jueves, 5 de julio de 2012

El ruso

Cuando asistía a la escuela, la vida era más simple. No creo que solo para mi sino para todos los demás. Con ello me refiero a que ir a la escuela era la única y mayor responsabilidad que teníamos, no había más.
Aunque, dentro de la tranquilidad que ofrecen los muros protectores de la institución educativa, existen diversos desgracias, penas, malos ratos, por llamarlo de alguna manera. En lo que quiero contar, esto involucra al ruso Pavlovich.
El ruso iba dos años más adelante que yo. Su aspecto era similar al ruso Drago, de la afamada Rocky IV pero con diez, once años de edad. El ruso Pavlovich era alto, rubio y malhumorado. Siempre estaba con el guardapolvo roto o manchado y las rodillas escondidas detras de capas de grasa; obtuvo su fama y comparación con el personaje boxeador cuando le rompió la nariz al 'Galán' Gutierrez quien, en un infructuoso intento de impresionar a sus compañeras, le hizo una cargada y ligo tres puntos en el tabique.
Desde ese evento, el ruso, decidió que golpear por deporte no era, digamos, rentable. Entonces comenzó a pegar y reclamar algún elemento. Primero, empezó solicitando, amablemente con una trompada en el estomago, galletitas, algún alfajor. Cubierto el instinto básico, mínimo, vital y móvil, pedía por las mejores bolitas para jugar el gallito ciego o al opi no vuelve. Supe que, además, llegó a pedir una cadenita de oro que uno de los muchachos había recibido como compensación de su primera comunión.
Es, quizás, redundante decir que el ruso terminó pidiendo dinero y que le hicieran la tarea, era muy responsable en ese sentido. Como si esto fuera poco, lo descripto hasta ahora, fueron los primeros pasos que el ruso daba en su reinado de EGB.
Es meritorio recordar que el ruso fundó una especie de organización que trabajaba con el. El proyecto de adolescente que era el ruso, se las arregló para convocar diferentes secuaces que ayudaran en las operaciones precisas para que él pueda dedicarse, a tiempo completo, a trabajos burocráticos y de ocio. Con respecto a los primeros, me refiero a que el ruso, de vez en cuando, era suspendido o iba al gabinete psicopedagogico. En cuanto al segundo termino, básicamente Pavlovich se dedicaba a persuadir a sus compañeritas para encontrar a aquella que acceda ser su novia, y así tomarla de la mano, quizás bailar con ella en un asalto.
Había oportunidades donde el ruso se encargaba de los trabajos personalmente. En dichas ocasiones, los resultados eran desastrosos. Todavía perdura entre mis recuerdos aquella vez que le quebró el meñique a un novato de cuarto grado, en el baño de hombres. Todo fue porque, aparentemente, el joven estaba formando fila, detrás de una de las pretendientes del ruso Pavlovich, para comprar en el quiosco que ofrecía el colegio. En la espera, la inquietud, la ansiedad del pibe de cuarto grado le jugó en contra, produciendo un pequeño e inofensivo empujón a la amada de Pavlovich. El llanto de desesperación que discurría entre las suplicas de ese pequeño, no ha podido ser erosionado por el paso del tiempo. Rogaba perdón por cosas que no había hecho, aceptaba cargos impuestos con tal de salir ileso de entre los mingitorios. El final se dió mientras la campana repiqueteaba señalando el final del recreo, de esa forma no se podía oír el grito del de cuarto grado.
Y es hoy en día que evoco todo esto porque, como creo haberte dicho antes, para traer un recuerdo al presente, debe de haber existido una motivación, un estimulo, algo que lo despierte.
Me encontré con el ruso Pavlovich en un café. Me senté en la mesa que suelo habitar y dejé el libro que venía leyendo sobre la mesa, al lado del azúcar y del edulcorante. Digamos que a tres, cuatro mesas y en dirección diagonal izquierda desde donde estaba, se encontraba el ruso con una señorita. Presumo que era la novia. Resistiendo las ganas de querer saludarlo, de preguntarle cómo le iba, observé la escena mientras solicitaba un café doble.
La chica era linda, era fresca como las ráfagas de viento que acarician la cara en tardecitas de otoño. Pude suponer que no medía más de un metro sesenta y que en sus ojos, hasta el Costa Concordia podría naufragar. Y el ruso la miraba desde abajo, como escondiendo la cabeza entre los brazos entrecruzados sobre la mesa. Estaban discutiendo y la novia le pedía al ruso que bajara el tono, que le hablará bien, que no llore, que sea demostrativo, que se siente bien, que sea hombre. En la desesperación de ruso por ser y hacer lo que le pedían, tiró su taza de café con leche al piso. Ella se enojó y pude escuchar que dijo con los dientes que ya no toleraba más, que la relación terminaba acá. La antigua novia, la actual ex, del ruso, se marchó, dejando pequeñas huellas de café con leche hasta la salida.
No me contuve y lo fui a saludar al ruso, quien miraba por la ventana del café, como solo miran los enamorados. Al estar a unos pasos de su mesa, retrocedí, volví a mi asiento, me quebró la escena.
El ruso estaba llorando. Lloraba desconsoladamente, como si llorar fuera el propósito de su vida, su única función. Lloraba como un chico a quien le acababan de robar una galletita, un alfajor. Lloraba como un chico de cuarto grado al que le quebraron un dedo.

2 comentarios:

  1. Adivina, adivinador.6 de julio de 2012, 8:03

    Claramente, este link ya esta en mis favoritos.
    Cada dia, retomo a esta pagina y te leo, y veces sonrio, y me pregunto: Como hace?, De donde saca las palabras dificiles, esas qe adornan cada escena y le dan poesia a la prosa?
    Te leo, y te imagino frente al monitor de la pantalla, con esa libretita q tenes, escribiendo sin parar juno a una taza de cafe, por supuesto la libreta esta de mas, siempre lo esta, porqe al momento de escribir las sensaciones cambian, y creyendo en escribir sobre Borges, terminas citando a Sabina en una especie de rebelion, aunque nunca lo hayas leido, y solo conozcas su tipico tema, Princesa.
    Cada escrito, tiene algo que en un solo unir de caracteres se relacionan unos con otros, y esos siempre los vuelven interesantes, la manera en qe expresas todo lo que podes llegar a reprimir es alucinante, me recuerda a mi, parafrasendo la psicosis de los mejores musicos poetas, con mis delirios del teatro y qe quien quiero ser, y qe quien soy ahora, quizas.
    A veces te recuerdo o te imagino entre tus libros, y creo posible qe en tu futuro te recuerden como uno de los mejores autores de grandes libros, y hasta quizas una calle lleve tu nombre, y siempre seas tan joven y tan viejo despues de escribir. Hasta me animaria a decir, qe tu perfil siempre fue como el de esos estudiantes de Letras. Sin la necesidad de ser hippie y fumar cositas ricas.
    Gracias por hacer qe leerte me pongan la piel de gallina, y me hagan sonreir tanto, perdida entre los bagones del tren, en esta puta rutina del ida y vuelta a Retiro.
    Cuando lo desees, me ofrezco a acompañarte a comprar esos qeridos borcegos, y lejos de encontrarte con rosas en el camino q te retomen a no poder todavia asumir, aquello qe se termino, te invito a compartir mas risas junto a un buen mate, o quien dice, un cortado y un cafe doble.

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    1. Bueno, claramente, ensayar una respuesta de mi parte solo haría hundirme aún más en el mar de los Sargazos que es mi humilde forma de escribir, de intentar transmitir algo.
      Temo, eso sí, que el hecho de sus reiteradas visitas a este lugar atenten contra su salud.
      Igualmente, gracias por pasar, por dejar plasmado su opinión y, más que todo, por estar.
      Y, como dijo algún egresado mientras veía caer su sombrero luego de una jornada por los aires, ¡Que no se corte!

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