jueves, 31 de enero de 2013

Aproximación al reduccionismo de la vida

La composición no importa. Basta saber que el telescopio tiene distintos elementos que lo hacen, como a todos. Pero, en particular y en vital importancia, tiene una serie de vidrios, de espejos reflectores, de lentes, ópticos, objetivos, que permiten su razón de ser: dar a conocer con lujo de detalles elementos distantes, de forma específica o generalmente aceptada como cuerpos celestes, astros, estrellas, satélites y cualquier resto que circule o gravite en el espacio exterior y que sea plausible de ser captado por el artefacto en sí.
Como única instrucción, además de las formas de cómo armar el telescopio, de para qué sirve cada lente, sobre cómo guardarlo en la caja una vez frustrado o aburrido de su uso o la falta del mismo, tiene una leyenda que, por orden del organismo internacional controlador y fiscalizador de los telescopios, debe figurar en los manuales como advertencia, con el uso de todos los elementos a disposición para llamar la atención del usuario, la prohibición de mirar directamente al sol. la descripción de dicha leyenda incluye la información de que ante la observación directa al astro, se produciría, de forma inmediata, la anulación total de la vista. Al parecer, el brillo es tal que el ojo utilizado para la observación se quema, todo, la retina, el iris, todo eso. Y, como efecto reflejo, como movimiento involuntario de la mente, también se produce la ceguera, altamente irreversible, en el ojo restante.
Entonces, en la práctica, uno, con un telescopio, puede observar lo que quiera, digamos. Todo menos el sol. Todo. Siempre que no sea el sol. La vecina, la casa con el tanque australiano de color ladrillo, el campanario de la iglesia, la luna, las estrellas, la copa de los árboles, la vecina que sale de la ducha, los autos parados en el semáforo, todo. Menos el sol. Y uno se acerca, quiere mirar, amaga a ver. Es la curiosidad, movimiento involuntario. Está prohibido, eso también pasa, no es un dato menor.
Así, uno ve. Coloca el telescopio apuntando al medio del sol, justo al centro. Y ve, conoce, puede observar algo. Es una imagen brillosa, del más nítido color oro, pura, mística, única, jamás comparable. Se la puede ver por unos dos segundos, dos segundos que son perfectos, compuestos de la mejor eternidad, dos segundos que duran para toda la vida, como la ceguera que se produce automáticamente luego de esos dos segundos ya mencionados.
Entonces, algo así, algo muy similar pasa con la vida, con todo lo de la vida, con todos sus componentes, con los distintos elementos que la hacen, también.

2 comentarios:

  1. Brillante relato y brillante analogía. Calculo que igual debe haber muchos ciegos que nunca miraron el sol, la vecina, ni nada, sólo su propio ombligo. Dicen que alguna gente demuestra la teoría de que la luz es más veloz que el sonido: De lejos parecen brillantes pero ni bien hablan, demuestran lo contrario. Sería bueno tener un telescopio especial para detectarlos. Abrazo!

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    1. Es que, Ato, algunos se vuelven ciegos como pueden.
      Y, por otro lado, no, no me gustaría tener un telescopio para detectar esos tipos. ¿Dónde queda la sorpresa de saberse con un completo idiota?
      ¡Fuerte abrazo!

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