lunes, 23 de marzo de 2020

Tomates

Cuando cambiaron los planes y decidieron que teníamos que ir a aquel restaurante venezolano en una colonia adinerada de acá, de la ciudad de México, me resigné. Es cierto que nunca he sido buena madera para lugares donde van a almorzar los oficinistas, de trajes y corbatas, de secretarias con faldas ajustadas y platos gourmets pero luego pensé que quizás podría perderme una buena oportunidad de comer algo distino. Y allí fuimos. No quedaba muy lejos del trabajo por lo que caminamos por las calles de Polanco, esquivando autos, puestitos de garnachas y plazas arboladas con verdes hojas. Al momento de llegar, por suerte, no era un lugar ostentoso sino, más bien, un rinconcito agradable, de rico perfume y música caribeña. Atrás nuestro habían quedado las calles transitadas y embotelladas de autos de lujo, taxis rosas y blancos y todo esa atmósfera pesada que se respira en esta ciudad, mezcla de contaminación, humedad de un lago drenado, avaricia y guerra que dejó una civilización arrasada quinientos años atrás y el aceite que se desprende de los tacos de canasta. México parece que se está por extinguir todo el tiempo pero renace en otro lado como un brote que trepa hacia el sol desde el tronco enmohecido y deshecho que descansa en el suelo en un bosque húmedo.
Tomamos asiento y automáticamente nos acercaron el menú. Contábamos con la ayuda de una compañera venezolana que nos explicaba qué significaba cada plato y nos aproximaba recomendaciones sobre qué pedir y cómo combinar. Por mi parte, fui predispuesto a pedir una arepa que, por suerte, trajeron rápidamente. Y fue en el primer bocado cuando se mezclaron los sabores que entrecerré los ojos y agudicé el oído para escuchar una cancioncita colombiana y pude verme sentado en el cordón de una calle pequeña, en Cartagena, hace unos años atrás, comiendo una arepa de venezolanos que salieron de su lugar de origen para buscar una nueva vida. Estábamos hospedados en Getsemaní y nos levantábamos a las cinco de la mañana por el calor y la humedad. Parecía que la ciudad misma nos estaba echando como si quisiera descansar de todos nosotros y fumarse un pucho viendo el atardecer desde la muralla, la cual no deja entrar pero tampoco deja salir nada, algo así como estar preso en libertad. De noche nos sentábamos en la plaza de la Santísima Trinidad, cerquita de la campana histórica que llamó al levantamiento del pueblo, donde hoy día la gente se reúne a tomar cerveza, bailar y comer de los puestitos. Rentábamos una pequeña casa en la calle angosta, la de los paraguas, y nos molestaba muchísimo la cantidad de turistas que se paseaban para tomarse una foto ahí, los cuales nos impedían el paso. Creo que fue uno o dos días antes de que debíamos regresar que te encontré a la madrugada, duchándote por el intenso calor, escuchando una canción de Marley y susurrandola mientras apretabas un pomo de shampoo y gotas gordas como granizos se estrellaban en el suelo del baño. Te escuché muy alegre, haciendo algo rutinario de una forma extraordinaria como aquella vez donde escuchabas esa misma canción en la cocina, mientras preparabas algo, un domingo de otoño, bien temprano. Que te habías levantado con ganas de cocinar y de comer pastas, me dijiste, que esperabas que no me hayas despertado. Y te respondí que no, desde el baño, que estaba bien, que podríamos tomar unos mates. Ya tengo el agua en el termo, te adelantaste y sabías que esas acciones siempre me gustaron, esas respuestas a preguntas que aún no se habían formulado. Me dirigí a la cocina, al ritmo de la música, para pararme luego en el marco de la puerta y desde ahí contemplarte aún de lejos pero cerca, a unos sesenta y cinco centímetros de distancia, viendo cómo te movías por la cocina, con el pelo revuelto en un rodete, los rayitos de sol con mucha luz pero poco calor que entraban por la ventana que daba al pulmón del edificio. Tenías un recipiente lleno de tomates peritas, pelados, recién sacados del punto de hervor donde se les desprende la piel para quedar todo pulpa. Colocaste uno entre tus manos, sin la capa fina que naturalmente lo recubre, y te diste vuelta mostrándomelo. Mirá, dijiste, mirá cómo late y se te escapó un pequeño chirrido de risa como la de un niño que sostiene un bicho bolita y lo toca para que se enrollé en sí mismo. Hasta parece un corazón, agregaste. Es cálido y late como un corazón. Y luego lo apretaste con una mano mientras que con la otra levantabas el jugo antes de que cayera al suelo. Las semillitas y el centro del tomate se te escurrían entre los dedos mientras se resentía la presión de tus manos en lo que iba quedando del fruto. Ya no late más, y lanzaste un suspiro.
Las arenas del reloj fueron corriendo y, con ellas, todo lo demás. La lejanía, el rencor, la resignación, los viajes, la vida que va brotando pero de una forma no esperada como los edificios de la capital mexicana que se hunden por partes, sin premeditarlo y con un orden aleatorio. Y es ahora que me encuentro acá, a tanta distancia, en tiempo y espacio, en donde siento que quedé pegado a ese marco de puerta desde el cual, aún ahorita, si entrecierro los ojos, puedo ver los tomates, tus manos sosteniendo uno rojo, bien rojo, latiendo como un corazón pequeño y brillante, intervenido por la luz que se cuela por la ventana que da al pulmón del edificio, en ese departamento del quinto piso donde tu celular reproduce una canción de Marley que hace bailar lo último que está quedando de tu rodete y a los mechones de pelo que se te corren hacia la frente para pegarse a tu sonrisa de lado, tan íntima.

(♪)

martes, 31 de diciembre de 2019

Cenizas

Me parece que nunca te lo conté pero, bueno, viste, hay tantas cosas que no se dicen. ¿Me escuchas? No, te pregunto porque quizás con la puerta cerrada no llega lo que te digo. Pero si, hace lo tuyo, yo hablo. No sé, hoy lo volví a pensar de nuevo, cuando te vi ahí, de espaldas en el café, en el momento en el que pude chusmear tus hombros encogidos mientras tenías con las dos manos la taza y mirabas a un costado, a la ventana, pero no observabas afuera sino, más bien, a la pestaña del entramado de madera y vidrio donde no había nada, así como cuando uno mira para dentro, ¿viste? Te juro que fue ahí y vos sabes bien que yo no juro al menos que esté muy seguro, esa costumbre que me quedó de chico como llorar por el gol del Diego o enojarme cuando las cosas no me salen como quiero. De ahí no dejé de pensar a cada rato sin embargo fuimos haciendo las otras cosas, lo de caminar por la plazita del bajo tan callada como nunca y la calesita que crujía de no moverse, ¿sabés? Bueno, y yo pensaba, se me venían imágenes y me las quería quitar de encima pero me invadían. Y no creo mucho en las casualidades, eso no, pero a veces pasan. O quizás es uno mismo que va atando los hilos y va remendando algo que nunca existió y le pone uno nombre de casualidad  y ahí nos tenes creyendo en que por nacer en un determinado día y horario todo está dicho, las estrellas hablan, los planetas te putean y la vía láctea se fuma un pucho mientras se te caga de risa. ¿Te acordas que estaba la feria en la plaza? Bueno, después del puesto de los duendes y los sahumerios, estaba el viejo de los libros. Yo solía comprarle una vez cada cinco semanas dos libros, más o menos ese era el promedio. Carlos, se llamaba el tipo. Aún se llama así. Y cuando hoy lo vi, y el me vio, nos saludamos con un gesto austero, levantando la cabeza y volviéndola al lugar original sin más remedio. Al momento de ir haciendo lo propio, noté el título de un libro prolijamente acomodado. La Pesquisa, ¿te acordas? Creo que no lo viste y yo tampoco te dije nada al respecto, me parece que nosotros también estábamos crujiendo de silencio. Y no pude evitar cerrar lo que pensaba porque antes de que nos encontráramos, pude ver una pareja que discutía. Estaban sentados uno al lado del otro y no se miraban, bueno él no miraba mientras ella lo observaba con algo parecido al odio pero peor, quizás decepción, a medida que repetía cosas que habían pasado, enumerando con cierto detalle los errores y las interpretaciones de las acciones que, al parecer, él había cometido. Y algo que dijo ella, lo escuché anteriormente. Resulta que un tiempo atrás, me encontraba caminando por una plaza de México, por Coyoacán, y encontré a una chica que estaba llorando, sola, sentada en un banco verde con los codos apoyados en los respectivos muslos, teniéndose la cara con las dos manos abiertas. Tendrías que haberla visto. Era la perfecta definición de inestabilidad y devastación. Ideal para una película de Fellini, quizás mostrando a una joven que acababa de perder a su novio luego de que este último se arrojara al río Tiber aún traumatizado por la guerra; faltaba verla en blanco y negro nomas. Bueno, me acerqué a ver si podía ayudar en algo, no sé, me salió así. Y le pregunté qué le estaba pasando, si necesitaba que llamara a alguien. Tardó un poco en componerse para poder decirme que no, que la dejara pero me quedé porque realmente sentí que no podía sólo irme con ella en ese estado. Pude ver que tenía sobre su regazo un libro, imagino que sabrás cuál. Sí, La Pesquisa de Juan José Saer. Quedé impactado porque era muy raro que encontrara a alguien que conociera la obra fuera de Argentina, inclusive ahí era difícil que fuera nombrado. Esas son las injusticias que nos vuelven locos. Empecé a hablarle sobre la novela, sobre el drama que entretejió el escritor para llegar a ese final, todos los caminos alternativos y, a veces, antagónicos que generaban ganas de tirar el libro al diablo y seguir con otra cosa. Ella rió con la boca forzada por la desolación, generando un gesto agridulce que me pareció de lo más sincero que había visto en la vida. Le dije que debíamos ir por un café, en esa época aún yo lo tomaba, hace un año que lo dejé, ¿te acordas? Ya no sé bien qué dejar para el próximo. A veces siento que la vida es una constante contracción de placeres, ¿sabes? Bueno, fuimos a un barcito que tenía mesas en una peatonal. Me contó que encontró a su novio con la hermana, con su propia sangre, desnudos en el living de la casa de verano que habían alquilado junto a su familia en las costas de Puerto Escondido. Aún no podía superarlo, me dijo. Y era claro, habían pasado menos de veinticuatro horas porque ella automáticamente se tomó el primer vuelo y se volvió a la ciudad. Pensó que caminar le iba a hacer bien, que Coyoacán, a pesar del ruido, si te alejas unas cuadras, podes encontrar tranquilidad y ahí, ella, podría repensarse. Tomó su cartera, el libro y se largó a caminar, dejando atrás todo rastro de racionalidad que le fuera otorgado producto del shock de descubrir a su hermana y su prometido transpirados y desnudos en el piso del living. Y en un punto, en la plazita que tiene esa iglesia tan antigua como México, se derrumbó. Su vida, todos los puntos que había trazado en el mapa de su futuro, habían sido tirados, derrumbados del tablero con el cual estaba jugando. Es que, me dijo, pensaba irse con él a Europa, iban a migrar primero a España, luego a Italia, donde él tenía familia y una finca que esperaba sus conocimientos de agronomía. Ella ya había seleccionado los libros que llevaría, la ropa que iba a dejar y no podía parar de pensar sobre la toscana y lo lindo que debería ser el calor cerquita del Mediterráneo. Todo se había desmoronado tan rápidamente como las cenizas de los cigarrillos que fumaba, uno tras otro.
Esperá, no te entiendo, escucho tu voz desde la ducha que acaba de silenciarse. Es que ella tomaba la taza como vos lo hiciste hoy, ¿sabés? Y de pronto se me apareció ese primer recuerdo, luego la plaza, la calesita, la pareja discutiendo, el libro. No sé, até todo sin querer. No, no te entiendo, nos conocimos hace dos días, me decís desde toda tu piel sin ropa apoyada en el marco de la puerta del baño. ¿Cómo esperas que sepa todo eso? Sí, tenes razón, te digo. A veces no me doy cuenta. Es que siento que estamos tan solos y tan desnudos en todo esto. Discúlpame.

(♪)

viernes, 29 de noviembre de 2019

Para Jane

Cuando bajé del auto y viste el libro que llevaba pegado al costado de mi cintura, me miraste como diciendo boludo, bajaste con eso y no te diste cuenta y por eso, casi de inmediato, te dije que bueno, que ya estábamos lejos del vehículo y que no me molestaba cargarlo. Giraste en vos misma, hacia tu izquierda, mirando el auto recién estacionado a unos escasos dos metros de donde nos encontrábamos parados y marcaste un gesto levantando tus cejas y amurallando tus labios en un tenso movimiento. Bueno, dijiste, vamos por ahí así conversamos de todo. Te iba siguiendo mientras hablábamos del clima, de la política, de por qué en Uruguay había agarrado tanta fuerza la derecha, qué había pasado con todo ese sueño latinoamericano. Entramos al bar, al patio interno que tenía aire acondicionado, techo vidriado y plantas pegadas a la pared. Tenía pinta de haber sabido ser una casona vieja de barrio norte, de ladrillos rojos apelmazados unos sobre los otros, erigiendo paredes altísimas para combatir el calor y la humedad de Buenos Aires en verano. Y ahí estaba, un hogar convertido en una cervecería artesanal, con un patio interno con aire acondicionado y ladrillos estratégicamente colocados a la vista. Nos sentamos para pedir una limonada, casi que se nos rieron en la cara y tardaron más tiempo que una propaganda en la radio metro en traernos los tragos.
Apoyé el libro sobre la mesa de madera y lo miraste girando un poco tu cabeza porque, desde donde lo veías, el título y el autor te daban al revés. Es tuyo, te dije. Quiero que te lo quedes, hay un cuento ahí que para mí es todo. Aún no entiendo bien por qué me produce una nostalgia pero rara, distinta a la normal, como si extrañara un momento de mi vida que nunca viví. Miraste el libro y el cuento, el título Capítulo para Laucha y quisiste comenzar a leerlo pero te pedí que lo hagas en soledad, que hay cosas que aún me avergüenzan. Antes de cerrarlo, lo agitaste un poco y se cayó la hojita que prolijamente había doblado en cuatro partes, escrita en puño y letra, con imprenta mayúscula como si escribiera gritando, en tinta negra. Qué es esto, me preguntaste. Escribí algo para vos. Te conté que estuve yendo a un taller de narrativa en el cual escribía cuentos todos los encuentros y el último fue este y me parecía bueno que lo tengas porque si alguien, alguna vez, escribiera sobre mí, bueno, me gustaría verlo. Mira vos, no tenías que hacerlo, dijiste. Léelo en soledad, no es muy bueno pero es hasta donde me alcanza.
Quizás en lo inconsciente sabía que al irme al baño, al esperar que se desocupara, hacer lo mío y volver, lo habrías leído; por eso al ver tu cara y la hoja desarmada entre tus manos, no me sorprendí pero no me encontraba preparado para saber cómo continuar.
El cuento iba por acá.

La conocí porque un compañero de trabajo me dijo que tenía que empezar a salir de nuevo, que me haría bien. Creo que lo había cansado con mis historias y, aún más, con mis silencios sorpresivos en los cuales no emitía ni un ruidito como si fuera un muñeco de cera sentado en la oficina. Aparte, me dijo, ella es piola y tienen gustos parecidos. Fui porque no quería dejarlo mal plantado a él y, además, necesitaba volver a sentarme frente a alguien sin tener que bajar la mirada.
Todo fue bien, en verdad teníamos unos puntos importantes en común. Le gustaban las películas de Tarantino y las de Woody Allen les provocaban nostalgia que sentía ajena, como si viera  a una persona caerse en la calle y quebrarse la muñeca derecha y ella sintiera ese dolor en la propia. Sin embargo, fue cuando pidió un bife de chorizo con salsa de hongos lo que me dejó estático. Automáticamente pensé vos no sos la de los hongos, vos no podes pedir eso, porque quien pedía todo lo que pueda con champiñones era la que me provocaba esas historias y aquellos silencios. Luego de pensar en eso, instantáneamente, y sin darme cuenta, me vi sentado en otro lugar, en una mesita de madera rústica del restaurante de un pueblito patagónico, observando un callado lago azul, abovedado de montañas, por encima del hombro de ella que pedía todo con hongos.
Cuando volví en sí, intenté seguir el hilo de una conversación en la cual  nunca estuve en verdad, mientras por dentro pensaba qué otras cosas se me quedaron impregnadas de ella. Seguramente Bowie, quizás Montevideo, definitivamente no podré pisar Mar de las Pampas otra vez, los tacos mexicanos que hacía con tanto cariño o la forma que tenía el primer abrazo que daba cuando despertábamos juntos. ¿Ella pensará lo mismo? ¿Habrá quedado atado algo a mí que también la haga recordarme?  No sé bien qué podría ser, tal vez algún video del Diego jugando a la pelota, una torta de frutilla y chocolate que siempre hay en mi cumpleaños, la canción Guanuqueando de Divididos que pongo cada vez que hago asado. Quizás tampoco ella pueda ir a Mar de las Pampas o a Gesell o a toda la costa donde nos escapábamos un poquito de nosotros mismos en lo que era la mono ambiente rutina, ¿a qué otro lado estará yendo fuera de temporada?

Atiné a decirte que el final alude a otra historia que había escrito. Y me miraste con los ojos grandes y la boca brevemente abierta. Te sentí lejos y distante, como absorta mirando las olas romper en el medio del mar, en una playa desierta y fría, de vientos suaves pero constantes donde la arena remolona baila en la superficie. Prendiste un cigarrillo, aún sin hablarme. Asentimos uno al otro pero más bien hacia dentro, donde quedó todo lo que alguna vez fuimos.
Laucha, pensé. Y pensé que hay cosas que nunca deberían escribirse.

(♪)

viernes, 8 de noviembre de 2019

Cuándo

Llenas tus valijas de amor y te vas
a buscar el cuerpo de una mujer.
Y descubrís que amar es más
que una noche y juntos ver amanecer.
Cuando comenzamos a nacer (1972)
Sui Generis.


M. nos envió un mensaje a cada uno, pidiendo que nos reuniéramos pronto, que tenía algo para contarnos. La última vez que nos habíamos juntado fue antes de que él se fuera a Nueva Zelanda, en una improvisada despedida. Luego, a su regreso, cada uno lo visitó por separado. Estuvo allí por un lapso de tres años y, durante ese tiempo, fuimos construyendo la vida que llevábamos. El gordo se había casado y contaba con dos criaturas, Chicho fue a probar suerte al sur y volvía de forma intermitente a estos lados, René puso una maderera cerca de Baradero y ahí sigue, Coco continúa laburando en una oficina en el centro que es lo mismo que decir que algo de él ya está muerto. Por mi lado, hice lo que pude parado frente al mostrador del almacén y ahí sigo. En el mensaje, M., nos indicaba la dirección del lugar donde quería que fuéramos, que no llevemos nada, pedía también, que él se encargaría de todo. El nombre de la calle me resultó familiar. Nos daba instrucciones del tipo: tenes que ir a la casilla de la lancha colectivo, decir que vas al arroyo Espera 860, a la casa de Don Enrique, ellos te van a saber bajar. Era la casa que el abuelo de M. tenía entre los ríos del delta, la que compró hace más de veinte años cuando se jubiló del banco y con la cual quería disfrutar de su retiro sin saber que moriría a los dos meses de haber adquirido el inmueble. Nosotros íbamos a esa casita isleña asiduamente en los veranos de nuestra juventud. Pescábamos desde el muelle y hacíamos asados en una parrilla a la vera del río. Parecía una cargada que nos hacía M. al indicarnos cómo llegar si todos sabíamos bien la forma de hacerlo.  Fue ahí donde el gordo conoció a la madre de sus hijos cuando Chicho invitó a la prima y trajo unas amigas, una de ellas sería la mujer del gordo.
Por otro lado, entre nosotros, nos hablamos para ver si todos habíamos recibido el mismo mensaje. Al confirmarlo, comenzamos a pensar por qué tanto misterio. Sin embargo, nos alegraba la motivación de juntarnos de nuevo, de vernos alrededor de un fueguito y a la espera de un asado isleño. Seguimos las instrucciones de M. y esperamos al fin de semana que llegara para acercarnos a la boletería de la lancha colectiva.
En el momento que nos vimos todos, nos fundimos en un abrazo grupal y fuimos charlando, rememorando cómo eran esos encuentros de verano donde contábamos menos kilos y más energías. Al abordar nuestro transporte, tuvimos la sensación de que volvíamos al lugar donde nunca debimos salir. Cuando estábamos cerca de nuestro destino, notamos a una persona sentada cerca de la orilla, con las luces de la casa prendidas por detrás. Encontramos a M. en la reposera, cerca del muelle de madera, esperándonos. Estaba vestido enteramente de blanco, con un sombrero de ala ancha, de color marfil, escondiendo una bandana blanca que rodeaba su cabeza rapada. ¿Qué haces así, boludo? Dijo el gordo. Pareces el hijo de Gaby Alvarez y Alan Faena, gritó Chicho aún en la lancha. Ya reunidos todos en suelo firme, nos dirigimos a una mesa de madera dispuesta para que cenemos. Entre los primeros bichitos de luz que fueron aparecieron se mezclaban los chispazos de las leñas ardiendo en la parrilla. M. presentaba un color sepia en su piel, con los ojos hundidos en el rostro y una sonrisa temblorosa que dejaba ver dientes espeluznantemente blancos en contraste a encías bordó.
René se asomó a la parrilla y continúo con el asado ante la mirada aprobatoria de M., mientras el gordo se acercó a la picada servida en la mesa. Chicho se prendió un pucho con el calor de una brasa al mismo tiempo que junto a Coco traíamos unas cervezas de adentro. Nos sentamos todos a acompañar al gordo en la picada y luego fueron sirviendo las achuras y el asado. Ya en sobremesa, ante el rubor de una brisa venida de cuando teníamos veinte años, M. tomó la palabra y nos comentó que era lo que pasaba ante la atenta mirada de un puñado de jóvenes que aún no se habían dado cuenta que ya no lo eran.
Se me ha formado una metástasis, no sé bien por dónde está ya. Todos quedamos callados menos el gordo que, increíblemente, había vuelto a un pedazo de queso de la picada. ¿Qué es mestestis? ¿Por qué te pones a hablar en difícil, boludo? Le dijo el gordo empujando un pan a la boca. Cáncer, gordo, que tiene cáncer, arrimó Coco. El gordo se sumó automáticamente al silencio isleño, de grillos ronroneantes  y de bichitos de luz lúgubres. Qué vas a hacer, M., pregunté luego de unos minutos. No sé, la verdad, hay días en que tengo miedo, otros resignación y quiero tirar todo a la mierda. Hay días en los que pienso por qué a mí. Pero hay algo que me atormenta sobre todas las cosas y por eso los reuní, para poder compartirlo con ustedes y que se ayuden. 
¿Se ayuden dijo? Nos preguntamos en silencio todos, con las miradas y los ceños fruncidos. Si, ya sé lo que dije, continúo M. Nunca me había preguntado esto hasta ahora, desde que comenzó a caminar este bicho por dentro y necesito que ustedes se lo pregunten para que no les pase como a mí. Dale, hijo de puta, decilo, dijo nerviosamente René. M. río para sí, acercando leventemente la pera al pecho, mirando hacia abajo. Cuándo, muchachos, cuándo, esa es la pregunta que me está consumiendo realmente y no está mierda que me invadió, eso es lo que necesito que se lleven y que empiecen a masticar para saber qué hacer. Inmediatamente, todos sentimos el segundero de un reloj interno activándose por primera vez.


  1. (♪)

viernes, 1 de noviembre de 2019

Palán Palán

Es mi destino
piedra y camino
de un sueño lejano y bello
soy peregrino.
Piedra y camino (1944)
Atahualpa Yupanqui.


- ¿Te acordas de él? ¡Mirá lo canoso que está! - me dijo mientras sacudía su brazo y mano derecha por el aire, saludándolo al otro que caminaba cruzando la esquina junto a su señora y su hija.
- ¿Quién es? - pregunté.
- Es el de los 'Cabezas', el mayor. Bueno, no el mayor mayor, habían uno o dos más grandes que él. ¿Cómo le decían?
- ¿El 'Oso'?
- No, el Osito era uno de los más chicos, junto al Negro. Bueno, ya nos va a salir cómo le decían.
- Ahh, ya sé quien es pero no puedo acordarme cómo era el apodo.
- Está grande, eh. Y qué buen pibe que era. Lástima la cagada que se mandó de pendejo pero qué buen pibe que era.
- Sí, un cagadón. Eran muy chicos los dos, ella también. ¿Te acordás el revuelo que se armó en el barrio? Lo parió.
- Cómo lloraba el padre de ella, en la vereda, abajo de ese árbol que tiene las hojas que curan, ese...
- El palán palán.
- Ese, cómo lloraba bajo ese árbol el tipo.
- Qué le vamos a hacer, por lo menos siguieron adelante los dos más allá de que él se fue y formó otra familia, la nena no se ve muy grande, ¿qué edad tendrá?
- Qué se yo, unos cinco o seis años, ¿no?
- ¿Y la otra?
- Está grandecita ya. Creo que la vi noviando con un pibito de acá la vuelta.
- Siempre me parecieron buenos pibes esos muchachos.
- También había una hermanita, ¿no? Ya deben estar grandes todos.
- Si, había una. Me acuerdo una vez que estaban jugando conmigo acá, en casa, en el fondo, cuando estaba el terreno baldío de al lado todavía y teníamos las rejas de la calle bajitas. Yo tenía un montón de juguetes en un canasto de ropa marrón que daba vuelta en cualquier lugar del patio y con los que me ponía a inventar boludeces, desde batallas con soldaditos a carreras de autos. Y una vez vinieron ellos, los más chicos, no sé cuántos eran pero vinieron a jugar. Cada uno tenía un juguete que lo traían entre las dos manos, casi sin moverse para que no se les cayera. Bueno, ahí estábamos jugando y ellos me pedían permiso para usar tal o cual autito o muñeco o ladrillitos. No sentí el primer silbido pero sí escuché el 'eu' que gritaron desde la vereda. Estaban los hijos del tano, los hijos más grande de Roberto, Ángel, y alguno otro más seguramente. Me llamaron y me dijeron que me acerque a ellos, hacían así con la mano, moviéndola extendida en el aire, de arriba a abajo, mientras se reían.
- ¿Y qué hiciste?
- Me acerqué a ver qué querían.
- ¿Qué te dijeron?
- Mirá cómo son las cosas. Yo no sabía la intención, habré tenido unos cinco o seis años, qué sabía lo que querían decir. Me pidieron que le pregunte algo a los 'Cabezas'. Me lo susurraron, no sé si fue Ángel o Cartucho, uno de los dos fue, el resto contenían las risas.
- Pero qué te dijeron, boludo, qué puede ser tan grave.
- Me pidieron que les preguntara si tenían baño en la casa. Y no sólo eso, me dijeron que se los gritara, a mitad de camino entre unos y otros.
- Qué pendejos de mierda, no lo puedo creer. ¿Y qué pasó?
- Los 'Cabezas' se fueron sin voltear siquiera a mirar, atravesando el baldío en dirección a su casa. El más grande ellos, este que ahora es canoso, abrazó a dos hermanitos más chicos y los guío entre los pastos altos. Mientras, los otros se cagaban de risa. Uno se tiró al piso y parecía que iba a vomitar de tanto reírse. Creo que fue Matias quien corría por la calle gritando y revoleando los brazos, riéndose.
- ...
- ¿Sabes cuando se dejaron de reír con eso?
- ¿Cuándo?
- Una vez vino el primo de Damián, de Capital creo que era. Bien rubio y tenía todo el equipito de Boca original, la última camiseta y los botines negros relucientes. Había llegado con los padres a visitar a la familia, me parece que fue la primera vez que lo vimos por acá. No recuerdo si volvió a venir después.
- Ah sí, sé de quién me decís, creo que los padres decidieron volverse a Italia, antes del dos mil uno, algo sabían.
- Mirá, no estaba al tanto de eso. Bueno, jugamos a la pelota con él esa vez, no era muy bueno pero si elegante, tenía una gracia rara para jugar, algo que nunca habíamos visto antes, además transpiraba parejo, no como nosotros que eramos un charco de sudor. Y fue cuando terminamos de pelotear que nos sentemos formando un círculo, ahí en el borde de la vereda y la calle, antes de que hagan el asfalto en la cuadra. Bueno, ahí nos pusimos a charlar, más bien nosotros nos pusimos a preguntarle cómo era la capital, qué cosas hacía, si había calles de tierra o perros que se escapaban de una casa a otra. Él nos respondía tranquilo, midiendo las palabras, casi como si estuviera dando una conferencia de prensa. Después nos quedamos callados y ahí él pregunto. Primero nos miró a todos, gravemente, como pidiendo que le prestáramos atención, que lo que diría iba a ser serio. Él estaba sentadito sobre la pelota que trajo. Tomó aire y nos pregunto si teníamos baño en nuestras casas. Algunos se rieron pero él no. Se quedó inexpresivo y expectante. Nos observó uno a uno, girando su cabeza rubia y transpirada esperando que alguno de nosotros, al menos, le responda. Cuando se fue en el auto, aún nos miraba de la misma manera. Ninguno se atrevió jamás a contestar.

(♪)