Cruel destino que arrebata los momentos que acabamos de vivir. Unos instantes luego de soltar amarras, le pregunté al pescador si podría llevarme a dar un paseo, que necesitaba aire para recomponerme, que una suerte de congoja invalidaba mis sentidos. El barquero accedió pero pidiéndome un óbolo, dijo que era para la nafta aunque usaba un curioso y largo remo. Se quitó el tapado que lo cubría y comenzó a remar, mientras yo yacía sobre la proa del bote, mirando al horizonte, al nunca jamás.
Estuvimos navegando por un tiempo parecido a la eternidad pero sin que amanezca, sin la fragilidad de los relojes. Entre los elementos que comprendían a la utilería del bote, encontré un instrumento de cuerdas y comencé, como si lo supiera de toda la vida, de otras vidas, a tocar melodías para acompañar el viaje. Pude ver como el barquero mezclaba sus lágrimas con las aguas del río. Seguimos del mismo modo hasta llegar a cercanías de nuevas tierras. Pero, pensé, que esto, en Tigre, siempre pasa, está repleto de islas que nacen con cada día. No me sorprendí cuando Caronte, el barquero, me pidió que bajara, que hasta acá tenía que llegar, acá iba a encontrar mi destino y me estrechó la mano. Por último, me comentó que allá me esperaban, que camine, que siga tocando, que continué cantando, que no baje los brazos.
Y, ahora estoy acá, más o menos fue todo eso lo que pasó. Creo que está amaneciendo y deberíamos concluir con esto. Ay, Hades, tanto tiempo, viejo amigo.




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lunes, 27 de agosto de 2012

Epistemología

'Una de las teorías de la epistemología, afirma que un científico, un investigador, un estudioso, un cualquiera, a la hora de elegir, es decir, de delimitar su campo de estudio y de intereses para realizar ciertas averiguaciones, produce un corte en el tramado del universo total donde se desarrollan las cosas. Habitualmente, esto se explica con un gráfico de estilo torta, donde el universo es comprendido, obviamente, por la totalidad. Entonces, luego, se genera una separación, un recorte, se quita una porción a la torta señalando, así, la extracción de la parte a trabajar. Esta misma teoría, argumenta que, a la hora de establecer los límites que comprenderán al trabajo y a la investigación, se niega todo lo demás. Con ello, se refiere a que, cuando se procede a seleccionar un objeto o fenómeno de investigación, estamos desechando todo lo demás, perdiendo oportunidades'.
Juan cerró el apunte luego de subrayar algunos pasajes, hacer garabatos al margen de la hoja y de no haber entendido casi nada de lo que terminaba de leer. Es que, si bien, le gustaba filosofía, nunca imagino tener que saber sobre epistemología, sobre temas que pocos se acordaran luego de cursar la materia. Sin embargo, Juan ponía empeño, siquiera lo intentaba. Es que él se había anotado en la facultad de filosofía y letras, en la particular carrera de filosofía por Martina, la amiga de toda la vida, la que siempre quiso en secreto pero, por miedo a perder su amistad, jamás atinó a ir más allá. En realidad, Juan siempre quiso ser alguien más, hacer algo más. Pero el amor, el sentimiento que lo atañaba a Martina era tal que se olvidó de sí mismo. Es que, a veces, la combinación de buenas discusiones con una fémina sobre metafísica conjunto a una esbelta figura y la tolerancia a las drogas, es atrayente, desafiante, casi imposible de encontrar más allá de Púan.
De tal forma, se pasó leyendo a Khun, a Popper, Klimosvky y otros muchachos con apellidos que oscilaban entre rusos, austriacos y polacos. Lo único que pensaba Juan, mientras compraba apuntes y más apuntes en la fotocopiadora, que nunca sería feliz, que jamás lograría terminar estos estudios y que de nada le servirían para su pasión. Juan amaba la música, era prodigio en la guitarra, aficionado al piano y un erudito en la percusión. Aprendió siempre solo a tocar diferentes instrumentos, tenía una magia especial, un oído absoluto y la posibilidad de cantar en diversas tonalidades.
Pero Juan, fue relegando sus posibilidades musicales para intentar estudiar algo que no quería, que nunca sintió como propio. Es que Martina iba avanzando en la vía expresa del régimen de correlatividades, y Juan la iba perdiendo. Compartían cada vez menos materias, menos espacios y el muchacho moría cuando la veía reír con otros, discutir entusiasmadamente sobre la teoría Tomista, sobre el giro Cartesiano.
De tal manera, Juan perdió sus habilidades. Ya no distinguía de un Fa a un La, las escalas se disolvieron en el jugo Tang de su mente y perdió indicios de aquella voz capaz de ofrecer increíbles interpretaciones. Pero un buen día, el muchacho cosechó ánimos y se atrevió a hablarle a Martina sobre sus sentimientos, sobre todo lo que sentía por ella, mientras estaban discutiendo sobre el materialismo dialéctico. La muchacha argumentó que los sentimientos son la neblina de entendimientos, quitando, así, la metafísica de la filosofía. Juan propuso que el estudio del pensamiento, de la vida, no es totalmente comprensible dejando de lado a lo que se siente, al cariño. Discutieron acaloradamente en el bar de la facultad de filosofía y letras, asumiendo posiciones contrapuestas y complementarias. La chica seguía sosteniendo que las ideas son producciones que aceptamos de manera colectiva e inconsciente y que en ellas caben millones de adaptaciones a la vida de cada quien, como si tomáramos un tomo de la gran biblioteca humana para hacerlo propio y por eso nos confundimos. Juan lo negaba, no concebía al conocimiento como algo anterior a uno, capaz de ser y permanecer antes del nacimiento, por eso prefirió acotar que todos somos una tabula rasa en la cual inscribimos categóricamente los preceptos que iremos complementando a lo largo de la existencia, para dar como fin a un libro que jamás será editado. Martina no dijo nada y mordió una medialuna comprada a precios populares. Luego, razonó que la factibilidad de los sentimientos queda supeditada a la reciprocidad de los mismos, como si no existiera algo más allá de lo compartido. Así, con esa frase, tomó sus apuntes y el café y se marcho, dándole un beso en la frente a Juan, quien no encontró palabras para confrontarla, para atarla unos minutos más a la mesa que compartían.
Luego, Juan pensó sí en realidad la mesa, el café, la medialuna, la discusiones, las ideas, Martina, los apuntes y la facultad, realmente existían o eran producciones de un sueño compartido, de un momento del que estamos a punto de despertar, siempre, pero del que jamás logramos escapar. El muchacho tomó, nuevamente, el juego de fotocopias y leyó: 'Lamentablemente, la elección de cada camino, borrará las posibilidades de haber cambiado el curso. Lo que elegimos condicionará, de ahora en más, todas las decisiones que tengamos que realizar. Tanto en la indagación científica como en el decurso de la vida, las posibilidades no optadas se ven como las prodigiosas, las verdades absolutas. Quizás es así y estamos condenados a caminar perpetuamente, hasta el fin de los tiempos, en los senderos de caminos erróneos.' Juan tomó un sorbo de café y subrayó el pasaje. Acto seguido, quiso recordar una vieja melodía de una canción que le daba ánimos, ganas de seguir, pero no pudo, sólo cabían en él las fechas de los próximos parciales.




jueves, 23 de agosto de 2012

Pizcas de sal

Cuando de chico le preguntaban a Patricio qué era lo que quería ser de grande, el muchacho, siempre un tanto más robusto y alto que lo normal de la edad, afirmaba que quería ser doctor, médico, especializarse en la sala del quirófano, en algo, más no podría decir. El decurso de los años le mostró a Patricio que los deseos no se cumplen de la forma que uno los anhela como en un principio sino que estos se van modificando, amoldando para ser adaptados a esta película infiel que es la realidad. De tal manera, con el paso del tiempo, Patricio adquirió un oficio distinto, hizo de sí mismo un prolijo carnicero. Es que, no sin esfuerzos, el muchacho terminó la secundaria y se le hizo evidente que no llegaría a su sueño. Así, dentro de de las rutinarias tareas de la carnicería, acompañaba su ratos libres acercándose tanto a la medicina como la televisión se lo podría proveer. Fue mirando documentales en Discovery Health, a veces sólo en Discovery, sintiendo la pena de las pocas revanchas que da la vida.
Pero Patricio, de todas maneras, estaba enamorado y eso bastaba para suplir las demás desgracias que cultivaban penas en su corazón. Conoció a María Pía en un bar, un jueves que salió con unos amigos. Ambos se miraron y se gustaron. Patricio se acercó con un trago en la mano y, con la otra, le corrió un mechón de su castaño pelo que descansaba sobre la frente, para luego decirle que quería pasar un tiempo con ella, pasar todo ese rato que dura la eternidad. María Pía lo besó y nunca lo dejó ir. De esa noche al día de hoy han pasado alrededor de unos cuatro, casi cinco años. Si bien la relación fue creciendo, también se fue desgastando. Sin embargo, tenían un proyecto en común, ganas de crecer juntos, ver los nenes vestidos de blanco corriendo por el Tigre. Con valijas llenas de sueños, fueron a vivir juntos. Alquilaron un departamento en Almagro y sacaron a pagar una heladera más grande que la cama, que tenía facultades especiales, como calentar comida en un compartimento.
Afortunadamente, con los dos sueldos alcanzaba para vivir bien, darse un gusto los fines de semaa, planear viajes para las vacaciones. Es que, además, María Pía trabajaba. Era maestra jardinera en un colegio de Boedo, y sus alumnos le decían seño Mari. Todo era perfecto para ellos.
Cierto día, Patricio se fue temprano al trabajo, más temprano de lo usual ya que debía de recibir unas medias reces que llegaban casi de madrugada. Esto lo beneficiaba porque pidió salir un poco más temprano para poder pasar más tiempo con su amada, sorprenderla con una linda cena, decirle cuánto la amaba. Así, Patricio se arregló el pelo con gel, con agua y gel, y salió de su casa. El sol, aún, no daba noticias de sí iba a aparecer ese día o no.
En el desarrollo de la jornada, Patricio despachó la clientela con suave armonía y de manera eficaz. Por ese lapso que duró su tiempo de trabajo, parecía que él había nacido para eso, que ser carnicero era su razón de ser. Así, se retiró del lugar. Antes, fue a su locker y buscó una mochila donde tenía guardada ropa limpia aunque decidió salir vestido como estaba, con el uniforme y las botas blancas, para ganar tiempo y bañarse en la casa. Eran alrededor de las cinco de la tarde y estimó que cercano a las seis rondaría por el hogar. Por último, enrollo un kilo, kilo doscientos de una tira de asado conjunto a medio kilo de vacío para hacerlo al horno. Inmediatamente, los guardo agregando su delantal manchado de sangre para poder lavarlo.
Patricio sabía que María Pía, la adorable maestra jardinera, llegaría, ese día, cerca de las siete porque pasaría una hora, quizás unos minutos más, por una clase de gimnasia, aerogym, aerobox, algo que le daba aires. Entonces, el carnicero con ansías de médico, podía darse el gusto de llegar con tiempo a su casa, acomodarse, brindarse un baño, salar la carne herida. Y así lo hizo una vez que llegó a su domicilio. Colocó el producto bovino en una fuente, sobre la mesada, mientras esperaba que el horno tome una temperatura adecuada. Acto seguido, se aprestó para ponerse su delantal rojizo del contacto con reces irreconocibles y se prometió que luego lo dejaría en remojo. Quiso cocinar a oscuras, para darse un respiro, se dijo. Sólo dejó, como implacable compañía, encendido el televisor en el Discovery Health.
Se hicieron las siete y veinte cuando un ruido de auto se escuchó desde el tercer piso donde se situaba el departamento. En ese instante, Patricio colocó la carne junto a algunas papas dentro del horno y bajó el fuego, quería que se haga en su jugo, despacio. Pasaron unos breves minutos hasta que el juego de llaves de María Pía se lo escuchó bailar en el pasillo, al son de risas y de besos de adolescentes enamorados. Al momento, entró la seño Mari, resquebrajando la oscuridad del lugar con su natural luz, junto a un tipo. Era un hombre, algo mayor, de unos cuarenta años, con aspecto de joven, de profesor. Sí, eso, era, sin lugar a dudas, un profesor, quizás de música, posiblemente de filosofía. El tipo entró abrazando a María Pía y cubriéndola de besos mientras la iba desnudando al mismo tiempo que caminaban, enceguecidos por la pasión, hacia el dormitorio. Patricio quedó boquiabierto y anonadado en la penumbra calurosa de la cocina. Desde allí, escuchó como esa misma boca que elegía los nombres de sus hijos, pronunciaba al extraño: 'Dale, apúrate. Dame todo tu materialismo dialéctico antes de que llegue mi marido'. No quedó duda alguna, era profesor de filosofía.
Mientras tanto, en la televisión, en el canal, estaban explicando sobre el funcionamiento de las arterias fundamentales dentro del espectro del sistema circulatorio. Una rubia, con aspecto similar a modelo más que a doctora, profundizaba acerca del camino que recorre la arteria femoral por la pierna. Así, con el instructivo resonando por el televisor y con la vista nublada de lágrimas y sueños rotos, Patricio se dirigió a la habitación para proceder a cortarle el cuello al profesor, destinándolo a desangrar sin alcanzar a pronunciar las afamadas ultimas palabras ya que el corte alcanzó a las cuerdas vocales. Luego, abanicó el cuchillo, sacudiéndolo, mostrando el brillo y su capacidad par hacer daño frente a María Pía quien, entre sollozos, pedía perdón, piedad. Patricio tomó con fuerzas la pierna izquierda de la amada y pinchó sobre la arteria femoral sin problemas, como cualquier entendido sobre la materia, como cualquier residente hospitalario. De este modo, procuró que la seño Mari desangrara hasta morir, ahogando sus gritos con un precioso almohadón de plumas que habían comprado hace unas semanas atrás.
Finalizado el acto, el carnicero se sentó sobre la punta de la cama, brindando la espalda a los dos cuerpos y observó su delantal, confundido entre manchas de sangre viejas, resecas, con otras nuevas y frescas. Inmediatamente, recordó la carne en el horno y lo cara que está como para desperdiciarla. Por ello, se sentó en el living comedor con una botella de malbec y miró Discovery Health saboreando una tira de asado espectacular con papas doradas por fuera y tiernas por dentro.
Más tarde, le dió sueño y fue hasta su pieza, se desvistió y empujó al profesor que cayó, como cae un muerto, al piso. Se acostó al lado de María Pía y durmió. Empero, en el medio de la noche, se despertó sintiendo frío para descubrir que dejó abierta la ventana de la alcoba. Se levantó para cerrarla y, con una delicada frazada, tapó los restos de la maestra y se tapó él.
Ya en el otro día, Patricio se levantó y se arregló el pelo con gel, con agua y gel, y salió de su casa. Llegado al trabajo, mientras acomodaba unos carteles negros con ofertas y precios en la vereda, un cliente se le acercó. Era el viejo González que le preguntó cuánto estaba el vacío. Patricio le dijo que estaba por aumentar. Los dos se quejaron de lo caro que sale vivir esta vida.

(♪)

lunes, 20 de agosto de 2012

Revisionismo adaptativo

Cenamos a la luz de dos, tres velas, cortitas y distribuidas por una mesa que nos queda grande. Siempre te he dicho que anhelo a que lleguen estos jueves, estos días así para poder cocinar juntos, decirte cuánto te extrañe en la semana, en todo el tiempo que no comparto a tu lado. Noto en la relajación de tus sonrisas, dentro de la paz de tus ojos, que jamás te han abrazado así, que nunca habías reído con estas ganas, que nunca pensaste que la vida podía salir de ese guión tan desastroso para convertirse en una película linda, real, que nunca quisieras que termines.
El rubor de la radio deja estelas de sonidos que nos acompaña mientras creamos un beso, una caricia en tu hombro desnudo. Me apresto a deambular entre cortes en juliana, otros en brounoise y me apodero de un vaso de vino, tinto, con notas de frutos rojos, de chocolate y de madera de pino traído desde Bielorrusia, acorde reza la etiqueta, pero yo te digo que le siento gusto a vino y vos reís, cubriendo tu sonrisa con el antebrazo y luego me contestas que la percepción es la idea que tenemos sobre lo que nos rodea y que es lo único con lo que contamos ante la idea de que no sabemos nada, de que nada existe, y por ello siento gusto a vino pero que tomaste y notaste que tenía gusto a notas de cerezas.
Juego con la copa en la mano derecha, mientras cruzo el brazo izquierdo sobre mi pecho, me recuesto sobre la mesada y te miro. Noto que queres decirme algo, que queres conversar mientras terminamos de cocinar, de cenar, hablar cara a cara, dejar de lado esas comunicaciones por celular, por internet, mirar al otro y hacer un recuerdo de todo. Así, te veo ir a apagar la radio mientras me dedico a acomodar platos, cubiertos, elementos en la mesa. Y desde el fondo, venís aclamando que la realidad no existe, que todo es una mentira colectiva y que te hartaste de ello. Yo me río, miro el modo en el que agitas los brazos y te abrazo. Te contesto que las trampas son necesarias, que sin la mentira sería imposible vivir, son los efectos del contrato social, del sistema.
Me apartas y vas a echar los ravioles en el agua. Ravioles de ricota y verdura, pienso, y prendo un cigarrillo. Me decís, desde la cocina, que estás cansada de esta mentira que es la libertad, del fraude del capitalismo, arrojas que Nietzsche te parece un pelotudo importante que lo único que hizo fue introducir conceptos ya conocidos. Te aviso que no, que no coincido con lo que referís del autor, que si bien es un tanto oscura, pesimista su relato, es realista, si podemos llegar a coincidir que la realidad existe; pero remarco que coincido con las mentiras del capitalismo, del sistema corrupto y agrego que el cambio de paradigma está cerca, a unos trescientos, quinientos años. Ya venís con los platos rebosantes de ravioles y brindamos.
Entre bocados, me recordas que lo peor de Nietzsche fueron los que le sucedieron, aquellos que tomaron la posta de sus enseñanzas. Te pregunto si te referís a los estructuralistas y me indicas con un ademas de tus ojos que sí, que esos forros te tienen la tetas hasta el piso, referís que se dedicaron a temas tan abstractos y desprolijos sobre el conjuntos social mayoritario, que te dan repulsión.
Te entiendo, asiento con la cabeza para decir que comprendo a donde queres llegar y, al momento en que decido contestarte, noto que miras el reloj y buscas el control en la noche, el control del televisor en el medio de la mesa y prendes el aparato. Me percato que también buscas tu celular, que corres a la pieza a buscarlo mientras te voy gritando, como cuando un profesor grita, como cuando grita en el aula magna de la facultad de economía de la UBA para quinientos alumnos, te grito que no me parecen tan malos los estructuralistas pero que eran mejor los post por los años, por la experiencia y la posibilidad de contrastar teorías, que no podes negar los signos lingüísticos de Lacan, los análisis de Foucault y los estudios del genial Lévi-Strauss. Pero ya no me escuchas, te sentaste en la mesa y masticas un raviol que dejaste olvidado en el tenedor.
Y creo que no escuchaste nada de lo que dije, de lo que intente hilar desde la mejor de mis ignorancias. Es que te veo escribiendo un mensaje, te veo que estás mandando BAILA CHARLOTTE al 20200, y que me pedís que me calle, que Pachano está dando su veredicto y no te lo queres perder.


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viernes, 17 de agosto de 2012

Concepciones

En una entrevista, a Alejandro Dolina le preguntan cuál es el significado de la vida, el por qué estamos acá. El genial periodista, radiolocutor, etcéteras indescriptibles, toma una copa, un vaso de algo y mira a una mesa ratona desgastada de ver personajes poco ilustres pasar por el artificial living del decorado canal de televisión. Piensa y habla. Primero cita a Santo Tomas de Aquino en una lujosa frase, luego responde. Dice que sospecha por dónde anda la respuesta, que no lo sabe a ciencia cierta pero estima que se encuentra cerca del amor, del acto físico de amar. Cierra su percepción indicando que en el momento de terminar el acto amoroso, esos segundos de gloria, uno se cree y se siente inmortal. Allí yace el significado de la vida.
Ella me pregunta, mientras tapa su delicado cuerpo con una fina sábana, cuál es el significado de la vida. Me paro y camino en líneas rectas por la habitación, mientras tanteo en los bolsillos de mi pantalón desparramado por el piso en busca de un atado de cigarrillos. Prendo uno y doy una honda pitada. Me siento en la punta de la cama, le brindo la espalda y deambulo entre diferentes cavilaciones que me abordan. Me recuesto en el desarmado lecho, irreconocible luego del proceso ya finalizado. Procedo a inspirar un poco más de humo de tabaco y le respondo citando a Dolina, que cita a Santo Tomas de Aquino y le digo que si me pregunta eso, la respuesta no la sé; empero, si no me lo preguntara, posiblemente encontraría y sabría la verdadera razón. Le aviso que sospecho sobre el significado, le pido disculpas por la falta de certezas. Indico que momentos, minutos atrás lo sabía, creía saber la respuesta sobre la pregunta que invade al hombre desde tiempos inmemorables. Cierro los ojos en la oscuridad de la habitación y ella se acerca, esperando algo más, unas palabras que marquen el camino a seguir para saber, para conocer. Así, con toda su atención, le susurro, le pregunto si le pido un remis, me demuestro preocupado por saber con qué medio se iba a ir.


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