jueves, 31 de enero de 2013

Aproximación al reduccionismo de la vida

La composición no importa. Basta saber que el telescopio tiene distintos elementos que lo hacen, como a todos. Pero, en particular y en vital importancia, tiene una serie de vidrios, de espejos reflectores, de lentes, ópticos, objetivos, que permiten su razón de ser: dar a conocer con lujo de detalles elementos distantes, de forma específica o generalmente aceptada como cuerpos celestes, astros, estrellas, satélites y cualquier resto que circule o gravite en el espacio exterior y que sea plausible de ser captado por el artefacto en sí.
Como única instrucción, además de las formas de cómo armar el telescopio, de para qué sirve cada lente, sobre cómo guardarlo en la caja una vez frustrado o aburrido de su uso o la falta del mismo, tiene una leyenda que, por orden del organismo internacional controlador y fiscalizador de los telescopios, debe figurar en los manuales como advertencia, con el uso de todos los elementos a disposición para llamar la atención del usuario, la prohibición de mirar directamente al sol. la descripción de dicha leyenda incluye la información de que ante la observación directa al astro, se produciría, de forma inmediata, la anulación total de la vista. Al parecer, el brillo es tal que el ojo utilizado para la observación se quema, todo, la retina, el iris, todo eso. Y, como efecto reflejo, como movimiento involuntario de la mente, también se produce la ceguera, altamente irreversible, en el ojo restante.
Entonces, en la práctica, uno, con un telescopio, puede observar lo que quiera, digamos. Todo menos el sol. Todo. Siempre que no sea el sol. La vecina, la casa con el tanque australiano de color ladrillo, el campanario de la iglesia, la luna, las estrellas, la copa de los árboles, la vecina que sale de la ducha, los autos parados en el semáforo, todo. Menos el sol. Y uno se acerca, quiere mirar, amaga a ver. Es la curiosidad, movimiento involuntario. Está prohibido, eso también pasa, no es un dato menor.
Así, uno ve. Coloca el telescopio apuntando al medio del sol, justo al centro. Y ve, conoce, puede observar algo. Es una imagen brillosa, del más nítido color oro, pura, mística, única, jamás comparable. Se la puede ver por unos dos segundos, dos segundos que son perfectos, compuestos de la mejor eternidad, dos segundos que duran para toda la vida, como la ceguera que se produce automáticamente luego de esos dos segundos ya mencionados.
Entonces, algo así, algo muy similar pasa con la vida, con todo lo de la vida, con todos sus componentes, con los distintos elementos que la hacen, también.

jueves, 24 de enero de 2013

Medialunas de Atalaya

Jamás entendí el fenómeno de las vacaciones. Sí, sé lo que son  unas vacaciones,  el concepto, el contenido, el armar el bolso, cargar los pibes en el auto, parar a mear en una estación de servicio de pésimas condiciones, ir a los pedos para ganar una hora al destino, para escaparse lo más rápido posible de eso que vivimos todo el año, de eso, escaparse de nosotros mismos. Lo que no entendí es la fuerza, el empeño en apiñarse en lugares donde se encuentran mares de personas, una encima de otra, ahí, como si todos fuesen nuevos en el planeta, que están de paso, que ese momento hay que explotarlo al máximo porque, luego, sí, después, tocan que nos exploten una temporada más, un tiempo más.
Y, quizás, por eso nos vamos de vacaciones, para escaparnos, para ser otros por lo menos un ratito. Y, quizás, por eso acabo de parar en Atalaya, una docena y media de medialunas de manteca que brillan si la pones al sol, que brillan porque son casi un sol. Una fila de dos horas y dieciocho minutos en tiempos naturales, casi un año en el pesar del momento. En la costa me espera mi esposa, mis dos hijas que son mi todo. Una esposa que hace años ya no quiero pero me espera. Viajaron hace días, dos días creo, me quedé en casa a terminar con algunas cosas del trabajo. Sí, me acosté con una prostituta que un amigo me recomendó la noche del día que partieron. Lavé el auto, también, el día siguiente, antes de viajar.
No importa, llegué. Arena, sol, mates, medialunas que ya se opacaron un poco, como si Atalaya fuera su estado natural, como que las saque de su razón de ser, de su patria, como si allá brillaban más por poder correr libres por los campos, respirar aire puro, ir a tomar un café en el bar de la esquina un domingo de otoño, mojarse en el café hasta deshacerse.
Nos bañamos. Nos arreglamos, la mejor ropa, vamos a dar vueltas por la peatonal. Más gente. Mucha gente. Es como si calle Florida también se tomara vacaciones y se convierte en peatonal, en la costa, con los mismos oficinistas que la pisan allá pero ahora acá, acalorados pero menos empilchados, no hay corbatas o formalidades o secretarías que den pimienta al asunto, nada. Florida, calle Florida pero en la costa, acá sí le dan bola a los artistas que en la capital les estorban el paso. Hacemos filas. Miramos las peripecias, acrobacias y destrezas ejecutadas por distintas personas, piden colaboración. Hacemos más filas. Vamos a comer en un lugar que no vendríamos si estuviese en otro lado, al lado de casa por ejemplo, pero estamos en las vacaciones, en la costa, en la peatonal, la arena. Comemos. Me siento cansado pero las nenas quieren seguir, quieren ir a los juegos. Terminan de jugar, toman un helado además. Vamos a mirar ropa, quizás a comprar.
Eso. Eso tampoco lo entiendo muy bien. ¿Comprar ropa? ¿En la costa? ¿Estás segura? Mi mujer avanza sin contestar, se prueba, se mide, pide en otros colores, pide opinión, pide la tarjeta, el dni, que le queda lindo dice.
No quiero aventurarme a nada – si hasta ahora no lo hice, no sé por qué debería comenzar a hacerlo – pero algo me sucedió. Sin quererlo, sin pensarlo, sin siquiera percatarme, me estaba probando ropa. Estaba solo. Ella con las nenas fueron a mirar cómo un tipo sin brazos, sin pies, con pocos dientes, pinta. Pinta con aerosol, pinta con el muñón de la pierna izquierda, hace retoques con la nariz, firma con lo que llamaríamos codo derecho. Mientras, yo me pruebo un buzo, una campera, otro buzo, un sweater, tengo frío. No sé por qué. Puede que por el sol, el viaje, el dormir mal, el estar haciendo la digestión, el helado, la brisa, las dos horas y dieciocho minutos en Atalaya. Y yo le digo a la vendedora que tengo frío, que me quiero llevar algo con todas las ganas pero no, nada me abriga, que sigo sintiendo escalofríos, que no, que no tengo fiebre, gracias.
De pronto, una chica que esta comprando o esperando al novio o no sé, pero que esta ahí, contempla toda la situación. Me mira. La miro. Tiene el pelo castaño claro, suelto, rebota en sus hombros cada vez que se mueve, que se ríe, aros de perlitas blancas, linda. Continua mirándome mientras me pruebo un saco, una remera mangas largas, un cardigan. La vendedora se cansa. Piensa que le estoy tomando el pelo. Siento que quiere cerrar, que quiere ir a bailar, que alguien le diga que está buena, un pibe que nunca va a volver a ver, que la lleve a la playa, que la obligue a que se la chupe, al pibe, en la playa, las rodillas llenas de arena. Y yo siento frío.
Y está esta rubia. No, ya sé, es castaño claro pero la pienso y le quiero decir rubia, media bronceada, cintura justa, necesaria, suficiente, dos tetitas lindas, ricas. Me mira con el brazo derecho cruzado, agarrándose las costillas, con el codo del brazo izquierdo apretando la mano, los dedos, y con la mano restante sujetándose la pera, golpeando suave y esporádicamente el dedo índice sobre el cachete izquierdo, medio colorado.
De repente, sin mediar palabra, ella se acerca. El pelo rebota. Es petisa, medirá uno sesenta, sesenta y tres. Y me abraza. Me abraza con los dos brazos, ejerciendo la presión precisa que impide que sienta ganas de alejarla, de que se vaya. Quiero que me abrace más, toda la vida, así, con su perfume saltando en mi paladar, tomando por sorpresa mis sentidos.
Pasa el tiempo, ya no me importa el tiempo, es solo una formalidad.
Ella se aleja, se separa de mí, pone sus manos en mis hombros. Me siento mejor. Los escalofríos, esa sensación desapareció.
- Vos tenías frío en el alma, campeón. – me dice. Me da un beso en la mejilla derecha con labios suaves, tiernos y espesos, como la miel. Y se va.


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viernes, 18 de enero de 2013

Del olvido


En el éxtasis del deseo,
en la turgencia de la noche,
en el clamor de lo conocido
que es ausente,
Dante se hace carne,
se hace parte y me asiente.

Me invita a una vuelta,
en caminos sinuosos,
que mostrarme tiene
infinitos recodos.
De famas y tumbas,
de amores, de odios.

Me muestra la desdicha,
la discordia, la melancolía.
Señala la paciencia, la lucha,
la ironía de la cadencia.
Luego, la redención, la alegría,
el esplendor póstumo a la agonía.

Al final del camino, llueve
y el poeta sonríe.
Más tarde, llora y el amanecer
nos proscribe.
Más tumbas que famas,
más odios que amores.

Que el mundo está hecho
de estas y otras fechorías.
Que no existe infierno, purgatorio,
cielo o cesantías.
Que aunque moleste somos causa y efecto,
labios de golondrinas.

Y en el abismo del inconsciente,
Dante señalaba
que el olvido es lo que mata
y que el recuerdo es vivir eternamente.
Con eso se despedía,
indicando un sol naciente.

El febo acarició rudamente mis sentidos y
una vez despierto
quise preguntarle al poeta
cómo seguir viviendo,
qué atinos marcan mi destino,
qué números para el telekino.

Más solo me hallé
con violentos abrazos de aire
de un ventilador marchante.
El olvido es la muerte, recordé.
El olvido de famas y tumbas.
El olvido de amores, de odios.

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jueves, 17 de enero de 2013

En el piso del comedor

La costumbre de levantarme temprano los domingos es una de las pocas cosas que pude heredar de mi viejo. Él, quizás porque también lo hacía levantarse temprano su padre, tal vez por el hábito de hacerlo toda la semana o, probablemente, con el afán de hincharme las bolas, se levantaba con ls rayos del alba y me despertaba. Y, claramente, no era con la suavidad o la paciencia o la posibilidad de ser esquivado como el despertar de la vieja sino que con su primera y única intervención ya bastaba. Para este asunto, nada importaba si la noche anterior había salido o si había o no que hacer algo en la casa, yo tenía que levantarme temprano y más vale que no vaya a cuestionar el accionar.
Así fue que el último domingo me levanté temprano, para abreviar. Hace años había dejado la casa de los viejos y, sin quererlo, ellos también se habían dejado, regalándome estos bastos recuerdos. Todavía algo dormido caminé hasta el lugar de la cocina en el departamento y miré, corriendo las cortinas desgastadas, los rayos del alba que solían acompañar a mi papá. Puse la pava y preparé el mate. Me detuve unos momentos para notar cómo las nubes blancas y débiles contrastaban con el naranja que provocaba el sol sobre el cielo que menguaba entre un color celeste y turquesa. 
Todavía sin salir de la ensoñación, escuché el timbre del portero. Me acerqué hasta el el intercomunicador para preguntar quién era, qué quería, por qué no se iba a la puta que lo parió, que mire la hora. La escuché a Luciana, algo agitada, agónica, breve pero desesperada que me pedía que la deje pasar, que necesitaba hablar conmigo.
Subió, pasó por delante mío. Llevaba una musculosa blanca y una pollera floreada violeta. Hace tiempo no nos veíamos, desde aquella vez que terminamos la relación en el café de la esquina, de ello hará unos dos, casi tres meses. Luciana tenía que decirme algo - se expresó así, con la gravedad de esa conjugación de palabras - y por eso estaba allí.
Sin ir más lejos, la noté a Luciana un poco más rellenita, como que la musculosa le ajustaba un poco más. Tenía mejores tetas y las piernas un tanto más fortificadas. El vientre se encontraba, también, ligeramente más tupido que la última vez. Vamos, sin dar más rodeos, Luciana estaba en mi casa, a la mañana de un domingo, con la musculosa blanca, para decirme que estaba embarazada y que, claramente, yo era el padre.
Es probable que mi reacción no haya sido la indicada porque, seamos sinceros, jamás hay una reacción adecuada para estas ocasiones. Siempre se espera más o menos, acorde al ojo que juzgue, sobre lo que accionamos. Pero a mi se me dio simplemente por decirle que pase, que convenía cerrar la puerta y que si quería tomar unos mates, que el agua ya estaba casi lista. Es claro que Luciana no tardó en enfurecerse por mi falta de atención, como solía hacerlo, y maldijo el momento que entró a casa. Le ofrecí asiento, claro está pero ella se siguió ofuscando. En ese preciso instante, entendí que esa mañana no iba a coger con ella.
Sin embargo, quizás olvidé mencionar, decir, acotar, señalar, apuntar, referir, un dato que no es menor a este asunto, a este evento. En otras épocas, donde pensaba en cambiar el mundo sin antes haber intentado cambiarme a mí, de joven quiero decir, estudié medicina. Quería ser parte de los médicos sin fronteras, de la cruz roja, tener algún consultorio donde recetar medicamentos a jubilados. Hice el cbc, tres años yendo y viniendo a Recoleta, viajando apretado en la línea D. Después me dí cuenta que no era lo mío, que más allá de que me iba bien en las materias, noté que no podría ejercer. Me había cansado de la gente, de tratar con gente, entonces entendí que ahí iba a trabajar con gente, para la gente, directa o indirectamente y, la gente, ya me parecía detestable. Cambie de rubro, otra cosa, no hace a la historia.
La cuestión es que me acerqué hasta la cocina, tomé la pava y, mientras miraba al sol iluminar nubes, cielo, edificios, todo, vertía su contenido dentro de un termo y me apresté a sentarme en la mesa con los condimentos para el mate. Luciana reclamaba, a todo esto, mi atención. Pedía, casi en súplicas, que le diga algo, qué que íbamos a hacer, que ella lo iba a tener igual, que tenía que ir a decírselo a sus padres, que la acompañe. Luego, gritaba. Ordenaba que teníamos que mudarnos a un lugar más grande, mejor, una zona cerca del trabajo de ella, cerca de una guardería, de un supermercado, de una plaza con rejas, esas cosas. Prolijamente, yo tomaba el mate y miraba al océano de incertidumbre de la mesa blanca, redonda y desgastada.
Dado un punto, Luciana se paró a mi diestra y colocó sus dos manos al costado de la cintura, formando una especie de tetera con doble aza. Lanzó un soplido que volcó cucharadas de mal aliento sobre mi frente. Y acá viene el asunto, la salsa de todo esto. Me dí vuelta y la miré a Luciana, a su panza, al vientre. La miré bien, detenidamente, le pedí que esté quieta, que no se mueva, que no iba a pasar nada. Le dije que tome aire, que retenga, que cuente hasta cinco y que exhale. Que me entienda, que quería probar algo, también le dije.
En la cuarta oportunidad que hacía los ejercicios de respiración, cerré mi puño derecho y, con un golpe que mediaba lo violento con lo certero y lo delicado, le atiné en el margen inferior izquierdo de la panza, unos diez centímetros por debajo del estómago.
Luciana se tomó el estomago y, automáticamente me puteó. Aulló unos momentos de dolor, se quejó, dijo que yo estaba loco, de cómo iba a hacer algo así, que me iba a ir a denunciar. Le dije que espere unos segundos, que espere así, recostada en el piso, como estaba, hecha una bolita. Un breve silencio aconteció donde jugaban de cortina los sollozos de Luciana, de Luli como me gustaba llamarla, hasta que un ligero ruido, algo que empezó como tibio, como tímido para tomar forma estruendosa, estrepitosa, de una magnitud algo más reconocible, resquebrajó el silencio.
Ahí estaba, mi ex, Luciana, Luli como me gustaba llamarla, sollozando, hecha una bolita, en el piso de mi comedor, expulsando flatulencias, tirándose un pedo de no creer.

domingo, 13 de enero de 2013

Lo que mata es la humedad

Las pastillas del mingitorio estaban, curiosamente, renovadas. Eran blancas perlas amontonadas, como abrazadas y divertidas, sin uso y establecidas, reposando sobre los agujeritos calados en el blanco cerámico, sin siquiera saber sobre su destino. El primero chorro de la meada de Horacio las hizo estremecer, corriendo de lugar a una o dos pelotitas. Luego, el trámite normal. Silbar una melodía, mirar para arriba un poco, relojear las últimas gotas, sacudir el envase y volverlo a guardar. Se lavó las manos fugazmente, como aquel que la prisa le hace escatimar el tiempo a las cosas, quizás, necesarias.
Mientras, Marcelo estaba sentado en la mesa habitual del bar, ya con el pebete de Horacio servido y su jugo dispuesto a ser bebido. Estaban un tanto cansado ambos, una mala noche del día anterior que los agotó de distintas formas. El calor, la humedad, los pensamientos, Buenos Aires. Los dos eran amigos desde que el uso de la razón se los permitía contar - claro, quizás no era hace mucho. Y eran de esas amistades de la vieja escuela, de las aventuras compartidas, de las rodillas raspadas, de los primeros tropiezos ante la abocada travesía de aprender a andar en bicicleta, de las pelotas pinchadas. Vivieron momentos difíciles que, observados a través del cristal del tiempo, hoy perecen como anécdotas infames. Sin embargo, siempre estuvieron juntos.
Horacio se sentó y, sin mediar palabra alguna, le dio una gran mordida al pebete con tal voracidad que desprendió una feta de salame, bronceada de una mayonesa celestial, que quedó balanceándose entre sus dientes. Marcelo se rió entre labios y apretó el paso de su jugo. No les quedaba mucho tiempo, tenían un tiempo de descanso y luego a retomar sus tareas. Se escaparon al bar para estar tranquilos ya que no había nadie por ser la hora de entremedio del desayuno y el almuerzo. El sol golpeaba frente a los ventanales sucios que solo dejaban ver las sonrisas de los colegiales que corrían tras una pelota.
Horacio no estaba bien. Es decir, sí, estaba bien, entero, como siempre. Pero no, tenía un gesto, una expresión que denotaba desde el rostro que no era habitual y, sin lugar a dudas, era de una desazón o, quizás, de una preocupación de esas que te hunden en la primera silla donde apoyas el culo. - Anoche dormí mal, Marcelo. No dormí, bah. Me quedé pensando. Pará, no te me cagués de risa. Sí, me quedé pensando. ¿Nunca pensaste que la vida esta mal? Como que hay una trampa, hay algo, che. No sé. - finalizó Horacio que fruncía el ceño ante la mirada risueña de Marcelo. El sol entraba un tanto más fuerte por los ventanales, avanzaba el día y la humedad era insoportable. La ropa se pegoteaba y una suerte de sudor comenzaba a darle brillo a las frentes.
- No sé a qué te referís, macho. Yo si me desvelo es por una buena película, un buen libro tal vez. Quizás una mina pero eso ya casi que no pasa. Una vez que te desvelas por una, te desvelaste por todas. Eso también es por las minas, viste. - refirió Marcelo.
- Que la vida está mal, boludo. Que algo está mal. Fijate. Estudiamos desde pibes, nos introducen formas, maneras, estructuras de lo que está bien y lo que está mal. Sí, nos desviamos un poco en cada caso pero es más o menos lo mismo lo que vamos viviendo. Te enseñan, por ejemplo, que el éxito esta vestido de un traje nuevo, de marca, italiano en lo posible. Que tenes que usar traje y sos existoso. No importa si trabajas en una dependencia del estado, en una cafetería o cambiando divisas por Florida. Tenes un traje y ya te toman por exitoso. Algo así pasa con los médicos pero es más raro eso también, con el tema del color de los ambos o la tiranía de aquellos que estudiaron medicina administrativa. Sí, ya sé, me vas a decir que el éxito depende de otra cosa, de uno, etcétera. - se quiso componer Horacio mientras limpiaba una mancha de mayonesa que cayó sobre la mesa de madera gastada.
Marcelo se encogió de hombros. Miró a un costado, como buscando o pensando algo para comer pero luego desistió. - No estoy tan de acuerdo. Cada uno puede ser exitoso en lo que se propone, en su profesión. Así, hay médicos paupérrimos y grandes albañiles. Como todo, digamos. No por un traje o un título serás mejor o peor que nadie sino que la pasión que tengas por eso que haces es lo que te define, lo que sos.
- Sí, ya sé pero no me estás siguiendo. Es que nos condicionan y, sin quererlo, nosotros nos adaptamos. Vos sabes bien cuáles son los estandartes del éxito, de cómo se viste y cómo gesticula la buena vida a los ojos de esa fiscalía de lo bueno o lo malo del mundo. Te digo, sin ir más lejos, eso de la disciplina escolar, el buscar la mujer para tener hijos, nunca llegar tarde a la oficina, enero vacaciones en la costa, los domingos leer el diario, tener un auto, dos perros, hace el amor una vez cada tanto. Me dan ganas de llorar, viejo. - y si bien Horacio no lloró, se secó las lágrimas de sudor por la humedad que se levantaba a medida que el sol emprendía su ascenso.
- Puedes que tengas razón, no sé. Yo me siento cómodo hasta ahora y, para mí, nada está escrito. Podes patear el tablero que nadie se enoja, eh. Y la fiscalía me puede venir a buscar cuando quiera y veremos quién es quién. - Marcelo paró para mirar su reloj. Le dijo a Horacio que tenían que ir yendo.
Era la hora de volver a los deberes. La campana del recreo estaba por dar su singular chirrido para orientar a los alumnos al regreso del aula, marchando todos juntos como las vacas que van al matadero, ignorando  quizás, su destino. Horacio se preocupó porque olvidó hacer la tarea del día anterior y puteó hacia arriba mientras se tomaba la cabeza. La maestra ya le había advertido sobre sus deberes y el se había prometido no fallar pero el mundo de hoy tiene muchas distracciones para un niño de segundo grado.



Imagen de acá 

domingo, 6 de enero de 2013

Hasta acá llegamos

- No sé, Cacho, ya estoy podrido de las minas, qué queres que te diga.- rezongó Jorge quien, con los brazos cruzados sobre la mesa del bar, se introducía sin parar manotazos de maní en la boca a medida que le convidaba tamaña reflexión a su amigo.
Llevaban horas en el bar, como solían acostumbrar. El resto de la barra ya se había retirado y, sin quererlo, se quedaron solos, como náufragos en la balsa representativa que configuran los bares dentro de los océanos agónicos que son las ciudades. Cacho curioseaba, desde el otro extremo de la mesa, enfrentado a Jorge, por la ventana hacia la calle, donde jovencitas de vestidos breves y piernas eternas se adentraban a la noche, a los boliches, a la vida. Esa misma vida que a ambos, a la muchachada, a la barra que seguía en pie, se les escapó sin pedir permiso, sin dejar nota de despedida, porque, en fin, la vida es sólo la juventud, de la cual ellos solo ostentaban ligeros recuerdos, tan ligeros como las caricias de la primera novia dentro de la salamandra de la memoria.
- Son un tema las minas, Jorgito. Pero no sé bien de qué te quejas si siempre anduviste con mujeres que rajaban la tierra. - le comentó Cacho mientras oscilaba su mirada entre su amigo y las chicas que pasaban por la calle.
- No sé, eh. Vos fijate que siempre pasó lo mismo. Se fueron o propicie sus partidas o también me he ido que en todos los casos es lo mismo. Me canso, Cacho. Y no sé bien qué es lo que quiero. Creo que es eso, puta che. - Jorge le pidió a Carlin, el mozo del bar, que renueve la jarra de cerveza tirada y un nuevo platito con maní, que no cambiara el cenicero, que así estaba bien.
Cacho lo miró, esta vez atentamente y aplaudió  con un aplauso sordo, apoyando los codos sobre la mesa, y se rió. - ¿Acaso no te acordas de los pedazos de hembras  con las que anduviste? ¡Dios mío! Lo que era Mariela, ¿no te acordas? Y ni me hagas acordar de Soledad, de la rubia Victoria, de la carita tímida y furiosa de Daiana o el cuerpo esculpido a mano de Josefina. O de esta chica, estem, de aquella de rulitos, te acordas seguro. - Cacho apretaba la base de la palma de su mano derecha contra su frente mientras hacía chasquear el pulgar con el dedo mayor de la mano restante y apretaba los ojos bien fuertes, buscando el nombre - ¡De María! Sí. María, Camila, no sé, decime que te acordas. Sabes de cuál hablo, ¿no?. ¡Qué mujeres! - y Cacho apretó los puños, haciéndolos temblar frente a Jorge. Cacho estaba eufórico ante la seriedad, la pasividad de Jorge quien menguaba un porrón de cerveza y hacia chasquidos con los labios para sacarse restitos de maní de entre los dientes.
- Si, Cacho, ya sé pero fijate. Todas estaban buenas y, lo que es de no creer, me querían. Y vos sabes bien que yo las quise también. Pero las quise bien, Cacho, eh. Pero no sé, algo me faltó, algo no alcanzó para que ninguna siga estando conmigo. Quizás me faltó a mí, ¿viste? Pero es más fácil excusarse con lo de afuera, con lo del pasado. Qué se yo, Cacho. - Jorge estaba serio, muy serio para una sobremesa de la mesa de amigos.
Cacho movía un escarbadientes gastado de un lado a otro por sobre los labios. Pensó. Cacho pensó un rato y no dijo nada. Jorge tampoco dijo nada esperando que Cacho diga algo. Cacho arrugó la frente y con la diestra se sacó el mondadientes y le preguntó a su amigo: - Jorgito, ¿y vos qué queres? - y pasó a tomar un sorbo de cerveza helada.
Jorge se cruzó de brazos y los colocó por sobre el pecho. Se acomodó en el respaldo de la silla de maderas gastadas y miró el viejo candelabro de foquitos quemados. Lo miró brevemente, buscando respuesta alguna para darse paso a contestar: - Mirá, Cacho, ya estoy cansado. Tengo miedo a pensar que viví mal la vida. Vamos, viejo, ya no somos pibes, ya no hay tiempo para arrepentirse, para levantarse mañana y comenzar de nuevo, con sueños, con esperanzas. Es decir, hasta acá llegamos, hasta acá hemos hecho. Sí, claro, nos quedará profundizar una o dos cositas por acá o por allá pero ya no es lo mismo Cacho. - y resopló, todavía mirando para arriba, con los brazos cruzados pero asintiendo con la cabeza a sí mismo.
Autos con música fulminante pasaban por la calle y Carlín procedía a bajar las persianas del bar. Mañana iba a ser otro día y tenía que dejar todo preparado para los clientes matutinos, para los proveedores también. Cacho entró en duda y, a medida que iba devolviendo el vaso a la mesa, le preguntó a Jorge sobre a dónde quería llegar con eso y qué tenía que ver con las mujeres. Le dijo: - Jorge, ¿a dónde queres llegar con eso y qué tiene que ver con las mujeres? - Cacho se puso serio, también, pero las mañas lo podían y, cada tanto, desviaba su atención hacia las jóvenes que usaban las veredas como pasarela.
- No sé, Cacho. Es que tengo la esperanza de encontrar una mina que no sea estructurada, que no sea como yo. Vos fijate. Las que mencionaste antes, todas pero todas tenían la vida más o menos hecha. Sí, ya sé, nadie tiene la vida comprada pero ya tenían el futuro a flor de piel, tenían todo planeado y eso, te juro, me aterraba. Me sigo aterrando por eso, che. Pero porque yo soy así, Cacho. Y necesito encontrar una antítesis una contradicción, alguna con la libertad, con la concepción de felicidad mezquinamente contradictoria a la mía. ¿Ahora me entendes? - los ojos de Jorge ya eran distintos. No, no estaba por llorar, tampoco reía. No se le iba la vida, quizás se le fue hace tiempo. Los ojos de Jorge transmitían otra cosa, algo así como desesperación, como necesidad, como algo que todavía no es verbo ni adjetivo.
- Sí, claro que te entiendo, Jorgito. A mí también me pasa, a todos nos pasa en cierta medida. Quizás vivimos como el culo y nunca nos dimos cuenta. ¿Pero sabes también qué pasa? Los que vivieron diferente a nosotros, también se hacen la misma pregunta. Pero vos, Jorgito, ¡dejate de hinchar las pelotas! ¡Anduviste con cada mina! ¿Cómo no te vas acordar de la de rulitos? ¡La puta madre!




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Imagen de acá
Con la suerte de inspiración de acá (gracias, Ato)