jueves, 28 de febrero de 2013

La cicatriz

- Papá, estás sangrando. - le dije aquella vez a mi viejo cuando tenía la pantorrilla izquierda empapada de sangre. En realidad, lo que alcancé a ver, fue el pantalón humedecido y pequeñas gotitas de líquido rojo, consecutivas, en una prolija línea que provenía desde la puerta de calle hasta la punta de la mesa, donde papá se sentó para tomar unos amargos.
Esa mañana, como todas, papá venía de buscar la camioneta de reparto. La guardaba en la casa de una vecina ya que en casa no entraba por su ancho. Resulta que la vieja tenía perros, muchos. Ninguno de una raza particular o de una fiereza temible. Siempre fueron perros medianos, de esos que se dejan acariciar. Papá los conocía desde siempre. Habría que saber que papá ya contaba unos doce años en el reparto y siempre guardando la camioneta en el mismo lugar.
Sin embargo, esa mañana, los perros estaban desorbitados. No se reconocían entre sí. Papá me contaba, mientras se arremangaba el pantalón y yo le acercaba una palangana, que los encontraba peleando, revolcándose de un lado a otro, mostrando los dientes, desafiando. Mientras abría el portón, contaba, uno de los perros se le acercó. Bueno, en realidad, el perro lo embistió, clavando sus dientes en la pantorrilla izquierda de papá. Es claro, a esta altura, que los perros estaban alzados.
En bruscos y acelerados movimientos, papá sacudió su pierna y se soltó rápidamente del can. Sin quererlo, en el apuro y en el desatino, las sacudidas erráticas desembocaron en la profundización de la herida, llevando a los músculos al desgarro por los colmillos punzantes. Papá no se dio cuenta de lo sufrido hasta que se lo hice notar en casa.
Papá, como un dato no menor, es diabeto. La persona diabetica tiene hondas dificultades en poder cicatrizar una herida por la exagerada glucosa que poseen en sangre. En la sala de emergencias le comentaron que, además, no podían hacerle puntos tanto por su enfermedad como por el origen de la herida y dada su profundidad. Entonces, sólo debía dejarse cicatrizar. Sí, unos cuidados de entre casa pero no nada que requiera de mayores cuidados.
Poco a poco, papá se fue recuperando. Movía la pierna si problemas, raramente le dolía y continuaba con esos cuidados. Claro, eso sí, no volvió al médico porque, como siempre decía, - Sí a mi no me duele nada, ¿para qué voy a ir? - y continuó con los cuidados.
Cierto día, notamos un olor extraño mientras cenábamos. Era olor muy similar a lo podrido. Sí, era la pierna de papá que se estaba pudriendo, desde la herida. Él ya no nos mostraba la pierna y cuando se tenía que hacer los procedimientos de limpieza, los hacía a escondidas. Una suerte de cascarita, de una frágil piel negra había crecido. Si uno posaba el dedo sobre este lugar, se podía hundir la zona, como si fuese un melón en estado de putrefacción, tierno, suave pero podrido, muerto.
Recurrimos al enfermero que atendió la ultima vez a papá. Se acordó de él y lo hizo pasar de inmediato. A primera observación, notó lo que sucedía.
Oscar, el enfermero, le dijo a papá que la herida cicatrizó mal, que no era así cómo debería haberse sellado, que por lo menos así le enseñaron en el curso aquél. Dijo la palabra raspaje entre gestos que rozaban la repugnancia y el dolor. Papá no objetó, él es un hombre grande, me dijo que sí total le iban a poner algún tranquilizante, que no iba a pasar nada. Oscar volvió (Oscar se había ido a buscar los elementos necesarios) justo cuando papá nombraba los tranquilizantes. El enfermero negó con la cabeza, le dijo a papá que no, que no puede aplicar nada porque sino no cicatriza, que esto tenía que cicatrizar desde adentro hacia afuera, para que el tejido se regenere, que el músculo se tense, que esto y lo otro. Y que, además, debían pasar, por lo menos, diez sesiones.
Oscar, el enfermero, tomó una especie de lija, roja, como para sacar pintura, y la apoyó sobre la herida con la mano derecha. Con la mano restante sujeto fuerte el tobillo flaco de papá. La fuerza que aplicó al raspar era singular, con la suerte de poder ser despiadado pero sabiendo que está ayudando. Así. Raspó y raspó mientras papá se esforzaba por no llorar y por no levantarse y pegarle una trompada a Oscar, el enfermero.
Luego, Oscar, tomó un algodón con el cual envolvió la punta de su dedo indice derecho y comenzó a "perforar" por sobre la herida, como a tomar la raíz del problema, simulando querer sacarle el corazón a alguien que justo se le está por explotar. Oscar sacaba la lengua y miraba al techo, en pleno acto de concentración, a medida que perforaba, que hacia girar el algodón, el dedo. Papá hubiese querido estar muerto. Y le quedaban nueve sesiones más.
Dije todo lo anterior sólo por los siguientes dos, tres renglones: es hoy en día que veo hombres (por no querer llevarlo al plano femenino) que se alborotan por sanar las heridas con soluciones superficiales. Es claro que hablo de heridas sentimentales. Muchas veces, en el apuro de intentar "recuperar el tiempo perdido" con aquella que nos ha dejado, salimos desbocados para poder conquistar a aquella que esté más a mano. Y, así, vamos buscando tapar el cráter con la mano. Esas soluciones de copetín, sirven en el primer tramo, para salir del apuro. Empero, a medida que los días avanzan y la herida sigue latente, notamos que el tiempo ya no es tiempo, que nos quedamos paralizados en el último beso, en el último te quiero de aquella que se ha alojado en el laberinto de los recuerdos. Luego, los malos olores nos advierten que estamos a flor de llanto, saboreando el vaso de la agonía, de saber que no existe el regreso.
Sin embargo, me permito ir en búsqueda de la esperanza y podríamos decir que, más allá del sufrimiento y de las restantes nueve eternas sesiones, la solución es posible, se puede volver a construir los tejidos.
Todo, hasta que una nueva herida, producida de una nueva gresca, se interponga en el camino y, así, el procedimiento se vuelva a repetir, hasta el fin de los tiempos.

sábado, 16 de febrero de 2013

El paraiso


Llegado su momento, Dostoyevski había hecho una aproximación sobre el paraíso en un escrito. En voz de su personaje, dejaba traslucir que en el lugar soñado se encontraba todo aquello que a uno le hacía bien. El amor, la amistad, las reuniones, todo aquello que no dejara al personaje en soledad.
Para Dante, el cielo era Beatriz.
En el caso de Borges, su descripción del paraíso se reducía a una gran biblioteca, posiblemente similar a la de su padre, cuna de grandes conocimientos e inspiración para el genial escritor.
En cierta entrevista, Fontanarrosa dejó a colación de que el paraíso, para él, consistía en una cancha de fútbol donde se desarrollarían, todo el tiempo, las más legendarias jugadas. Al lado de dicho terreno, el rosarino situaba un bar donde todos los amigos se reunían para hablar de, bueno, lo que siempre hablaban.
Para los botánicos, el paraíso es un árbol mediano, de hojas caducas, relativamente ausente de toda poesía pero bienaventurado para la sombra y la dicha debajo de la misma, principalmente en tiempos de calor.
Para los niños botánicos y audaces, el paraíso es un árbol que provee de dulces esferas verdes que, usadas con el elemento indicado, sirven para debatirse en una guerra azarosa remitiéndose  uno a otros y con violencia, las ya mencionadas esferas.
Muchos encuentran en el paraíso la tranquilidad, la paz, la no discordia y la perfecta armonía.
Nada allí puede fallar, todo encaja de la justa manera. Se encuentran, convidados por una larga mesa de delicias y vinos, los amigos, la familia, los seres queridos. Allí converge todo lo que anhelamos. En el paraíso, es imposible sufrir.
Para seguir con una descripción genérica, en el paraíso se encuentra la mujer amada que, en este caso, es la misma que la correspondida. En las filas de la redención, el hombre no derrama llanto ni elabora estrategias de conquista para hacerse del cariño de aquella a la cual desea.
Con la fe erudita de los tiempos, hacemos todo lo que este al alcance de nuestras manos por ese paraíso prometido, del cual, una vez, fuimos expulsados. En ilógica analogía, se puede establecer que el paraíso es como una discoteca, un boliche, un bar, donde adentro se encuentra todo, infinitamente todo, lo que alguna vez quisimos. Sin embargo, los tropiezos, las dificultades, los pecados, el decoro o la vestimenta inapropiada, no nos permite el ingreso. Se alegara para ello que es preciso el solemne cumplimiento de ciertos requisitos para ser admitidos.
Ulises Falzone vivía agobiado por sus problemas. El poco dinero que conseguía por ser redactor del diario zonal de San Miguel, lo dilapidaba en juegos de azar o en los bares de alrededor. Andrés Casares, fiel amigo de Ulises, quiso remediar sus males prestándole dinero o el oído para escucharlo. Es que, más allá de la guita, Ulises no tenía suerte con Penélope, una colorada de la calle Italia que trabajaba en la farmacia de la avenida Perón. Penélope era hermosa y cualquier acto de valentía en pro de hacerse de un rato de su compañía, había sido intentado por casi todos lo habitantes masculinos del partido del conurbano. Sin embargo, con Ulises, Penélope tenía una brutal predilección: cada vez que lo veía, ella encontraba nuevas excusas para librarse de él.
Así, los días de Ulises parecían eternos pero de la peor manera. No le encontraba gusto a las amistades, los días y las noches parecían iguales, la música ya no calzaba con ningún compás. Lo curioso, con respecto a las mujeres, es que Ulises recibía los halagos y la oferta lisa y llana de otras señoritas que se dejarían homenajear por él bajo cualquier circunstancia. Lo triste para Ulises Falzone, el viejo jugador, es que no podía pensar más allá de Penélope.
En un curioso y confuso sueño, el redactor del diario zonal, soñó con una especie de paraíso donde se lo incitaba a entrar. Estaban todos sus allegados: sus padres, sus tíos, primos y amigos de su infancia de Junín. También se encontraban los amigos de San Miguel: Andrés Casares, Alejandro Ferenzky, los muchachos del bar, los compañeros de la redacción. Principalmente, estaba, allí, parada y nítida, Penélope, esperándolo, vestida con el ambo blanco de la farmacia, como recién llegada y espléndida. Ulises caminó, como flotando, entre la fila de las personas que allí estaban, hasta el final, donde la colorada esperaba, como si hubiese esperado toda la vida por él.
Con un fugaz silbido del tren que pasaba diez y cuarto por la estación con sentido a Retiro, Ulises se despertó con la agonía de lo sueños.
Ya sentado en el bar Samsara, con un café con leche y dos medialunas, pensó acerca del sueño, de la verdad, de aquello que es el paraíso. Y no estuvo conforme. Más allá de la felicidad, razonó para sí, el paraíso le parecía aburrido. No había chispa, no había debate, discusión, enfrentamiento o amores por los cuales luchar. Ya estaba todo conseguido, fría y milagrosamente calculado en toda su magnánima disposición.
Sin embargo, Ulises Falzone, entendió, llegado a un punto, que el paraíso estaba en los actos de cada día, en la mera comparación, en la contraposición de los hechos. Así, el buscó la amargura, la tristeza, se dejó llevar por las corrientes peligrosas de los ríos de la melancolía y el desatino.
Donde los demás veían pena de por suerte, por sus constante fracasos en todos los tópicos del horóscopo, Ulises se sentía más vivo y eterno que nunca. Porque comprendió que el paraíso requiere de una antitesis, de la incertidumbre, de que quepa en la conciencia que todo, de un momento a otro, puede romperse para siempre.
Entonces, quizás, no está mal afirmar que el paraíso, posiblemente, sea esto, la vida, lo todo. Para esta definición habrá que saber que me atrevo a dar tamaña sentencia desde el tránsito de la juventud. Habría que esperar las correcciones debidas del espíritu cansado, de eso estoy de acuerdo.
Más luego, Andrés Casares se acercó a la mesa, llorando penas por su amada que se rehusaba a todo intento de volver. Entre amigos se consolaron, augurándose mejores fortunas, derrotas perpetuas y un mañana con problemas con soluciones, llenos de las luchas más nobles.

miércoles, 13 de febrero de 2013

El pueblo de Abdul Kharnham

Una singular especie de leyenda o mito o cuento formado en los tiempos de la expansión de los imperios, narra lo que ocurrió en aquella travesía que realizó Alejandro Magno y su ejército en pro de llegar a la conquista del Golfo Pérsico. Habiendo hecho un alto en un pueblo perdido en medio del desierto, al principio de la aventura, luego de haber tomado Egipto, la marea de hombres de Macedonia no resistieron la tentación. Llevaban años en distintas luchas, muchos no habían visto crecer a sus hijos o siquiera conocerlos al nacer, mucho menos recordaban los placeres de hacerse favorecer por una mujer. Quizás presos de los deseos carnales, forzaron a todas las jóvenes del pueblo de Abdul Kharnham, parte del resquebrajado imperio persa, a mantener relaciones con ellos. Alejandro, en duda de su sexualidad, se hizo favorecer por una señorita para no desentonar del resto. Pasaron dos días más de lo previsto en Abdul Kharnham con la excusa de verse invadidos de la ausencia de mujeres en un futuro inminente. Luego, prosiguieron viaje, con los instintos un tanto más saciados.
Cierta tarde, paseando con su novia por la plaza de San Miguel, Andrés Casares se dió cuenta que ya no la amaba más. Andrés era un muchacho del barrio, vivía sobre la calle Sarmiento, a unas seis cuadras de la plaza de la localidad. Conoció a Camila por las casualidades porque jamás sintió creer en las causalidades. En fin, llevaban cierto tiempo juntos pero un paso en falso sobre una serie de baldosas que se encuentran cerca de la calesita, puede producir las realidades menos pensadas. Se comenta en las cafeterías y en la vieja biblioteca que un suerte de conjuro se digna de pararse sobre esas baldosas. Al parecer, la serie de pasos precisos corresponde a los lugares donde los ejecutados pisaban antes de llegar a la horca de la plaza pública. En este caso, Andrés cometió el desatino de tropezar y agacharse los cordones. Al incorporarse, no amó más a Camila.
Bien se sabe que la entrega física no es corresponsal a los latidos del corazón, sentimentalmente hablando. Por ello, Andrés siguió con ella un tiempo más hasta saciar sus instintos mientras buscaba aventuras y amores fugaces por otros lados.
Muchas veces, el pobre muchacho quería dejarla por piedad, por no aprovecharse de la gratitud de ella empero los fantasmas de los impulsos y de los juegos mezquinos  lo llevaban a hacerse rogar, a lastimarla, a jurarle mañanas que nunca han de llegar.
En cierta ocasión, Camila juntó coraje para alejarse de Polaco, como acostumbraban llamarlo a Andrés. Logró su cometido, dejándolo en la pizzeria de la calle Belgrano, marcando los dejos de sus pasos lentos con crispaciones de lágrimas que rebotaban en el suelo antes de desaparecer y fusionarse con el resto. El Polaco Casares no la buscó. Sentía que aligeraba su marcha a lo incierto y que el sabor de la alegría triste le redoblaba la agudeza de los sentidos.
Es tanto claro que el Polaco se dió a la  noche, a los amigos, a las conquistas fáciles. Camila, en cambio, lloró por él, por el amor, por la fragilidad de los dichos.
Sin embargo, cierta fórmula se brinda a los desolados. Esta ecuación está vedada al razonamiento cuando el mando se encuentra bajo la influencia de los sentidos, del corazón. Cierto erudito razonó y simplificó que toda recuperación es la sumatoria de tiempo y amor propio. Todo un sin sentido para aquel que está preso del sufrimiento. Aunque, pasado el compás de los relojes, todo se hace un tanto más claro. Como le sucedió a Camila que luego de secarse los recuerdos de Andrés, se entregó a su vida, a dejarse soñar una vez más.
Luego de que el ejército Macedonio cruzara los horizontes distantes del desierto, el pueblo entero de Abdul Kharnham se reunió en el lugar de culto para pedirle al dios Ahura Mazda, creador de todo, que les brindé alguna satisfacción luego de la vergüenza y la profanación que aconteció a la urbe. El dios respondió de forma tardía y misteriosa para el pueblo: hizo que todas las mujeres que habían sido profanadas, quedaran embarazadas de niños varones. Estos jóvenes crecieron fuertes y robustos, siendo entrenados para la guerra. Se les fue siempre negado el motivo de su origen, la raíz, el nombre del padre.
Escatimando recursos y anecdotarios, se conoce que al retorno del ejército de Alejando, los generales pidieron por volver por el pueblo de Abdul Kharnham en busca de nuevos favores. Todavía brillaban en las pupilas de los soldados los tiernos muslos y las inocentes miradas de las jovencitas ultrajadas. Alejandro Magno pensó que no era lo mejor asistir al retorno (quizás por su proclamada homosexualidad; quizás porque entendió que uno jamás regresa, que el sol no es el mismo el de hoy que el de ayer). Sin embargo, Alejandro no quiso fastidiar a los generales y al ejército agotado. Se dirigieron al pueblo, donde una horda de soldados entrenados desde el día de su nacimiento, aguardaba para romper con la invasión.
Una noche otoñal, de calor con ráfagas de viento suave y tibio, Andrés se divertía, borracho, con una señorita, merodeando las inmediaciones de la calesita. En un tropiezo del destino, volvió a repetir la suerte de los pasos necesarios para invocar el hechizo. En esta ocasión, se revirtió. El Polaco Casares se encontró con una desconocida queriéndolo levantar y besarlo pero éste se resistió anhelando el abrazo de la mujer amada. Salió corriendo en búsqueda de Camila.
Al llegar las tropas de Alejandro, fueron mutiladas. Nadie sobrevivió. La historia oficial cuenta que Alejando en realidad murió, dejando un cuerpo joven, por la zona de Babilonia, años después. En realidad, fue el ejército formado de Abdul Kharnham que tomó posesión de las vestiduras y de las funciones de la tropa oficial, siendo el propio hijo de Alejandro que condujo al conglomerado de hombres hacia otras tierras, expandiendo el reinado. En verdad, el hijo de Alejandro, que se hizo pasar por el padre que no conocía, murió de tristeza, de llevar una vida que no era de él, de ser otro hasta el último de los suspiros.
Cuando Andrés Casares logró encontrar a Camila, ella ya estaba siendo homenajeada por otra persona. De todas formas, el muchacho de San Miguel la cortejó pidiendo que vuelva, afirmando que había cambiado, que hoy son los mañanas todos juntos, esos prometidos. El Polaco, en verdad, cambió. Se hizo otros, en realidad. Con la necesidad hecha piel, realizó todo lo humanamente posible para hacerse del amor de aquella que juraba amar a otro. Con esa premisa, Andrés quiso ser ese otro hasta con el último de sus suspiros.
En el mar de la desesperación, hizo de todo menos ser él mismo. Camila siguió con el otro muchacho, un joven de Caseros que engañó su parecer, haciéndola creer que lo que él brindaba era el verdadero amor. Camila inventaba cada día nuevas astucias para rechazar a Andres, a quién la desolación le invadió hasta en los abrazos del sol.
Entonces, fue así como el Polaco Andrés siguió en búsqueda de ser otros para reconquistar el amor de la mujer que había dejado, encontrándose con la desesperación de la mejor de las agonías: la de intentar lo imposible en búsqueda de gustarle a la mujer que a uno no lo quiere.

jueves, 7 de febrero de 2013

La historia de Felipe Rosendo

La semana pasada me encontré por casualidad, como siempre sucede, con Felipe Rosendo. La historia de Felipe es muy particular como, digamos, todas las historias. Este mitológico personaje de las calles de San Miguel tiene una particular destreza: sólo puede mentir.
Con fe y destreza burocrática, Felipe Rosendo vive su vida mintiendo. No se sabe bien sí fue un día por decisión que comenzó con esta práctica o si bien siempre ha mentido. Es claro que al preguntarle a Felipe sobre los orígenes de su metodología, uno no sabe bien si creerle o no.
La extensión de su procedimiento es tal que Felipe ha sabido ser abogado, médico, repartidor del Correo Argentino, concertista de jazz, bailarín de tango salón, canillita sobre la avenida Perón, militante fervoroso del partido comunista italiano y maestro pastelero. Es claro que, además, tantas ocupaciones, con sus respectivos trajes de alquiler, daban la impresión de que Felipe era en realidad lo que él decía ser. El tenía un pequeño truco que era siquiera saber un poco más de lo que el público o transeúnte habitual de las calles de partido bonaerense sabían acerca de cualquier tópico que se le interpusiese delante.
Es claro que, además, Felipe conoció la vida más allá de la localidad y se aventuró a dejar su huella por todo el largo del ramal del tren San Martín. Así, se recuerda siempre de cuando noviaba con una bailarina de Devoto que era un sol. Se supo que ella llegó a bailar en grandes teatros y que, en toda entrevista, nombraba a un tal Ernesto como el amor de su vida. Haciendo un alto en este punto, no debería sorprender que Felipe acostumbraba a cambiarse el nombre para cada ocasión. También, supo pertenecer a una barra de motoqueros de la zona de Palomar pero tuvo inconvenientes un día al olvidar su teatralidad en ese distrito e ir vestido a un encuentro como clown. Por la zona de Pilar se agarraba a trompadas todos los sábados en defensa de los débiles, de los más indefensos. Se decía, además, que tuvo dos hijos con una muchacha que trabajaba de casera en una lujosa residencia de Palermo.
Cuando me encontré con Felipe, todos estos y más recuerdos se me hicieron presentes. Quise saludarlo, invitarlo a compartir algo, siquiera una sonrisa amiga. Empero, las obligaciones y las distintas trampas que la vida cotidiana nos hace, me hizo acobardarme y no llamarlo. Habría que sumarle a esto que no quise revelar su identidad en medio de la plaza pública.
De todas formas, al seguir caminando, comencé a palpar la marginalidad y los estragos que el tiempo y el espacio hace en los seres. Así, me provocó preguntarme si en verdad me topé con Felipe Rosendo y si, quizás, no fue el recuerdo quien me había jugado una mala pasada caminando por la plaza. Sí en verdad me dejo llevar por los carriles del pensamiento, quizás Felipe Rosendo nunca ha existido. De nada sirve preguntarle a nadie sobre su existencia porque cada persona lo conocía por distintos nombres.
En aras de una confesión, me atrevo a decir que todos somos Felipe Rosendo, todos somos engaños, una mentira contra esta compadrada de la vida que muchos llaman verdad. Vamos en serio, la falsedad hecha y derecha es toda mejor que cualquier veracidad porque mentir un poco es hacerse a la eternidad. En cambio, la verdad es el fin, es el punto que sentencia a la oración, es el límite donde no puede existir nada más después de ello.
Por eso, tengo la esperanza puesta que Felipe Rosendo seamos todos. Todos en contra de la ultima y unica verdad que es la muerte. Todos hechos un rayo de luz en la más oscura de todas las noches.

domingo, 3 de febrero de 2013

Me han cortado el pelo

Hugo mojó el peine, ennegrecido por los restos de mis cabellos, en el pote de gel. Con un ademán, con un recurso de mi mano derecha, le dije que parara, que estaba bien. Me baño en casa, Hugo, ¿qué le debo? Le dije, nada más.
Ya se me estaba haciendo tarde. Hugo se toma su tiempo para cortar el pelo, es una cosa de locos. Uno va, ahí, apurado, quizás, y el tipo te habla del peronismo, también de cómo los pases de los futbolistas al exterior es todo un lavado de dinero, que mirá si esa fortuna de guita será solo por un tipo que sabe pegarle más o menos a la pelota. Sí, hablamos de minas, siempre se habla de minas en la peluquería.
El tiempo, en esta peluquería que es la única que frecuento desde que tengo uso de razón, parece no existir. Los banderines de fútbol, la foto de Julio Sosa y la de un avión de Lapa sobrevolando la capital, parecen que fueron creados con ese color entre lo oxido, lo añejo y los tintes amarronados del paso indiscreto y sangrante de las agujas de los relojes. Los personajes que uno se encuentra también parece que fueron los mismos, como esos viejos que jamás fueron jóvenes  que nacieron viejo y que ahí están, discutiendo si Houseman corría o bailaba en puntas de pies como solía hacerlo allá, en Parque Patricios.
Hugo me dijo que me sentara, que si le podía afinar la guitarra. Le quise explicar que estaba apurado pero recordé que el tipo me había enseñado a tocar la viola, que me tuvo paciencia y me alentaba. Me quedé un poco más. Pero, al decir la verdad, no sé sí fue un poco menos. El tiempo, allí, no tiene razón de ser.
En silencio, tocando suavemente los hilos de las cuerdas, reflexioné sobre ello. Es que sí, el tiempo es un arquetipo, es una mentira compartida por todos nosotros. ¿Qué es una hora? ¿Qué compás tienen los minuteros? Si, acercándonos a los casos prácticos, no tiene la misma velocidad las noches de felicidad plena que un minuto a oscuras subsumido en la agonía, en la tristeza. El tiempo parece un suspiro cuando dos enamorados se tienen que separar pero tiene los pies pesados cuando se trata de esperar la hora exacta para fichar y salir de la oficina. Se me hizo nostálgico intentar aceptar que nos condicionamos de momentos por un sistema dado para que los trenes lleguen a tiempo.
A todo esto, mientras daba filo a la vieja navaja, Hugo me miraba y convidaba con distintas preguntas a todos lo que estábamos ahí. Él me había visto crecer y era tal su función como peluquero de barrio que, por lo menos, tres generaciones de familia asistían en búsqueda de sus servicios. Es más, mi abuelo, mi padre, también, se cortaron el pelo en la vieja peluquería durante años.
Seguimos hablando, entremezclando la nacionalidad de Gardel con la rapidez mental de Bochinni y su fidelidad para con el club de sus amores. Recordamos a los que ya no están, haciéndolos presentes y trayendolos un poco con nosotros, dándoles vida, arrebatándolos de las garras del olvido. También se hicieron los mismos chistes que se repiten siempre, conjunto a las anécdotas que son parte de ese clamor popular como lo saben ser el ruido de las hojas de las tijeras al chocar.
Dado un punto, todos nos miramos complacientes y anhelantes de un próximo reencuentro. Era momento de seguir por otros rumbos, distintos destinos. Algunos iban a continuar la charla en el viejo bar La Moneda que estaba a escaso metros de la peluquería. Sin quererlo, recordé que un compromiso previo, aquel que al principio tanto me cegaba, me estaba esperando.
Al despedirme de todos y luego de dar los primeros pasos en soledad, pensé que estaba llegando tarde. Pero, quizás, ya había llegado tarde desde hace mucho antes.


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He escrito esta desprolijidad en mención a que en el día de la fecha, este lugar cumple un año de su creación.
Inventado como recopilador de anécdotas, de pensamientos libres o como anotador virtual, se fue modificando hasta llegar a esto que, valga lo que es, no es mucho.
Escribo, sí, pero no me considero que lo hago bien. Lo que cuenta es que lo disfruto y, aún mejor, es que los pocos o muchos que lo leen, también lo hacen.
En un mundo como el de hoy, donde conviven la fragilidad de lo hecho, lo inerte al tacto y los restos del vidrio de la foto hecho añicos, el tiempo se ha hecho un patrón común, una moneda de cambio como en esa película donde el dinero era sustituido por tiempo. Es imposible no impactarse ante esa conclusión de que el momento que acaba de pasar ya no retornará jamás.
Una vez, Bioy Casares dijo una frase, una respuesta en la cual refería de que la vida le parecía poca, de que si le ofrecían vivir quinientos años más, el aceptaría y pediría por unos pocos años más.
Tempus fugit.