jueves, 25 de julio de 2013

Píldoras de colores

Bien sabía que debía escribir esto pero me rehusé hasta que la conciencia no me lo permitió más. Cuando alguien se atreve a escribir es porque hay algo dentro de sí que no puede quedarse más adentro, que quiere salir, que necesita irse y ser otra cosa. No sé bien cómo definir esa sensación, es una fuerza particular que exige ser liberada pero que  no sabe bien de qué. Así, uno se toma el pecho, quizás el estomago, probablemente se muerda la lengua o estire las cervicales. Molesta, sí, a veces molesta porque, así como los sueños, el significado no tiene un exacto significante. Las palabras no tienen relación con lo que uno quiere decir (siquiera no con las pocas palabras que uno pueda llegar a saber).
La cuestión es que aquella noche hacía calor. Era joven y la humedad del viento refrescante se cristalizaba en mis labios. Es notable, aún, que al recordar se sobrevienen frente a uno las distintas sensaciones del contexto. Recuerdo el olor a pasto siendo acariciado por las primeras gotas de rocío. Los autos distantes que pasaban indiferentes por la avenida principal, a largas cuadras de la casa. Las copas de los árboles siendo sinceras con la noche y en eterna danza de sombras y susurros.
Solíamos pasar los fines de semana en la casa quinta pero esta vez debíamos de estar algún tiempo más como de vacaciones, o siquiera eso me habían dicho mis padres.
Rondaba yo esa dulce edad donde uno desea fervientemente alejarse de sus progenitores aunque no tenía el visto bueno de la responsabilidad y era sometido a las órdenes de mis padres tal si fuera un niño de seis años. Sin embargo, realizaba distintas maniobras para eludir su atención, en especial la de mi madre. Ser hijo único no era ventajoso en estas circunstancias. Mi madre estuvo todo el tiempo detrás de mí repitiendo que no me aleje de la casa, que no corra por el florido jardín, que no me exponga a los punzantes mosquitos o cualquier actividad que la vida al aire libre podría brindar.
En cierta ocasión, no contuve mis deseos de hacer jueguitos con una vieja pelota en el patio, acompañado por bichitos de luz y la semblanza de una luna llena como reflector del campo de juego. Lamentablemente, mi madre escuchó que me escapé por la ventana de mi habitación y, alertada, gritó enfurecida, entre llanto y desgarro, que dejara ese juego, que entrara y que haga caso una vez por todas. En ese momento, Señor, cómo olvidarlo, me abrazó y se arrodilló y siguió abrazándome por las rodillas. Humedeció mis pantalones cortos que solía usar de pijamas con lágrimas que brotaban de sus ojos. Fue allí, en el porche de maderas corroídas y de ventanas francesas hasta el piso, donde me confesó que pasábamos el tiempo allí por orden del médico, que papá estaba enfermo y que debía alejarse de la ciudad por un tiempo. Dijo, además, que me necesitaba, que coopere, que no sabía ella bien qué hacer.
Recuerdo haber tomado por los hombros a mi madre con total decisión, reconfortándola, diciéndole que todo iba a estar bien. Ella intentó recomponerse, siquiera para el cuadro familiar. Entramos a la casa y papá estaba en el comedor, inmóvil, con la mirada perdida y la radio indescifrable por la falta de señal. Parecía no mirar nada y mirarlo todo. Sólo atiné a encogerme de hombros y agachar mi cabeza. Corrí, con lágrimas y congoja, a abrazar a papá. Se hace presente en mí el olor a lavanda de su camisa siempre bien planchada y hacia adentro del pantalón, siempre armada con un atado de cigarrillos Colorado. Cerré los ojos buscando ocultar las lágrimas mientras los sonidos de llanto recorrían la casa, como guturales, emergiendo desde los cimientos mismos de la construcción.
Sentí la mano por sobre el hombro derecho, queriéndome desapegar del eterno abrazo. La enfermera, tan linda y tan rubia y tan joven, me brindaba su sonrisa de ensayo, pidiendo que deje de abrazar a aquel roble macizo y floreciente. Dijo que debíamos volver a la residencia, que ya era hora de la medicación.
Y por eso estoy aquí, ahora, luego de haber jugado con las píldoras multicolores y volcándome estas, quizás, últimas palabras por doquier. De todas formas, algunos doctores ya han venido a felicitarme por mis memorias (al parecer, ya algo había escrito anteriormente). Le explico a uno de ellos que tiene la cara casi de un niño, tal vez un residente, que siento que puedo mirarlo todo y nada al mismo tiempo. Me acaba de contestar que es parte de la esquizofrenia, que ya las píldoras están a punto de comenzar a funcionar.

domingo, 21 de julio de 2013

De los otros

No soy el mismo que fui al comenzar a escribir esta oración.

- ¡Alto! – resonó la voz tal trueno en la claridad del día. – Ceded el paso, plebeyo. – y apuntó la lanza a la altura de la yugular.
Él, distante y sobrio, tomo los recaudos precisos para la ocasión. Movimientos lentos y programados constituían su estrategia. Llevando las riendas en su mano derecha, depositaba la otra en su cintura, cerca del mango de la espada recientemente afilada.
Los caballos resoplaban agobiados. El calor no daba tregua. Todo se sucedió pausadamente como ocurre en los momentos donde el destino se hace presente.
Los pasos de los cascos de los animales hacían retumbar la tierra. El silencio lo abrazaba todo. Hasta que el guardia no toleró la tensión. Nervioso, hundió su lanza sobre el caballo más cercano, rodeado de un bramido intenso y un suspiro final.
Soltó las riendas, con manos sudadas tomó su espada y acometió contra el guardia quien no llegó siquiera a desprenderse de la lanza que yacía sobre el animal. Aún con furia y torpeza, entró al carruaje y dio muerte al viajante. Miró enrededor para constatar que no había dejado testigos y luego limpio su espada en las envestiduras protocolares del vehículo. Más luego, siguió con su viaje.
Una esfinge se topó en su camino quien le advirtió que para continuar con su vida, debía contestar unas adivinanzas. En pleno uso de sus facultades, logró enfurecer al fenómeno con respuestas acertadas. Finalmente, el animalejo se entregó al suicidio antes que hacerlo a la vergüenza de cargar con la derrota.
Por tal hazaña, se le brindó un festín y, guiados por la pureza de los vinos, se lo proclamó rey y amo de todo el reino.
En el guiño de su suerte, olvidó la profecía. Tuvo sexo, el mejor sexo de la vida. Bebió de los jarrones de vino de los templos y auspicio los festines más erráticos que jamás se hayan visto.
La prosperidad no tardó en llegar. Las cosechas aumentaban su volumen, se anexaban territorios sin derramar sangre, los caminos comenzaban a formarse y cuatros preciosos hijos dejaban marcado el mármol del palacio con sus pies, en los distintos juegos de la época.
Sin embargo, en rigurosa obediencia de la entropía, el destino del anterior rey no estaba claro. Unos campesinos lo habían encontrado muerto a él y a su comitiva, en las afueras de la ciudad de Delfos. Su crimen no tenía culpables y la escasez y las plagas se hicieron presentes como sombras de un regicidio imperdonable. El nuevo rey se dirigió a Tiresias, un adivino, paradójicamente, ciego.
En la conversación acerca del crimen y su perpetrador, todo volvió a pausarse. No empuñaba su espada sino que jugaba con una suerte de broches que su esposa solía usar en algunos vestidos. Lo curioso es que ese par de delicados decorativos, adquirían el peso de su arma afilada. Más luego, la boca se le secó y escuchaba casi por sílabas las palabras de Tiresias. La profecía se advino en él como la personificación de esas gotas de sudor en un cuerpo propio que sentía frío, como ajeno.
Taciturno y abnegado al enterarse de que él era quién era, Edipo tomó los broches y se arrancó los ojos.

Y tú, querido lector, ya no eres el mismo que al comenzar a leer.

miércoles, 17 de julio de 2013

El maniquí

Ernesto se levantó y cogió su viejo pijamas, el cual solía ser de un color gris ceniza y ahora es más bien a un gris pálido, sin vida, como sí de repente Kosovo se hubiera sintetizado en un color. El pijama era la depresión hecha algodón y costuras.
Dibujó un intento de peinado pasando su mano izquierda por sobre su cabellera, retrayendo su pelambre de mechones blancos y rubios hacia atrás. El perfume del cigarrillo, ya prendido siquiera antes de levantarse, decoraba las distintas habitaciones del viejo caserón.
Rondaba, arrastrando los pies, las rodillas casi crujientes y húmedas y secas a la vez, por los pasillos colmados de polvo y botellas de viejos vinos eternos. Se detuvo un instante, contra el marco roto y desgastado de una puerta. Había percibido otro aroma, otro perfume. No, no se percató del tronar de la puerta o del golpe del viento sobre las ventanas. Nada.
Sonrió con la sonrisa de la gloria, de la locura magnánima, del destierro divino que le tocó en carne propia a Momo desde el Olimpo. Vanagloriado, hizo el ademán de los clásicos del cine de arreglarse su “traje” gris desde las solapas. Y corrió. Corrió por toda la casa, coreando su nombre, llorando con la torpe sonrisa en la cara.
- ¡Has regresado! ¡Has vuelto! Oh, querida mía, cuánto te he extrañado. Ya ven, no juegues más con este viejo maldito, ya ven. – y se tomaba de las angulosas paredes, rasguñando la pintura desprendida de las mismas.
Infinitos pasillos tenía el caserón, infinitos pisos. Ni el hilo de Ariadna podría haber rescatado al héroe. Ni siquiera el héroe hubiera encontrado al minotauro en esa reliquia arquitectónica.
Creyó notar el vuelo vivo de un retazo de seda o chiffon color carmín y una risa de mujer del mundo, que volvía a la casa primera para reírse como niña. Ernesto sonrío aún más. Gotas de sudor se sucedían en la curvatura de su espalda y otras tantas se acumulaban en su espaciosa frente. Cigarrillo tras otro iban quedando en el camino, como las migajas de pan de aquel alocado cuento infantil. Se desesperó.
- ¿Acaso no te has dado cuenta de cuánto te he amado? ¡Diablos! Sí aún lo sigo haciendo. Ya ven, por favor, ya ven.
Tosió encorvado y se limpió la boca seca con el puño de la manga derecha del pijama.
- Pero sí te lo he dado todo, todo, todo, todo. No te vayas. Seré tu esclavo, tu mesías, tu historia nueva de todos los días. – lloró y arrugó los labios con la amargura que sólo se siente en esos momentos.
- No, no te vayas, no te vayas. Te regalo mi sangre, mis sentidos, mis caricias, todo, toma todo. Pero dame un poco de amor, un poquito, tan sólo un poco.
Ernesto sintió como la sombra de ella corría rumbo a la salida y titubeaba entre los pasillos linderos a él para luego subir hasta el último piso, cerca del altillo.
- ¡Devuélveme el amor! ¡Devuélveme el amor! – gritaba martillando sus dientes, escupiendo saliva espesa y masticando lágrimas. - ¡Dame la vida! ¡Devuélveme mi corazón! ¡Dame la vida!
Colapsó y hundió sus rodillas en el piso de madera. Tomó su pecho. Sentía que el corazón estaba por irse a tomar un micro a Retiro con destino a Mar de las Pampas, Las Gaviotas.
Encontró nuevo aire y continúo corriendo, alentado por la cercanía del perfume inconfundible, del vuelo trágico de aquellos retazos de tela.
Finalmente, agitado y desaliñado, Ernesto llegó al altillo del hogar. Vidrios rotos se sucedían con el chillido de ratas escurridizas. Sol y polvo se entremezclaban en una graciosa danza. Ya en el final de la habitación yacía en un rincón, solo, perfumado, estático e inconmovible, el viejo maniquí, luciendo telas de seda y chiffon, roto del llanto de Ernesto que día a día repetía, entre dormido y borracho, la drástica escena de la esperanza insoslayable, del amor que todo lo espera.


domingo, 14 de julio de 2013

Escollera

El blazer rojo se comía los hombros casi desnudos. La remera símil transparente, dejaba ver un corpiño blanco, suave, contenedor de senos nuevos, breves, que aún recordaban las primeras manos que los acariciaron, con dulzura, con violencia, con mordiscos incorrectos.
Frío. Brisas de aire que sacudía las pocas hojas que le restaban a los árboles y a las guirnaldas de tela que colgaban sobre sus cabezas. Las luces de colores destellaban agonía, arrebatadas de su contexto natural del árbol de navidad.
Murmuraba. Él murmuraba. Miraba a su entorno. Armaba, torpemente, un cigarro de marihuana. Escondía elementos, bebía de un vaso de plástico. Casi no la miraba.
La música por poco se podía percibir. No, no digo de forma audible, eso sí. Algo más. Como si estuviese en el aire, rebotando como dientes de león, cargada de deseos. Sí, algo así.
Violento fue el destello del encendedor. Cientos de miles de años de las historia de la humanidad, la lucha por el fuego, el ardor primordial, el soplo de la vida, resumido, todo, en un breve y fútil chispazo. Los humos se confundieron. Las risas bailotearon, graciosas, con el rocío de la noche.
Formaban parte del paisaje. Fueron la pincelada necesaria del cuadro errático del bar.
Brillaban los ojos de ella, redondos, grandes, casi verdes y profundos. No quitó su mirada de él en ningún momento.
Y cedió un beso. Y las manos de ella se encontraron detrás del cuello de él, el blazer rojo todo sobre él. Y las manos de él se encontraron en la brevedad de su cintura, en el pliegue final de su jean azul.
Y aún sigue de noche y aún las guirnaldas bailan y aún las luces titilan y aún se puede percibir el frío.
Y el continuo espacio-tiempo prosiguió con su constante derrotero pueril. Pero ellos se perdieron en esa mirada de ojos cerrados, de giros circulares del cuello, de suaves caricias húmedas, creando su propio paralelo, su alternativa a la vorágine de lo otro. Y ya no volvieron a ser los mismos que supieron ser al empezar.

jueves, 11 de julio de 2013

La máquina me lo pide

Todos se miraban, detrás de las ventanillas. Algunos, bajaron sus vidrios para prender un cigarrillo o dejar que su música se escuchara o para ambas banalidades. Exacerbados, miraban sus relojes digitales y aceleraban sus autos, pensando que se perdían de algo. Estaban ahí, no sabían qué ni cómo.
Para empezar y darle un contexto, tomaré un caso particular.
Luis estaba bañado desde temprano. Había ido a jugar a la pelota con los amigos, tomaron algunas cervezas, hablaron de juntarse a la noche, se bañaron juntos en los vestuarios, le pidió crema de enjuague al goleador de la tarde, se secó, guardó su ropa traspirada, se perfumó y salió limpio hacia su casa. El auto, claro está, estaba casi tan limpio como él, excepto por unas pinturas de barro y agua cerca de las ruedas pero ello no salía de lo normal, del andar cotidiano.
Pasaría, pensó, a buscar a su novia. Bueno, no era su novia, era la chica con la cual estaba saliendo hace un tiempo pero él veía prosperidad en la relación. Entonces, pasaría a buscar a la chica con la cual estaba saliendo e irían a pasear por esa avenida donde comulgan todos los jóvenes con amigos, autos y minas despampanantes, para dirigirse a la zona de las discotecas, de los bares, de la música.
Antes, Luis, en su casa, dejó el bolso con las ropas sucias. Su padre estaba tirado en la cama matrimonial, haciendo zapping en la vida, en el televisor también. Su madre, miraba, desde la cocina, un programa sobre cocina donde enseñaban una receta que jamás haría. Iba por su tercer vaso de vino tinto, puro, malbec. Luis comió lo que encontró: una lata de picadillo de una marca extraña y barata, galletitas de agua húmedas, dos sándwiches de salame y queso con dedos de mayonesa, una empanada de pollo fría y una mandarina ácida. Antes de salir, se lavó sus dientes, se perfumó aún más y besó a su madre. En su camino hacia la salida, se devolvió al baño para arreglar un mechón de pelo y gesticuló un saludo en el aire hacia los ronquidos de su padre.
Desde la vereda y, luego, desde el asfalto, inspeccionó a su flamante auto nuevo. Lo tenía hace unos meses. Todavía persistía el suave olor al estreno del cuero y hasta se podía comer desde el propio motor. Él solo lo había manejado y esperaba los fines de semana para usarlo y pasearse por cualquier lado con esa chica nueva con la que andaba. Las horas en el estudio jurídico valían la pena. Toda la semana esperando que llegue el viernes, el sábado, la gloria del descanso para poder hacer algo más, ser alguien más. No importaba las cuotas que tenía que pagar o los excéntricos gustos por las bebidas que tenía esa nueva chica con la que andaba. Él sabía que era envidiado, visto por los otros como un ganador, un tipo que había hecho uso de la movilidad social y se abría hueco en el paso hacia nuevas degustaciones.
Luis bien lo sabía: a él le había tocado envidiar a otros antes. Otros que se hacían de las mujeres más lindas y pasaban dando música a todos con sus autos nuevos. Él, Luis, bien lo sabía: contaba las monedas para viajar en colectivo y pagar la entrada a algún boliche, agradecía como en una procesión a la Meca si podía invitarle algún trago a alguna chica. Pero ahora la situación era distinta y Luis bien lo sabía: él tenía el auto, él tenía a la chica, él tenía la plata para invitar tragos.
Así fue que pasó a buscar a la susodicha. Regodeante y sin bajar o detener el auto, hizo sonar su bocina para que ella, flamante, desgastada, sin olor a nuevo, haga estallar los tacos de sus zapatos negros contra el piso. Las tetas parecían reventar en el escote. El culo, el culo merecía una carta más de los Corintios en la biblia, una carta sólo dedicada al culo. Rubia hasta donde se podía ver, masticaba un chicle sin gusto. Se subió al auto, sonrío, tapó el olor a nuevo con un perfume ridículo y besó a Luis. Acelera, dijo. Y se arregló los labios en el espejo retrovisor.
En los semáforos, Luis cambiaba las canciones y aumentaba el volumen. Los vidrios vibraban y los autos chiquitos, dentro de los espejos retrovisores, parecían saltar en un terremoto de melodías electrónicas. También, aprovechaba para ir actualizándoles su ubicación a los amigos. Todos estaban más o menos a la misma distancia del lugar de encuentro.
Desde la butaca del conductor, Luis podía notar la mirada atenta de adolescentes esperando el colectivo y abrazando a sus novias adolescentes que querían subirse al auto a pasear un poco y no estar bajo las inclemencias del clima. También, Luis podía observar como las mujeres de otros autos lo miraban y como los maridos de esas mujeres miraban a la chica con la que Luis estaba saliendo. Y se sonreía.
Finalmente llegaron, acelerando, cambiando la música, haciendo estallar los vidrios en ritmos diversos. El chicle de la rubia seguía aún sin sabor y seguía aún siendo mascado. Todo adentro del auto estaba oscuro, a excepción del sistema de reproducción que brindaba un espectáculo de luces. Sin embargo, lo que iluminaba el rostro de la rubia era su celular con destellos de nuevos mensajes, a los cual contestaba apretando los dientes y conteniendo carcajadas.
Y ahí fue en que notó que todos se miraban, detrás de las ventanillas. Que algunos habían bajado sus vidrios para prender un cigarrillo o dejar que la música se escuchara para los demás autos o para ambas banalidades. Consultó la hora en reloj digital y aceleró el auto. Estaba ahí, sus amigos también, bajo la misma situación. Nadie podía avanzar. Era una masiva marcha de autos estáticos, con música electrónica o caribeña, con mujeres emparchadas y otros añorando transportar a alguna. Jóvenes que aguardaron la salida del fin de semana desde siempre, atrapados, allí, presos de sus propios vehículos que compraron, motivados por la propaganda de ese muchacho musculoso que maneja en libertad, el pelo al viento, la sonrisa a la vida.
Nadie sabía bien qué había pasado ni cómo. Se comenzaron a gesticular escenarios tales como un accidente automovilístico o quizás maniobras del tren en el paso nivel. Probablemente hubo algún tipo de contingencia en el hospital, perjudicando el normal recorrido de los conductores. Excesivos controles por parte del estado acerca de la regularidad de papeles o el consumo de alcohol. El embotellamiento también puede haber sido provocado por la facilidad al crédito y el viraje cultural-emocional de la juventud hacia los autos y las trescientas cuarenta y nueve cuotas que les quedan por pagar por ese vehículo paralizado.
Las horas pasaban. Los besos ya se hacían más escasos y las exigencias de la rubia se iban acrecentando conjunto a sus reiteradas quejas. Motivado por una regla psicológica de campo ambiental, Luis notó, en un plano inconsciente, que el tono de voz y las gesticulaciones de la rubia eran similares a las de su jefa, en el estudio contable. De tal forma, recordó que pronto se avecinaba el lunes, que pronto tendría que correr por doquier guiado por caprichos de otros. Y que ese momento que todo hacía que valga la pena, se estaba esfumando en los caños de escapes no ecológicos.
Sin querer, como pasa la mayor parte de la vida, el tiempo se fue sucediendo. Destellos de luz del día se hicieron presentes. Otros jóvenes coparon las paradas de colectivos y taxis, en busca del retorno al hogar. La música fue bajando su marcha y las colillas de cigarrillo eran pisadas por todos, sin distinción alguna.
De pronto, el tráfico cedió como la piel de Cristo ante la lanza del destino. Y Luis pudo acelerar, pudo poner primera, segunda, tercera, cuarta, frenar y dejar a la rubia en la puerta de la casa. Aún conservaba entre sus premolares ese primogénito chicle. Hubo sólo un beso insípido de despedida, como de burocracia. Y se apresuró en entrar al domicilio.
Luis llegó a su casa. Entro el auto con cuidado y lo tapó, casi como arropando a un niño. Su padre estaba en la cocina, calentando una pava para el mate. Su madre dormía y se enredaba en las sábanas desgastadas. Luis cayó rendido sobre su cama sin hacer. Se durmió pensando en cuánto tiempo faltaba para el próximo fin de semana, para volver a hacer lo mismo. El auto se había portado bien.

martes, 2 de julio de 2013

Muzzarella media masa

- Y así es, Patricia, así son las cosas para mí.
Patricia me miró extrañada, frunciendo el entrecejo y… No, en realidad no me miró. Quiero creer que me miró y que fruncía el entrecejo por algún proceso mental que le exigía concentración, un esfuerzo descomunal. Pero no. Patricia no me miraba, estaba distraída, observando su reflejo en el espejo que estaba por detrás de mí. Estábamos en Las Cuartetas donde la muzzarella se respira, donde los mozos parecen eternos, con la postura de los doce apóstoles. Y es de común sentido que en Las Cuartetas hay espejos sobre una pared, antes de llegar a la parte final. Y sí nadie lo sabe, bueno, es porque está todo mal. Desde la educación de los chicos, con esos manuales santillana o kapelus donde le dicen quién fue Sarmiento o cuándo empieza el otoño o por qué los cuentos tienen introducción, nudo y desenlace. Todo eso le dicen y no les cuentan cómo duele amar a alguien que no los ama. O por qué van a trabajar toda su vida para los sueños de otros, olvidándose de los propios. O no, nunca, no, no le dicen que la maestra se coge al profesor de educación física antes de las reuniones de padres, a veces en el baño de profesores en los recreos y que por eso la señorita llega tarde. Y, mucho menos, que Las Cuartetas tienen mozos bíblicos y paredes con espejos.
Yo no amaba a Patricia. No estaba siquiera cerca de quererla. Pero no tenía mejores planes y ella, bueno, al parecer tampoco. Entonces, ahí estábamos, los dos, eligiendo perder el tiempo de esa forma, el uno con el otro. Siquiera eso teníamos en común.
Quizás por aburrimiento o por sonar interesante o por esas cosas de la galantería de hacer una introducción antes de pedirle que vayamos a un hotel, le expliqué eso de La paradoja, de cómo hay corazones duros, de que podemos correr tan rápido como el perro mitológico y, aún así, no alcanzar lo que queremos. Y, detalle no menor, que podemos alcanzarlo pero, en realidad, no sabíamos bien qué queríamos.
- ¡Miserables! – golpeé con mi puño cerrado el borde de la mesa, haciendo saltar los utensilios. Mi vaso se lastimó al tocar brutalmente contra el plato de Patricia. - ¡Somos unos miserables! – comencé a sollozar. Me quería deshacer en lágrimas. ¿Qué hacía yo ahí? Explicándole a una cualquiera temas que me llevaron noches y noches reflexionar. Y ella tomando lo dicho con las yemas de sus dedos, introduciéndolos a su boca para moverlos de un lado a otro, hasta secarlas, secando mis ideas, y luego escupirlas, como esos carozos de aceitunas que dejó abandonados al costado del plato. La boca de Patricia aceitosa, la mirada extraviada, la vida en otro lado.
Ella, sin decir nada aún, me sirvió una porción de pizza. Muzzarella media masa. Brillaba la porción tal si fuera una de las tablas que dios le dio a Moisés en aquel monte. Yo quería correr de ahí, llevarme a mi paso el mundo, salir a Corrientes y fumar, parar en una esquina para ver cómo un viejo de setenta años acaricía la cintura de una pendeja de veintitrés, envuelta en un tapado, perfumada con tintes europeos. Vaya a saber por qué, me quedé, casi paralizado, aplastado en la silla gastada.
- Come. – dijo Patricia. – Dale que se enfría. – y sacó un nuevo carozo de su boca.
Corté la porción y mastiqué. Algo sucedió ahí. Algo que no sabría explicarlo de otra forma, sin ninguna metáfora, sólo tal como sucedió.
No sé cuántas pizzas harán un sábado por la noche en Las Cuartetas. De muzzarella, quizás, arriesgo, unas doscientas o trescientas pizzas, por estimar algún número. Algo sucede con la pizza si uno presta atención. Por debajo, la masa suele estar semi dorada, un tanto dura. Por la superficie, en ese maremoto de muzzarella, el queso se quema, se funde, es impresionante. Sin embargo, en el medio, donde se junta queso/masa, bueno, ahí el calor no alcanza a ser justo, no cocina del todo al compuesto. Ahí, la masa es blanda, blanca, no cruda pero suave, calurosa como el abrazo de una madre. Y, también, la muzzarella es amarilla, casi blanca como la masa, tierna como caricia de enamorado.
Ahí, justo ahí, está el nexo de todo, la función de todo.
Más allá de lo duro de las superficies, de la corteza, el centro es tierno, mágico, esponjoso de sensaciones.
Así, pensé, deben de ser los corazones más nobles.
Finalmente, le agradecí a Patricia por su compañía. Ella sonrió y se acomodó un mechón de pelo que yacía sobre su frente. Su boca brillaba y tuve que contener fuertemente mis ganas de besarla.