domingo, 24 de julio de 2016

Luciérnagas

Sé bien que no me viste. No podrías. Los ángulos, el tránsito, el ritmo de los semáforos, ese apuro propio de un viernes por la tarde que llevan todos, que llevamos, qué va. Ese apuro, decía, de querer que nada se nos escape, de aprovechar cada instante y segundo que se preste. En ocasiones he pensado que si en algún momento alguien quisiera organizar un apocalipsis, debería realizarlo un viernes entre las 18 y las 20 horas. Ya tenemos la práctica.
Pero yo sí pude verte. Al principio fue un sobresalto, una palma de mano que asestó contra mi pecho, quitándome aire y rítmico cardíaco al mismo tiempo. Salivé y tragué. Nadie dice salivé antes de intentar explicar las implicancias de la serie de sentimientos que lo asaltan. De eso solías hablarme, también. El sobresalto, bien decía. Pude verte y seis, cinco, cuatro años de distancia se volvieron sólo un pestañeo. Estabas tensa, muy tensa, manejando. La espalda erguida delante del respaldo del asiento. Los anteojos estrellados en la nariz y la boca abierta con los labios resecos como solían lucirte cuando te quedabas pensante mirando desde el balcón hacia las luces de los otros edificios con tu rostro apostado en tu mano, y donde te preguntaba qué te pasaba y vos salías de tu abstracción y me mirabas sonriente sin decir nada y frotabas mi brazo desde el hombro hacia abajo en tres o cuatro movimientos y nunca te dije que cuando lo hacías sentía todas las caricias del mundo en esos tres o cuatro movimientos y creía que era capaz de hacerlo todo tan sólo con proponérmelo. Y manejabas con las dos manos aferradas al volante y el cabello revuelto y sostenido por dos giros en el final de tu figura y las pupilas dulces se te astillaron de fríos espejos de preocupación, los semáforos, los taxis, la música de la radio, la tensión que se formaba detrás de tus omoplatos y en la base de tu espalda mientras tu celular sonaba con el llamado de él que aguardaba también esos tres o cuatro movimientos desde el hombro hacia abajo. Y no sabías bien si contestar, si seguir, si cambiar la radio, si irte a otra provincia a hacer lo que puedas porque también acá estabas haciendo lo que podías y no resultaba como lo planeabas pero acá, por lo menos, conocías las calles, los lugares donde pasaban buena música y contabas con rostros familiares aunque se han venido extraños y más extraños a medida que han pasado los días.
Estaba por cruzar la calle, tenía el paso habilitado para hacerlo. La noche iba comiéndolo todo y el frío se había vuelto implacable, acentuándose en los últimos días. Quise dar un paso pero algo en mí no lo permitió. No quise adivinar qué pensamiento o voluntad me dejó ahí, mirándote. Pensé que en cualquier otro momento me hubiera lanzado hacia dónde estabas, inventando alguna excusa que explicara mi comportamiento, el qué bien te ves, qué terrible el tráfico, el podemos hablar unos segundos. Pero permanecí allí, distante a la imagen que hubiera practicado bajo otras circunstancias. 
Finalmente, las luces mecánicamente cambiaron y luego de algunos autos más, pudiste avanzar. Te seguí con la mirada aunque vos no podrías percatarte de ello. Y luego, nuevamente, tuve el acceso a avanzar. Di la serie de pasos que conducían a mi destino pensando en esto que debía escribir. Existe de aquello que uno debe de escribir tanto como existe de lo otro lo cual jamás debe escribirse. Y tuve la mirada extraviada buscando las palabras en los rincones de los negocios y en las colillas de cigarrillos que inundaban las veredas como esas luciérnagas que vos me contabas, con el rostro sobre tu mano en el balcón y la mirada ausente entre las luces de los otros edificios que también parecían luciérnagas, que se configuraban en el campo cuando caía el sol, en la casa de tus abuelos, y que vos las atrapabas para guardarlas y llevarlas siempre a tu lado aunque no sobrevivían más que una noche dentro del frasco de dulces que tu abuela te daba. Y vos llorabas porque no entendías por qué las luciérnagas no querían quedarse y brillar, y es que no es fácil entender que las luciérnagas nos desprecian por ello y que sólo quieren ser un recuerdo en nuestros propios destellos y por eso fueron, poco a poco, erosionandose de nuestros días.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Deliciosa oportunidad

Shh, shh. Tranquila, ya va a pasar. Dale, pichona, no te me pongas así. Claro que me pongo mal yo también, es que va por dentro lo mío, es difícil de explicar, para un varón es difícil, nunca nos dejaron llorar, nos decían que estaba mal y ahí uno va formando una cascarita, una costra, que crece desde dentro, bien dentro, y te hace duro pero bien duro, eh. Y sin embargo, sentís tras esa cascarita, sentís que algo se mueve como bailando, como retorciéndose, así, y todo es por dentro porque no sale, es muy jodido que salga. Pero he visto a hombres que se les escapa, que esa coraza se rompe al chocar con un poste de luz a ciento cuarenta, se hace una abolladura y se escapa; si vieras llorar cómo lloran esos hombres, el primer llanto que se les permite, si los vieras, te juro que se te parte el alma, lloran como chicos, como recuperando todas aquellas veces que se han tenido que tragar las lágrimas y brotan como un manantial y el tipo no sabe qué hacer, cómo contenerse. Qué pena, nena, vieras qué pena. Yo creo que cristo decidió entregarse a la cruz cuando en aquel monte, la noche anterior, vio a un hombre llorar así como te digo. No, es una forma de decir, no sé bien qué dice la biblia sobre eso. Y, por el contrario, a ustedes se les da fácil llorar. Sí, de verdad te digo, date cuenta. Ven una película que las emociona y lloran; discuten fuerte con alguien y lloran, fijate. Esperá, no digo que esté ni bien ni mal, sino que sucede. Ustedes tienen la capacidad de llorar mucho más fácil y, así, parecer frágiles, de porcelana y a uno lo abruma ver eso, nos dijeron que teníamos que cuidarlas siempre, primero con hermanas o primas más chicas, con la mamá también, y luego con las novias, con las esposas, y con las hijas, las nietas, así. Entonces ahí uno tiene que bancarlo todo: llorar pero no llorar.
Pero seré breve aquí. Sí, sé que no es una de mis destrezas, pero lo intentaré. Todo va a pasar, pichona, tranquila. Quizás lo que te diga no resulte, no sea atinado para ahora, es probable que no lo entiendas en este preciso momento, esta deliciosa oportunidad. Sé que te gustan estas palabras, me gusta cuando vos te sonreís así, con lágrimas y las comisuras de los labios hacia dentro, sos especial, en verdad lo digo. El tema es que te hago falta. Bueno, no yo literalmente. Este momento, esta situación, este no que te estoy diciendo, es a lo que me refiero.
Verás, no es fácil. También estuve de ese lado y ahora puedo decir que lo entiendo, recién ahora, a ciencia cierta, ésta cuestión. Todo venía bien hace un tiempo atrás hasta el punto del equilibrio, donde los problemas mayores era no tener queso para los ravioles o sostener un desacuerdo con algún puntaje en esos programas donde humillan a las personas para después, bueno, ponerles un puntaje.  Eso lo era todo. No había sorpresas, las mismas medias de nylon, el mismo maquillaje, el mismo perfume, la misma forma de moverse en la cama, esa agonía de domingo que se te desprendía desde la piel. Estábamos cómodos, estabas cómoda con todo aquello, desgastando las mismas teclas de la máquina de escribir que eramos. Y eso a veces, está bien. O por lo menos eso nos dicen, nos quieren así porque incómodos, con los labios secos de revolución, no les somos útiles, no nos quieren. ¿Pensar? Que piensen los gerentes que los cómodos brutos lavarán las alfombras. Bueno, no quería desviarme así. No, no me mires de esa forma, dije que sería breve. Sí, me había quedado en eso, en que te hago falta. Porque sí. Porque sé que te va a hacer mal que me marche tal como lo estoy haciendo ahora. Por eso me necesitas. Porque me vas a olvidar, porque seré el bosquejo de un recuerdo, de aquél esfuerzo que uno hace al querer recordar un sueño que se hace polvo en la memoria, eso seré para vos en un tiempo. Y así debe ser. Pero primero vos te harás polvo, te romperás en treinta y nueve mil pedazos. Lo sé, no, no es nada lindo decirlo así pero un momento más. He aquí lo bueno. Me necesitas para eso, para romper las columnas de tú estructura, saquear los graneros de tu ser, incinerar la Roma que vive en vos para que se haga añicos, cenizas, polvo. Para que vos te puedas reconstruir. Serás Nerón, te refundarás en vos misma, vas a estar bien.
Shh, shh, de verdad todo va a estar bien. Sí, hace frío, ya pronto amanecerá, pichona, ya pronto.

domingo, 16 de agosto de 2015

Por hoy va a estar bien

- ¿Cómo?
- Lo que dije.
- No te escuché, lo siento. - estaba exhausto, la fábrica, el vino, habíamos terminado una sesión de sexo y ella no se había marchado, y hablaba. Algo iba a pasar,
- A eso me refiero, justo a eso.
- ¿Puedo ayudarte en algo?
- ¿Acaso no te importa nada?
- Si, hay cosas que me importan. Pero no les importo a ellas. Es nefasto. - busqué cigarrillos en el pantalón, quedaban dos, debía administrarme.
- Otra vez haciéndote pasar por el estúpido de bukowsky, que carver, que ernest, que toda esa bolsa de mierda. Seguro que ellos escuchaban a sus mujeres. - sabía dónde atinar un buen golpe.
- No metas a buk en el asunto, ¿qué es lo que sucede?
- Que ya es hora de terminar.
- Es lo que acabamos de hacer, cuando me caí al costado tuyo, lo pasamos bien.
- Sos un enfermo.
- ...
- Que cortemos, que esto no funciona, ya basta. - pareció contener mil palabras cuando escondió sus labios dentro de la boca, aguardando una respuesta.
- Bueno, está bien, me parece bien.
- ¿Que te parece qué? - eran las mil palabras que recorrían todo su cuerpo, algo para buñuel, quizás para pollock.
- Que sí, que quizás tengas razón. Bueno, no quiero que te apresures en levantarte. Buscaré algo más de vino.
- Vos no buscas nada. ¿Por qué sos así? Leer esas mierdas te hizo mal, vos estás mal. - y me miraba y meneaba la cabeza de un lado a otro, en un movimiento negativo, la boca abierta y las mil palabras rebotando en el cráneo.
- No entiendo a qué apuntas. Sobre el tema no hay nada más que hablar.
- ¿Pero no me queres? ¿No queres escuchar por qué tenemos que terminar? Estuve hablando con mi analista y algunas compañeras del trabajo, también con juliana, y un compañero de la universidad me estuvo invitando a salir desde hace tiempo y...
- Lo siento, no.
- ¿No qué?
- No hace falta todo eso. 
- ¿Qué cosa no hace falta?
- Eso.
- Por el amor de dios, ¿podes ser más expresivo? Cuando escribís, sos joyce, sos los hermanos karamazov, y acá nada, nada, nada. Estás enfermo, estás loco, nene, loco.
- No hagamos de esto lo que no es.
- ¿A qué te referís? No estás planteando una metáfora, no tenes que probar ningún punto, hablemos de esto.
- Mira, no quería llegar a este punto de explicar. Es sólo eso.
- ¿Y por qué? Sos imposible, eso sos. - me quedaba un cigarrillo y un poco de vino, por hoy va a estar bien, pensé.
- Buenos, veamos. No hace falta que hablemos. Si no funciona, no funciona. Y listo.
- ¿Es tan fácil para vos? - las mil palabras se descuartizaban en humedales oculares. No esto de nuevo, pensé.
- No, no es fácil. Se me viene un sentido de practicidad en estos casos, en estas deliciosas oportunidades. No va, listo. El motivo, ¿acaso importa? Que la ideología política, que el compañero de universidad, que tu prima, que el vaticano, los cigarrillos, el pan de ayer, la mugre en las uñas. No importa. No importa. No impor...
- Si que importa, si me queres, importa.
- Eso es otro tema. 
- Sos un pelotudo.
- También es otro tema.
- No te soporto. No entiendo cómo estuve este tiempo acá, en qué momento habré pensado que esto estaba bien. A ver, seguí, seguí explicando. - ya relajada, o resignada, nunca supe leer esas cosas en la gente.
- Marx lo definía así: 
- Ahora vas a marx. Sos la peor decisión que pude haber tomado.
- Así lo definía: el fetichismo de la mercancía produce la imposibilidad ver reflejado en un producto el trabajo de, bueno, los trabajadores, estableciendo así una relación de consumidor y elemento de consumo, borrando el creador de todo el asunto.
- ¿Y?
- Bueno, marx lo pensó para hablar del capitalismo, yo lo comparo con esto que nos pasa. Por más explicaciones que podamos encontrar, la decisión está tomada, el producto está hecho.
- Ya no te entiendo, - apenada, sí, apenada era la forma en la que se la veía, ahí, desnuda, cubierta por una sábana que solía ser blanca, sentada en la cama, refregándose la sien derecha con movimientos circulares desde las yemas de sus dedos.
- Bueno, nunca fui bueno para estas cosas.
- ...
- A veces no sé si he sido bueno en algo.

lunes, 27 de julio de 2015

Liquidación de temporada

Bueno, un poquito más y va a quedar bonito, bonito. Una costura acá, que baje desde la axila hasta la cadera. Queda lindo con un pantalón azul. Pero también se lo he visto a esas chicas con los shortcitos tan cortos que parecen tener piernas de largas que los hombres no saben a dónde mirar. A ver, ya voy haciendo unas veinte de este talle. ¡Pero qué chiquitos que vienen ahora! Habrán de morirse de hambre para encajar en estas cositas tan chiquitas. Pero quedan tan lindos, también. Yo no quiero que Camila se aguante el hambre para ponerse una de estas prendas. Igual, no, no tengo que pensar en eso aún, ella es una criatura aún, mi ángel. Va a cumplir los siete añitos ya, ¿o eran los ocho? Si, ocho añitos son los que va cumplir. El que va a ir a los siete es el Arielito que está cada día más terrible, es la piel de Judas este chico. Pero él es bueno, en realidad. Es que se junta con los hijos de la Beatriz y los de la Marcela y como el Arielito es el más chico, lo agarran para todas las travesuras. Y es amoroso, mi niño, si el otro día me abrazaba y me decía cuánto me quería, así, de la nada, sin pedirme algo, no como los hijos de las demás que le dicen que las quieren para después salirle pidiendo una moneda o que les compren algo. No, Arielito es amoroso. Bueno, así va quedando bien. Ahora el cuello, un corte circular y un poco de caída en la mitad, doblo hacia dentro y a la máquina, hilo blanco casi invisible por acá, ¿dónde dejé la tijera? Ah, acá está, bien, cortamos acá un poquito y paso el cepillo así, listo, treinta y dos remeras de este talle. Voy a hacer de otro así voy pareja en todo y presento en la mesa grande y larga, como paquetes a los distintos talles y la patrona ve todo lo que le trabaje y se pone contenta. Porque cuando la patrona está contenta, a una la trata distinta. Y yo sé que ella me quiere más que a las otras porque cuando pasa me acaricia el pelo y me sonríe y cuando le hago los trabajos, queda chocha, me mira y ya con la mirada me lo dice todo. Claro, no va a andar hablando delante de todas porque se ponen celosas, porque acá hay cada bicha, cada arpía que si me descuido me sacan los ojos para cocerlos como botones de esos pantalones tan horrendos. Encima, los hacen mal, porque están atolondradas, pensando en cualquier barbaridad, entonces las costuras de los pantalones van para cualquier lado, y la patrona lo sabe y no las mira como me mira a mí y tampoco les acaricia el pelo, no, no las quiere para nada. Pero será de dios, ¿qué son esos gritos? Toda la noche fueron de esos gritos así, de ese llanto, de quién será la criatura aquella, pobrecito. No puedo ver desde acá, no hay mucha luz por aquel lado, cerca de la cortina de metal que da a la calle. Ay, y justo en ese lugar se vienen a meter, que entra tanto todo ese frío que hace doler los huesos, qué cabeza la de alguna gente, eh, qué cabeza. Igual, ¿quién soy yo para juzgar, no? Cada loco con su tema, que sea lo que el niño jesús diga. Y que proteja a mis chiquitos, sí, que el niño jesús los proteja, a ellos que tanto extrañan al padre y ya no sé qué contestarles cuando me preguntan sobre él; es que el Claudio no me ha vuelto a escribir, dijo que estaba por entrar al país pero que venía con la plata muy justa y el Claudio es un hombre muy correcto, muy bueno y de tan bueno que es, la mala gente se abusa, lo toma para el chiste y para hacerse pagar rondas de bebidas y el Claudio no quiere quedar mal con nadie y se brinda con todos, él tan bueno, mi hombre. Yo también lo extraño pero tengo que ser bien fuerte por los chiquitos que me piden que les cuente las aventuras de su papá allá en las montañas, de cómo nos conocimos y bailamos toda la noche la primera vez que nos vimos. Y yo les cuento, les cuento todo una y otra vez. Pero el Arielito se me distrae y se va, será de dios este chico, y de pronto agarra un ovillo o una bobina de hilo como pelota y tengo que salir atrás de él para que no rompa nada ni para que la patrona se entere aunque sé que ella entenderá porque el Arielito no lo hace con maldad, es bueno el niño pero es travieso, y si las otras arpías lo ven al Arielito haciendo de las suyas, van a inventarse mil historias todas mentiras para decirle a la patrona. Pero la patrona me quiere a mí y sabe cómo soy en el trabajo, yo me siento en la máquina y no me saca nadie hasta que esté todo terminado, no le desperdicio nada de material, nada, nada, y siempre cuido a mis niños para que no molesten en la casa o hagan ruido contra la cortina aquella que da a la vereda para no llamar la atención. Ahora así, pasamos por abajo, por arriba, por abajo, la aguja que atraviesa la tela y este pedal de la máquina que cada vez me da más y más trabajo, ¿o seré yo que no tengo fuerzas? La espalda me está jorobando de nuevo, este clima tan húmedo, ¿cómo ha hecho la gente para vivir acá? Será de dios. Un paquete más de este talle, ahora agarro ese pedazo de tela para envolverlos, un nudo acá, así, lo aseguro con otro y ya está, quedó precioso, y cada vez me falta menos, ¿qué hora será? ¿estará nublado afuera? Yo creo que el Claudio también piensa en mí, me había dicho que me quería y que no veía la hora de estar toda la familia junta de nuevo, que ya estaba viendo en qué gastará la plata que hagamos acá, que el primo del amigo, del Gabriel, hacía tratos por unos terrenos líndisimos cerca del pueblo. Y ahí vamos a dejar que los chicos jueguen todo lo que quieran, que el Arielito patee todas las pelotas que quiera para todos lados y que Camila cante todo lo que quiera, con su voz de niña, mi reina. Quizás podríamos tener un varoncito más con el Claudio, que nos ayude el día de mañana en la casa, o también una nena para que juegue con Camila, mientras que sea sano, que sea lo que el niño jesús quiera. Y si nos vamos, le voy a pedir a la patrona que me deje llevar alguna remera de esas, o el shortcito así, para Camila, que si no quiere, bueno, se lo compraría, pero la patrona no dejaría que yo le dé mi plata, ella me quiere, me dice todo con la mirada, a las otras no les acaricia el lomo como a mí, no, la patrona sí que me quiere más a mí.

sábado, 11 de julio de 2015

Te he hecho de menos

Te echo de menos.
No hice el duelo, no te lloré.
¿Qué sonidos habrán encantado
a tus oídos, a tus odios,
para que dances de esa forma?
De esas formas.
Sutiles, imperceptibles movimientos
que nunca pensé en observarte.
Sé de mi tendencia quijotiana, 
de querer ser Emilio Gauna,
el joven Werther,
el pescador sin la balsa
o
la misma cicuta.
Soy tan impredeciblemente
previsible.
Mis pasos están marcados
con la tiza de los pizarrones
de cuando eramos tan 
solo niños,
la misma que marcó
el destino,
las baldosas de rayuelas,
la misma que supo
dividir
entre
cielo,
entre
infiernos.
Pequé de inocencias,
de una basta falsa seguridad.
Te creía mía, como las arenas del mar.
Todo fue un fetichismo,
sólo un disfraz.
Fue guardarte como un
rayito de sol,
en una caja de fósforos,
en esta inmensa y obstinada
oscuridad.
Tan fútil como el aire
en las praderas.
Dulces mesetas verdes,
ahogándose en ternuras,
ternuras cómplices.
Pequeño paraíso terrenal,
el cielo llora porque
no te puede guardar.
Llorar. Suspiros.
Recuerdos de las noches,
de todas las noches
que en verdad fueron,
de todos los días
que en verdad fueron,
del sabor a la realidad,
el palpito de todos,
todos
los sueños juntos.
Con el mismo viento que te roza
una y otra vez,
en diferentes carnavales
de payasos
pintados de caras tristes,
de melancólicas sonrisas,
de alegres llantos.
No fui el mejor,
nunca pretendí serlo.
Autosabotearme fue
lo mejor que
supe hacernos.
Qué marchitas se ven
las horas,
las fotos se vuelen
amarillas
y
se desgranan
todas las células
de lo que alguna vez fui,
que fuimos.
Ocupa tanto lugar
todo este espacio
vacío.