martes, 10 de julio de 2012

Tarot

Me acerco a la chica, a la joven con aires de haber bajado de un colectivo venido de los años setenta, principios de los ochenta. Estaba en la plaza, ella, sentada. Sus largos y enrulados cabellos rubios pululaban el aire de su alrededor, flotando con la brisa de la tarde. Ellas los acomoda desinteresadamente detrás de sus orejas, tenía una pequeña vincha multicolor.
Tenía un cartel, un pequeño cartel que avisaba sobre su capacidad, sobre su servicio. Leía las manos, tiraba cartas del tarot. Y quise probar suerte. Por extraños modales del ser humano, queremos saber más, un poco más sobre todo, particularmente sobre nosotros.
Me senté a su lado. Sentir su voz que se conjugaba con graciosas y simpáticas sonrisas con hoyuelos, fue como ser rozado por las bruma del mar en marzo, como por el humo que produce un café con leche una mañana fría. Me preguntó de qué forma quería saber mi destino, qué quería conocer. Con la tranquilidad de los primerizos, con la decisión de los que saben, pedí por todo, automáticamente. Ella barajó el mazo de cartas.
Retiré tres cartas, a elección. Me pidió que las deposite. Dijo que las cartas iban a contar algo sobre mi futuro, que iban a abarcar los tópicos de estas consultas: salud, dinero y amor. Dejé las cartas y me apresté a escucharla. En el momento que pensé que iba a enterarme sobre algo de mi vida, ella solicitó que abone la consulta. Treinta y cinco pesos rezaba el cartel, le dí cincuenta, que no importaba el cambio el dije.
Dio vuelta los naipes y me comentaba lo que las cartas transmitían. La primera, le demostraba que estaba bien de salud, detalló. Que pronto pueda sufrir un pequeño colapso, que haga deporte. Igualmente, no sería para mayores, iba a andar bien.
Prosiguió informando que iba a cambiar de trabajo, que era lo que estaba buscando, que todo iba a andar sobre ruedas. Usó esa expresión. Me contó que me olvidara de problemas económicos, que iba a poder disponer a mi gusto, que no me faltaría de comer.
Luego, recordó las veces que rompieron mi corazón. Pero que no me amargue, que no faltaba mucho para que llegue a mi vida la mujer que también me busca, como yo la busco a ella. Quise saber un poco más, que me diga una fecha, un lugar, saber si le iba a gustar. Me dijo que no pasaba de este año para que encuentre el amor, que el sol no podrá brillar más fuerte aunque quisiera ese día, cuando la vea. Dijo que iba a saber quién era, que yo iba a estar bien.
Mi futuro se veía prometedor, tranquilo, dentro de los planes de carrera que ofrece la universidad pública de la vida. Tomé una bocanada de aire, miré hacia un lado, al pasto que intentaba crecer en la plaza. Hurgué entre mis bolsillos y saqué cien pesos y los deposité lentamente en la pequeña mesa que oficiaba de escritorio. Le pedí que repitamos la operación pero que esta vez sea sincera o, siquiera, que haga de mi destino algo interesante. Le expliqué que, de la otra forma, no iba a tener nada sobre qué escribir, esperanzas de vivir.

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