jueves, 7 de agosto de 2014

Vivir siempre ha sabido ser otra cosa

- Que te pregunté por qué existen las guerras.
No la había escuchado, hace tiempo no la escuchaba mucho. El sexo era bueno, claro. Nada especial. Sólo piel con piel, fluidos que convergen con fluidos. Cuando no estaba, a veces me encontraba pensando en ella. Era extraño. Y ella me quería. O no. Quizás esa no es la palabra. Ella me... Me... Ella se sentía en deuda conmigo, algo como eso. En la forma en que me miraba encontré esa sensación. O como si yo le debería algo a ella. No, no es así. Mejor es decir que ella se debía a mí.
Me observaba con ansías, esperando algo que le pueda decir. Siempre me preguntaba todo lo que se cruzaba por aquella cabecita roja y pecosa. Pensaba que tenía la respuesta a todo, o por lo menos un leve acercamiento. Por mi parte, jamás fui un hombre instruido. Sí, tuve la oportunidad de leer a ciertos tipos, escritores, filósofos, pensadores, los indicados como para hacerme una idea de la vida, de las cosas. Pero eran sólo ideas, vivir siempre ha sabido ser otra cosa.
Y justo estaba el televisor encendido. Acabábamos de terminar una sesión matutina del viejo frenesí. Volvía de la cocina, le llevaba un vaso de agua, arrastraba mis pies dejando la estela de humo del cigarrillo detrás mío.
- Es que miraba la tele y ya ves. La gente se mata entre ellos. ¿Por qué tanto odio se tienen? Estamos en el siglo veintiuno y aún se siguen matando, ¿por qué pasa eso? - dijo mientras yacía sobre su lado izquierdo a medida que la teta derecha se desprendía de la sábana que la tapaba. Hice llegar el vaso de agua hasta su mano y me quedé parado frente al costado opuesto de la cama, mirando el televisor, pitando.
No quise que corriera una desilusión. Pensé. Mire el noticiero que mostraba un niño muerto en la franja de Gaza, reposando en los brazos de un soldado. Luego la imagen iba a una periodista rubia, inglesa, que se enroscaba entre los escombros y cubría su cabeza con las manos, el tonto instinto contra misiles de cinco toneladas. El hambre, el constante bombardeo, las ciudades que estaban en un momento y al instante eran una nube de polvo. Un grupo festejando sobre el cadáver de un joven, otro grupo grabando la mutilación de un soldado secuestrado. Y todo aquello que no se decía: las violaciones a jovencitas vírgenes a plena luz del día, el deseo de matar a otro sin importar que pueda ser el médico que invente la solución ante el cáncer o quien pudiera convertirse en el mejor poeta de la humanidad, la desesperación que lleva a la locura, dios mío y todos los putos santos.
- ¿Y? - mordió su labio inferior. No la chupaba bien pero ponía empeño en la tarea. Cuando un niño comete una travesura, no lo juzgas por el desastre que ha hecho sino por la destreza que ha puesto en el. Toda su historia en la vida la había llevado acá, dije hacia mis adentros, a este momento, a mamar de mi entrepierna, a hacerme esa pregunta.
- ¿Cómo es que estás acá? - le dije. Me observó. Sus ojos marrones brillaron. El rojizo pelo, las pecas. Siempre había deseado una colorada, tuve el presentimiento que eran feroces bestias sexuales.
- Bueno, vine anoche, hicimos aquello y ahora... - bosquejó.
- No, no. Me expresé mal. ¿Recuerdas cómo llegamos a conocernos, cómo llegaste acá la primera vez?
- Ah, sí, claro que lo recuerdo.
- ¿Cómo fue?
- Nos encontramos en el boulevard, vos me habías dicho que saliste a comprar cigarrillos en la estación de servicio aquella. Era verano, hacía calor a pesar que era de noche. Creo que había una leve brisa, no sé. Yo estaba mal, no me lo recuerdes.
- Sigue, por favor.
- Pero yo te pregunté otra cosa, no me hagas recordar. - sollozó. Intenté explicarle que es algo necesario que aclaremos, que si lo nuestro iba a crecer, debíamos entendernos, entender cómo empezó todo, con sus errores y aciertos, con todas las circunstancias. Prosiguió. - Vos me preguntaste si estaba bien, si quería ir a tomar un café y charlar, que no me veías bien. - su voz comenzó a tornarse un hilo resquebrajadizo - Y yo no estaba bien, me viste llorando, ahí, en el medio de un asiento en una avenida. Yo pensaba que ese era el último día de mi vida, había pensado arrojarme sobre algún auto, ya todo me daba lo mismo.
- ¿Y por qué llegaste a ese punto? ¿Qué te había pasado antes?
Me dio la espalda, aún recostada en la cama. Las sábanas se enredaron aún más sobre su cuerpo blanco. Respiraba de forma entrecortada. El sollozo se transformó en un gentil llanto, de esa tristeza que cuesta trasmitir, la cual, al respirar, se mete hacia dentro, muy dentro.
- No quiero hablar de eso. - dijo. Utilicé mis recursos, mis encantos para llevarla a hablar del tema. Finalmente, luego de vaivenes, accedió. - Encontré a mi prometido cogiendo con mi mejor amiga, en mi casa, en mi sofá... Y lo peor es que me vieron y no pararon, siguieron, cómplices, como si les divirtiera que los descubriese. Y ella me miraba frunciendo la nariz, desafiándome, mientras dejé caer la bolsa de compras en la puerta del comedor. Y él me miraba y mientra más lo hacía, envestía sobre ella con más fuerza, con más ímpetu. Jamás lo vi moverse así. Salí corriendo, el resto ya lo sabes. Y ahora basta, dejame sola.
Estaba triste y furiosa. Arrebatada. Sentía su respirar trinado, como el bramido del toro que va a dar la última embestida mientras se desangra por el lomo, sabiendo que va a dejar la vida en ese acto.
- Nena, tranquila. Sólo dime: ¿qué sientes ahora? ¿Qué quisieras hacer con tu ex prometido y con tu ex mejor amiga?
- Los mataría. - apretó los dientes, lo pude sentir cuando pronunció esas dos palabras. Las sábanas se tensionaron, su respiración era fuerte y desesperada. - Los haría trizas, escupiría en sus caras, bailaría sobre su sangre derramada.
- Tranquila, nena. Voy por más agua.
Encendí otro cigarrillo. Miré por la ventana de la cocina que daba a la calle. El vecino de frente cortaba el césped del patio delantero. Hacía calor. No tenía nada para beber y debía salir a comprar a la licorería. Vaya día.

2 comentarios:

  1. Siga recogiendo pájaros heridos por guerras ajenas. Casi un MSF, aunque dudo que la terapia de ellos sea la misma que la suya. Abrazo! PD: al menos se esmera aunque se nota que "aquello" todavia le hace ruido si no puede nombrarlo.

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    1. Lo que duele no se nombra, Ato. Si se pudiera poner en palabras, dolería menos. Quizás no tendría razón para escribir. Qué pena.
      Lo abrazo con afecto y olor a pipa.

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