miércoles, 24 de abril de 2013

Ser todo, ser nada

No sé bien cómo hemos llegado a esto. Bajo qué intrincados caminos elaborados o tomados por los titilantes destellos de la suerte hemos caminado para llegar a este punto. Punto en el cual prestamos, digamos, un tercio de la vida para trabajar en, probablemente, lugares que detestamos, con personas que detestamos. Sólo algunos bienaventurados podrán estar orgullosos de las tareas que ejecutan que, sin embargo, son para otro, siempre son para otro. Y eso, por más pintoresca que sea la oficina, por más redundantes que sean las tetas de las secretarias, es triste, te anula un poco.
Pero todavía convive algo más sorprendente que lo anterior. Cuando expulsados de los arquitectónicos edificios donde se erigen suntuosas oficinas o marchando en filas desde las fábricas tumultuosas se emprende el camino del regreso, el trabajador se enfrenta a un desquiciado planteo: ¿Es conveniente volver?. Como si fuera poco, uno recuerda a una mujer que no lo quiere, cocinando algún plato que no quiere, manteniendo conversaciones que no quiere. El hombre toma el tren, el subte, el colectivo, lo que fuera, subsumido y triste en este pensamiento. Emprende, sí, el camino de retorno de forma casi inconsciente, movido o motivado por el diagrama de las calles, por el empujón de la sociedad de correr todo el tiempo. En ese trayecto, el hombre no está en este plano, no se encuentra en contacto con la materia. Puede ser todo los dioses, todo el Olimpo. Puede ser sus demonios y su salvación. Puede ser todo y no es nada.
Así me sentía después de trabajar un sábado otoñal, donde los resortes del sol acomodan cada instante. Salí después del mediodía, pensando que ya llegaba tarde a un asado en San Fernando. Aún no recuerdo bien ni cómo hice para llegar a la estación ni cuántos cigarrillos fumé en el camino. Solo me encuentro, guardado en el recuerdo, estar mirando por la ventanilla hasta hallarme dormido.
Sin querer, logré despertarme para notar que aún no había llegado a la estación Carupá, lo cual me alegraba por no haberme pasado. Sin embargo, no había superado, aún, la mitad del trayecto. Luego de consultar la hora, noté que habían pasado cuarenta minutos luego de subir al tren y que, acorde al cronograma, ya debería haber bajado en mi destino.
En una fugaz ronda de reconocimiento, viré mi rostro en distintas direcciones sólo para notar entrecejos de frustración, labios amargos de espera y brazos cruzados de enojo. Las conjeturas no tardaron en hacerse eco en los pasillos de la formación. Una señora mayor comenzó quejándose que la falta de inversión en el transporte público causaba esto, que con gobiernos de factos estábamos mejor. Una mujer elegantemente vestida hacía resonar suspiros y enviaba mensajes instantáneos, llamaba y pedía disculpas, que era seguro su llegada tarde. También se hizo notar la fatalidad de algún accidente, de lo idiota del ser al matarse y seguir molestando post mortem. Entre tanto, el tren daba intervalos de avance, haciendo un tanto más agónica la situación. No se hizo tardar el momento de hastío general para convergir en una marea de rechazos de explicaciones y urgida de una certeza explicatoria conjunto, claro, la llegada a destino. 
Todos se habían confabulado, lo pensaron bien. Todavía me sorprende la capacidad organizativa que tienen los cúmulos sociales cuando se trata de actos banales. Convergieron en saltar estrepitosamente de la formación, apartar al maquinista de su tarea y tomar el control del transporte hasta ser escuchados. La gente, creo haberlo dicho en alguna otra ocasión, está muy sola, nadie la escucha, como un animalito herido, rumiante en búsqueda de un abrazo contenedor.
Con la lenta marcha, el tren llegó a la estación. Para mi fortua, era Carupá. Sólo tenía que hacerme a un costado de la masa hervida en desesperación y hacerme del andén para llegar a la anhelada reunión.
Las puertas se abrieron, no con dificultad, exhalando el chillido impuro de lo hermético, como haber estado embolsado al vacío. Salieron desesperados, nerviosos, apretando los puños y mirando en todas direcciones. Hasta que al fin lo notaron. Una ambulancia se retiraba y pasajeros emocionados aplaudían y se abrazaban. Claro, eran pasajeros del anterior servicio o que ya se encontraban en el andén antes que nosotros. Un policía se acercó, conmovido hasta el llanto, tembloroso y con las pupilas dilatadas. Intentó hilvanar las palabras pero sus torpes labios temblorosos le impedían cualquier comunicación. Tomó aire, puso su mano izquierda sobre el pecho mientras con la derecha ejercía la orden de alto. - Nació.- dijo - No hay dudas, es el hijo de Dios. Y nació hoy, en el tren, ahí, donde están parados ustedes. - y rompió en llanto. Arrugó su gorra y ensayó un pseudo abrazo para si mismo.
Por lo pronto, los demás quedaron atónitos. A penas llegaron a soltar el maquinista, pensaron un poco y continuaron movilizados por la rutina. Seguro a alguno se le hacía tarde para algún partido, quizás una linda adolescente debía ir al Parque de la Costa y gritar en cada juego que subiera, posiblemente un nene estaba deseoso de dar su mundo por un pancho con papas.
Miré al cielo, el cual apartó las sorteadas nubes dando paso a un color entre turquesa y celeste. Coloqué mis auriculares en su disposición precisa. Caminé las cuadras necesarias. Pedí disculpas por haber llegado tarde. Dí gracias por haber llegado a tiempo.

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* Este pequeño es tanto inspirado como dirigido a la reunión que se dio lugar en lo de Ato. Agradezco a todos por la cálida tarde. Cualquier agregado más de palabras, siento que será tan vano como corto.

lunes, 15 de abril de 2013

Y haga realidad sus sueños

Ramirez lo venía pensando hace tiempo. La idea, por aquella vez, le hizo pie en la cabeza y no se borró ni un solo instante. En cada momento libre, el plan se iba construyendo en los rumiantes pasillos de sus sinapsis. Pensativo, contaba los pasos que debía de dar, los giros que tenía que hacer, el pulso de la voz con la cual iba a pronunciar las palabras.
Esa mañana, protegido con un sobretodo marrón claro, se aventuró en el café de la esquina, en diagonal a su objetivo. El frío ya se filtraba por todas partes, por los burletes, por las sonrisas abnegadas del destino. Tomó el diario del día y ojeo los titulares. Pidió un café con leche y tres medialunas. Hasta eso había planeado. Hace más de un mes sabía que iba a pedir tres medialunas por más que no iba a comer más allá de dos.
Se sintió preparado, listo. La boca un poco seca, como árida pero dulce a la vez. Los labios un poco brillosos por la pintura del dulce de las medialunas. Solicitó la cuenta y la pagó. Acomodó su saco, largo hasta las rodillas, como el piloto de Humprhey Bogart en Casablanca. Sí, era idéntico a Humprhey Bogart, la corbata, el caminar, las manos en los bolsillos, acomodando el arma, pegándola bien al cuerpo. Así, salió a la calle.
Prendió un cigarrillo y permaneció al costado del café. Miraba de reojo a la financiera, a las empleadas que estaban más allá del escritorio, sentadas, hablando por teléfono, volcando palabras en las computadoras, como si ellas fueran sólo tetas, cuello y pelos erosionados de tintura, que sonríen y coquetean, que mastican chicles de goma eterna y escriben mensajes instantaneos. Las miraba, fugazmente. Contó nueve clientes: tres en la fila de la caja para pagos, con caras lánguidas y un tanto arrepentidos; otros dos en la fila para retirar efectivo, apresurados y con las manos temblorosas, los ojos hecho añicos de sueños; dos más estaban hablando con dos empleadas, se pasaban documentos, recibos de sueldos, presupuestos y miraban atónitos, los cuerpos inclinados hacia adelante, las bocas abiertas y el puso indescifrable, anhelando formar parte de la fila de retiro de dinero; los últimos dos, estaban en los bancos de espera, con números arrancados para el orden de llegada, mirando un televisor de cuarenta pulgadas, fino, como las costuras de labios vírgenes, y donde repetían una y otra vez la posibilidad de llevarse el dinero, la facilidad de pago y, fatalmente, el slogan de la compañía. Slogan que se podía ver pegado a todo lo largo de los vidrios del local, en la marquesina sobre la calle, en los volantes que se desprendían de hasta los árboles. Ramirez lo vio una y otra vez, siempre que pasó por el local, hace algo más de veinte años que venía leyendo y repitiendo para sí esa frase, ese truco de marketing: “Y haga realidad sus sueños”. Toda la composición rezaba algo como “Lleve el dinero y haga realidad sus sueños. Sin gastos administrativos.”
Él trabajaba cerca de ahí, en un local que ya no está, que ahora se convirtió en un expendio de cafés basura y galletas norteamericanas. Cada día que salía de allí, debía forzosamente recorrer todo el largo de la financiera hasta la parada del colectivo. De tal forma, contemplaba el asqueroso accionar que allí se gestionaba. Día tras día, empleadas tras empleadas, se producía la venta de dinero, la burla más explícita de un sistema corrompido desde su violenta concepción.
Entró al negocio, tomó un número y se sentó frente al televisor. El arma, una escopeta recortada, lo obstaculizaba para casi todos sus movimientos. Sin embargo, pudo acomodarse lo suficiente hasta que anunciaron su turno.
Contó, en voz bajita, como con un susurro divertido, como con un hipo y casi saltando, los pasos hasta llegar al escritorio de una resoplante muchacha agria, acompañada de gestos de repulsión, con dientes torcidos y una suerte de seña en el entrecejo, como si estuviera enojada desde jardín de infantes, como si se hubiese ofuscado una vez y para siempre.
Sin sentarse, Ramirez abrió su piloto al estilo Humprhey Bogart al mismo tiempo que la chica abría su estrepitosa boca de dientes chuecos. Todos convergieron en un silencio atroz, en la deliciosa y fatal espera de querer cuándo ese tipo iba a disparar, a matar a alguien, a demandar algo. Ramirez se paseó por el local, con la escopeta recortada apoyada en el hombre derecho, confiado, pensando en por qué no hizo esto antes. Todas las empleadas calladas, alguna habrá activado una alarma silenciosa y esperando. Ellas esperando ser, digamos, atendidas, solicitadas.
Ramirez rió. Dio un giro en si mismo y con el reverso de la mano izquierda intentó, en vano, secarse un poco el brillo pegajoso que las medialunas dejaron en su boca.
- Vengo, me apersono acá porque quiero algo. Eso está claro, ¿cierto? - lanzó la pregunta con la cabeza agachas. - ¿Cierto? - pronunció más fuerte, dando a notar que no era retórica su exclamación.
- Sí, s... Señor, ¿en qué puedo ayudarlo? - emitió, en un silbido nervioso, la chica de dientes chuecos.
- Miren, yo estoy desesperado. Ya lo ven, tengo una escopeta recortada en la mano, unos pocos pesos en los bolsillos y un puñado de malas anécdotas. Sí, libros varios, ausencias muchas, besos que no he llegado a dar. Pero, también, la vida se me escabulle, se me escapa, como que se ha dado por vencida conmigo. No sé si me explico bien. - refirió Ramirez, tomando claro poder de la situación, inflando el pecho y mirando el cielo raso.
Las muchachas no buscaban esconderse. Habían sido entrenadas para saber que cualquier movimiento podría producir una alteración del atacante y, así, desembocar en una reacción no deseada. Eso de acción reacción pero caótico. Se limitaban a asentar en las afirmaciones de Ramirez y a negar en los casos requeridos.
- Señorita, sí, a usted, la de dientes torcidos y mirada perdida. ¿Sabe qué es lo que quiero? No, por favor, no me de la plata. La guita corrompe, nos hace tan vacíos, tan vanos. Vengo acá, a pedir algo, porque hace veinte años que transito por lo largo de este local y siempre he visto a la misma gente. No, bueno, la gente no específicamente la misma pero sí el mismo tipo. Es como si existiera una clase social, una estirpe de gente con las mismas peculiaridades. A lo que voy, y perdón si hago de esto un extenso discurso, es que veo gente desesperada, todo el tiempo, gente como yo, que no sabe qué hacer, que no sabe siquiera morir por sus propios medios. Y eso me atrajo, en cierta medida. - Ramirez hizo una pausa. Una suerte de congoja lo abrigó. Solicitó un vaso de agua y tosió un poco para aclarar la voz. Una rubia le alcanzó un caramelo de menta.
- Vengo acá, hoy, con una escopeta recortada porque estoy desesperado y quería saber si ustedes me podrían prestar un sueño, alguna excusa para seguir viviendo. Pero no, mamita, la plata no me la des, saca la bolsa del mostrador, la plata es la que nos está matando, un poquito, todos los días.

domingo, 7 de abril de 2013

En dos movimientos

Usualmente, cuando bajo del tren, del San Martín y bajo en San Miguel, cuando vengo de Retiro o de Palermo o de Chacarita, es decir, cuando viajo en el tren a dirección a Pilar pero me bajo en San Miguel, me separo de la manada, del rejunte, de las caras lánguidas que arrastran penas hasta la parada del colectivo, eufóricos de llegar a la casa para ver el suave goteo del reloj de la vida, plasmado en algún canal, en algún noticiero, mientras piensan en qué momento todo salió mal, en qué punto pisaron el palito. La cuestión es que yo me aparto, un poco, y no sigo por el andén sino que tomo las escaleras, paso por encima de los rieles, de la maquinaria, luego me introduzco en un primer piso atestado de moscas, de olor a orín fresco, de ausencia de luz. Acto seguido, bajo, bajo hasta las boleterías, donde la primera imagen es un bar, pequeño, triste, donde la gente compra y consume milanesas completas y fuma, la gente fuma mucho. También ahí, en el hall, se puede ver las dimensiones, las esquelas de la gente que corre, que quiere tomar el tren, que quiere irse a algún lado, que se apura por sacar boleto, que se enoja con el reloj, con el que atiende, con el que está adelante. La gente está apurada, corre.
Salgo, sigo caminando. Los días de semana, noto esto cuando tengo que asistir a trabajar, a dejar gotitas de mí en un lugar donde soy tan desechable como los bidones de agua que piden, como los vasitos de telgopor donde la gente deja saliva y muerde los bordes. Pero voy, por una módica suma de lo que, para ellos, vale una persona. No gano un carajo y me están por pegar un boleo, quiero decir. Pero el paisaje es lindo y puedo robar elementos de librería, ganchitos, lápiceras, voligomas hasta el hartazgo, un manotazo de ahogado, un suspiro de última vez. El bar esta cerca, eso es bueno.
Sin embargo, lo que acá hace todo, lo que importa, es el trayecto porque algo pasó mientras caminaba por la plaza, bordeándola. Los fines de semana se suele armar una especie de feria. Hay de todo: artesanías, ropa, dibujos, pinturas, libros, sahumerios y minas que leen el destino en la palma de la mano, en un mazo de cartas, en la borra de un café, en las marcas que los incisivos hacen en un chicle de menta. Y la gente corre a comprar, a mirar, a tocar, a llevarse a la casa cosas que jamás pensó en llevarse. La gente va y compra, compra una réplica de un pekinés, tamaño natural, tallado en madera o se hace leer el pliegue de las grasas en el cuello para saber si jugar el cincuenta y seis en la nacional o en el sorteo de la lotería de la provincia.
Lo llamativo, es que todos se desesperan por comprar, por mirar, por persignarse frente a la iglesia, por caminar, por ver qué sigue después. Y ahí, justo ahí, pasa todo.
La gente se detiene, saca una foto, se ríe. Los niños hacen morisquetas con las manos, sin saber qué hacer con ellas, comos si fuese la primera vez que tienen manos y las usan, las retuercen, se tocan la narices empapadas de mocos, de frío, y también miran porque los padres les dicen que miren.
El momento es colosal, único, irrepetible. Las personas, la gente, que no detecta el instante y sigue caminando, corriendo, por una oferta en un local, por un colectivo que no espera, siguen dando vueltas como las apresuradas volutas y jirones que las hojas secas del otoño ensayan en el aire antes de rebotar y aniquilarse en el piso de las plazas, antes de ser pisadas, justamente, por la gente que corre. Aquellos que se detuvieron, hacen el cuadro.
Una estatua viviente. Un tipo pintado todo de color cobre y oxido, usando un saco también pintado del mismo color, parado sobre una pequeña protuberancia que simula ser una gran roca. El tipo no se mueve y por eso la gente se detiene, para ver qué va a hacer, cuánto habrá que pagar para que haga algo. Y lo que llama la atención, el gran signo de admiración en toda la historia, es que no ha dejado ningún gorro, lata, vaso, sombrero para depositar una moneda, alguna retribución, para poder forzarlo a ejercitar el movimiento. Muchos adultos y muchos niños se acercaron con un billete en la mano, queriendo depositarlo en algún lado, hacer que el tipo se mueva, siquiera un rato, pero se encontraron con el mayor desconcierto a no saber cómo funcionaba el intercambio.
En ciertas ocasiones, es posible vislumbrar la intolerancia y el fastidio de las personas que, subsumidas en un movimiento de masas, no pueden tolerar alguien que va en contra, uno que piensa distinto. Por eso, las personas empezaron a putear, a silbar contra el hombre sonriente sobre la roca, todo vestido y pintado de cobre y oxido, porque dos movimientos se habían producido desde el hombre que, todavía, no había lanzado un suspiro.
Dos movimientos que bastó para dejar perplejos a algunos, destruidos a otros e inconmovibles a terceros que no entendieron un carajo. Dos  movimientos que se produjeron adentro, en los pensamientos, en los billetes colgado de las manos, en el frío golpeando las narices. Dos movimientos como dos pasos, dos pasos que rompen las hojas secas de un otoño floreciente.
Dos movimientos resumidos en la prisa constante que no deja mirar el paisaje. Dos movimientos resumidos en la corrupción de todo por el todo, de una mentira compartida, de la devastación de todo cuando vemos que el dinero no logra los movimientos deseados.
El tipo sigue sin moverse, sonriente al ocaso, mientras el público cambia. Y la nueva audiencia se alegra, queda fascinada por la tolerancia a no moverse. Después, la gente se desespera, quiere que se mueva y busca dar plata a cambio. Y así.

domingo, 31 de marzo de 2013

Tragicómico


Me acodé en la barra del bar. Necesitaba descansar un poco, había caminado demasiado aquel día. El sol emprendía su camino de retorno y las brisas del frío otoñal se hacían sentir a simple vista.
Siempre me ha parecido curiosa la selección de la memoria, del cómo uno es capaz de recordar ciertas banalidades y cómo es posible olvidar otras cuestiones de, quizás, gran importancia. Bueno, me acuerdo que en la llamada ocasión había pedido un café cortado, un vaso de jugo de naranjas, un fosforito y un cenicero. Sin embargo, no logro concebir de cómo y en qué momento apareció Horacio y se sentó al lado mío, dando la espalda a la barra, apoyándose en ella, mirando, regodeante, a todo el resto de las mesas. De eso, ves, si me acuerdo.
El resto, es cuestión de que sucedió, de evocar un acto no justamente por la memoria sino por la repetición concordante, como cuando te dicen que no, que no te van a dar un aumento, que no van a salir a tomar algo con vos, que no te van a dar el préstamo, que ya no quedan medialunas de manteca. Bueno, el tema es que concurrí al bar en varias ocasiones y por ello me acuerdo de lo que pasó.
En cada ocasión, acontecía el mismo acto. Yo cambiaba de lugar acorde a la circunstancia. Me movía en mesas individuales, otras veces en alguna más grande por llevar el portafolio y los papeles del trabajo más allá de la jornada laboral, algunas veces repetía la barra y así. Pero Horacio era inmutable. Siempre acodado a la barra, apoyando los codos sobre la misma, dándole la espalda, arqueando la espalda un poco y mirando a los demás personajes de la trágica escena. Porque lo que pasó fue trágico para todos. Fue trágico pero cómico, a la vez. Como un cachetazo con un salmón de cuatro kilogramos, en la cara, de lleno; como si te despertaran así, todos los días, con el salmón. Tragicómico.
No sé bien de dónde rugió la pregunta, porque la pregunta rugió, como de una gangrena en la garganta, como salida con humo espeso de tabaco negro. Horacio no supo bien quién fue aquel que balbuceo el interrogante pero nos miró mal a todos ya que todos nos reímos. Hasta los que recién llegaban se reían, los que apenas cruzaron la puerta se reían. Claro, no sabían de qué pero se reían. Ya lo dije antes, creo, la gente está muy sola y no sabe qué hacer.
Horacio se paró, primero se deslizó desde el asiento firme, estático, fiel a la barra, y se paró. Con los puños cerrados y pegados a la cintura, como formando consigo mismo una tetera de doble asa, nos increpó.
Me olvidaba de decir algo, de recordar algo que hace a todo esto. Ahora lo estoy escribiendo porque sé que me voy a olvidar; algún día los libros acomodados de mi memoria van a caer, uno por uno, o de a montones, y todo va a permanecer en el olvido. Y no quiero que lo mismo pase con esto. Por eso, recuerdo que Horacio vestía, siempre, con la indumentaria de la selección de Brasil. Y con una vincha de un bordó gastado sobre la cabeza, intentando frenar la avanzada de unos cabellos rizados, erosionados por el viento. Horacio contaba que estaba esperando una llamada de la comisión deportiva de Brasil, que ya le habían dicho que en el próximo mundial él iba a participar, que iba a jugar y que por ello se estaba preparando. Entonces, todos los días venía al bar, vestido así, de un amarillo reluciente y traspirado, con la frente brillosa de sudor, a sentarse, a acordarse sobre la barra con la espalda un poco arqueada, a mirar a cómo oficinistas hablaban de mujeres que jamás conseguirán, sobre lo que les hace falta la guita, de esas cosas que suelen hablar los oficinistas.
Quizás alguno de ustedes lo habrán visto a Horacio corriendo por Avenida Corrientes, cerca de Once, por las mañana y, a veces, por la tarde, vestido todo con la indumentaria de la selección brasilera mientras los automovilistas, personas qué no se aguantan a sí mismos, lo insultan, le dicen que siga corriendo que falta poco para el mundial, se le ríen y, a veces, le escupen. Tanto sea sí alguien lo ha visto o no, es menester saber lo siguiente.
Esa pregunta que quedó boyando, titilando en las tazas de café, dejó mudo a Horacio. Porque, más allá de que se haya parado, que nos haya señalado, no pudo contestar debido a que, más allá de las risas, el tono y la selección de palabras para decir lo dicho, dejaban la vaga sensación de que se habían pronunciado con bronca, con ganas de herir. Yo, que estaba cerca de la puerta, en una mesa individual, pude ver, a medida que se acercaba para irse, el rostro curtido de Horacio, quien ya pasaba la frontera de los cuarenta años. Hizo un gesto, como de un chico, de un nene. Arrugó la pera, las comisuras de sus labios se pronunciaron en un amargo pliegue y se marchó con la cabeza agachas, casi juntando las cejas, tapando los ojos cerrados, contenedores.
No recuerdo bien la pregunta, la formula exacta pero señalaba la inoperancia de Horacio, la mentira compulsiva, la imposibilidad de vivir así, de qué ganaba con ello. A falta de entendimientos, el ser humano es, por naturaleza, estúpido.
Sin embargo, Horacio volvió al otro día, con la frente sudada y con las medias de Brasil arremangadas, mostrando sus canillas. Se acodó a la barra del bar, los mismos movimientos de siempre. Pero, esta vez, ordenó una medida de grapa, la cual bebió en un instante.
Muchos murmuraban risas, se escondían en improvisados comités para hacer chistes sobre Horacio hasta que estruendosas risas cortaban la tensión del ambiente.
Todos pensaron que Horacio repetiría la misma secuencia del día anterior: deslizarse, pararse, señalar e irse. Pero no. Esta vez, y he aquí todo, se quedó acodado en la barra, con la espalda un poco arqueada, mirándonos a todos. Y se reía para sí, bajito.
- Ustedes me han acusado – dijo – de que vivo en una mentira, de que no me van a llamar a jugar siquiera  un partido en la plaza y que todo lo que hago es al pedo, ¿cierto?
- Es cierto. – rió uno de camisa a rayas, pegado al ventanal que da a la calle, mientras sus compañeros se codeaban y tapaban sus bocas para contener la verborragia de sus risas.
- Bueno, tienen razón. Todos, cada uno de ustedes, tienen razón.
Todos callamos. Se escucharon el choque de las tazas, de vasos, de cubiertos que se caían desde la cocina del bar, más allá de la barra, más allá de Horacio. Después de una breve pausa, continúo.
- Sí, es cierto, no me van a llamar de ningún lado. Tampoco tengo un peso partido a la mitad para ir a presenciar un mísero partido. No, señores, Odines de todo esto, no tengo nada. Sólo salgo a correr un poco a la mañana, a veces por la tarde, y después vengo acá y los miró, los escucho y, en contadas ocasiones, meto bocado de algo. Jamás los he molestado, ¿o sí?
- …
- Bueno, les comento algo. Algo que acá hace la diferencia, de por qué soy mejor que ustedes en cualquier aspecto de la vida. Y escúchenme bien, pedazos de escoria.
En ese instante, algunos quisieron reír, otros dejaron sus anteojos y diarios de lado. Todavía me admiro de recordar, esas cosas de la memoria, de cómo se detuvo el tránsito y ningún ruido se emanaba desde las calles.
- La diferencia entre ustedes y yo es que yo sé que miento. Sé que jamás jugaré un mundial, que todo esto no lleva a nada pero igual lo sigo intentando. Tengo otros sueños, sí, que día a día se van agotando pero tengo la reluciente fe de que todo puede cambiar y para mí eso es lo que importa. Pero lo básico, lo esencial, es que sé que miento, que todo esto es una fábula. Ahora bien, ustedes no. Ustedes, malditos, no saben que mienten. No saben que se mienten a ustedes mismos y he ahí la diferencia. Día a día, se creen enamorados de una mujer que espera ansiosa el momento de que ustedes se vayan de la casa. Día tras día, se aprestan a dejar lo mejor de sus vidas, los instantes más preciados, en trabajos que detestan, en profesiones inmundas que eligieron por la guita que les dejaba, guita que jamás comprará aquello que más quieren. Y también ahí pasa algo, compran. Todo el tiempo compran. Compran todo. Si putas con tuberculosis se vendieran en los stands de los supermercados, ustedes las comprarían, llenarían el chango de putas con tuberculosis para después preguntar si hay algún descuento por unidad o usando determinada tarjeta de crédito. Y se matan. Se matan todos los días, duermen poco, viven poco, comen poco, toman mucho, pensando que un día todo será distinto. También ustedes tienen fe. Pero ustedes se quieren morir, todo el tiempo buscan morirse. Y ese es su ultimo destino, ahí está su fe, en morir. La están esperando, ansiosos, pensando que serán redimidos, que la muerte los liberará de todo, que serán héroes. Pero no, ustedes están muertos desde hace mucho tiempo.
Horacio, me enteré, siguió yendo al bar, acodándose en la barra, con la espalda un poco arqueada. Por mi parte, dejé de concurrir.

domingo, 24 de marzo de 2013

El mundo huele mal

Nadie sabe cómo surgió, cómo comenzó todo. En realidad, nadie sabe cómo empezó nada de esta mentira que es el mundo. Pero todo, todo esto fue tumulto, una trascendencia y un quiebre a todas las teorías y concepciones sociológicas, psicológicas y de cualquier orden ético y moral. Todo falló.
La gente, de un día para otro, sin mayor miramientos y, aparentemente, con la ausencia de cualquier orden u organización, comenzó a defecar en las calles. También a orinar pero esto, se afirma, se debería a obedecer a una orden involuntaria del organismo.
Distintas explicaciones fueron dadas para dar entender lo que estaba ocurriendo. Una tentativa fue establecer que la gestión inicial a todo esto se debía a un caso aislado que, luego, fue hecho eco por sucesivas repeticiones y vulgares imitaciones, quizás pensando que era de índole revolucionaria y antisistémica; otros, tal vez, afirmando que todo se debía a la revelación de un nuevo orden, un cambio de paradigma dijeron algunos. Sin embargo, los distintos casos que se iban reportando, se sucedían en puntos asimétricos, distintos y sin aparente conexión. Empero, sobre este punto, los distintos profesionales, abocados a desentrañar el comportamiento del conjunto social, informan que en tiempos de la hiperconectividad y de la velocidad, nadie está del todo solo ya que la virtualidad brinda la sensación de compañía.
Mientras que los teóricos elaboraban explicaciones para llegar a la matriz de lo que acontecía y, así, frenar la compulsión de los seres sociales, la gente continuaba defecando por todas las ciudades, por todo el mundo, sin distinciones de credo, raza o status social. Los distintos estados recurrieron a conservar el orden público por medio de decretos y represión policial. Se sabe que, en ciertos casos, la forma en la cual llegaban a quedar algunas metrópolis, condujeron a sus dirigentes a contemplar el estado de sitio.
Copiosamente, se establecían planes de salubridad que fracasaban constantemente. Se utilizaron los distintos brazos armados de las naciones para contener los masivos actos repulsivos. Nada daba resultados positivos.
Es que, al mismo tiempo que los planes se sucedían unos a otros, también surgieron negociados y distintos grupos organizativos para este fenómeno. Ciertas personas, permitían, a cambio de una pequeña suma de dinero, la protección y el recaudo de algún espacio para que el usuario pudiera cagar tranquilamente, sin ser molestado por luces, transeúntes o las fuerzas policiales. Se hicieron famosos, y solicitados, ciertos spots para poder dejar los desechos. La mayoría de ellos comprendían los monumentos, entidades bancarias, bibliotecas, bancos de plaza, bares ubicados en calles peatonales, avenidas referenciales, etcétera. Claramente, esto originó el lucro de algunos a partir de la mierda y la necesidad ajena.
Paralelamente, grupos organizados (vaya a saber Dios cómo), emprendían furiosos mítines y ataques a favor de la libertad de poder cagar en el lugar que se les plazca.
A través de la televisión y de los medios gráficos, información llegaba desde los distintos puntos del globo. Básicamente, era la misma historia que se repetía una y otra vez, cambiando el idioma y los monumentos representativos. Las ciudades ardían en llamas. Se sucedían imágenes de hombres corriendo por las calles mientras se subían sus pantalones e iban siendo perseguidos por los agentes del orden. Centros comerciales cerrados, con vidrios rotos y maniquíes, maniquíes por todos lados, rotos, con la falta de una mano, de una pierna, algunos desproporcionados de cabeza, pero todos cubiertos de manchas marrones, líquidas, sólidas, un tanto viejas, otras quizás más frescas, invadidos de moscas que les revoloteaban y de ratas que se entremezclaban en cajones de ropa con descuentos. Y así, con todo. Con los templos, con los cines, con las instituciones educativas, con todo. La gente se dedicaba a cagar, a defecar, dejando sus hedores, su marca registrada, a cada paso.
Cuando las llamas de la esperanza ya comenzaban a dar sus últimos rayos de calor y de luz, todo cesó. Sin mayores explicaciones, los cúmulos de gente empezaron a retomar sus actividades anteriores, con el pudor y la vergüenza cotidiana que brindan una mísera vida. Los cafés se llenaron de enamorados y de oficinistas en after office. Los monumentos, una vez limpios, fueron fotografiados por turistas y escrito por jóvenes con aerosol. El zoológico siguió con olor a mierda pero de la usual. Esto ultimo también se podría decir sobre las multinacionales y las entidades bancarias.
Pasado el tiempo, ya ninguna teoría o explicación valía. Tampoco se buscó continuar con los estudios necesarios porque los mismo profesionales contratados para la tarea, fueron participes en las ultimas manifestaciones en masa.
De todas formas, cabe saber que la gente cagaba por doquier ausente de razón alguna. La gente inundó de mierda el mundo entero por actos de repetición, de mímica, influida por motivos que aún hoy en día desconoce. La gente agotó todas sus fuerzas en volcar sus restos, como si fuesen oro puro, en los más recónditos lugares del planeta.
Lo que ha pasado es que la gente ya no sabe qué hacer. La gente está muy sola.